Senatria era una joven atormentada por la pérdida de su padre, pues después de su muerte nadie quiso decirle dónde estaba enterrado. Solo sabía que un dolor desgarrador fluía de su pecho a su alma, como una marea violada por huracanes siniestros.

Ella se encontraba rodeada de una luz melancólica, flotando en la ausencia, en las rodillas de su padre, mientras contemplaba cómo resbalaban los truenos por sus manos tibias y protectoras. De pronto, una bocanada de desprecio entró y destruyó, con frases humillantes, ese momento tan sagrado e íntimo.

Senatria corrió a los brazos de una madre que había jugado su rol sin ternura ni conexión. No existía retribución; solo una palmadita y una mirada lacerante, refregando un vacío que ya nada podía llenar, salvo unos recuerdos añejos y, a la vez, tan presentes que dolían.

Senatria atesoraba en su mirada esos relatos y esos libros que compartía con su padre en el escritorio, un santuario donde solo los privilegiados tenían cabida. Miró por la ventana y quiso gritar, por si algún alma viva o muerta escuchaba su llanto atormentado. Las cortinas de ese gran ventanal retumbaban en la mente de su cuerpo frágil y doliente.

De pronto, una figura fantasmagórica flotó, reflejada en sus pupilas apagadas, con una voz familiar en otro cuerpo.

—Senatria, aún no he muerto.

Esas palabras sonaron como una navaja atravesando su corazón, dejándolo paralizado por unos instantes.

—Padre, ¿eres tú?…

Pero la imagen se desvaneció cruelmente. Senatria quedó petrificada, sin saber si era espanto o nostalgia lo que había sentido.

Los días transcurrieron sin que el espectro de su padre apareciera o sin escuchar, a través de su voz, el significado de tan escalofriante mensaje. Cada noche lloraba en el suelo de su habitación, como un cuadro trágico.

Una tarde en que se encontraba caminando por el jardín, sintió una extraña sensación de tibieza y terror al mismo tiempo.

—Padre, ¿eres tú?

—Sí, Senatria, amada hija.

La joven sintió, o creyó imaginar, un beso en su frente; aun sin verlo, sabía que era él. A lo lejos, como un silbido del viento, se escuchó el segundo mensaje espectral:

—Senatria, búscame. Necesito liberar mi alma, aún estoy atrapado.

De pronto se sintió un estruendo: era un portazo, su madre venía llegando. A pesar de que existía frialdad, ella nunca sintió rencor hacia su madre; solo un dolor tan profundo como si la tierra se hubiera partido en dos mundos que nunca pudieron tocarse.

Ya habían terminado de almorzar y no había nadie en la casa. De pronto, comenzó a temblar bajo los pies de Senatria. Apretó sus puños y quiso gritar, pero el fantasma una vez más apareció con un nuevo mensaje. El significado oculto estaba por revelarse…

—Hija, arriba del escritorio hay una caja de madera, adentro…

Al día siguiente, Senatria se despertó con el alba y caminó descalza hasta el escritorio para que nadie la sintiera, ni su propia sombra. Con mucho cuidado se subió a una silla y tanteó el escritorio hasta que finalmente logró tocarla. Como si la vida se le fuera en ello, la tomó con mucha delicadeza, se fue raudamente a su cuarto y le echó llave.

Sus manos temblaban, pues la caja no tenía cerradura; solo un terrible, espeluznante y angustiante misterio que cambiaría su vida para siempre. Como un niño que mira con curiosidad y terror al mismo tiempo, Senatria esperó el siguiente mensaje para saber cómo se abría la caja.

De pronto, un sobre fue dejado bajo su puerta. Con mucho cuidado tomó el sobre… Sus manos estaban gélidas y temblaban como un niño frente al dolor. Respiró profundo; tiernos y desbordantes ríos de lágrimas humedecieron su rostro. En el sobre había un mensaje. Inmediatamente reconoció la letra de su padre y, antes de leerla, dijo:

—Ahora sí sé que eres mi papá.

Abrió el sobre, que decía: «Para abrir la caja debes hacer una promesa antes. Debes prometerme que liberarás mi alma en 7 días y la llevarás hasta la montaña Chaleson».

Senatria respondió sin dudar, con una fe ciega en el último deseo de su padre. En ese momento, hasta el diablo se quedó en silencio.

Una ánfora plateada, con la inscripción de su nombre y la fecha de su muerte, contenía las cenizas de su padre. Con un cariño inconmensurable, tomó el ánfora y la besó, como depositando su propia alma en ella. Con el mismo cariño y cuidado, volvió a poner el ánfora dentro de la caja. Ahora el tiempo era su verdugo. Guardó la caja con llave en su escritorio.

De pronto, se sintieron gritos desde lejos; era su madre, gritando desesperadamente.

—Mamá, ¿qué pasa? —dijo Senatria.

Su madre contestó:

—No puedo decírtelo, pero he perdido algo muy importante que solo yo sabía dónde estaba.

Senatria sintió compasión, pero su promesa era irrenunciable.

Al día siguiente, Senatria esperó que no hubiera nadie en la casa y salió con una maleta de cuero rojo, en cuyo interior estaban las cenizas de su padre. Ante todo fatídico pronóstico, Senatria llegó sin dificultad a Chaleson para cumplir con el último anhelo de su padre de fundirse con la naturaleza y con Dios.

De regreso a su casa, Senatria encontró a su madre llorando desconsoladamente, pronunciando estas palabras:

—Solo quería eternizar nuestras almas sin que nadie más lo supiera. Él era mío.

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