A veces sospecho que la prueba más irrefutable de que existe vida inteligente en el universo es que nadie ha intentado contactar con nosotros.

No puede ser casualidad. Observan desde hace milenios y han llegado a una conclusión elemental: todavía no estamos listos. Nos ven discutir por banderas, dioses, fronteras y palabras; destruir lo que necesitamos para vivir y admirar a quienes prometen salvarnos de los problemas que ellos mismos crean.

Quizá nuestros radiotelescopios llevan décadas esperando una respuesta que jamás llegará. No porque el universo esté vacío, sino porque está lleno de vecinos sensatos. En cualquier barrio, el primer instinto de la gente prudente es no tocar el timbre de la casa donde se oyen gritos.

Tal vez algún día recibamos un mensaje. No será un saludo ni una invitación. Será una sola frase, breve y suficiente:

—Avísennos cuando aprendan a convivir entre ustedes.

Hasta entonces, el silencio del cosmos seguirá siendo menos un misterio que un acto de inteligencia.

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