I. Parte 4 – Rumbo a la selva
Pero el cobrador y el chofer me bajaron en plena carretera, pues por cincuenta centavos no iban llevarme hasta Chosica. Me bajé sin más argumentos, bien por Aleph porque apenas lo puse en el suelo vomitó todo lo que pudo, y encima, el muy torpe, ¡quería tragar su propio vómito! ¡Qué asco! Y no por hambre por supuesto, porque había tragado más de la cuenta, sino porque estaba nervioso, mareado, y, por último, no sabía lo que hacía el pobre perro…, solo había que esperar que se recuperase pronto. Yo no tenía ni idea de la hora pues hace mucho que había cambiado mi reloj por una brújula, ya que me bastaba con mirar el cielo… y el sol que aún estaba en lo alto, detrás de esa bruma espesa, como una inmensa bola de fuego ardiente, ansioso por estrellarse en el mar… Entonces me dispuse a caminar hasta que alguien me llevara a Chosica o La Oroya, para continuar con mi viaje rumbo a Pasco, Huánuco y la selva… Por fin conocería la selva…
Después de caminar y estirar el brazo por mucho tiempo, por fin se detuvo un gran camión. El chofer iba solo. Era un hombre viejo, bonachón, grueso, vestido con overol azul, casaca y gorro gris. Él dijo que iba a Huancayo, yo le dije que iba a Cerro de Pasco, así que me quedaría en La Oroya. El viaje de casi seis horas fue tranquilo, gracias a diosas y dioses nuestros silencios fueron más prolongados que nuestros breves intercambios. El hombre apenas se dio cuenta que yo viajaba con un pobre y diminuto perro cochino.
–¿Cuál es su nombre? –me preguntó ya muy lejos de la gran ciudad, donde el cielo se expandía libre de la niebla opresiva de Lima, y el fresco verdor empezaba a mostrarse en todo su esplendor… Estábamos entrando a Chosica…
–Mara –le respondí con un agudo dolor en el pecho pues me acordé de Mara… y Elo, cuando veníamos a Chosica cada vez que podíamos huir del bullicio del mundo… Cuando una vez fuimos, de Chosica a la meseta de Marcahuasi en busca de nuestras raíces históricas, y nos topamos con los vestigios de una antigua ciudadela preinca, y un gran bosque de piedras extrañas que resplandecían enormes… entre el rocío de la luna, y se movían erosionadas por el viento y la lluvia… creando las formas más alucinantes que pudiéramos imaginar…
–¿Mara?… Primera vez que escucho ese nombre –dijo.
–Sí, es poco común –le respondí haciendo un gran esfuerzo para controlar mis recuerdos que se me atropellaban por salir…
–¿Tiene algún significado en especial?
–Si, Mara significa hija del mar o quien escucha el llamado del mar.
–Es lindo, Mara. Mucho gusto. Mi nombre es Julián.
–Igualmente, Julián. Mucho gusto y muchas gracias por su ayuda.
–No es nada, estoy para servirla.
Luego, guardamos un largo silencio… y Mara ocupó todo mi pensamiento… Por supuesto que yo también me llamaba Mara, las dos éramos Mara porque las dos habíamos escuchado el llamado del mar: la iniciación heroica… Mara… A estas alturas, seguro que ya sabrías –por la Filo– que yo ya no estaba en tu casa (la casa de mi abuelo), y estarías tratando de sentir cómo fue mi partida y por dónde andaría… Lo único que sabrías al volver a tu cuarto es que estuve escuchando El Putkamayu de Raúl García Zárate, pues cuando salí lo dejé puesto en tu casetera a todo volumen; el resto, solo tu corazón te lo diría… Yo también trataba de sentir cómo sería tu regreso a Lima, a tu cuarto, donde volverías a lidiar sola con la soledad de la vida…, pero no sabrías por dónde yo habría enrumbado mis pasos, pues ni yo misma sabía exactamente hacia dónde iría. Nadie lo sabía ni lo sabría, ni siquiera mi querida madre, ni mis herman@s, ni tú ni nadie… Así yo lo había decidido. Quería vivir la experiencia de la soledad e independencia totalmente sola, sin depender de nadie, sin tener a nadie, sin pensar en nadie, sin extrañar a nadie… ni nada; porque sentía que los lazos me seguían atando y yo quería liberarme de toda cadena, de toda opresión… Ahora yo quería y tenía que ir sola por el mundo hacia lo real de la vida, por más inclementes que estos fueran, para demostrarme a mí misma que podía vivir o sobrevivir fuera de este intrincado sistema y encontrar mi propia esencia; sin padres ni herman@s, sin familia ni amigos, sin amores ni recuerdos, sin techo ni dinero, sin nada más que mi mochila con mis escasas pertenencias y mi raída bolsa de dormir… Sola…, sola…, completamente sola y vacía en este mundo…; solo para descubrirme a mí misma y poder por fin, ubicarme… Después de todo, este sistema había sido creado por el hombre; en cambio, la madre naturaleza nos ofrecía desde siempre su generoso abrazo bajo el cielo azul sin pedir nada a cambio… ¡Era como si nuestra madre naturaleza me estuviera llamando!
–¿A qué va a Cerro de Pasco, si no es indiscreción? –me interrumpió don Julián bruscamente.
