¡Fimosis! Sí, esa palabra que ahora me suena al hijo de Amenofis IV, esa palabra de tres sílabas me persiguió toda mi infancia hasta casi los 14 años, angustiado como preso de campo de concentración al pasar la lista mañanera. Me explico, por si alguien encontrase extraño que un asunto tan baladí pudiera generar semejante angustia.
A los 11 años comencé a estudiar en el colegio de los Hermanos Maristas, después de que por tres veces mi madre intentara sin éxito que me aceptaran los Jesuitas, que estaban más cerca de mi casa. Todo normal, adaptándome a los cambios de un colegio público a otro privado y religioso, pero gracias a Dios tengo una naturaleza adaptativa muy desarrollada. El problema fue cuando tuvimos la primera revisión médica. En la cola, esperando para entrar, empezó a correrse como un fuego salvaje entre aquellos impúberes ese rumor a modo de leyenda urbana que habría de perseguirme hasta mi época adolescente.
¡¡Fimosis!! Sí, entre las pruebas que supuestamente te hacían, rutinarias, una era ver si aquel pobre alumno preadolescente descapullaba o no. ¡Ay si no lo hacía! Juro que hasta llegué a oír que, si uno no resolvía ese problema, más adelante, al llegar a la mili, ¡te quitaban ese pellejo, maldito e inútil a esas alturas en mi mente, con dos piedras! Juro que lo oí y juro que, peor aún, lo asimilé como verdad en mi bendita inocencia.
Pasé con ese sinvivir desde los once hasta los catorce años. Todos los cursos padeciendo el mismo desasosiego, aliviado únicamente cuando esquivaba la prueba no realizada; me sentía como un condenado a la horca que recibía un indulto de última hora justo cuando empezaba a patalear sin aire…
Pero el día fatal terminó por llegar. Puestos todos en línea, aquello parecía más una hilera de esclavos esperando a ser escogidos para la venta que una fila de alumnos con expresión de angustia y resignados a su destino cruel, mientras el doctor iba uno a uno observando la ausencia o la excedencia de pellejos. Justo a mi lado, antes de mi turno, un pobre desgraciado no pudo sacar el «cuello de tortuga» y allí recibió la sentencia mil veces peor que un fusilamiento: «Tú necesitas operarte».
Mis piernas se convirtieron en dos flanes mal cocinados mientras me tocaba el turno, sin preocuparme —yo, tímido innato, de tener al aire un asunto privado con cuatro pelos mal puestos y tardíos— y no sé qué milagro se produjo que, en mi desesperación, logré sacar tres cuartos de una cabeza para mí hasta ahora desconocida… pero parece que coló el truco, pues siguió con la siguiente víctima de la hilera y en ese momento sentí que me había quitado una mochila de 100 kilos de la espalda.
No sentí un alivio definitivo, eso sí, hasta que algunos años más tarde y después de mucho esfuerzo por mi mano, pude ver libre en su totalidad esa parte del cuerpo que aún se me resistía. El fantasma de una acción drástica y traumática en un servicio militar aún por venir, a pesar de ir aplicando una sensatez mental más «adulta», no dejaba de rondar definitivamente mi mente, pero pude al fin ir transformando la palabra fatídica en una mera anécdota.
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