Venías dejando un hilo de sangre en el camino. Venías sin ver, directo, buscando guarecerte, reposar y, llegado el caso, poder morir, discreto.
Quieta me quedé. Un poco de piedad, un poco de asco, más el temor y el desconcierto suman cero. Te me venías nomás, derecho. Y ese hilo de sangre en el camino.
Te habrán faltado un par de trancos. Te derrumbaste a mis pies como una ofrenda. Como quien se echa a dormir. Hecho un ovillo, un feto. Abierto el ojo ciego. Una niebla te cubría la mirada.
Clavada me quedé. En cero.
El mundo se hace de sucesos. Después, alguien se lleva el cuerpo. Planea un ave el último vuelo de la tarde antes de guardarse al sueño. Al terminar su jornada un albañil inscribe un nombre en el cemento fresco. Yo me muevo, palpo una llave en el abrigo, me alejo – cuerpo que no se mueve es cuerpo muerto –
El mundo se hace de sucesos, el tiempo me convierte a los recuerdos en un cuento, los disuelve en un presente perfecto. A mí cada vez se me hace más ficción aquello.
El nombre, no haber sabido el nombre. Sin el nombre, más lo pierdo.
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