–Voy en busca de trabajo… –le contesté por contestar, y recién cavilé que este era el escudo perfecto para proteger mis verdaderas intenciones…; porque, ¿cómo iba a decirle que yo estaba huyendo de la ciudad de las tinieblas?, ¿cómo iba a contarle la forma en que yo estaba viviendo, desde el día en que salí de la casa de mi madre, si cuando se lo dije a ella casi le da un infarto?… ¿Qué va a ser de tu vida sin dinero?…, me reprochó ella muy preocupada y yo le causé la mayor de las angustias, al responderle rudamente que el dinero era lo que menos me importaba…, que yo dormiría en la arena, en los pastizales o en las rocas de las grandes montañas mirando las estrellas, la luna o el sol; escuchando a los árboles, los pájaros, las olas del mar… Así caminaría hacia mi destino…, correría, escribiría, dibujaría…, ayunaría; y cuando tuviese sed, bebería el agua de los ríos y las lluvias; cuando tuviese hambre, cambiaría mi trabajo por comida…; y cuando estuviese temerosa, cantaría esta hermosa poesía que Mara me había dejado bajo la almohada: Nothing is imposible, escrita en el reverso de una hermosa fotografía que ella misma había tomado, la de la puerta abierta de su cuarto mirando hacia afuera; se veía el marco de la puerta y a lo lejos el gran centro de Lima con su maravilloso río hablador, el río Rímac. Podría decirse que yo había partido de ese cuarto, su cuarto, pero realmente yo había partido de la casa de mi madre… Y no me detendría mucho tiempo en ninguna parte…, quedarme casi un año en casa de Mara, entre ires y venires, había sido una maravillosa excepción.
–Está muy difícil el trabajo en la capital, ¿verdad? –volvió a interrumpirme don Julián.
–Sí –le contesté.
–¿Soltera o casada?
–Soltera.
–¿A qué se dedica?
–Soy bachiller… –le respondí, felizmente no preguntó en qué, así que me ahorré el lujo de detalles, pero sí le conté que hacía más de medio año había dejado mi currículum en una misión cristiana, en el distrito de Miraflores de Lima, solicitando una plaza de profesora en la selva; pues en Arequipa, una prima me había dicho que allí había muchas vacantes, por lo que estaban aceptando personal incluso con solo quinto año de secundaria. En vista que no me habían contestado, había decidido hacer este viaje a la selva para ubicarme por mi cuenta. Este fue mi alegato, que no estaba muy lejos de la verdad, y lo seguiría siendo en adelante para no pasar como una vagabunda, aunque lo pareciese; porque después de conocer a Mara, cuando llegué a Lima, me había olvidado por completo que tenía esta carta bajo la manga. Y aunque me atraían las misiones aun sin ser creyente, no era mi intención –en el caso de aceptar ser profesora– comprometerme con ninguna por mucho tiempo…, solo lo suficiente como para sobrevivir… Entonces comprendí con gran asombro que la selva…, la selva ya se me había manifestado desde hace mucho como parte de mi destino… y hacia ella estaba yendo…
–¿Qué misión cristiana? –me preguntó don Julián visiblemente curioso–, por aquí y en la selva hay muchas misiones y sectas –agregó, y yo quedé enmudecida, pues nunca había averiguado nada sobre esa misión, me había bastado con la recomendación de mi prima–. ¿Qué misión? –volvió a preguntarme don Julian tratando de mirarme mientras conducía su camión.
–Sinceramente, no lo sé –le respondí un poco avergonzada por mi falta de interés en saber siquiera el nombre de aquella misión.
–¡Tenga cuidado señorita!, no sea que caiga en manos de alguna de esas sectas fanáticas que le roban el alma a los muy confiados, para luego explotarlos e incluso abusarlos sexualmente –me advirtió don Julián como un buen conocedor del tema–. Y también tenga cuidado con los grupos guerrilleros y con la policía que anda detrás de ellos.
–¡Ooh! Nunca había pensado en ello –le respondí con asombro y un poco de temor–. Es muy desalentador que en pleno siglo XX continúen esas luchas o guerras por el poder, que los partidos políticos y religiosos no sean más que verdaderos nidos de (ratas, quise decir) mafia y corrupción…, en eso se ha convertido este vil patriarcado. Ojalá, de verdad, existiera un grupo que iniciara una gran revolución, un gran cambio, una gran transformación del corazón…
–Un cambio de corazón –repitió don Julian–, ese es el cambio que necesitamos, un cambio de conciencia…, del egoísmo a la solidaridad, del individualismo a la comunidad.
–De lo profano a lo sagrado…, de lo mundano a lo divino –continué yo muy animada por su inesperada correspondencia.
–Tenemos que volver a nuestra sabiduría ancestral, a nuestra cosmogonía andina –concluyó don Julian muy seguro de que allí se encontraba la solución a todos los problemas de este mundo. Y cuando yo iba a preguntarle: ¿cómo podríamos cambiar el corazón?, porque una cosa es decirlo y otra cómo hacerlo; él me preguntó:
–¿Conoce usted la chakana o cruz andina?
–Sí, claro –le respondí muy admirada de lo que me estaba diciendo–. La chakana es un axis mundi…
–¿Un axis mundi? ¿Qué es eso? –volvió a preguntarme.
–Un centro que ordena todas las direcciones.
–Pues eso mismo es la chakana –y cómo si continuara escuchando mi pregunta a flor de piel, me dijo muy complacido–. Para cambiar el corazón uno solo tiene que fijar su atención en el centro de la cruz andina, pues de allí emana la energía que opera dicho cambio. Increíble, ¿verdad? –dijo sonriendo y volteando a mirarme brevemente.
Y callamos…

Yo quería asimilar lo que acabábamos de conversar…, un tema nada común…, hasta me pareció un poco raro haberlo tocado con otra persona que no fuera Mara…, porque mis amigos habían sido siempre tan superficiales y mis amantes tan efímeros… No había duda que don Julián y yo habíamos sido tocados por la inefable inspiración de un encuentro místico… Sí, un encuentro místico, porque místico es todo aquello que nos conecta con lo sagrado, eterno y divino de este mundo… Pero, no volvimos a tocar el tema…, nos bastó con ese instante de inconcebible comunión…, en que mi corazón resplandecía como un loto blanco recién abierto, y recité en silencio este hermoso verso del Brihadarnyaka Upanishad 1.3.27 de Los Vedas:
¡Oh, Amor Divino!
¡Oh, Divinidad Suprema del corazón!
Por favor, llévame de lo irreal a lo real, del dolor a la felicidad
De la muerte a la inmortalidad, de la oscuridad a la luz
Y de la luz a tu Morada Suprema, nuestro último hogar
¡Mi dulce hogar amado y eterno!
