A veces sospecho que la realidad posee una cortesía secreta: la de anunciar, mediante insignificancias, que no es tan sólida como creemos. Quizá los grandes enigmas no irrumpen con estrépito, sino disfrazados de objetos triviales. Una llave olvidada, un reloj detenido, una bufanda.
La historia comenzó para mí en marzo de 2013, en un restaurante de La Habana Vieja llamado El Patio. Se alza junto a la Catedral, donde las piedras parecen haber adquirido la obstinación de la memoria. Siempre he pensado que las ciudades antiguas recuerdan aquello que el tiempo nos obliga a olvidar.
Aquella tarde me reuní con Lucien. Lo había conocido en los remotos años setenta, cuando ambos trabajábamos entre aquellas máquinas desmesuradas que hoy parecen pertenecer a una arqueología tecnológica. Compartimos los días de la IRIS 10, de las tarjetas perforadas y de los centros de cálculo, templos donde el porvenir era una promesa escrita en lenguaje binario.
Yo tenía entonces veintidós años y la ingenua convicción de que toda máquina podía comprenderse desmontándola. Lucien, francés por nacimiento y español por herencia, poseía esa serenidad que suele confundirse con el escepticismo. Observaba el mundo como quien ya ha entrevisto una explicación, pero ha decidido callarla.
Después el tiempo y la geografía, nos separó. Cuando volvimos a encontrarnos, cuarenta años más tarde, yo me ocupaba de la seguridad informática de un banco; él había trabajado en uno de esos lugares donde la física parece disputar con la metafísica: el Gran Colisionador de Hadrones.
La tarde avanzaba entre un vino tinto generoso y un conejo asado cuyo aroma parecía reconciliar a Francia con La Habana. Fue entonces cuando Lucien comenzó a hablar del CERN.
No era físico. Era ingeniero eléctrico. Su trabajo consistía en mantener las fuentes de alimentación que entregaban a los imanes superconductores energías inmensas y precisas, indispensables para conducir haces invisibles de protones casi hasta la velocidad de la luz. Había estado allí el 4 de julio de 2012, cuando el anuncio del bosón de Higgs recorrió el planeta con la solemnidad de una noticia destinada a los libros de física.
Sin embargo, comprendí muy pronto que aquel descubrimiento no era la verdadera historia.
Guardó silencio unos segundos, como quien decide si una confesión merece ser compartida.
Durante una parada técnica —me dijo— él y dos compañeros descendieron al túnel. El acelerador estaba apagado; el vacío había sido interrumpido y los protocolos de seguridad permitían el acceso. Recorrieron aquel corredor interminable donde los imanes azules se sucedían con la regularidad de una letanía mecánica.
Llegaron hasta una de las fuentes de alimentación. Sobre el gabinete metálico había una bufanda verde.
No parecía caída. Tampoco doblada. Más bien reposaba. La recogieron con la cautela que inspira lo inexplicable. Ninguno reconoció la prenda. Lo informaron de inmediato.
Hasta ese instante —dijo Lucien— todo era simplemente extraño. Después fue misterioso.
El acceso al túnel fue suspendido. Convocaron a todas las personas que habían ingresado durante las semanas anteriores. La bufanda pasó de laboratorio en laboratorio. Buscaron huellas, restos biológicos, fibras textiles conocidas.
No encontraron nada. O, quizá, encontraron demasiado.
Según los informes internos —Lucien insistía en que jamás salieron de ciertos despachos— el tejido presentaba componentes imposibles de clasificar. Algunas fibras respondían a materiales perfectamente conocidos; otras no coincidían con ninguna estructura registrada. No era una aleación. No era un polímero. No era contaminación. Se llego a especular que el patrón del tejido era matemáticamente infinito bajo el microscopio.
Durante diez días el colisionador permaneció detenido.
—¿Quién la dejó? —pregunté.
Lucien sonrió con una expresión que aún hoy no sé si pertenecía a la ironía o al cansancio.
—Ésa fue exactamente la pregunta.
Miró alrededor, como si las columnas del restaurante hubieran aprendido el arte de escuchar.
Luego añadió casi en un susurro:
—Al duodécimo día nos reunieron. Dijeron que no podían afirmar que la bufanda hubiese sido introducida por una persona. Uno de los responsables habló de una hipótesis que jamás sería escrita en un informe oficial. Durante una de las corridas anteriores, dijo, pudo haberse producido un fenómeno que nadie esperaba. No habló de portales; habló de una anomalía en la costura misma del espacio. Otro, menos prudente, sugirió que la bufanda no había sido traída, sino que siempre estuvo allí, esperando que el colisionador alterara el tejido para hacerse visible. Nadie respondió. Algunos rieron. Otros evitaron mirarse.
Los científicos son escépticos por vocación; precisamente por eso conocen el peso insoportable de aquello que no pueden explicar.
Nunca supe si Lucien repetía una historia verdadera, una broma nacida en los pasillos del laboratorio o una leyenda destinada a sobrevivir entre ingenieros. Tampoco tuve ocasión de preguntárselo otra vez.
Conservo, sin embargo, el recuerdo de aquella tarde. Afuera, la luz descendía lentamente sobre la Plaza de la Catedral, y pensé que acaso las ciudades viejas existen porque el tiempo necesita lugares donde ensayar sus paradojas.
Desde entonces, cada vez que escucho discutir sobre ciencia, filosofía o religión, vuelve a mi memoria la imagen de aquella bufanda verde descansando sobre un gabinete metálico, en el corazón del experimento más ambicioso de nuestra especie.
No sé si pertenecía a un hombre distraído, a un bromista genial o a un visitante cuya patria no figura en nuestros mapas.
A veces sospecho que la respuesta carece de importancia.
Lo verdaderamente inquietante es que una simple bufanda haya sido capaz de introducir, en la arquitectura rigurosa de la razón, una duda que ni la ciencia ni la imaginación han conseguido desalojar.
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