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En Monchesquiue
El susurro llegó sin aviso.
No venía del aire, ni de una voz cercana.
Se deslizaba dentro del oído, como si alguien hablara desde detrás del pensamiento.
Algunos ya estaban acostumbrados.
Otros no.
Una mujer junto al puesto de telas frunció el ceño y se llevó el dedo al oído, presionando con molestia.
—Otra vez… —murmuró—. Ese maldito Cantor de Bruma.
Pero no importaba cuánto presionara.
La voz seguía ahí.
Clara e ineludible.
“Sir Get Belanch Sargut, después de haber sido uno de los cinco mejores comandantes del Norte…”
Un hombre mayor, apoyado en un barril, asintió lentamente.
—Eso sí es cierto —dijo en voz baja—. Yo lo vi marchar hace ciclos.
Otro respondió desde atrás:
—Y volvió distinto.
“…llegó hace un ciclo a Monchesquiue, empezó a ayudar a las personas del alrededor…”
Una joven sonrió levemente.
—A mi padre le consiguió trabajo en la ribera.
“…poco a poco, la gente le empezó a coger aprecio y seguían su palabra.”
—No es mentira —añadió alguien más—. Aquí nadie lo obligó.
La voz no se detenía, ni esperaba respuestas, solo continuaba.
“Monchesquiue, recién proclamada como el tercer reino principal del norte…”
Un silencio más tenso cruzó la plaza.
Aquí ya no todos asentían.
“…anunciaron a Sir Get rey…”
—Eso fue muy rápido —dijo una mujer, cruzándose de brazos.
—Demasiado —respondió otro.
Cerca de ellos, un joven que llevaba pocos ciclos en los Senderos miraba alrededor, confundido.
—¿Siempre es así? —preguntó.
Un anciano soltó una risa seca.
—No. Solo cuando habla uno de esos.
—¿Esos?
El hombre señaló al vacío, como si pudiera ubicar la fuente.
—Cantores de Bruma. No tienen título. No sirven al reino, hablan porque pueden… no porque deban.
El joven frunció el ceño.
—¿Y no se puede detener?
El anciano negó.
—Si tienes oído para la Resonancia… escuchas. Te guste o no.
“…los aldeanos más que contentos con esa decisión…”
—Bueno, eso depende —interrumpió alguien con tono incómodo.
“…ser parte de los reinos principales del norte sería una oportunidad…”
Un comerciante levantó la voz:
—Eso sí, más rutas, más oro.
—Y más ojos encima —replicó otro.
“…para tener la protección del reino…”
—O su control —dijo alguien casi en susurro.
La voz continuaba, implacable, sin cambiar una sola palabra.
Pero ya no era la misma para todos.
“…¿por qué los reyes escogieron Monchesquiue?”
Ahora el murmullo real —el de la gente— empezó a mezclarse con el susurro.
—Ubicación —dijo uno.
—Terreno —respondió otro.
—No… —añadió una mujer, más baja—. Hay algo más.
“…¿o será algo más?”
Un par de miradas se cruzaron, incomodidad y algo de duda.
La mujer del inicio volvió a presionar su oído, con más fuerza.
—Ya basta…
Pero la voz no cedía.
“Sir Get, al tanto de la celebración…”
La escena cambiaba dentro de sus mentes mientras la voz narraba.
Decoraciones, luces y lo que más nos gusta en este reino, movimiento.
“…el Círculo Luminosa of the Veil…”
—Ese nombre es nuevo —dijo alguien.
—Lo nombraron así con el reino —respondieron.
Y entonces—Un silencio, breve, controlado.
Como si el Cantor de Bruma, donde sea que estuviera, hubiera decidido exactamente cuándo dejar de hablar.
La voz desapareció, no de golpe. Sino como si se retirara… capa por capa.
La plaza quedó en silencio real. Nadie habló por unos segundos.
El joven fue el primero:
—¿Eso… eso era verdad?
El anciano lo miró sin apuro.
—Era información.
—No es lo mismo —respondió la mujer del puesto de telas, aún molesta.
Otro hombre escupió al suelo.
—Los Cantores de Bruma no mienten…
Pausa.
—Pero tampoco responden por lo que dicen.
