Voy caminando por la Av. de Mayo, vereda par, dirección a la calle Perú, paso por la sede de la Universidad CAECE, avanzo hasta la esquina opuesta al Café London, ese en el que se siguen juntando turistas, paseantes, la chusma política y comercial del centro de la ciudad de la furia, mejor dicho… Buenos Aires.
Me quito la mochila, busco, encuentro, retiro el libro “No se cabía” de Juanjo, lo pongo en perspectiva para sacar una foto con el London de fondo…, a su lado. Pruebo con una, dos, tres, un video. Que fotos de mierda, ni el video salva mi idea. La puta madre. Guardo el libro, monto mi mochila al hombro y cruzo la avenida en diagonal. Igual, hoy, 31 de diciembre de 2025, está cerrada al tránsito, por la carrera San Silvestre.
Entro al café, elijo mesa para cuatro pegada al ventanal que da a la Avenida, mirando para la Plaza de Mayo y la Casa Rosada.
– Buen día, mozo, un cappuccino y un par de medialunas – digo.
– Buen día, las medialunas, ¿dos o tres? – me responde el asignado.
– Dos, dos… – le digo.
– Marchando – me dice y, acto seguido, pide a la barra.
Miro por el ventanal. ¿Leo o escribo?, miro el interior de mi mochila, ¿leo o escribo?, me miran el libro y la notebook ¿leo o …?
Saco la notebook, la abro con una sonrisa, abro el Word, archivo, nuevo. ¿Qué pongo? Tipeo Efraín y le cambio el tipo de letras a título. Se corre la silla frente a mí, se me sienta un hombre de mediana edad.
– ¿Qué vás a escribir de mí?
– No sé, recién empiezo – le digo.
– Ah, cuidadito, vos, eh – me dice con fuerza y agrega mirando al mozo – Flaco, para mí un expreso doble, sin azúcar. ¿Puede ser? – mantiene la mirada hasta que el receptor lo confirma y… me empieza a mirar por sobre la pantalla. Serio, adusto.
Suena el timbre en el caserón de la calle Melo. Entre el enrejado del portón principal y el casco de la casa de una altura hay una decena de metros verdes, con el césped desordenado y desparejo. La casa tiene una galería abierta que la rodea, cuyo techo está sostenida por columnas greco-romanas, que compiten entre sí por humedad y corrosión.
Se abre una pequeña ventana pegada a la puerta de acceso a la casa. Se ve un rostro de una persona de setenta años, de cabellera y barba canosa a través de esta. Esa ventanita parece un retrato solemne que está a la intemperie.
Si antes sonó un timbre, ahora hay un sonido eléctrico en la puerta del enrejado. Al rostro de la ventanita le cubre una mano que se mueve en señal de “venga, venga, pase”.
Al pasar la puerta de la casa, el anfitrión hace gestos para pedir el sobretodo al visitante y luego le tiende una mano para señalar los sillones de la sala.
– Acá tienen su pedido – dice el mozo –, ahora traigo servilletas, azúcar y endulzantes.
– Gracias, perfecto – le respondo, miro a mi compañero de mesa, el gris de sus canas está reluciente, brillante, bien cuidado.
– Permiso – dice un hombre que se sienta a mi lado – ¿me trae un té con un tostado mixto? – le dice al mozo.
– A cierto, es tu turno ahora, ¿no? – digo.
– Es lo que digas – y apoya una libreta de notas, que abre y revisa con su pluma.
La habitación de la casa está rodeada de ventanales de piso a techo, cubiertos por cortinas de aspecto descuidado, se ven unas pirámides, un elefante que recuerda a la india, unas pequeñas máscaras africanas, tres sofás decolorados, uno con un apoyabrazos agujereado.
El invitado se dirige a la punta del sofá más largo. Hace el gesto para colocar su maletín en la mesa contigua, aprobado, lo apoya, abre y extrae un anotador y una pluma. En la tapa escribe un “2”.
– ¿Queres algo para tomar? – dice el anfitrión.
– Un café estaría bien.
