Hay casas que primero son un deseo, luego un esfuerzo y, finalmente, un territorio donde la familia se instala con satisfacción. La de mi infancia comenzó así. Era un solar todavía sin nombre cuando mi padre decidió levantar un refugio para su familia. Mi abuelo, que conocía el secreto de los materiales, se sumó al empeño. Entre ambos, como hacedores de un mundo doméstico, hicieron brotar paredes, techos y un portal que parecía destinado a nuestros juegos infantiles.
Los tíos llegaban los fines de semana para rellenar carretillas y transportar arena, piedras, sacos de cemento, mientras mi madre y abuela improvisaban almuerzos. Todavía puedo ver a mi abuelo colocando las losas amarillas del portal, una a una, en una tarde de marzo cercana a mi quinto cumpleaños. Sobre ellas arrastraría mis carritos, construiría castillos venidos en las cajas de hojuelas de maíz y me inventaría reinos donde el tiempo no apura.
El frente de la casa era un pequeño edén: rosas, tres palmas de areca que parecían guardianas y una cerca perlé con su puertecita que separaba la calle del mundo familiar.
Adentro, la sala acogedora y los dos cuartos enfrentados por un pasillo, que llegaba hasta la cocina comedor, donde la mesa larga anunciaba reuniones familiares. Detrás, un pasillo de losas verdes, el lavadero y el patio de tierra con su mata de mangos amarillos, que cada verano se convertía en una frutería privada.
Para mis padres y abuelos, aquellos años tenían el desorden de las épocas que presienten un cambio. Para mi hermano y para mí, eran simplemente alegres: el patio, el perro Palomo, la callecita de piedras que nacía o moría frente a nuestra casa, nos hacían partícipes de un mundo por explorar.
Pero los niños también descubren realidades. La nuestra llegó el 8 de noviembre de 1957, cuando la noche decidió volverse cómplice del estruendo. La Luna, en su rutina de alumbrar techos y patios, no vio el peligro. Un ruido descomunal, acompañado de una onda sónica, que parecía querer destruir, cayó sobre el cuarto donde dormíamos mi hermano y yo.
Mi madre gritó que un avión había caído en la casa. Luego se quedó muda, como si el miedo le hubiera robado el lenguaje. Mi hermano, que no lloró, tenía una herida en la frente; la sangre le bajaba en un hilo fino, y los rayos de la luna entraban por una grieta abierta en la azotea. Pedazos de concreto, como granadas fragmentadas, estaban esparcidos por todas partes.
Mi padre nos revisó, salió a la calle y encontró a los vecinos en los portales, a los policías gritando órdenes y a la confusión tratando de tomar forma. Se hablaba de sabotaje, de bombas, de un país que empezaba a tensarse desde adentro. En la Casa de Socorros de la Loma de los Sapotes atendieron a mi hermano: era apenas un rasguño. Pero la casa, nuestro pequeño universo, había sido herida, como otras del barrio.
Al amanecer, mi padre y mi abuelo inspeccionaron la azotea. Luego vino el viaje a la ferretería, la compra de materiales, el remedio. Mi madre y mi abuela limpiaban el cuarto, recogían los escombros, mientras la casa parecía guardar un silencio nuevo, como si hubiera aprendido con el golpe.
Esa noche recibió un nombre, que con los años se volvió histórico: La Noche de las Cien Bombas. Supe después que todo comenzó con el cañonazo de las nueve, y que el Movimiento 26 de Julio hizo estallar petardos y explosivos en distintos puntos de la capital para demostrar fuerza y presencia.
Para nosotros, niños de un portal amarillo, fue el anuncio de que el país entraba en una zona minada. Una nación herida que empezaba a mostrar grietas que con los años se volverían abismos.
La destrucción había comenzado sin que lo supiéramos. Y la infancia, que parecía eterna, empezó a aprender que el peso de la historia modula nuestras vidas.
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