
Instinto
de supervivencia
I
—Stephen, ya han venido los señores que estabas esperando.
—Gracias Helen, hazlos pasar.
El sonido metálico del aparato sonó en la biblioteca, que era el lugar de la casa en que pasaba más tiempo. Tras más de cincuenta y cinco años luchando contra el ELA, ese monstruo llamado esclerosis que condenaba a sus víctimas a una esperanza media de vida de catorce meses, se había convertido en el humano que más había sobrevivido y seguía peleando.
El monstruo le había paralizado casi completamente, atándolo a una silla de ruedas y ahora se comunicaba mediante un sensor infrarrojo de sus gafas; este detectaba los movimientos de un músculo de su mejilla, convirtiéndolos a través de un software de predicción de texto en voz sintetizada.
—Buenos días Mr. Hawking, un honor conocerle.
—Siéntense, por favor.
—Somos el doctor Bowman y la doctora Schurle. Como sabe por la información que le hemos adelantado, trabajamos en nuestra Fundación en el campo de los transplantes y la criogenización.
—Sí, he leído con interés su dossier.
—Perdóneme, pero no termino de creerme que estamos aquí con usted, soy una fan suya, he leído todos sus libros; aunque algunas partes no las entendí.
—Gracias doctora, algunas veces también me cuesta entenderlas a mí.
Las risas de los doctores se mezclaron con la risa metálica del aparato de Stephen.
—Como ha visto en el dossier, —prosiguió el doctor Bowman— estamos trabajando desde hace años en un proyecto de criogenización que congelará los cuerpos para recuperarlos cuando exista una cura a la enfermedad que les atacó o se hayan desarrollado los tratamientos para extender la vida.
—¿Y han pensado en mí como conejillo de indias?
—Aunque suene mal, sí; pero prefiero llamarlo candidato.
Lo directo de la respuesta, cortó un poco el ambiente. La doctora Schurle reaccionó.
—No creo apropiado llamar conejillo de indias a quien nos ha explicado las leyes básicas que gobiernan el Universo.
—Gracias doctora, pero conejillo de pruebas al fin y al cabo —replicó Stephen.
—Bueno, conejillo o candidato, usted sería la persona ideal para nuestro proyecto, —el doctor quería ir al grano— su capacidad de lucha contra la adversidad, sus ganas de vivir y su inteligencia le hacen digno de tener una oportunidad en el futuro.
—Según el dossier deberá ser algo secreto.
—Así es, para el mundo usted habrá muerto.
—Hablan de un horizonte de criogenización de entre noventa y cien años.
—Sí, el mundo que encontrará será otro, pocas personas están preparadas para esa experiencia —intervino la doctora intentando quitar tensión a la conversación.
—Denme un poco de tiempo para pensarlo, no será demasiado porque tampoco me queda demasiado. ¿Pueden avisar a mi asistenta?
El doctor salió a avisar y volvió con ella.
—Helen, por favor, ponles un te a los doctores.
II
El foco quedaba a su derecha; lo habían dispuesto así para que mientras le preparaban no le molestara, ya que por su parálisis no podía mover la cabeza. Todavía tenía puestas las gafas conectadas al aparato de comunicación.
—Aquí tienen a su conejillo, doctores. —La voz metálica hizo eco en el quirófano.
—Veo que está de buen humor —le contestó la doctora Schurle.
Siempre había tenido buen humor, excepto cuando en los sesenta, en plena juventud, le diagnosticaron ELA. En aquella época estuvo totalmente perdido, pero la curiosidad del científico fue uno de los acicates que le empujaron a pelear, una curiosidad que ahora le empujó también a esta última pelea.
No le quedaba mucho de una vida en la que realmente podía considerarse vivo solamente a su cerebro; hasta los movimientos de su mejilla tenían los días contados. Había aceptado la pérdida de control muscular según le había ido atacando, pero ya no le quedaba margen de resistencia. Siempre, su instinto de supervivencia le había mantenido en la lucha, y ese instinto le llevaba ahora hasta esta camilla.
—Ya está preparado, vamos a desconectar el aparato de comunicación antes de dormirle. ¿Algo que nos quiera decir? —le preguntó el doctor Bowman.
—Adiós. Les diría hasta pronto, pero cuando yo vuelva ninguno de ustedes estará.
Al final había hablado el científico, explicando a los que allí estaban para dormirle que su proyecto les trascendía y que ninguno estaría para ver el resultado. Todos reconocieron la categoría del que tenían allí tumbado.
La despedida ayudó al silencio. Le quitaron las gafas y la sala se fue convirtiendo en claridad y sombras cada vez más difusas mientras la anestesia comenzaba a hacer efecto hasta que solamente quedó la oscuridad y el vacío.
Era el catorce de mayo de dos mil dieciocho, los periódicos transmitieron un comunicado de la familia de Stephen en el que, sin revelar la causa de su fallecimiento a los setenta y seis años en Cambridge, simplemente resaltaron que “expiró en paz”.
