Era un niño de cuna humilde, nacido en las afueras de la ciudad de Resistencia, en las cercanías del barrio Yaponagat, un sector de la ciudad de una pobreza desesperante y crónicamente castigado, al cual la policía no se atrevía a entrar, si sucedía algo que se las arreglaran como pudieran.

Sus padres, de oficio cartoneros, él Emilio y ella María, le habían puesto por nombre Roberto Carlos, en homenaje al famoso cantante. Recorrían la ciudad en un carrito tirado por un viejo y escuálido jamelgo en busca de basurales que tuvieran cosas para mal vender, como cajas, plásticos o botellas de vidrio; lo llevaban a él, para que supiera que existía algo más que su lóbrega villa, ya que en su transitar pasaban por lugares de cotidianidad más holgada.

Maria y Emilio pensaban que su hijo no vería una escuela por dentro en toda su vida, ellos tampoco la conocían, por ser pobres su destino estaba marcado de antemano.

Pese a todo María y Emilio se sentían especiales ya que podían sobrevivir sin que les tocase lo que a otros de sus vecinos, quienes por la locura que produce la escasez extrema convertían su barrio en una cueva de ladrones, malvivientes y particularmente, drogadictos, ya que lo poco que alcanzaban a obtener de mala manera lo gastaban en un barato crack para tratar de evadirse de sus sordidez.

Roberto Carlos a pesar de las carencias, desde ya su temprano desarrollo, solía sorprender a sus padres y a quienes lo conocían por su perspicacia e inteligencia. Absorbía, como cualquier niño de su edad, como una esponja todo lo que sucedía a su alrededor, y en las profundidades de su mente lo iba elaborando como podía. Sin embargo, no eran pocas las veces que se sentía desbordado por la situación o circunstancias, de tal modo que su respuesta natural que se iba perfilando de a poco, a pesar de su corta edad, era una indiferencia total a lo que sucedía, creándole lentamente un caparazón que lo aislaba de sus emociones normales.

Así y todo, pese a su corta edad iba relacionándose tanto con gente de su barrio y de la periferia, tratando de dilucidar, interiorizar y aprender de sus actitudes y comportamientos.

Pero su destino no era el de un mero chatarrero, este le depararía otra vida distinta a la de sus padres.

A la edad de cuatro años al volver a su casa de hacer unas cercanas compras fue victima de una jauría de canes que lo atacaron mordiéndolo salvajemente. Sus padres que se habían tomado un día libre después de tener una muy buena semana de trabajo debieron usar ese tiempo de descanso para llevarlo de urgencia al hospital Perrando.

Allí fue tratado por una médica pediatra, María Elena, una galena entrada en años con la que Roberto Carlos sintió la suficiente confianza como para entrar en plena conversación abriéndole su corazón.

María Elena quién descubrió desde su juventud la vocación por la niñez. Ya en la secundaria no se decidía por seguir estudiando para maestra, psicóloga infantil o pediatra; y se decidió por esto último, porque creía firmemente que un niño sano era un niño travieso y para ello necesitaba un cuerpo rebosante de salud.

En la facultad, al dejar la adolescencia y comenzar su primera juventud tuvo un raro caso de cáncer a los ovarios, por lo que debió hacerse una histerectomía. Esta sentencia de por vida de no poder tener hijos lejos de apartarla de los niños la acercó aún más.

Al graduarse en la universidad, también se graduó en su vida familiar, ya que se casó con un compañero de curso con quien novió toda la carrera. Su marido desde el momento de conocerla ansiaba formar una familia con ella. La enfermedad lo dejo en la disyuntiva de tener prole o casarse con María Elena. La eligió a ella.

Sin embargo, María Elena en su profesión conoció chicos que le gustaría haberlos tenido como hijos. Y fue uno de los motivos que la hizo entrar a trabajar en el Hospital Perrando.. Ella carecía de la posibilidad de tener hijos, y ellos carecían de la posibilidad de una vida normal. Quería hacer algo al respecto.

