Parecía que había sido ayer, pero ya habían pasado un montón de años. Y pensar que entonces yo me creía mayor. Bueno, sí, realmente era el mayor de todos, y con bastante diferencia. Pero qué va. Ahora sé que estaba en la mejor edad de la vida. Y, a pesar de ser el mayor, he de reconocer que aprendí muchísimo de vosotros, cuando la lógica parecía decir que debía haber sido justo al contrario. Pero no fue así.

Quizá me retiré demasiado pronto de la circulación, de las noches interminables y de una época que, cuando llegó, a mí me encontró viviendo otras circunstancias. Me pilló en plena transición. Y cuando quise darme cuenta, el tiempo había corrido tan deprisa que ya no pude alcanzarlo. Mientras tanto, este país, mi pueblo, no solo tuvo que ponerse al día de todo lo que una guerra civil y cuarenta años de dictadura le habían arrebatado, sino que además tuvo que aprender a caminar al mismo paso que el resto de Europa.

Aquel tiempo fue para mí una especie de paréntesis. Como si hubiese permanecido aletargado durante algunos años. Quizá demasiados. Por eso, cuando cambié de vida, el choque fue inevitable. Claro que lo fue. Todo me parecía extraño. Había cosas que ni siquiera alcanzaba a comprender. En muy poco tiempo conocí a mucha gente: unos de una nobleza inmensa; otros, no tanto. Gente magnífica y gente verdaderamente rara. Y, sobre todo, conocí historias, situaciones y personajes que jamás habían tenido cabida en la monotonía de mi vida anterior.

Me costó adaptarme. Sé que algunos me detestaban. A decir verdad, yo tampoco conseguía tragar con todo el mundo, pero aprendimos a convivir. Con el tiempo descubrí que los más fieles resultaron ser, muchas veces, los más falsos; mientras que los más despistados, los más indomables, acabaron siendo los más nobles.

Pero no guardo rencor. Al contrario. Ahora, cuando miro todo aquello desde la distancia, lo recuerdo con una extraña mezcla de nostalgia y gratitud. Y me gusta pensar que quizá, en algún momento, alguien que hoy esté lejos de aquí vea una imagen, escuche una canción o pase por un lugar que, sin esperarlo, le devuelva un recuerdo mío.

Tuvimos de todo: risas, discusiones y enfados que entonces parecían enormes. Pero el tiempo tiene la extraña virtud de cambiar el tamaño de las cosas. Aunque quizá me equivoque y todavía haya quien me siga odiando desde la distancia. También puede ser. Aun así, sé que formamos un buen equipo. Y ahora, cuando volvemos a encontrarnos, nos tratamos como extraños, aunque un día fuimos cómplices de demasiadas cosas como para olvidarlas.

Al final, todo acaba pasando. La gente madura, unos se marchan, otros llegan, y el mundo sigue cambiando sin pedir permiso. El tiempo es un juez implacable: nunca concede treguas, nunca espera a nadie y jamás acepta coartadas. Todo aquello que un día vivimos con la intensidad de quien cree que será eterno termina refugiándose en un rincón de la memoria.

Algunas cosas fueron hermosas. Otras dejaron heridas profundas que el tiempo consiguió cerrar, aunque nunca borrar del todo. Porque las cicatrices tienen memoria. Permanecen ahí para recordarnos que la vida sigue adelante, que nada vuelve a ser igual y que, aunque parezca que fue ayer, ya habían pasado un montón de años.

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