
Si los ingleses cuentan con Katherine Mansfield y los rusos con Chéjov, España debería reconocer de una vez por todas que su gran maestra del cuento fue Emilia Pardo Bazán. Sus relatos poseen la misma mirada implacable sobre la condición humana, la misma capacidad para desvelar miserias y contradicciones, la misma economía narrativa y esa inteligencia capaz de convertir cualquier instante en una revelación moral. Llamarla “nuestro Chéjov” no es una exageración patriótica, sino un acto elemental de justicia literaria.
Lo realmente llamativo no es la comparación, sino que todavía hoy sorprenda. En España seguimos sin otorgar a Pardo Bazán el lugar que le corresponde en la historia universal del cuento. Y resulta difícil no pensar que parte de esa resistencia tenga una causa clara: era mujer.
En vida tuvo que enfrentarse al paternalismo, la condescendencia y el desprecio de muchos colegas y académicos incapaces de aceptar que una mujer pudiera escribir mejor que ellos, pensar mejor que ellos y, además, decirlo sin rodeos. Mientras a escritores mediocres se les concedía el trato de maestros, a ella se le exigía justificar continuamente un talento que cualquiera podía reconocer con una lectura sin prejuicios.
Pero Emilia Pardo Bazán no estaba hecha para pedir permiso ni para bajar la cabeza. Defendió sus ideas, escribió con libertad y ocupó el espacio intelectual que otros intentaban negarle. Le importó poco la opinión de quienes confundían autoridad con testosterona y canon literario con club exclusivo masculino.
Dicho sin rodeos: tuvo el coraje de desafiar a una sociedad que esperaba de ella silencio, modestia y obediencia. Eligió la inteligencia, la independencia y la batalla cultural. Y ganó, aunque todavía haya quien se resista a admitirlo.
Quizá el problema nunca fue que España no tuviera su Chéjov. Quizá el problema es que, cuando lo tuvo, llevaba falda y firmaba como Emilia Pardo Bazán.
Quien dude de la comparación haría bien en leer “Las medias rojas”. Es, probablemente, su cuento más perfecto y devastador. En apenas unas páginas construye un retrato brutal de la pobreza, la violencia patriarcal, la frustración de los anhelos femeninos y la crueldad del destino. Su contundencia golpea como un mazazo y su economía narrativa la sitúa entre los grandes maestros del cuento universal. Al terminarlo, queda esa mezcla de admiración y desasosiego que dejan los relatos de Chéjov, de Maupassant o de Katherine Mansfield.
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