– Perfecto. – dice Efraín, el anfitrión, y grita – Etelvina, un café para mi amigo Braulio y un whiskey irlandés con hielo para mi – Se escucha un “ya lo preparo” desde allá al fondo. Acto seguido él toma asiento en la otra punta del mismo sofá.
A la mesa del café, a la última silla libre, se le suma una mujer, una bella señora, con mirada azul ardiente, envuelta en una cabellera negra azabache y un vestido minimalista que expone y potencia sus formas. «Excusez-moi, un daikiry, s’il vous plaît».
– Che, Efraín, ayer quedé destrozado, ¿podemos arrancar de una con tu biografía? No me quiero ir por las ramas…
– Así, tan rápido, así nomás, esto es un… arrancar y ¡¿ya?!
– Dale, viejo loco, arranquemos, please.
– ¿Te cagó a pedo tu esposa por llegar tarde?
– No, no es por eso – así como responde, Braulio guiña el ojo.
– Ah, bueno, si es así…, ¡dale! ¿Hasta dónde llegamos ayer?
– Ayer llegamos a que luego del mundial del 78 empezaste a viajar mucho para Mendoza y San Juan.
– Que buena época, cuántas bodegas, no paraba de tomar vino del bueno de aquellos años, un Resero, un Trapal, un Termidor, que vinazos.
– Más allá de los vinos, me contaste que hacías visitas comerciales. ¿Qué me podés decir?
– ¿Qué más…? ¿Qué más…? – Efraín ve que Etelvina se acerca – Pone por acá, querida.
– Gracias, Etelvina – dice Braulio, con placer de saludar a una mujer única, tan única, que ¿qué hace con Efraín? si hay hombres mejores.
En la mesa del café, Efraín se levanta amenazante y dice:
– ¿Qué te pasa con mi esposa?
– ¡Nada!, hablá con él – dice Braulio señalándome -, si escribe, decide…, yo acá… – abre sus manos mostrando el anotador que tiene a su lado.
– ¿Qué querés vos con mi jermu? – me dice Efraín.
– Nada, es que me hace acordar a una actriz que me encanta – respondí.
– ¡Mon amour! – dice al aire Etelvina – Si no fuera ella y fuera como vos querrías – girándose hacia a Efraín –, ¿cómo sería? –, y él pone cara de sorpresa.
– Eh, – Efraín mira por el ventanal – como la más linda de las corredoras que están pasando.
– ¡Que lindo sos, Efra! – dice sonriendo Etelvina – Si sabés que ya lo soy –, acto seguido le acaricia la barba dulcemente.
– Menos mal que quedamos como estamos – digo –, no sea que se sumen a la mesa un cirujano estético, una maquilladora, una estilista y…
– ¿Querés que llame a mi equipo? – dice Etelvina.
– Deja, deja… – respondo – prefiero seguir.
– Claro, ya me acuerdo. Quería armar y ofrecer un tour para llevar a turistas a conocer el lugar donde había caído el avión de los jugadores de rugby uruguayos.
– ¿Pero eso no era cerca de Catamarca?
– Es lo que me dijeron allá, iba de un lugar a otro y no querían agarrar, porque no correspondía a la zona geográfica.
– ¿Qué le veías a ofrecer Mendoza en lugar de Catamarca?
– Es que en Catamarca hay piedras y en Mendoza vino. Ofreces un circuito con comida y vino, pones en pedo a los turistas, los llevas donde quieras y listo. Todos contentos.
– Y ¿cómo terminó?
– Me echaron del hotel porque no tenía para pagar la habitación.
– ¿Y cómo volviste?
Braulio mira a Etelvina en la mesa del café y acota:
– ¿Vos lo salvaste?
– Dicen que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, ¿no? – responde antes de tomar un sorbo de su daikiry, guiñándole un ojo a Braulio.
– Demasiada mujer… – dice Braulio entre sus dientes.
– ¿Qué? ¿Qué dijiste? – suma Efraín
– No dijo nada – opina Etelvina -, me parece que le gusta tu ex de ese momento.
– Pueden cortarla, ¡que no me dejan escribir! – intervengo.
Suena el teléfono. Efraín hace un gesto y atiende.