Ahora estábamos subiendo por la parte más hermosa del trayecto, bajé un poco la ventana y en el acto fui golpeada fuertemente por un hálito fresco de fragancias exquisitas, dulces, sanadoras… que venían de un vasto jardín de rosas, jazmines, girasoles, claveles, hortensias, gladiolos, dogos, azucenas…; apareciendo Huamachuco en mis recuerdos…, jugando en mi horizonte con aquellos aromas y sabores que marcaron mis primeros años de infancia…: la mantequilla recién batida, el café con leche, el té con canela y clavo de olor recién reposados; hasta las más variadas frutas que acompañaban mis recreos de escuela…: el mango, la lima, el capulí… Recogíamos tantos limones y duraznos en el campo…, y tantas flores que luego deshojábamos para después lanzar sus pétalos a manos llenas –desde el segundo piso del Gran Hotel donde vivíamos–, a la hermosa Virgen de Altagracia que pasaba en procesión con su banda de músicos… Cómo expandíamos por las nubes esa gran algarabía de aromas, colores y texturas que luego terminaban volando o cubriendo delicadamente aquella santa litera… Esas eran estas flores que ahora me miraban desde sus laderas y bosques, serpenteando junto con el río Rímac y la carretera, encajonados por quietas montañas húmedas, estilizando un paisaje cada vez más íntimo y estrecho como el de mi amada sierra del norte. El viento por demás diáfano y vigoroso jugaba con los árboles y mis largos cabellos negros, y el cielo profundamente azul volvía a salpicarnos con su fina lluvia. Pasaron los túneles, puentes, barrancos, vizcachas, pequeñas comarcas, lagunas, las minas… bordeando curvas cada vez más empinadas, y mi río se fue perdiendo por aquellas grietas montañosas jaspeadas de pájaros y arcoíris. Llegamos al Ticlio casi al atardecer… Era la cúspide de la cordillera… ¡La cumbre! ¡Qué victoria! ¡Qué belleza!… El Ticlio enfundado de hielo parecía un ser de otro mundo, con su enorme pampa de altísimas torres de piedras multicolores, erosionadas por los siglos… Luego vinieron los grandes lagos color del cielo, la puna con sus ichus, las tímidas vicuñas, las llamas ancestrales, patos silvestres, colinas cubiertas de aromáticas yerbas…; y nuestro descenso se vio colmado con la fastuosa corriente del río Yauli que ahora nos guiaba hasta La Oroya.
Tuvimos que parar y bajar por un momento porque Aleph seguía indispuesto. Yo estaba preocupada por él y por mí, pues lo menos que esperaba era que se enfermara y fuera un impedimento para mi viaje. Era seguro que Filonila le había dado de comer más de la cuenta creyendo que nos hacía un gran favor (craso error), ya que se imaginaba (y con razón) que pasaríamos largos días de ayuno. El pobre bicho ya no tenía más que vomitar, ni siquiera podía mantenerse de pie, le temblaban las cuatro patas, estaba tonto, jadeaba… No había nada más que hacer, solo volver a subir al camión y continuar –de nuevo los tres– entregados al incontenible mundo del pensamiento, que iba y venía de un lugar a otro, de la cabina del camión a la carretera, y de la carretera al paisaje que me remontaba a mis maravillosos juegos de niña, al pesar rebelde de mi adolescencia, a la aventurada elección que acababa de hacer ahora que era bachiller en arquitectura… Hasta que por fin llegamos a La Oroya casi entrada la noche. Don Julián me dejó sus bendiciones en el puente que cruza el río Yauli y siguió su camino, y yo…, yo había llegado a mi primera parada olímpica, sana, salva y agradecida…
I. Parte 5 – Un río es todos los ríos
El puente… El puente estaba un poco oscuro… El hombre es un estrecho puente entre materia y espíritu…, me dijo la noche estrellada levantando mi rostro y miré a la luna creciendo luminosa entre las tinieblas… No quise sentir temor, no…, era el momento de dejar atrás todo temor y dolor porque cruzar un puente es dejar un mundo viejo para entrar a otro nuevo, más vigoroso y resplandeciente…, más lleno de dicha y soltura… Saludé al río Yauli con una tosca reverencia que hizo sonreír a todos los presentes y yo me sonrojara, lo que provocó que el río saltara fresco al centro de su puente con sus míticos peces y yo lo abrazara… Lo abracé más, lo besé… y mi frente fue iluminada con el beso de sus aguas… Dancé con él, con el río, quien me dijo ser el mismo Rímac… Un río es todos los ríos… me cantó al oído…; tal como dijo Plotino, filósofo neoplatónico (205-270), todo en el cielo inteligible está en todas partes, cualquier cosa es todas las cosas…; y Jorge Luis Borges lo diría parafraseando, un hombre es todos los hombres… Y me llevó de los ojos por sus orillas fragantes de guirnaldas perpetuas, a la quietud de sus manantiales sublimes donde descansa el ombligo del mundo…, y descendió la luna dorada con su corte de estrellas errantes para danzar todos pletóricos de dicha…, con mi corazón que viajaba agradecido hacia el cielo… Así fue que crucé el río e ingresé apoteósicamente al otro lado del puente… Mientras resonaba glorioso el eco de Javier Heraud con el más prometedor horizonte… Yo soy un río…
(2)“… un río, un río cristalino en la mañana. A veces soy tierno y bondadoso. Me deslizo suavemente por los valles fértiles, doy de beber miles de veces al ganado, a la gente dócil. Los niños se me acercan de día, y de noche trémulos amantes apoyan sus ojos en los míos, y hunden sus brazos en la oscura claridad de mis aguas fantasmales. (…)”.
