Mientras el humo todavía se elevaba sobre las calles de Monchesquiue, un hombre se sostuvo contra un muro ennegrecido, dejando un rastro de sangre al deslizarse lentamente hacia el suelo.
Eryon.
Él Auralis destinado a Monchesquiue.
Su mano presionaba la herida en su pecho, inútilmente. A su alrededor, el bazar ardía. Los pilares caídos crujían entre llamas. Gritos… acero… el eco distante de una batalla que ya no podía cambiar.
Alzó la mirada una última vez, y vio a Sir Get, rodeado. El fuego reflejado en su espada, el momento exacto en que su cuerpo cedía. El final.
Los ojos de Eryon no se cerraron, solo parpadearon.
—
En el corazón del reino, en el Salón del Consejo de Balqueester, Kael abrió los ojos de golpe.
El aire le faltó por un instante.
Las antorchas ardían con una inquietud que parecía reflejar el ánimo de sus emociones.
Kael no habló de inmediato. Respiró, una vez y otra; Como si aún estuviera regresando de otro lugar.
—Reúnan al consejo —ordenó finalmente, con la voz tensa—. Ahora.
Minutos después, en el salón real, se quedó en silencio. Un silencio pesado. Hasta que uno de los consejeros murmuró:
—La Batalla de los Pilares…
Todos supieron.
Por más que Kael intentó dar el reporte de manera formal, a veces su ritmo cardiaco afectaba la voz, y la forma en que los miraba.
La noticia había llegado con una claridad imposible. No como un relato… sino como un recuerdo ajeno que aún respiraba en él. Solo los Auralis podían ver la visión completa, pero bastó su voz para transmitir lo ocurrido con una precisión que ningún mensajero habría logrado.
—Si Monchesquiue cae por completo, el norte quedará expuesto ante ideas y rumores que luego no podremos controlar —continuó otro consejero, la voz cargada de preocupación—. Además, es un punto estratégico con su ubicación en la extremidad inferior del norte. No es un terreno cualquiera; es el ojo de la cerradura y el sur tiene la posibilidad de la llave, de los recursos, y… del futuro de quienes aún no han nacido, o a lo menos así recuerdo que lo planteó la Reyna Elizabeth.
—Debemos actuar de inmediato —dijo Lord Avenhar, Supremo del reino y consejero militar—.
—Propongo nombrar un gobernador provisional y enviar refuerzos antes de que otros invasores detecten la debilidad.
—¿A quién enviarías? ¿A otro comandante que no conozca la tierra ni a su gente? —preguntó Lady Merien, Maestra de Enseñanzas, con el ceño fruncido.
El anciano Arcano Real, Elthric, apoyó sus manos sobre la mesa de piedra:
—No podemos enviar solo soldados humanos a Monchesquiue. Debemos proceder con Caporales y demás fuerzas mágicas, para que el norte y sus enemigos comprendan que esta decisión no es una broma.
—Precisamente por eso —intervino Avenhar—: debemos pensar en alguien que se encargue de todos los recursos que estamos dispuestos a invertir en Monchesquiue, alguien que devuelva la seguridad a sus habitantes, porque ya les hemos fallado suficiente.
—Es bueno tener a los Auralis entre nosotros —comentó casualmente un consejero menor a otro—. Gracias a ellos, recibimos la noticia en tiempo real.
—Sí —respondió el otro—. ¿Te imaginas haber recibido esta noticia una semana después, cuando alguien viajara para decírnoslo?
El rey William, hasta entonces en silencio, levantó la vista hacia el mapa del norte. Su voz cortó la tensión como un filo:
—No.
Los consejeros se miraron entre sí.
—¿No, majestad? —preguntó Merien con cautela.
—No enviaré a otro hombre a cargar con una responsabilidad que me pertenece. Sir Get murió defendiendo a su pueblo mientras celebraba la promesa de este reino. ¿Y pretendéis que yo me quede sentado y vea cómo alguien más vuelve a fallarles?
