La incapacidad del singular
La encrucijada, o la forma que se adopta para creer que lo singular es un movimiento de dirección variable. Parece tener destino, parece tener control, parece tener un motivo. Sin embargo, ¿por qué siempre pensar?, ¿por qué siempre querer entender?, ¿por qué siempre el «yo»?
El singular es preso de la corriente de energía contenida; el singular probablemente no se libere de nadie, mucho menos de sí mismo.
Por tanto, no es explicativo, no es esencial, no es trascendental. Sería incluso benévolo pensar que es suficiente como la chispa que inicia el fuego. Persiste la incapacidad de salir y dominar la complejidad de lo que se ve o de lo que se siente.
La incapacidad debe radicar en el desconocimiento, porque todos somos todos y nadie puede ser alguien. La pretensión de brindar una palabra que dirija el verso, o la comunicación fallida de punto a punto, no será necesaria desde la singularidad.
No hay momento preciso ni tiempo medible. La condición del individuo fracasa desde este punto singular y se extiende a divisar, desde lejos, qué hay en la conjunción de las singularidades.
¿Es necesario, entonces, proponer desde la única perspectiva posible que posee el individuo, o es un intento vano que repercute únicamente en la neutralidad del espacio que ocupa? ¿Se podría suponer un aporte al máximo fin de querer considerarse todo, o simplemente un arrebato de la desesperación?
No existe justa medida; tampoco hay poco o mucho. El aporte parece difuminarse en la inmensidad de la nada, pero quizá exista una diminuta salida para quien se empeña en ser todo.
Y todo no es más que nada.
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