III
—Stephen
La voz llenó la oscuridad.
—¿Dónde estoy?
Es cómo si se estuviera despertando de una larga siesta con algo de resaca, pero recordaba perfectamente cuando le quitaron las gafas en el quirófano… y todo lo anterior.
—En una sala de recuperación, le hemos tapado los órganos oculares por precaución. Soy el doctor Bowman.
—¿Doctor Bowman? ¿Ya me han despertado? ¿Es que ha fallado algo?
—No, no. Perdón Stephen, soy el nieto del doctor Bowman que tú conociste.
—Entonces estamos en…
—Dos mil noventa y tres, has pasado setenta y cinco años criogenizado.
—Los mismos que viví.
—Así es.
Se sentía cómodo en la oscuridad con los ojos tapados, no sentía dolor, lo que sí se mantenía es la sensación de parálisis de su cuerpo o más bien la no sensación de tener cuerpo que le acompañó durante sus últimos años antes de esto; debían ser efectos de los fármacos o algo parecido a lo que le ocurre a los amputados que siguen sintiendo los dedos de un miembro que ya no tienen.
Y también se había percatado de un pequeño detalle, su voz no sonaba metálica como el producto de un artefacto; su voz sonaba natural.
—¿Han despertado a otros antes?
—A uno. —Solamente el nieto del doctor Bowman se comunicaba con él
—¿Y qué tal?
—Colapsó, murió al quitarle la venda de los ojos.
—¿Me están avisando?
—En parte sí, aunque tú eres diferente.
—¿Quién era?
—Un millonario de ochenta años, en muy buen estado físico; de hecho presumía de su cuerpo moldeado como si tuviera menos edad, era un obsesionado del fitness.
—¿Y setenta y cinco años han sido suficientes para decidir despertarnos?
—Sí, en estos años hemos mejorado en algunas cosas pero todavía queda margen de progreso. Ahora estás en un estado intermedio del proyecto.
—¿Me sigues avisando?
—Efectivamente, no nos gustaría que colapsaras.
—Se nota que eres nieto de quien eres. Animando no tenéis precio.
—Me alegro de que estés de buen humor.
—No sé si es humor o son los nervios por lo que me voy a encontrar.
—¿Se encuentra preparado para que le quitemos la venda?
—Alea jacta est.
IV
La venda se quitó y pudo ver la habitación, blanca con una claridad confortable, enfrente una ventana con cuatro o cinco personas aisladas detrás y delante de él un joven que le recordaba al doctor Bowman.
—Vamos a ponerle un espejo para que se vea, relájese.
Lo que le devolvió el espejo le sorprendió hasta a él. Era un cubo de cristal, un hexaedro regular con seis caras cuadradas que contenía un cerebro; su cerebro. En un líquido claro como el agua pura se conectaba el órgano con cables a dos artefactos que parecían las lentes de una cámara, a una rejilla circular del mismo tamaño debajo de ellos y a dos rejillas circulares similares a los lados.
Por lo menos habían puesto los ojos, la boca y los oídos en el sitio correcto de las caras del hexaedro para que el cubo simulara una cabeza.
—Ya ha durado más que el primero. Colapsó inmediatamente.
El doctor quería mantener la atención de Stephen, pero él estaba hablando consigo mismo. Tras la sorpresa inicial, su mente privilegiada comenzó a razonar.
¡Para no colapsar! Un tipo que vivía para su cuerpo y ahora era solamente un cerebro encerrado en una caja. En cambio, él estaba igual o incluso mejor que cuando le durmieron; entonces, como ahora, no sentía su cuerpo y lo único que sentía vivo era su cerebro.
—En estos años hemos conseguido que un cerebro pueda recuperar el funcionamiento sin daños ni pérdidas de memoria. Pero solamente es el principio, ahora su cerebro, perdón… usted tiene un potencial de supervivencia de doce mil años.
Bowman se esforzaba por mantener el contacto pero Stephen seguía analizando la situación en silencio.
¡Fascinante! Ahora disponía de una eternidad, ciento cincuenta vidas de ochenta años, para pasar de investigar el Universo a crear cuerpos humanos continentes a la altura para un cerebro con ese potencial, recuperando los sentidos del tacto, el gusto y el olfato.
—Stephen, ¿se encuentra bien?. Aunque sus constantes vitales son correctas, está en silencio desde que le hemos enseñado el espejo. Díganos algo, por favor. —El doctor comenzaba a dar señales de nerviosismo temiendo otro fracaso.
El silencio siguió durante unos segundos que se hicieron eternos y entonces sonó la voz recia y segura de quien había recuperado la respiración vital, el alma.
—Cogito ergo sum.
Fidel París
Sevilla 8 de julio de 2026
El libro del taller
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