Apenas ha pasado poco desde nuestro desacuerdo profundo,
y aun así, en medio de todo, siento una esperanza pequeña pero real
de que sí puede existir un cambio.
No hablo desde el resentimiento,
porque cuando el amor es de verdad, no se queda a vivir en la herida.
No hablo desde el rencor,
porque he visto tu esfuerzo con mis propios ojos.
Te he visto ir a terapia,
buscar espacios individuales y grupales,
hacerte preguntas incómodas,
quedarte, trabajar, intentar,
todo por cuidar esto que también amas.
Te he visto acercarte a mí de formas que no pasan desapercibidas:
organizar citas en el poco tiempo libre que tienes,
llamarme para asegurarte de que me sienta cerca,
hacerme un lugar en tu vida con intención.
Y entonces recuerdo que eres un gran hombre.
No perfecto,
pero yo nunca he buscado perfección.
Te he buscado a ti.
A ti, que me escuchas con amor,
que intentas abrazar mis emociones incluso cuando no siempre sabes cómo,
que me priorizas,
que me haces pensar que quizá no todo es tan blanco o tan negro,
que a veces también existen grises claros
y hasta arcoíris después de la tormenta.
Y hoy, desde ahí,
me descubro muy esperanzada.
Con el corazón más suave.
Con la ilusión de que este amor sí pueda ser para siempre.
Con la sensación bonita —y un poco nueva—
de estar enamorándome de ti otra vez.
OPINIONES Y COMENTARIOS