
En todos los grupos hace falta alguna mosca cojonera. También en un club de escritura.
Y no lo digo en sentido despectivo. La mosca cojonera a la que me refiero no es quien lleva la contraria porque sí ni aquel que disfruta creando mal ambiente. Es el que hace la pregunta incómoda cuando todo el mundo parece estar de acuerdo, el que señala algo que a otros se les ha pasado o el que se resiste a convertir los comentarios en una sucesión de palmaditas en la espalda.
Porque, seamos sinceros, cuando compartimos un texto, estamos compartiendo algo bastante personal, y es normal que muchas veces tendamos a ser amables y benevolentes. Pero la literatura tampoco crece demasiado bien entre algodones. Una crítica razonada, una discrepancia bien argumentada o una observación incómoda pueden ser, precisamente, una forma de respeto hacia quien escribe.
La mosca cojonera sirve para recordar que el hecho de que todos opinemos lo mismo no significa necesariamente que tengamos razón, y que un elogio constante acaba perdiendo valor si se convierte en automático. Una buena crítica no destruye un texto: ayuda a verlo desde otro sitio, desde el lado del lector y, muchas veces, a mejorarlo.
Ahora bien, una cosa es ser mosca cojonera y otra muy distinta es ser desagradable.
Las descalificaciones personales sin argumentos, las faltas de respeto o las antipatías por política, religión o cualquier otra historia que nada tiene que ver con la escritura, no aportan absolutamente nada. Al contrario: empobrecen las conversaciones y estropean el ambiente que debería existir entre personas que comparten una misma afición.
Porque, al final, estamos aquí para escribir, leer, comentar y aprender unos de otros. Y para disfrutar haciéndolo. La buena educación y el respeto no están reñidos con el espíritu crítico; de hecho, son la condición necesaria para que ese espíritu crítico funcione y resulte útil para todos.
Y ya que hablamos de moscas cojoneras, una última puntualización.
Hay moscas cojoneras que se creen muy graciosas, pero en realidad no son moscas. Son avispas con la gracia en el culo.
La diferencia no es pequeña. La mosca molesta, sí, pero obliga a moverse y a pensar. La avispa, en cambio, solo pica y se queda tan contenta viendo el escozor que deja su aguijón.
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