– Hola…
– …
– ¿Cómo estás, Macaya?
– …
– No mirá, no puedo hablar, que estoy con un amigo.
– …
– Tranquilo…, que no te hace bien hablar enojado…
– …
– Macaya, no puedo hablar, estoy preparando algo para poder pagarte.
– …
– Será un exitazo. Te lo aseguro.
– …
– Mejor que la idea que me trajiste.
– …
– Vos me trajiste la idea, y así nos fue… Si perdimos dinero fue por…
– …
– Ya te voy a pagar con el resultado de esto, no te preocupes.
– …
– Pero ¿Cuándo te fallé? ¡Por Favor!
– …
– Chau, Macaya, te llamo el 5 del mes que viene para pagarte.
Efraín cortó en seco, hizo un gesto como negando con el rostro, a la vez que abría los ojos.
– Che, writer, ¿por qué escribo la biografía de este tipo? – me pregunta Braulio.
– ¿Cómo “tipo”? ¿Qué soy yo? – espeta Efraín –, un poco de respeto, carajo.
– Para, para, no te enojes, Efraín – le digo serio -, tranquilo, eh – me giro para mirar a Braulio -, es que me gusta la idea de que, aunque no estás mal de guita, te agarró algo como… – le digo.
– ¿Algo de qué? – pregunta Braulio.
– Como que te metiste a investigar el bajo mundo de tu barrio – le digo al oído.
– ¡Fascinante! – dice Braulio.
– ¿Qué? ¡Yo no soy bajo ni petiso!, eh, un momentito – dice Efraín tomando color.
– No pasa nada, tranquilo, que sigo escribiendo – digo y… sigo tipeando, mientras que una nube empieza a oscurecer la Avenida.
Efraín respira hondo, toma el vaso de whiskey, bebe un sorbo y retoma la charla.
– Bue, ya está. ¿Te conté del tour que organicé entre Villa La Angostura, en Neuquén, y Osorno, en Chile, por fuera de los caminos oficiales?
– ¿Cómo es eso?
– Claro. Le había vendido un tour a un grupo de extranjeros para pasar por los caminos de montaña del Bosque Valdiviano. Hermoso recorrido entre lagos.
– ¿De dónde eran estos turistas? ¿Cuándo?
– Eran escoceses, apenas terminado el Mundial del 78. Qué gran historia. Llegaron en tren a San Carlos de Bariloche y los llevé en Ómnibus hasta Villa La Angostura. Ruta de tierra, había re poca vida ahí. Al día siguiente, con todas las provisiones y medidas que necesitaba, nos metimos en grupo por Los Andes para cruzar a Chile.
– ¿Apenas terminado el Mundial del 78? ¿No estábamos todavía con la hipótesis de conflicto armado entre Argentina y Chile?
– Sí, ¿y qué? Esto era turismo. Business, my friend.
– ¿Eso fue cuando te tirotearon por Bariloche?
– Tirotearon, así dicen, estos chilenos cerrados, pensaron que los escoceses eran infiltrados argentinos y los metieron en prisión. Hubo algunos heridos. ¡Cómo zafé de esa! Igual me habían pagado todo por anticipado.
– ¿Y no hiciste nada para que queden libres?
– ¿Qué voy a hacer? Era el único argentino en el grupo, si me encontraban me cagaban a tiros.
– ¿Vos los guiabas?
– No, contraté unos vaqueanos, que… después me enteré que eran todos espías militares chilenos que se querían hacer unos billetines volviendo a sus casas. Una emboscada.
– ¿Y los escoceses?
– Uno de esos militares se hizo amigo de los escoceses, estuvieron tres meses en prisión, los sacaron de la embajada inglesa en Santiago de Chile, ese chileno se hizo unos mangos extras con servicios que negociaba con la policía local. Que hijo de la gran puta. Me quisieron demandar, demostré que no tenían pruebas.
– No sé cómo pasar esto a tu biografía… ¿Qué hiciste con la guita?
– ¿Cómo te pensas que compre el lote de esta casa?
– Dejalo ahí, ya le voy a encontrar una vuelta.