Luego de la apoteosis…, la oscuridad… que amenazaba con un fuerte viento, lluvia y frío… Ya no era posible continuar caminando por la carretera, en espera de un alma piadosa que cargase conmigo y mi pequeño Aleph. Más bien, tenía que buscar urgente un refugio donde pasar la noche antes que se nos cerrasen todas las puertas…, y a lo lejos vi un extraño cortejo de luces parpadeantes que me invitaban a seguirlas como si yo fuera una luciérnaga… Sin pensarlo dos veces fui tras ellas por un camino muy sinuoso, hasta que desaparecieron en un anuncio apenas luminoso y por demás insólito que estrujó mi corazón…, Kuntur Wachana… Era el nombre de una rústica chingana a la que llegué a duras penas, y me sostuve de su pared de adobe para no caer; era inaudito, no podía ser…, Kuntur Wachana no solo era el nombre de la montaña más alta de la sierra del norte, bajo cuyas faldas había nacido mi madre…, sino también el título de una de mis cantatas favoritas, Donde nacen los cóndores, se trataba sin duda de una mística señal… La puerta estaba entreabierta, me sobrepuse, me enderecé y entré. El salón era pequeño, sencillo, con pocas mesas y un par de comensales que ya se iban. Detrás del mostrador estaban dos señoras conversando animadamente. Me acerqué a ellas y pregunté por la dueña o el dueño…, Doña Flora, me dijeron…, y una de ellas, doña Flora, me sonrió piadosamente y yo le pedí albergue. Solo preciso de un pequeño rincón para mí y mi perro, le supliqué volteándome hacia el salón del restaurante, buscando con la mirada un pequeño rincón entre aquellas mesas y sillas solitarias, y ella accedió como si hubiera estado esperándome.
¡Aah, doña Flora! Me hizo recordar a mi madre querida mientras descargaba mi mochila en un rinconcito que yo había elegido, esperando a que cerrasen el restaurante para poder tender mi bolsa de dormir. Luego, doña Flora me indicó que la siguiera para mostrarme el baño en caso de necesitarlo durante la noche. Salimos del pequeño salón por detrás del mostrador hacia un estrecho corredor iluminado por la luz de la luna, hasta encontrarnos en un patio con la noche del campo y sus estrellas flotando en el mar del firmamento; después bajamos despacio por unas cuantas gradas que me parecieron cientos y cientos de siglos de silencio… De pronto, ya no vi a doña Flora sino a mi madre envuelta en un tosco manto negro que le cubría hasta la cabeza…, casi me llené de terror…, las piernas me flaquearon…, quise gritar…, grité…, pensé que grité…, pero no pude articular palabra alguna…, el pavor empezó a invadirme… ¡Aquella no era mi madre! No, no podía ser mi madre… Mi madre era una mujer elegantemente vestida, de finos modales y hablar melodioso… En cambio, esta…, esta era una vieja andrajosa vestida de negro, que arrastraba un faldón muy largo por el suelo, y que en vez de linterna llevaba una antorcha toda destartalada… Cuando ella se detuvo y volteó para verme se me paralizó el corazón, ¡claro que no era mi madre!, en una fracción de segundo vi su rostro arrugado, con unos espantosos dientes largos y torcidos que me decía con voz de ultratumba…
–¿Qué te pasa? ¿Por qué te detienes? –Estuve a punto de desmayarme, cuando sentí que ella dio un salto mortal hasta mí, sujetándome con tal fuerza sobrehumana que evitó que me desplomara…
–Madre –creo que musité, y en ese momento recordé mi mágica novela Metamorfosis que había estado leyendo la noche anterior. Había una escena tan parecida a esta que acababa de vivir…, que me aterraba el solo pensar que todo lo que yo estaba escribiendo o dibujando, estuviese de verdad haciéndose realidad, porque eso era lo que venía aconteciendo… ¡Oh, diosas y dioses!… Ahora sentía unas palmaditas en mi rostro… Era mi madre… ¡Ah! Mi madre…, esta sí que era mi madre, aquella noble dama fina, delicada y amorosa quien me estaba acariciando…
–¿Se encuentra bien? –me preguntó doña Flora un poco preocupada.
–Sí, sí –le respondí vagamente volviendo en mí–… Estoy bien, gracias… ¡Casi me caigo!… –exclamé.
–Es la altura, el soroche –me dijo ella sosteniéndome… El solo hecho de que en ese momento me enfermase o muriese de susto, me espantaba más que cualquier cuento o novela de terror…, porque apenas había empezado a vivir mi camino y era imposible echarme atrás…; además, ya estaba metida en mi propio cuento y todo se había vuelto una extraña y fascinante aventura…
Cuando regresamos al salón, doña Flora me alcanzó un cartón grueso para colocarlo debajo de mi bolsa de dormir y protegerme del frío, luego me convidó una taza de café caliente y un pan que yo no supe como agradecerle. De nuevo vi a mi madre allí conmigo, generosa, atenta, cariñosa, dulce…; yo la abracé una y otra vez con mis lágrimas, y sus ojos se evaporaron tiernos en el negro sabor de mi café… Aleph no quiso comer nada, seguía medio aturdo, pero apenas vio a otro perro diminuto que apareció por el corredor, se puso a coquetear y corretear con él como si fuese el bicho más sano del mundo; así que lo dejé libre como una mariposa para que durmiese con quien se le antojase, mejor que mejor. En tanto, se apagaron las luces y yo prendí una vela, quería bosquejar un paisaje nocturno para la pequeña poesía que Mara me había regalado… Nothing is imposible…
Too shy!
¡Se sobrevive!
