Con los ojos de mis miedos

Con los ojos de mis miedos

Palu

03/07/2026

Hay veces en las que uno empieza a sentirse muy pequeño al lado de la persona que ama. Y no, no siempre es porque esa persona te haga sentir así. A veces es uno mismo quien comienza a alimentar esas inseguridades, quien se compara, quien se convence de que quizá no está a la altura. Lo más triste es que, cuando nos damos cuenta de lo mucho que han crecido esos pensamientos, ya estamos al límite de ellos.

Recuerdo que alguna vez alguien me dijo que eso podía pasar en una relación. En ese momento pensé que era mentira, que si dos personas se amaban no había espacio para sentirse menos. Hoy entiendo que sí puede pasar. Muchas veces me sentí pequeña al lado de la pareja que tenía. Llegué a pensar que no era suficiente para él, que no lo merecía, que era una persona demasiado inteligente como para elegir a alguien como yo. En mi cabeza existía la absurda idea de que, si tuviera que ponerle un número, yo apenas era un cinco de diez para alguien como él.

También admiraba muchas cosas de su personalidad. Era una persona extrovertida, de esas que llegan a un lugar y, sin esfuerzo, logran integrarse a cualquier conversación. Yo siempre he sido distinta. Me cuesta socializar cuando hay muchas personas, me intimidan los grupos grandes y, muchas veces, no encuentro la manera de empezar una conversación. Suelo pensar demasiado antes de hablar, por miedo a decir algo fuera de lugar o simplemente a no encajar. Mientras él parecía desenvolverse con tanta naturalidad, yo sentía que siempre estaba intentando alcanzar una seguridad que nunca terminaba de llegar.

Hubo momentos en los que me pregunté si realmente fui suficiente para él o si alguna vez sintió que podía estar con alguien mejor. Son preguntas que nunca tuvieron una respuesta y que, con el tiempo, entendí que probablemente solo existían dentro de mi cabeza. Aun así, hubo días en los que pesaban demasiado.

Yo solo era una mujer a la que le daba pena muchas cosas. Una mujer tímida, pero profundamente cariñosa. Me gustaba ayudarlo en todo lo que pudiera. Y aunque muchas veces no entendía los temas de los que me hablaba, me quedaba escuchándolo con atención porque me gustaba verlo hablar de aquello que lo apasionaba. Después, cuando estaba sola, buscaba información sobre esos temas para entenderlos mejor, para poder volver a hablar con él y compartir algo que también fuera importante para su mundo.

Creo que esa era mi forma de amar.

Para mí, amar también significaba aprender el idioma de la otra persona. Intentar comprender lo que le emocionaba, interesarme por aquello que ocupaba sus pensamientos y hacerle sentir que todo eso también tenía un lugar en mi vida.

Nunca me he considerado una mujer llena de grandes virtudes. Tampoco alguien con una belleza física extraordinaria. Siempre he tenido inseguridades con muchas partes de mí. Pero, si hay algo de lo que sí puedo sentirme orgullosa, es de mi corazón y de la forma en la que quiero a las personas. Creo que esa siempre ha sido la parte más bonita de mí.

Siempre quise ser esa novia que acompañara a su pareja a conocer lugares nuevos, que estuviera presente en sus planes, que compartiera aventuras y construyera recuerdos a su lado. Y aunque la pena muchas veces me ganaba, cuando se trataba de él era capaz de hacer cosas que normalmente no habría hecho. Porque había algo en mí que siempre encontraba el valor cuando el motivo era compartir tiempo con la persona que amaba.

A veces todavía me hago una pregunta que quizá nunca tenga respuesta.

¿Alguna vez sintió pena de mí?

¿Alguna vez se sintió incómodo por mi forma de ser, por mi timidez, por mis silencios o por la manera en que enfrentaba algunas situaciones?

No lo sé.

Y quizá nunca lo sabré.

Lo único que sí sé es que, durante mucho tiempo, fui yo quien se miró con los ojos de sus propios miedos. Fui yo quien creyó que valía menos por no ser tan extrovertida, tan segura o tan interesante como otras personas. Y tal vez esa fue la batalla más difícil que libré dentro de esa relación: convencerme de que tenía que convertirme en alguien diferente para sentir que era suficiente, cuando, en el fondo, lo único que necesitaba era aprender a mirar con amor a la mujer que siempre había sido.

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