El viaje no autorizado.

No me gustan los hospitales; siempre me han parecido territorios donde la realidad está en estado de indefinición. Recuerdo que mi hijo, con solo doce años, me dijo un día: “Los hospitales son un aeropuerto de almas”. Pero aquella mañana de un domingo de enero, entré a la sala de psiquiatría del hospital nacional buscando a Rolando, el amigo con quien había compartido en la escuela los recreos, los bullicios y los vinos de la juventud. Acababa de intentar suicidarse. Mi esposa me llamó para decírmelo. Al saber la noticia, me fui al hospital. Lo hallé tranquilo en su cama de enfermo. La esposa estaba a su lado, seria, preocupada. Rolando nunca había sido hombre de rendirse, y su alegría de vivir, hasta ese día, era contagiosa.

Ahora reconocía su error. Me mencionó que quería evadirse de la asfixia cotidiana, y que estaba bajo una depresión. Días antes, mi amigo había criticado abiertamente al gobierno. Lo citaron para una entrevista con los hombres de la seguridad del estado. Se sintió impotente, salió de aquella oficina con la extraña sensación de que hasta sus pensamientos pertenecían a otros. Se sintió, —me dijo, como sí le dijeran—: “Eres nuestro esclavo”.

Sin pensar en las consecuencias, se precipitó.

—Un día gris sería el adecuado —me confesó mientras yo lo escuchaba—, y ese día llegó junto a la lluvia que caía sobre la tierra seca.

Me iré contigo, le había prometido a la muerte, repitiéndolo como un mantra perturbador. Se sentía, —dijo—, dueño de su vida, y pensó que su muerte sería la acusación que ellos nunca podrían silenciar. El modo de viajar era el viejo revólver .38 que heredó de su padre. Sin pensarlo, se fue al patio trasero de la casa, bajo la arboleda de mangos, en la que tantas tardes me había sentado a escuchar sus historias. Rolando era un excelente conversador y un erudito de la mitología grecorromana. Allí apoyó el cañón en su sien. Pero el miedo y remordimientos paralizaban sus manos. Entonces me aseguró que la muerte había aparecido a su lado. No como sombra aterradora; era la de una mujer vaporosa, de facciones familiares, como alguien que había visto en sus sueños. —Lo miré a los ojos, como buscando un agujero en su historia.

Con suavidad —continuó—, ella extendió la mano y me quitó el arma, que cayó a la tierra con un sonido seco.

Al escuchar aquel final, le tomé la mano, que estaba helada, y le dije:

—Entonces, Rolando… la muerte te protegió de ti mismo.

Y mi amigo, convencido de que la Parca lo había salvado, nunca reconocería que su fracaso fue su mejor saludo a la vida.

Rolando intentó tomar un vuelo no autorizado, y perdió el pasaje.

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