Solo con montañas especiales
Solo con sol y luna
Solo con soledad
Y el misticismo del mar
Y mientras yo dibujaba una gran montaña con sus faldas floreadas y una cueva secreta que llamaba a voces a su amada luna, mi mente errante me arrastró por los confines más lejanos de mi idílica infancia…, y más lejos aún…, mucho más…, hasta tocar el corazón o el alma de aquella gran montaña cautivadora… De pronto, surgió como un río, desde lo más profundo de mi ser, aquella voz misteriosa, invisible, inmaterial que me hablaba desde siempre, de vez en cuando; era una voz prodigiosa, primigenia, divina, cálida, nítida, fuerte, serena, segura…; tal vez era mi propia voz, mi voz interior, la de mi otro yo, mi verdadero yo, mi alma…; o esa otra voz enigmática, la del río de la vida, que también me respondía desde ese otro espacio… sin tiempo…, desde otro mundo, más íntimo y secreto, donde no calza la mente ni inteligencia alguna… sino tan solo el corazón…
En el principio…, me ordenaba a cantar aquella voz…, en el principio fue el amor, solo el amor, no el verbo… sino el amor… El Amor que se dividió en dos para saborear su propia dulzura y placer, pues en cosas de amor se necesitan dos…; y me quedé pasmada ante esta fantástica revelación que brotaba como un torrente de ecos, de aquel túnel profundo y oscuro, donde apenas llegaban mis esplendorosos rayos lunares… Tuve que tomar la luz de la vela para introducirme en aquella boca curiosa que me llamaba a ser devorada…, y me deslicé despacio por aquellos senderos laberínticos que poco a poco yo había ido atisbando en otras noches de luna… Luego vinieron cientos de gradas sinuosas…, miles…, en medio de puentes que me obligaban a descender cada vez más por el abismo de una inconcebible chakana, alucinante en forma y tamaño… Repitiéndome en silencio a cada paso que daba, que yo no tenía miedo, no tenía nada que temer… ¡Yo soy la más fuerte! ¡Yo soy la más fuerte!…, me alentaba a cantar como cuando era niña, me alentaba a no sentir temor de las cosas ocultas ni de las tinieblas que solo quieren detenernos o destruirnos… Y corrí como un río loco por llegar a su fantástica fuente de extáticos cánticos que se ordenaban en exaltadas e infinitas bibliotecas…, iluminando al mundo entero con su fulgor… Era el hogar, el dulce hogar eterno y amado, el hogar de todos los hogares, el hogar de la Divinidad Suprema que nace del corazón: el amor, el Amor Divino manifestado en una pareja, la Pareja Divina, Diosa y Dios Supremos, deslizándose eternos e intensamente por nuestros corazones, de boca a oído, de corazón a corazón… en infinitud de cuentos secretos y pasatiempos inigualables de un gran amor apasionado, mitos y leyendas sin igual, en versiones innumerables…
I. Parte 6 – El clan familiar
Una de esas infinitas bibliotecas diseminadas por el mundo era la de mi padre, enorme…, que abarcaba toda una pared de su dormitorio, de extremo a extremo, de piso a techo…, y muchos de esos fantásticos cuentos eran los que me contaba mi querida madre… A mis ojos de niña, esa inmensa biblioteca y esos maravillosos cuentos se mostraban infinitos y llenos de misterio, porque alojaban el mundo del pensamiento y del conocimiento, y yo sentía que estos eran infinitos…, y lo infinito me causaba terror…; sobre todo en las noches, cuando en mi cama cerraba los ojos y volaba por sus espacios siderales sin fin…, sin ver nada más que tinieblas, vacío, dolor y muerte… ¡Ooh, la muerte!… ¡Cómo me desgarraba la sensación de la muerte irrevocable por doquier!… Sentía tanto temor…, sobre todo por aquellos a quienes amaba tanto…: mi madre…, mi padre…, mis herman@s… Porque un día vendría la muerte inexorable y se los llevaría a todos… ¡Nos llevaría uno por uno quien sabe a dónde!…, y yo no podría hacer nada para impedirlo… ¡Nada!… ¡Aaah! ¡Mejor era quedarse sin ojos que sin madre! ¡Sin brazos que sin herman@s! ¡Oh, madre, madre!… cadena… madre… cadena… padre… cadena… herman@s… cadena… cadena…
Esa biblioteca era el tesoro más preciado de mi padre que compartía con mi madre, pues ambos eran muy amantes de la buena lectura. Un gusto que heredaríamos mis dos hermanas mayores y yo, pues siempre los veíamos leer sus libros de cabecera y luego comentarlos generalmente en la sobremesa. Pero nadie hacía nunca ninguna alusión importante a la Divinidad Suprema o a la Verdad Absoluta… Mi padre era ateo, confiaba en el poder y progreso de la ciencia para resolver todos los problemas de la tierra, mar y cielo; mejorando las condiciones de vida de la humanidad, y llevándonos de la ignorancia al conocimiento o de la oscuridad a la luz de la razón…; ese era su estandarte, la razón; lo demás, pura superchería… Y su ideal de vida era la vida burguesa imperante en aquella época, de la que había adoptado sus costumbres más habituales: fumar pipa y vestirse finamente con terno, corbata y sombrero… Le gustaba comprar telas importadas para mandar a confeccionar sus ternos junto con los vestidos de mi madre, según sus gustos y medidas… Mi madre era católica, devota de la Virgen María, especialmente de la Virgen de Fátima y de Fray Martín de Porres; y si bien, también confiaba en el progreso de la ciencia, confiaba más en que ambos unidos, ciencia y religión, lograrían el bienestar definitivo de la humanidad. Mi padre respetaba su postura o no se incomodaba por ella, porque después de todo, mi madre no era muy asidua practicante ni muy afecta a la iglesia y sus curas, en esto concordaba con mi padre: eran imperdonables las aberraciones que la iglesia católica había cometido en nombre de la religión y aún seguía cometiéndolas… Sin embargo, ni mi madre ni mi padre nos inculcaron estrictamente sus convicciones; más bien, nos enseñaban que en los libros y en los cuentos podíamos encontrar el conocimiento más elevado que nos ayudase a elegir lo mejor para nuestras vidas; por lo tanto, nos manteníamos en término medio, ni muy católicas ni muy ateas… Mi madre también aspiraba a la más completa independencia de las mujeres en la familia y en la sociedad, y mi padre la apoyaba porque le gustaba que ella fuera diferente, muy segura de sí misma, aunque de vez en cuando le traicionaba y gruñía su ridículo y absurdo complejo patriarcal; pero sobre todo la apoyaba por nosotras, sus cuatro hijas mujeres; así que ambos aspiraban a la igualdad entre hombres y mujeres. Su sueño más preciado era que llegásemos a ser profesionales, libres, felices, no nos inculcaban a casarnos…, esa especie de credo era social a pesar de parecer natural la atracción entre hombres y mujeres, pero los tiempos estaban cambiando… y esos temas los iría descubriendo y comprendiendo poco a poco en la vorágine de mi crecimiento…
Era el año 1960…, cuando vivíamos en el norte del Perú, en el hermoso pueblo de Huamachuco, departamento de La Libertad, en el Gran Hotel de la señorita Zarela Torres Vargas, ubicado frente a la misma Plaza de Armas del pueblo, en la calle Balta número 69. Mis padres habían llegado del sur, luego de vivir casi diez años entre Juliaca, Puno y Cuzco, donde habíamos nacido sus cuatro hijas mujeres.