Cuando encontró en su consulta a Roberto Carlos y notó sus heridas emocionales y que a pesar de ello tenía una personalidad tan rica en lo mental y espiritual, encontró a su “hijo ideal” y decidió amadrinarlo. Tanto fue así que habló en privado con María y Emilio traspasándoles su inquietud por el futuro del chico. Les aclaró un panorama de superaciones sociales para su hijo, que, si la dejaban, podría llevar a Roberto Carlos a un internado provincial, totalmente gratuito, en el que el niño se escolarizaría, alejándose de la necesidades materiales y sociales de su barrio, y tendría la alternativa de cuando fuese mayor de formarse en algún oficio a elección. Y que ellos podrían visitar a su hijo en dicho establecimiento, sin perder su relación.

María y Emilio desecharon de entrada la propuesta de la profesional. Pasados unos días, ya en vías de curarse el niño, salió la familia en su recorrido habitual llevando consigo al muchachito, tanto para que se refrescara como para que volviese a su actividad, cuando el carro fue atacado por la misma jauría que había agredido a Roberto Carlos. Viendo en esto María y Emilio un signo del futuro que le depararía a su sensible hijo de continuar en el lugar, acordaron llevar a Roberto Carlos de nuevo al hospital y dejarlo en manos de la médica, previa explicación a este que ello implicaba lo mejor para su vida y que no los perdería.

Instalado en su nueva morada, la cual contaba con un predio con un gran edificio de tres plantas y canchas de futbol y básquet, al descubierto , el cual ocupaba toda una hectárea, en las cercanías del hospital Perrando, con su fachada principal también sobre la avenida 9 de Julio, en el cual los niños permanecían hasta terminar la escuela secundaria, y al pasar de la primaria a la secundaria los “instaban” a aprender un oficio apalancándolos para que entraran a trabajar media jornada en lugares a su elección, según sus posibilidades. El instituto era para niños de estratos sociales mas bien bajos, quienes contaban con buenas conexiones.

María y Emilio trataban todos los domingos de llegarse hasta el lugar, llevándole algún humilde presente, algunas veces, y otras lo llevaban por el fin de semana a la casa paterna. Y no eran poco frecuentes las visitas de María Elena a su “ahijado”, todos los meses lo iba a ver por lo menos una vez, para informarse de su condición y tener una distendida charla. Le gustaba lo que veía en él, un gran potencial como ser humano.

Así fue como María Elena se dio cuenta de las aptitudes sociales de su “ahijado”, en quien poco a poco se iban sanando sus heridas emocionales producidas por su lugar de origen, e iba demostrando un interés creciente en las relaciones sociales y en la evolución de sus conocidos. Observó que tenia vocación por las humanidades, de manera muy particular por la psicología, así que en sus visitas, para cuando Roberto Carlos había aprendido a leer, lo proveía con libros como “Mi mundo interno” y otros, escritos por psicólogos y destinados para niños. Además de acompañarlo a visitar amistades de la doctora, quienes eran especialistas en psicología para que tuvieran una imagen, unas del otro respectivamente

Al ingresar Roberto Carlos en la secundaria, María Elena solicito a una de sus amigas psicólogas que lo conchabaran por media jornada, quien fue recibido de muy buen animo, y a quien fue de su agrado la nueva actividad, que era el de ser el encargado de mantener limpio y en funcionamiento el local de la profesional, amén de hacer algunas diligencias. Y en los tiempos libres ambos tenían provechosas conversaciones

Con el paso del tiempo y algo de dinerillo en el bolsillo, el chico, ya adolescente, tuvo interés en acercarse por su cuenta a su lugar de origen sin esperar que lo llevaran sus padres, tenía perfectamente interiorizadas las circunstancias de su barrio, y quería encontrar caminos de salida, no de ese lugar geográfico sino a ese lugar mental. Pensaba que podía hacer algo por los habitantes de la que fue su cuna.

Sabedor de los conflictos internos que creaba las circunstancias en la que vivían sus antiguos vecinos, los cuales carecían de la gracia que otorgaba a sus padres su temple natural, quienes encontraban una salida fácil en la droga, lo que terminaba de hacer añicos sus ya debilitadas psiquis.