A lo lejos, alguien ya estaba repitiendo parte del mensaje con sus propias palabras.
Y así—
sin permiso,
sin título,
sin control—
la historia empezaba a esparcirse por Monchesquiue.
Ya no solo en conversaciones dispersas o en el susurro de los Cantores de Bruma, sino también en manos manchadas de pintura, en tablones recién levantados y en telas extendidas entre las calles.
La proclamación del tercer reino principal del Norte comenzaba a tomar forma visible.
Un pintor, inclinado frente a un gran cartel de celebración, arrastró el pincel lentamente mientras intentaba definir la silueta de la villa. Frunció el ceño un instante, retrocediendo para observar su trabajo.
—No… —murmuró para sí—. La curva debe abrir más hacia el agua.
Volvió a deslizar pintura oscura sobre la tela.
Poco a poco, la figura comenzó a revelarse.
La villa formaba la silueta de una luna creciente: la parte sólida era la ciudad, y el vacío, el agua que la separaba del terreno elevado donde reposaba el castillo.
—La Ribera del Cruce… —murmuró un espectador que veía los trazos del pintor—. Es exactamente nuestro canal. Qué gran talento tienes.
El pintor sonrió apenas, ligeramente sonrojado, antes de volver a deslizar el pincel sobre la tela.
Ahora definía los reflejos de las luces que comenzaban a encenderse sobre el agua…
y más arriba, donde el murmullo del pueblo apenas alcanzaba a llegar, el castillo ya respiraba otro ritmo.
Sir Get avanzaba por sus pasillos de piedra, mientras el Maestre de la Arquitectura, Thaeren Vallor, contemplaba en silencio el resultado de su trabajo.
—Pero qué magnífica edificación de juego de escaleras; a menos de saber a dónde quieres ir, te pierdes en el recuerdo de, a dónde deberías estar.
—Thaeren, ¿se encuentra bien?
—Mejor que siempre; espero verle pronto para discutir el tema de las habitaciones subterráneas; como sabe, el agua fluye más que la sangre y los trabajadores esperan su opinión al respecto.
Sir Get no pudo evitar pensar que casi nunca entiende la forma simbólica en que Thaeren suele hablar a veces.
—Sí lo tengo presente; como bien sabrá, hoy tenemos la celebración y los invitados vienen antes de caer el atardecer. Debe presentarse…
—Claro, la gratitud de mis creaciones siempre me pone de buen humor.
Sir Get inclina la mirada hacia arriba y, mientras percibe la profundidad del castillo, dice:
—Creo que los aldeanos siempre serán la fuerza del reino; el castillo es la decoración que soporta la belleza de sus corazones y la abundancia de la vida del reino, y usted la supo reflejar con todo y sus misterios.
—Humm, sí. Creo ser paranoico y ese justo era uno de los requisitos para la creación de pasadizos ocultos, estamos en Monchesquiue después de todo.
Thaeren se aleja en camino opuesto por el pasillo.
Sir Get lo observa desaparecer entre las curvas de piedra. Por un momento, el eco de sus palabras —pasadizos, paranoia, estructuras ocultas— permanece flotando en su mente.
Monchesquiue siempre había sido así. Hermoso… pero nunca simple.
Desvía la mirada hacia una de las aberturas del castillo, donde la luz del exterior comenzaba a teñirse con los tonos del atardecer. Desde esa altura, podía ver la forma de la villa extendiéndose en su característica silueta de luna creciente.
Y más abajo… La Ribera del Cruce ya comenzaba a moverse.
Sabía que debían estar llegando.
Y en efecto, así era.
El primer uniforme ligero con la bandera del Norte pisó con firmeza el sendero central. Desde el fondo del bazar circular, la ruta se abría paso hasta la entrada oeste del reino. Los caminos secundarios se bifurcaban hacia zonas más hogareñas, mientras otros se extendían hacia los Círculos exteriores como Hidden Path y Underground Harmo.
En la punta derecha, donde el agua golpeaba con fuerza contra el muro, un grupo de señoras se amontonaba en un callejón estrecho, hablando en voz baja… pero lo suficientemente alta para que todos escucharan.