El hotel era una inmensa casa colonial antigua de dos pisos, de adobe, cubierta de tejas a dos aguas, cuyos ambientes se distribuían alrededor de dos patios. En el primer patio había un esplendoroso jardín y estaban los aposentos de doña Zarela y otras habitaciones para alquilar; y en el segundo patio había un baño-letrina, una lavandería y un tendedero de ropa, de uso común; también había otras dependencias de servicio y una huerta. Su fachada asimétrica tenía tres puertas grandes en el primer piso y cuatro balcones franceses en el segundo, todas de color marrón; sus paredes eran blancas y sus zócalos eran grises. La primera puerta era de la oficina de mi padre; la del centro, más alta que las otras dos, era la puerta principal; y la tercera puerta era del CIPA, una dependencia gubernamental. La puerta principal era un gran portón de dos hojas con una pequeña puerta que se mantenía abierta durante todo el día, por la que ingresábamos todos, a través de un amplio zaguán, al primer patio o patio principal del hotel.




Terminando el zaguán, a la derecha, se encontraban las escaleras que daban al segundo piso, y a la izquierda del zaguán estaban las dos habitaciones contiguas que había alquilado mi padre y que se conectaban entre sí. La primera habitación daba directamente a la Plaza de Armas, era su oficina de escribano, y la segunda habitación, que a su vez se conectaba con este primer patio, era nuestro dormitorio (el de todos), donde mis padres tenían su enorme biblioteca. Antes de entrar al dormitorio, en la esquina de este patio principal, mi padre había construido una cocinita-comedor provisional donde estrenábamos nuestra flamante cocina a gas de kerosene, marca Phillips, último modelo; y teníamos dos mesas: una pequeña para los mayores y otra más pequeña y bajita para las niñas, con sus tres silletitas desplegables color azul, que mis padres habían traído desde Juliaca entre otras cosas. Esta fue nuestra primera casa que yo recuerdo… Nuestra sala de estudio era la oficina de papá, cuando él cerraba la atención al público por las tardes teníamos acceso a ella hasta la noche; todo era nuestro, sus escritorios, sus máquinas de escribir, sus plumas fuente, tinteros, lápices, reglas, cuadernos, papeles y demás enseres… Cómo me encantaba el olor del lápiz recién tajado, cómo me encantaba aprender a leer, escribir y dibujar bajo la guía de mis queridos padres, sobre todo de mis hermanas mayores, América (Mery) que ya iba a cumplir diez años y Silvia (Silvana) ocho; yo iba a cumplir cuatro años y mi hermana Edith dos; Víctor estaba por nacer y mis otros hermanos no habían nacido todavía.
Este primer patio era el corazón de la casa alrededor del cual todos girábamos bajo los deslumbrantes rayos del sol, de la luna y las estrellas. En su centro había un exuberante jardín de las más variadas flores y exquisitos aromas; pájaros, gusanos, caracoles y otros insectos habían hecho allí también su reino…, hasta mi madre tenía allí sus plantas mimadas a las que regaba o limpiaba diariamente… ¡Cómo no recordar el color favorito de sus flores!… ¡El cíclame!… ¡Ooh, madre!, te veo siempre hermosa, bronceada, delgada, caminando entre las flores del jardín con tu cabello ondulado, algo oscuro, rozándote los hombros y alborotándose por las diligencias, siempre presta en tus quehaceres con la ayuda de alguna muchacha; mientras mi padre trabajaba en su oficina y mis hermanas estudiaban en el colegio. Veo a mi padre elegantemente vestido, siempre impecable, algo grueso, trigueño, con su cabello escaso, atento con todos y muy querido por la gente. Veo a mis hermanas delgadas, de cabello corto, muy bellas, inteligentes, estudiosas, traviesas, despiertas… Yo me veo a mí misma muy pequeña, gruesa, de cabello negro, corto, sujeto con una vincha negra, de vestido claro y un saquito verde de paño; buscándote jadeante por donde quiera que te encontraras, ya en la cocina, en el dormitorio o en uno de los patios… para decirte, dibujando, con mis pequeños brazos extendidos, el círculo más grande que pudiera hacer: ¡Te quiero como toda la mundooo!…, y tú feliz me abrazaras, me besaras y me preguntaras una y otra vez: ¿Cuánto me quieres?, porque te causaba mucha gracia esa forma en que te respondía o te lo decía o expresaba mi gran amor por ti… ¡Ay, mi madre!…, mi madre Elvira…
–¿Qué observas con tanta atención ñatita? –me preguntó un día mi madre muy curiosa, mientras limpiaba esmeradamente las hojas y flores de sus plantas en el jardín.
–Dos gusanos abrazándose…, están colgados… –le contesté con mi lenguaje incipiente. Mi madre se acercó a mí para presenciar este singular fenómeno.
–¡Qué curioso! –exclamó sonriente–. Parecen larvas gemelas –dijo y ambas nos quedamos quietas observando cómo se abrazaban las dos oruguitas…
–¡Se están encogiendo!…, ¡se están reventando! –exclamé angustiada viendo cómo las orugas abrazadas se envolvían en un manto viscoso que nacía de sus propios vientres, como si estuviesen devorándose a sí mismas…, hasta que se quedaron transformadas en un capullo colgado de esa ramita que las mecía con el viento…
–¡Es increíble! –volvió a exclamar mi madre– ¿Será posible que nazcan dos mariposas gemelas?… Nunca he escuchado de esto…
–¿Dos mariposas?…, ¿cómo?… –le pregunté asombrada y mi madre me explicó el increíble proceso de metamorfosis que sufren estos maravillosos seres alados.