—Majestad, su vida correría peligro —dijo Elthric—. Si algo le ocurriera…
—¿Qué clase de rey soy —interrumpió William— si no estoy presente cuando mi pueblo más me necesita? ¿Qué autoridad reclamo si delego el dolor, la ruina y la reconstrucción?
Se levantó de su asiento.
—Monchesquiue fue proclamada reino bajo mi palabra. Ahora sangra bajo esa misma promesa. Iré yo. Y no como símbolo… sino como rey.
El salón quedó en silencio. Nadie volvió a objetar, el eco de la decisión de William se arrastraba por los corredores del palacio mientras él se retiraba, dejando atrás la mirada expectante del consejo y las llamas temblorosas de las antorchas.
⇺
En los aposentos reales, la penumbra dominaba el espacio. Solo una lámpara de aceite permanecía encendida, proyectando sombras alargadas sobre los muros. William se había quitado la corona, pero no el peso de la decisión. La reina Elizabeth lo observaba en silencio, apoyada junto a la ventana, sus ojos reflejando la luz temblorosa y la preocupación compartida.
—Ya lo has decidido —dijo ella finalmente. No era una pregunta.
William asintió sin mirarla.
—Monchesquiue no puede esperar. Cada día que pasa, el miedo crece… y con él, el poder de quien provocó todo esto.
Elizabeth dio un paso hacia él, bajando la voz.
—No puedes ir solo —dijo—. No después de que el consejo aceptara elevar a Monchesquiue como tercer reino. No fue solo una decisión política.
Hizo una breve pausa.
—Su ubicación en el norte, donde terminan los picos de roca naturales de Balqueester, lo convierte en un punto clave. Desde esas aguas, el sur podría llegar con facilidad… y lo sabes. Convencimos al consejo porque allí podríamos levantar un muro vivo, con la ayuda de la reciente alianza con los Gollum ‘s, una alianza en la hemos trabajado desde hace tiempo, una defensa que ningún otro reino podría sostener a este punto.
William frunció el ceño.
—Y aun así, atacaron durante la celebración.
Elizabeth sostuvo su mirada.
—Porque sabían que después de llegar el muro y las fuerzas magicas ya no tendrían oportunidad… además.
William la miró entonces, serio.
—Por eso mismo debo ir. Lo que ocurrió no fue un saqueo cualquiera. Sabían dónde estaba la reserva. Sabían cómo entrar sin ser vistos.
Elizabeth apretó los labios.
—Hay un espía —afirmó—. Alguien que conocía los cimientos del reino… y lo que se ocultaba en él.
Un silencio denso cayó entre ambos.
—Y nuestros hijos —añadió ella—. ¿Qué pasará con ellos si esto sale mal?
William tomó las manos de Elizabeth.
—No saldrá mal —dijo, aunque su voz traicionó una duda—. Pero debemos prepararnos como si pudiera hacerlo.
Elizabeth sostuvo su mirada un instante más.
—Pero eso no es lo único que debería tenerte en alerta —añadió con firmeza—. Sabes lo que está por nacer… y necesita nuestra atención.
William cerró los ojos un segundo.
—Tienes razón —admitió—. Casi se me pasa.
Elizabeth se acercó aún más.
—Por eso debemos actuar —continuó—. Yo me aseguraré de proteger esa situación, mientras tú te encargas del infiltrado y le sacas información.
Hizo una pausa, y su voz se volvió más baja, casi nostálgica.
—Esperemos que sea un enemigo interno… No quiero volver a la guerra.
William respondió con un gesto suave: le dio un beso en la frente.
—No sucederá —dijo—. Lo resolveremos.
Luego la estrechó entre sus brazos. Su expresión cambió, endureciéndose mientras hablaba con gravedad.
—Y si llegado el caso, lucharemos… somos fuertes… Y no perderiamos.
Se quedaron así un momento más, sabiendo que aquel era el primer paso de algo que ya no podían detener.