Roberto Carlos creía que debería existir una estrategia para sacar a flote a algunos de los miembros de su antigua y espiritualmente cercana comunidad. Con lograr alcanzar su cometido con por lo menos uno de ellos ya se sentiría logrado.

Al plantearse íntimamente tal proyecto se dio entera cuenta de que su madrina tenía razón, lo suyo era las humanidades, en particular la psicología, y comenzaron sus aspiraciones por seguir tal carrera. Tenía suerte, ya que la Universidad Nacional del Nordeste contaba con ella, aunque la sede de dicha facultad estuviese en la hermana ciudad de Corrientes; María Elena podría continuar apoyándolo.

Al egresar del bachillerato lo hizo con muy buenas notas, un promedio total de 9,50, algo inusual en alguien de sus orígenes, y le facilito ganar un concurso por una beca en dicha casa de estudios. María Elena le aconsejo que compartiera habitación con otros estudiantes en Corrientes, ya que no le convenía su natal barrio; ella lo ayudaría con algún dinerillo, el que junto con la beca le podría alcanzar para sus estudios.

Hizo la carrera en el ideal de cinco años de cursado, aplicando lo que aprendía cada vez más profundamente a su proyecto personal. Al terminar sus estudios prefirió desarrollar una tesis a un examen final; a la que llamó “Problemática de la droga en una villa emergente” en la que aplico todo su conocimiento y su ansia por el deseo de ayudar. El resultado de su labor fue laureado no solo por su tutor docente sino por los profesores de todo el departamento de psicología social.

Ahora, recién egresado, comenzaba una nueva etapa, en la que fue apalancado para entrar a trabajar en el IPTCD, Instituto Provincial Todos Contra la Droga, Allí pudo darse por entera cuenta que esta era un flagelo no solo propio de las castas sumergidas, ya que no dependía del nivel del estrato social, sino que contaba con su propia economía subterránea, con nichos intocables. Su lucha parecía una causa perdida, por cuanto, cuando creia que llegaba a rescatar a alguien, este recaía en la maraña aún peor.

Aún así no perdía la ilusión y no eran poco frecuentes las visitas a casa de sus padres buscando a alguien que necesitara su ayuda. Usualmente lo encontraba contando con la colaboración de algún familiar del allegado con quien hacia causa común.

Pocos meses después de entrar al IPTCD llegó Josefina una joven antropóloga graduada en la Universidad de Buenos Aires para formar parte del equipo interdisciplinario que atacaba el flagelo. a quien le atraía los lugares recónditos de la republica con su atraso tecnológico y social, y tenía intención de dar una mano a los sectores sumergidos. Su labor era reconocer lo que se entendería por preceptos normales en tales regiones y tratar de que los miembros vulnerables de la sociedad se ajustaran a ellos para alcanzar una vida mas significativa.

Pero pronto se dio de bruces con la cuestión con la cual en uno u otro momento se topaban todos los miembros del equipo, y esta era: ¿Qué sucede cuando se naturaliza el desorden, la violencia y la desesperación? Y ¿Cómo un individuo puede centrarse en si mismo, no ya en un estado borderline, sino en una comunidad borderline?

Todos querían creer que la solución era ir desenmarañando la madeja en la que se encuentra el individuo en base al precepto de que existe en el fondo de toda comunidad, sin importar el estado en que se encuentra la misma, una infraestructura que responde a un sentido de la normalidad universal del ser humano. ¿Pero, existía esta?

Pese a todos los esfuerzos de Josefina, Roberto Carlos, se sentia en un primer momento aprecuyado por su presencia, se preguntaba que tenía que hacer un porteño en un lugar como ese, el cual tenía una problemática que sentía como propia, y también tenía algunas inquietudes por saber como se desenvolvería un antropólogo en aquella lid.

Josefina sintió el antagonismo del psicólogo, por lo que sin tomarlo como propósito le presto más atención de la debida, al poco noto su historiografía personal y su lucha por salvar a los miembros de su comunidad natal, cayendo en las redes del amor.

Por su parte Roberto Carlos, al notar los cambios propiciados por él mismo en su antagonista, no tardo demasiado en llegar a la cama con ella.