–Es como si un día –continuó ella–, estas simples orugas que se arrastran por el suelo, escucharan de repente el llamado divino del cielo y atendieran ese llamado aislándose del mundo entero…, envolviéndose en un capullo… para renacer con alas y poder volar hacia el cielo… Santa Teresa de Ávila dice que así es nuestra alma, que después de vivir como un gusano debemos morir para renacer como una mariposa, nuestro cuerpo terrenal ha de sufrir una metamorfosis transformándose en un cuerpo espiritual para poder volar hacia la Divinidad Suprema…
–¡Ooh! ¡Yo quiero ser una mariposa! –exclamé con efusión… Mi madre me sonrió feliz y colmándome de besos me dio su santa bendición…
–Sí, tú serás una bella mariposa… Tú alcanzarás tu última madurez…, tu última forma…
Así fue que nació mi novela mágica Metamorfosis (ahora titulada Los Místicos), que fue tomando forma durante mi adolescencia y madurando con los años; y sobre eso quería escribir, sobre mí misma… Un testimonio que me sanara y fuera la huella para otros viajeros que, como yo, añoraban y soñaban con otro destino, y esto sería posible solo cuando me encontrase ante mi última forma y ante la salida de este mundo mortal… Ahora había llegado ese momento…, ahora, en que de nuevo estoy surcando este mismo río, aunque sus aguas que ya no sean las mismas…
Las habitaciones del segundo piso del hotel se alquilaban todas, generalmente en el mes de agosto, a los peregrinos que venían por la famosa fiesta de la Virgen de Altagracia, patrona de nuestro pueblo. Desde sus balcones, todos los presentes le lanzábamos pétalos de flores a esta hermosa virgen que nos prodigaba sus bendiciones al pasar en procesión, con su banda de músicos… ¡Cómo no recordar aquellas flores fragantes!… Recolectábamos tantas rosas, hortensias, jazmines, dogos, margaritas, lirios, geranios, pensamientos, claveles… ¡Cómo no recordar sus aromas y colores!… Donde quiera que aún sienta estas fragancias me traslado de inmediato al Huamachuco de mi infancia…, a su bella Plaza de Armas con su fastuoso campanario, su hermosa pileta, glorietas, bancas, árboles, flores…; su ermita San José; su cine teatro donde veíamos películas de Marisol, Joselito, Cantinflas, Viruta y Capulina…; incluso con su iglesia entonces derruida por un terremoto… Y su famosa radio sonora desde donde el joven Carlos Flores nos hacía escuchar a todo volumen los últimos hits de la nueva ola: Gracias; Adiós mundo cruel; Non, je ne regrette rien; Venecia sin ti; Tú eres mi destino; Love me do; Diana; ¡Oh, Carol!; Vestida de novia; Fanny; Perdóname; La tómbola; La campanera… Y en medio de ellos también nos hacía escuchar el nuevo vals del grupo Los Cinco, que recién estaban estrenando: Fina Estampa de Chabuca Granda.
Cómo me gustaba recoger y contemplar las semillas de sus pinos tan altos que me hacían mirar el cielo, atesoraba su forma tan peculiar de pequeñas grietas que ocultaban el misterio de la vida, que me hacía guardarlas junto a mis semillas de eucalipto y otras semillitas, para aprender a contar con ellas… Huamachuco huele a flores, a pino, a eucalipto… En realidad, toda la Plaza de Armas era como una expansión de este magnífico hotel donde vivíamos, era como nuestro patio o parque de juegos por donde nos deslizábamos libremente sin temor alguno; y todo este gran hotel era como una expansión de nuestra pequeña vivienda.

Esta era mi visión mágica de todos los días: este maravilloso patio o corazón de la casa, y el corazón de Huamachuco o su enorme Plaza de Armas por donde todos paseábamos, jugábamos y correteábamos hasta más no poder… Estos eran los escenarios de mis juegos de niña y el de mis hermanas mayores, a quienes yo seguía muy empecinada en su andar con las hermanas Torres (Lila y Gracia) y sus amigos de barrio… Nuestros juegos eran interminables, desbordantes de imaginación… Jugábamos a todo, a las escondidas, a la pegapega, a la soga, a la rayuela, a las cartas, a los yaks, a la mata gente, al circo, a los carnavales, a los vampiros, trepábamos los árboles, hacíamos trampas en el suelo, construíamos nuestras tiendas con palos y mantas como los siux o los beduinos, y nadie nos cuestionaba… También nos gustaba ir de paseo a los cerros Sazón y Cacañán, al río Grande, al Agua de los Pajaritos y otros puquios (manantiales), para regresar a casa con un buen botín de rayansimbas y capulí, luego de haber luchado a muerte con los duendes y piratas que merodeaban por los bosques y asolaban la región… Nuestra vida era solo un juego, un juego constante, incluso el estudio era parte de ese juego… Pero de todos estos juegos, el que más me gustaba era el de escuchar y contar cuentos…, cuando nos reuníamos en nuestras tiendas o carpas (que construíamos) bien apretujaditos, haciendo un círculo alrededor del fuego sagrado y abriendo muy grandes nuestras pequeñas orejas como si fueran de elefante, para escuchar los cuentos más insólitos que los más ancianos y sabios discurrían sin parar… Esa era nuestra alucinación…, que estábamos frente al fuego sagrado, y que eran ancianos y sabios quienes nos contaban aquellos exuberantes cuentos sin cesar, donde la imaginación se desbordaba por las aventuras más disímiles e insospechadas…, donde Blanca Nieves y la Cenicienta ya no tenían cabida, pues nadie estaba interesado en encontrar a la princesa encantada o al príncipe azul para casarse con ellos; todos queríamos recorrer otros mundos…, otras aventuras… nuevas…, más fantásticas, más extravagantes, más terroríficas, más sobrenaturales, más mágicas… que pudieran hacer volar la imaginación de unas niñas y niños entregados por completo al juego, solo al juego…