El silencio de los aposentos se quebró con un golpe firme en la puerta de la habitacion de Philip.
—Pasa —se oyó desde dentro.
William y Elizabeth cruzaron el umbral, dejando que la solemnidad del momento quedara atrás por un instante.
—Philip —dijo William con voz medida—, necesitamos que traigas a tus hermanos.
Philip los observó con atención, midiendo la urgencia en sus rostros. No preguntó nada; asintió y salió inmediatamente.
Cuando quedaron solos, William y Elizabeth se miraron largamente. Sus ojos reflejaban arrepentimiento por lo que estaba por venir… y una determinación férrea.
—Ya no hay vuelta atrás —susurró ella.
—Nunca la hubo —respondió William.
La puerta se abrió de nuevo. Entraron Philip, Esfher y Jim. Sus padres les indicaron que se sentaran. William fue directo.
—Debemos viajar a Monchesquiue.
Los tres hermanos se tensaron.
—Mientras estemos fuera —continuó—, Philip quedará a cargo del norte y de Balqueester.
Jim fue el primero en reaccionar.
—Puedo ir con ustedes —dijo, casi con entusiasmo—. Una aventura me vendría bien.
Esfher le lanzó una mirada dura.
—Pero claro que no, no es justo que ellos tengan que estar pendientes de tus locuras durante todo el viaje.
Elizabeth intervino con suavidad, pero firme.
—Esto no es una aventura, Jim. Es una misión para proteger a nuestra gente. Y tu padre y yo estaremos más tranquilos si ustedes se quedan aquí.
Se acercó a ellos, uno por uno.
—Si algo llegara a pasar… —hizo una pausa— nunca olviden las historias que compartimos, las enseñanzas, ni quiénes son.
Los abrazó con fuerza. —Los amamos —dijo en voz baja.
Jim intentó bromear, pero no pudo sostener la sonrisa.
—Volverán —dijo—. Tienen que hacerlo.
William apoyó una mano en su hombro.
—Siempre estaremos con ustedes.
⇺
La despedida en el puerto sur de Balqueester fue solemne y cálida a la vez. Las campanas del reino sonaron al amanecer mientras el puerto se llenaba de estandartes y voces contenidas. Nadie hablaba de despedida.
Todos hablaban de regreso.
Elizabeth abrazó a sus hijos uno por uno.
A Philip le acomodó el cuello de la túnica, como había hecho desde que era niño.
A Esffher le tomó el rostro entre las manos y le pidió que no pasara tantas noches despierto leyendo.
A Jim simplemente lo abrazó más tiempo que a los demás.
William observó la escena en silencio. Cuando llegó el momento de partir, apoyó una mano sobre el hombro de Philip.
No le dio instrucciones, no habló de política, no habló de la corona. Solo asintió, como si cualquier palabra pudiera quebrar la promesa que sostenía en su pecho.
El barco real zarpó entre vítores y pañuelos al viento. Y durante mucho tiempo, los tres hermanos permanecieron observando la silueta de la embarcación hasta que desapareció en el horizonte.
Pero el mar no compartía la esperanza del reino.
Al tercer día de travesía, el cielo se oscureció como si una mano invisible hubiera apagado el mundo. El viento rugía con furia antigua, las olas golpeaban el casco con violencia implacable. Los marineros gritaban órdenes que se perdían entre truenos. La tormenta envolvió la nave, relámpagos rasgaban el cielo, el mástil principal crujió. El mar se cerró sobre ellos como una bestia hambrienta, y entonces… Nada.
Días después, restos del barco aparecieron flotando entre los escombros. No hubo cuerpos o sobrevivientes. Solo fragmentos de madera, pedazos de velas y preguntas que jamás tendrían respuesta.
La noticia llegó a Balqueester en silencio, como llegan las tragedias verdaderas. Nadie quiso creerla.
Durante días, familias enteras siguieron acercándose al puerto. Esperaban otra embarcación, otro mensajero, otra versión de la historia… Algo, cualquier cosa… Pero nada llegó.