—¿Has oído? —susurró una, inclinándose hacia la otra—. Van a traer Gollum’s… dicen que para levantar un muro protector por si nos atacan.
—¿Un muro? —respondió otra, con cejas alzadas—. Eso dijeron hace ciclos atrás… y mira cómo seguimos.
—No, no, esta vez es diferente —interrumpió una tercera—. Vienen desde Balqueester. Soldados, armas… y esas criaturas gigantes.
—Yo nunca he visto un Gollum en mi vida.
—Dicen que pueden aplastar una casa con solo apoyarse mal.
—Dicen muchas cosas —bufó otra—. También decían que Balqueester nos protegería desde el tiempo de ceniza… y aquí seguimos, escondiendo lo poco que tenemos.
Un silencio breve. Luego, otra voz más suave:
—Solo hemos tenido un tiempo de ceniza en toda la historia, fue un terrible momento para el norte, y por eso mismo no vendría mal dejar de vivir con miedo, mis rodillas se raspan cada vez que tenemos que usar los túneles. Cómo conseguir un esposo con las rodillas así.
En ese momento, una carreta pasó frente a ellas, cargada de fuegos artificiales que tintineaban con cada bache. Bilgie la conducía, mientras sus tres hijos corrían a su alrededor, riendo y tropezando entre ellos.
Los músicos, cerca del centro del bazar, afinaban instrumentos y dejaban escapar notas alegres que se mezclaban con el bullicio del lugar. En la panadería, Adyros Staker daba órdenes rápidas, supervisando el embarque de comida destinada al castillo.
—¡Más rápido! ¡Eso no es para ustedes, es para los invitados del nuevo Rey! —gritaba, apartando una mano curiosa.
Los aldeanos iban y venían, comprando verduras bajo la estructura de cuatro pilares del centro del bazar, mientras el murmullo crecía como una marea invisible.
—Dicen que vienen doscientos…
—¿Doscientos? Eso no es protección, eso es ocupación. Me rehúso a dar mi vivienda por…
—Shh… baja la voz.
—¿Será que nos desalojan?
—La protección no es gratis. ¿Qué les pesa dar comida a los que necesitan fuerzas para protegernos? Quién los entiende: quieren tener una vida segura y tranquila, pero sin ayudar.
Entonces, algo cambió.
Las notas de los músicos comenzaron a fallar. Una cuerda desafinó, un tambor se adelantó. Hasta que solo un silencio quedó.
Los niños dejaron de correr y se aferraron a las piernas de Bilgie. Un pequeño, en brazos de su padre, dejó caer un limón que rodó lentamente por el suelo… hasta detenerse frente a unas botas de metal.
Eran las botas de un hombre alto, con armadura de maestre de compañía, se inclinó y recogió el fruto. Su presencia parecía absorber el sonido a su alrededor. Se acercó al padre, sonrió y colocó el limón de nuevo en las manos del niño.
Nadie habló.
El sonido metálico de las armaduras avanzando rompió el aire.
Uno.
Dos.
Muchos.
El hombre al frente dio un paso, porque al ver el rostro de los habitantes, se vio impulsado a decir algunas palabras.
—Gente de Monchesquiue —dijo con voz firme—. Hemos venido para brindarles protección… y esperamos que este también sea nuestro nuevo hogar.
Las personas alrededor empezaron a mirarse entre ellas, como buscando una señal de confiar o desconfiar; Pero entonces, desde una de las casas cercanas, una mujer que cruzaba la puerta habló sin detenerse:
—Hemos vivido sin ustedes todos estos ciclos… —dijo, con tono seco—. Tampoco sería tan malo ver si esta vez cumplen.
Cerró la puerta.
Un golpe seco.
Por un instante, nadie reaccionó, el silencio ya no era igual, no tenía duda, era espera. Y la espera, lentamente, empezó a inclinarse.
Primero un susurro entre dos hombres cerca del pozo:
—No suenan como los de antes…
—Tal vez estos sí nos protejan…
Luego una anciana dejó una cesta de pan en el suelo, sin decir nada, solo empujándola ligeramente hacia los soldados.
Ese gesto fue suficiente.
Flores.
Pan.
Frutas.