Y por las noches, yo me entregaba a mis viajes interestelares vestida con ropas y poderes especiales para hacerle frente al vacío, al dolor y a la muerte por doquier… ¡Ooh, la muerte!… ¡Cómo me desgarraba el corazón sintiéndola que me devoraba hasta dejarme sin vida, cómo muerta!… Entonces jugaba con la muerte intentando sentir como si realmente estuviera muerta, me imaginaba muerta…, simulaba estar muerta…, sin aliento…; y me sentía como sumida en un profundo sueño…, caminando por largos pasadizos oscuros…, apenas iluminados…, atisbando por puertas secretas y tenebrosos túneles…, abismos insondables…, escaleras interminables que subían y bajaban por todas las direcciones…; perdida entre extraños laberintos de infinitas posibilidades… y sus consabidos minotauros… Hasta encontrarme subiendo despacio por una estrechísima rampa sin baranda, que bordeaba las entrañas de un gran túnel vertical, oscuro y profundo…; con mi cuerpo pegado de espaldas a sus altísimas paredes…, sosteniéndome a duras penas con mis manos… de ese espeluznante abismo cuadrangular…, imperceptiblemente espiralado…; tratando de llegar a aquel pequeño círculo que apenas se vislumbraba allá arriba…, muy arriba…, como un punto…; esperando impávida, a que de pronto apareciese en algún momento, por algún lado, la añorada luz… y me volviese a la vida…; a pesar de la monstruosa sombra de la muerte y sus temibles minotauros que languidecían mis movimientos… Eran extrañas experiencias o sensaciones íntimas que perduraron vívidamente en mi interior, hasta casi el final de mi adolescencia…, desapareciendo de repente, casi sin darme cuenta –tal vez por mis nuevas actividades sociales entre amigos y efímeros amantes–; mas, dejándome el anhelo de su existencia en alguna parte de mi ser; por lo que yo sentía que en algún momento de mi vida aparecerían de nuevo y yo tendría que enfrentarlos, sí o sí, aun sin saber cómo ni cuándo. Hoy, puedo decir que aquellas extrañas experiencias fueron verdaderas meditaciones… espontáneas…, que yo meditaba sin saberlo…
Sin embargo, de todas esas historias que contaban mis hermanas y sus amigos, incluso de los mitos y leyendas que también nos contaba mi padre, me gustaban más los cuentos de mi madre… Me hacía alucinar con todo lo que ella me relataba, me hacía reír, llorar, me estimulaba, refrescaba, aliviaba, me iluminaba, me hacía sentir importante porque todo lo que escuchaba venía de una persona mayor…, mi madre; pero sobre todo me hacía sentir amada porque ella compartía su tiempo conmigo… Los cuentos que más me gustaba que me contara eran los de Las mil y una noches, de los cuales mis preferidos eran: “Alí Babá y los cuarenta ladrones” y “Aladino y la lámpara maravillosa”. También me gustaba que me contara de la vida de los santos, mis preferidos eran: Santa Teresa de Ávila, Santa Rosa de Lima y Fray Martín de Porres; porque yo soñaba en ser como ellos… Me atraía la virtud, la perfección, la santidad…, la vida monástica…, quería ser monja… Pero de todos, de todos mis preferidos, el cuento que más me gustaba que me contara era “Elvira y su alfombra mágica” (ver Anexo 1), que con el correr del tiempo descubrí que no era más que el relato de su propia infancia… En ese entonces yo no relacionaba que el nombre de mi madre era Elvira y el de mi padre, Donato…
Así transcurría nuestra mágica infancia bajo la mirada atenta de nuestros padres…, un verdadero paraíso en el que ellos eran nuestros ángeles guardianes y guías, y nosotras solo teníamos que obedecerles dejándonos guiar por ellos; a lo que yo accedía de muy buena gana porque sentía que ellos me amaban y yo también los amaba, porque confiaba en ellos, porque eso les hacía muy felices y cuando ellos eran felices yo también lo era. Mi amor por mis padres era simplemente amor, amor puro; nunca sentí celos de mi padre ni de mi madre, ni por las preferencias que a veces ellos les prodigaban a mis hermanas y hermanos; por el contrario, yo era feliz con que ellos recibiesen tales atenciones, precisamente por ser las mayores y los menores. Así, nosotras fuimos creciendo y fueron naciendo mis hermanos Víctor, Jorge y Rafael. Enrique, el último, nacería después en Santiago de Chuco.
Estos son mis primeros recuerdos de niña, desde cuando yo tenía apenas cuatro años y mi mundo giraba alrededor de mis padres y herman@s, alrededor de la gigantesca biblioteca de mi padre y de los fabulosos cuentos de mi madre, alrededor de ese oloroso jardín del Gran Hotel y del hermoso pueblo de Huamachuco donde nos tocó vivir… Pero, sobre todo, mi mundo giraba alrededor de mi madre, ella fue el centro mágico de mi maravilloso mundo infantil. De hecho, ella fue la primera persona que vi cuando abrí por primera vez mis ojos al mundo, ella fue la primera persona que me alimentó. La primera palabra que aprendí a balbucear fue mamá. Ella fue el primer amor de mi vida, mi primera felicidad, en ella empezaba y terminaba todo mi mundo. Ella fue mi primer nido, mi primer hogar…, su amor me tenía cautiva…, hacía que yo no me fuera de su lado; a cada paso que daba lejos de ella yo volvía de inmediato, no podía separarme de mi madre ni de mis herman@s… Solo la Divinidad Suprema sabe cuánto la amé de niña, cuánto la amé de adolescente…; y luego, cuánto sufrí para liberarme de ese amor porque sentía que me encadenaba e impedía ser yo misma…, y por supuesto que nunca dejé de amarla…, nunca… Otros amores hubieron en mi vida, pero ninguno fue igual a este que yo sentía por mi madre, y tampoco nunca nadie me amó tanto como ella me amó. Su amor por mí fue único, maravilloso, real, de total entrega… Su amor por mí me dio la seguridad y felicidad necesarias para crecer y desenvolverme en este mundo. Tengo tanto, tanto que agradecerte querida madre; sin embargo, tuve que abandonarte… ¡Perdóname!, perdóname madre querida…
Fin de EL COMIENZO
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