Y poco a poco el reino comprendió que William Castter Níllean y Elizabeth Castter Larwis no volverían.
Las campanas sonaron otra vez, pero no para despedirlos. Sino para llorarlos.
Los mercados cerraron, las plazas quedaron vacías. Incluso los soldados hablaban en voz baja, como si el reino entero temiera romper algo más.
Philip Castter Larwis fue proclamado nuevo rey del norte. La corona pesó sobre su cabeza desde el primer instante. No por las responsabilidades, sino porque cada paso hacia el trono era un paso más lejos del último abrazo de su madre, y del asentimiento silencioso de su padre en el puerto.
Un recuerdo que regresaría a él durante muchos ciclos. Especialmente en las noches en que necesitara un consejo que ya nadie podía darle.
Esffher, sin motivación o propósito alguno por permanecer en la capital, decide partir a Regnoria. No por orden del consejo, tampoco por ambición. Fue porque desde niño había dicho que aquel reino lo llamaba en su sueños, y cuando la corona de Balqueester cayó sobre Philip, Esffher entendió que su propio camino no estaba allí.
Jim permaneció. Hasta que Philip lo llamó una noche.
—Monchesquiue necesita un rey —dijo Philip, sin rodeos—. Y ese serás tú.
Jim negó con la cabeza de inmediato.
—Nunca quise ser rey. Apenas soporto quedarme una semana bajo un tutor.
Philip sonrió apenas.
—Tú querías una aventura, esta es la mejor aventura que la vida y yo te podemos dar, y no lo dejaría en tus manos si no supiera que eres capaz con esta responsabilidad.
—No me sermones hermano.
—Siempre dijiste que no querías la corona… pero te vi en las calles cuando nadie miraba. Ayudando a niños que no tenían nombre, peleando batallas que no te correspondían para conseguir información que luego le entregabas a madre, a escondidas de padre.
Jim bajó la mirada.
—Te vi con Mis Yorka —continuó Philip—. Cuando sabías que no quedaba tiempo. Le dijiste que la vida es hermosa cuando tienes la compañia calida de alguien que te protege mientras duermes, y eso le diste.
Jim giró el rostro, en silencio.
—Tienes un talento para que las personas cierren los ojos tranquilamente, porque tú enfrentarás los peligros de afuera. Puede que no lo desees —concluyó Philip—, pero tu corazón nació para esto.
Jim suspiró, derrotado.
—¿Por qué un reino destruido? —preguntó—. Me gustan los retos, hermano, pero ese reino merece… merece a alguien más… Philip negó.
—Las personas de ese lugar no tienen más esperanza en Balqueester, pero tú con tu don lo lograras… Creo fielmente en que no hay nadie mejor que tú. Le dio una palmada en el hombro y comenzó a alejarse.
—Pero me llevaré a Apolinar conmigo —dijo Jim en voz alta—. Y eso no es negociable.
Philip rió suavemente.
—Jamás lo fue.
Preparativos y secretos antes de partir, Esffher entregó a Jim varios libros con las leyes actuales del reino. Philip dispuso recursos equivalentes a oro suficiente para la reconstrucción incluyendo nuevos establecimientos para la fuerza militar humana y mágica y, sobre todo, ordenó algo fundamental: La ubicación de las reservas cambiaría. Solo cuatro personas conocerán el nuevo emplazamiento: Philip, Jim, Apolinar… y Paul Laying, Maestre del tesoro (el custodio del inventario real). Jim juró enviar, cada tres ciclos, un cargamento con el veinte por ciento de las riquezas de Monchesquiue para saldar la deuda con Balqueester.
El nuevo rey de Monchesquiue Jim partió en un barco escoltado por los nuevos soldados, recursos y Apolinar, quien estaba a su lado.
Jim alzó un brazo en despedida hacia Balqueester… y sostuvo una botella en la otra mano, como si aún no creyera del todo en su nuevo destino.
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