En la mesa del Café London, Braulio y Efraín siguen mirándose de reojo. Uno no entiende porque lo describen así y el otro, lo mismo. Etelvina codea a su marido y le señala la Avenida, donde la sombra parece que se achica y concentra.
Suena el teléfono. Efraín levanta el tubo, escucha un pitido.
– Me tiene podrido este aparato – dice Efraín -, ¡Etelvina, conecta el fax! – grita hacia la cocina – ¿querés otro café? – pregunta a Braulio
– Dale
– ¡Etelvina! ¡Linda! Otro café para Braulio. – luego del grito, Efraín mira a Braulio y vuelve a gritar – Y ponele un poco de coñac.
– Te dije que no quería tomar.
– Un café al coñac no se rechaza. Cuando llega, por Etelvina, te lo tomás.
– Bue… sigamos.
– Ahora te quiero contar de como negocié el centro de esquí cerca del Glaciar Perito Moreno. – dijo Efraín.
– ¿En qué año?
– 1980, ¡qué gran año! – dice Efraín y hace una pausa.
– ¡Che, Efra! – grita Etelvina desde la oficina – Leí el fax – suena feliz – ¡la editorial aprobó el borrador que les llevaste esta mañana!
En el café, pido la cuenta con una seña, miro el cuento y minutos después…
– Disculpa que pregunte… – dice el mozo – ¿Por qué pedís tantas cosas y no las consumís? ¿te fallaron tus invitados? – me acerca el ticket.
– ¿Qué? – respondo – Ah, esto… – miro la mesa servida con bebidas y sándwich vírgenes -, es que mientras escribo cuentos pido cosas que tomarían mis personajes – respondo mientras pago.
– Sabe, me contaron que acá vienen periodistas y algunos escritores – se me hace el amigo el mozo mientras cuenta los billetes.
– Lo sé, de hecho, un escritor lo mencionaba en sus entrevistas – digo – un tal Julio Cortazar.
– ¡Ah, sí!, el del cuadrito aquel – me dice mientras señala una esquina del bar.
– ¿No les molesta si termino lo que estoy escribiendo? Es que estoy a punto para terminarlo.
– No hay problema, le retiro las bebidas, le dejo el tostado por si se tienta y un cappuccino. ¿le parece?
– Ah, bueno. Gracias. Entonces le pago el café nuevo – digo, sorprendido por la idea.
– Invita la casa.
Vamos, si me invita la casa, la pongo en el cuento, son importantes los auspiciantes. Me giro sonriendo hacia el ventanal. Parece que la carrera San Silvestre ya terminó, hay automóviles circulando. Las sombras que aparecían en la Avenida ya no existen.
– Ah, ¿sí? – responde Efraín, mirando el piso, hacia los costados – Che, Braulio, necesito estar solo – afirma levantando la mirada hacia su interlocutor – Vamos, te acompaño a la puerta.
– ¿Qué pasó? – reacciona Braulio.
– Efra, ¿qué me pediste? – pregunta Etelvina – ¿algo para tomar?
– ¡Olvidate, linda! – grita Efraín hacia la cocina y se gira para tomar el sobretodo del invitado – Tomá Braulio, te acompaño hasta la reja de entrada.
– ¿Pero… qué pasó? – responde Braulio sorprendido.
– No nada, vos sabés como son estas cosas – dice Efraín cruzando la puerta de la casa por detrás de Braulio –, aprobaron una oferta que no puedo rechazar.
– ¿Cuándo seguimos con tu autobiografía? – inquiere Braulio.
– Mirá, no voy a seguir con vos, me llamaron de una editorial para hacer mi biografía.
– ¿Cómo? ¿Si recién estoy tomando notas “para tu biografía”?
– Le pasé algunos borradores y me van a citar para programar acuerdos comerciales.
– ¿Qué borradores?
– Un anotador que encontré tirado en casa esta mañana.
– ¿Cómo…? – Braulio mira a Efraín, cruza caminando para atrás el portal de la calle mientras abre su maletín, busca el anotador “1”, levanta su rostro, mira a Efraín, que está cerrando la reja – ¿Entregaste mi anotador?
– Mi vida, mi historia, my business.
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