Y a pesar de tener diferencias tan notorias, o quizás a causa de ellas, a los pocos meses de convivir juntos, se casaron. Al año siguiente vino su único hijo, Patricio.

Allí Roberto Carlos conoció la dicha de formar una familia en un contexto relajado. En casa él y su esposa se desconectaban de las tensiones laborales y formaban a Patricio, un hijo que pensaban que estaba libre de las carencias emocionales sufridas en la niñez por su padre.

Los años pasaron tal como si las hojas del calendario volaran, mientras los fracasos profesionales de ambos se apilaban otorgándoles una experiencia valiosa.

A pesar de la apariencia de normalidad familiar, Patricio sería la válvula de escape de las tensiones internas que subconscientemente acumulaban sus padres, además de expresársele al llegar a la adolescencia un interior transexual, al que de todos los modos posibles trataba de mantener oculto. Sin embargo, sus compañeros en el colegio lo llegaron a intuir y fue objeto del más salvaje buying.

Un mal día al salir de la escuela fue abordado por compañeros del mismo año, pero otro curso, quienes le señalaron lo que él quería tapar, y lo invitaron a una reunión donde él podría al menos momentáneamente liberarse de sus presiones. Así entro en el mundo de la droga, en particular el crack, aquella variante de estupefacientes más económica.

Sabedor por las conversaciones paternas que el modo más sutil de inyectarse era por los intersticios entre las uñas y los dedos, ya que de ese modo pasaban desapercibidos los pinchazos.

No eran pocos los días en que pasaban las horas sin que el llegase a casa, ya que se quedaba con sus nuevas amistades hasta que se le pasase el efecto alucinógeno para evitar ser detectado por sus progenitores. Sin embargo, no pudo evitar el efecto acumulativo de sus acciones. Su autoestima ya baja traspaso el suelo y llegaron los picos de depresión.

Roberto Carlos y Josefina a pesar de ser expertos en el asunto negaban que su hijo estuviera transitando el mismo camino del que ellos querían salvar a tantos. Tomaron cuenta del asunto cuando ya fue demasiado notorio, y pusieron a Patricio en manos de un psicoterapeuta allegado.

Las discusiones arreciaron cuando quisieron controlar el tiempo que pasaba afuera de casa, y con quien se juntaba.

Un día Patricio no llegó más a casa. Pero llegó la policía para comunicar que el muchacho había sido encontrado en un terreno baldío víctima de una sobredosis.

Las investigaciones sacaron a tapete la transexualidad de Patricio, sus intentos fútiles por ocultarla, y el buying del que fue centro por la misma. Además, sus padres recién recapacitaban sobre lo poco que habían tratado sus tensiones laborables, destilándolas inconscientemente y en estado casi puro al muchachito durante años.

Sobrevino el más duro conflicto a la aparente vida relajada del matrimonio y se separaron tras las mas fuertes acusaciones, de común acuerdo.

Roberto Carlos se mudo a una pequeña habitación de una pensión, de donde únicamente salía para ir al trabajo y hacer las compras. Su mente giraba como un torbellino en como había llegado a ese estado. Se culpaba por la situación por la que había pasado su hijo sin que él se hubiera dado cabal cuenta en su momento. Se sentía inútil e inoperante en su profesión en la que considero que les había fallado a tantos. Le llegó la fuerte depresión, tan ducho en tratar de combatirla en los demás. Termino por flaquear, y conocedor de los mercados subterráneos, adquirió una cruenta cantidad, y se la inyectó en su habitación de la pensión.

Primero sintió una intensa euforia, rozando la histeria, luego se le obnubilo la mente y el cuerpo gradualmente. Reconocía cada estado por el que pasaba, los había escuchado tantas veces de sus pacientes. De repente vio a Patricio, estaba casi al alcance de la mano, este le dirigió una mirada acusadora, él en su ya distorsionada mente comprendió que era tanto por lo que había hecho como por lo que estaba haciendo. Su hijo se dio vuelta dándole la espalda y se alejó. Y Roberto Carlos recapacitó aferrándose con todas sus fuerzas a la vida, pero en ese momento sobrevino la más completa negrura de la que no hay regreso.

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