A la señora Eleanor nadie la quiere

A la señora Eleanor nadie la quiere

Amapola

09/07/2026

El amanecer en casa de Eleanor Rigby no encendía el día, solo desteñía la noche. El tiempo terminó por perder sus fronteras, disolviéndose en el tictac implacable del reloj, que medía la vida no en horas, sino en porciones exactas de olvido , recordándole el insoportable peso de los días idénticos.

A sus pies, silenciosos, tres gatos vagabundos se acurrucaban como tres sombras, y respiraban el mismo compás de abandono que ella .

Ensimismada, solo el silbido de la tetera le despertaba de sus pensamientos y le recordaba barcos lejanos a los que nunca se subiría, fiestas a las que nunca asistiría, risas que nunca compartiría.

¡Mira a toda la gente solitaria!

¿A quién pertenecen?

Envuelta en su abrigo gris, un ropaje hecho del mismo color que los cielos de Liverpool, Eleanor salía a la calle y se convertía en un fantasma que caminaba sobre el empedrado húmedo. Nadie tropezaba con sus ojos. El viento la esquivaba como si ella fuera solo un árbol seco en mitad de la acera.

¡Mira a toda la gente solitaria!

¿A quién pertenecen?

Eleanor recogía el arroz de las bodas ajenas y sus manos temblaban al acariciar la madera de los bancos, como si buscara un eco de calor humano. Se sentía como un náufrago solitario en una isla de piedra gris. Guardaba en su bolsillo uno a uno, como cuentas de un rosario de deseos mudos, fragmentos de una fiesta ajena que ella atesoraba en su propio vacío.

¡Mira a toda la gente solitaria!

¿A quién pertenecen?

Al otro lado de la calle, el Padre McKenzie remienda en silencio sus calcetines en la penumbra de la sacristía.

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