Uno a uno, los pasos comenzaron a acercarse como si el pueblo recordara cómo confiar… aunque no estuviera seguro de por qué.
—Bienvenidos… —dijo alguien, sin mucha voz.
—Que la estancia sea larga…
—O útil, al menos —murmuró otro, casi como una broma que nadie rechazó.
Los soldados aceptaron los gestos con amabilidad y respeto.
No con triunfo, con cuidado. Como si supieran que la confianza recién nacida era frágil.
Luego, en orden, se dirigieron hacia los pequeños barcos que los llevarían al castillo, o al menos a solo unos cuantos de ellos.
—
En el gran salón del castillo, una voz anunció:
—Korrin Stonefist, maestre de compañía, acompañado por doscientos hombres bajo su mando.
Sir Get levantó la mirada y avanzó para recibirlos.
Intercambiaron palabras breves sobre medidas de seguridad.
—Dejaremos cincuenta hombres en La Ribera del Cruce —propuso Sir Get—. El pueblo debe estar seguro, al menos hasta que llegue el apoyo mágico y otra cantidad de soldados.
—Cien rodearán el castillo por ahora —continuó—. Y los cincuenta restantes patrullarán los círculos exteriores: Hidden Path y Underground Harmo. Cuando lleguen la fuerza mágica, Gollum’s y demás, plantearemos una distribución acorde… A ver quién se atreve a intentar robar este lugar otra vez.
Korrin asintió sin dudar, como si ya lo hubiera decidido antes de entrar. Luego, dio un leve paso hacia un lado.
—Mi señor —dijo con respeto—, permitidme presentaros a alguien enviado directamente desde Balqueester. Él nos ayudará a mantener una comunicación fluida entre reinos.
El hombre dio un paso al frente.
Antes de que hablara, Korrin se inclinó apenas hacia Sir Get, lo suficiente para que solo él pudiera oírlo.
—Es un Auralis —susurró.
Sir Get no reaccionó de inmediato, pero su mirada se detuvo un instante más de lo habitual sobre el recién llegado.
—Eryon —dijo el hombre, inclinando la cabeza con suavidad—. Estoy a su servicio.
Su voz era serena. No había tensión en ella… pero tampoco descuido. Sus manos descansaban tranquilas frente a él, aunque su postura revelaba disciplina. Sus ojos, atentos, parecían observar más de lo que mostraban.
—Haré cuanto esté en mis manos para que ninguna información se pierda en el camino.
Hubo algo en su forma de hablar. No era orgullo, o sumisión. Era… certeza.
Korrin volvió a su lugar.
Las órdenes se dieron con discreción, y los soldados comenzaron a dispersarse con sentido de propósito. Cada uno, por su entrenamiento, analizó los lugares para acostumbrarse visualmente y mostrarse con amabilidad ante los habitantes.
Mientras el movimiento llenaba el espacio… Eryon permaneció un instante más en su sitio, observando, como si ya estuviera escuchando algo que aún no había ocurrido.
Entre los soldados había transparencia absoluta con la información que fuera necesaria para la protección del reino. Pero era su primer día, aún desconocían algunas cosas, como lo que ocurría en La Ribera del Cruce.
No sabían… que en el bazar central, sostenido por sus cuatro pilares altos y perfectamente circulares, se ocultaba un secreto.
Aquellas columnas no terminaban en la superficie, descendían.
Se extendían profundamente bajo tierra, conectando con un amplio salón subterráneo solo conocido por Sir Get, Ducado Camelot, Thaeren y el nuevo maestre del tesoro. Un espacio vasto, silencioso, cuidadosamente resguardado, donde se almacenaban las reservas del reino: alimentos, recursos esenciales… y oro.
Era allí donde Monchesquiue aseguraba su supervivencia durante el tiempo blanco. Mientras abajo reinaba el silencio, la vida en la superficie seguía su curso.
El sol caía lentamente en el horizonte cuando comenzaron a llegar los invitados al castillo. Uno a uno ingresaban al gran salón, donde la celebración ya tomaba forma entre luces, música y voces elevadas.
Pero, lejos de allí… algo se movía.
⇺
En el bazar central, un soldado notó lo imposible.
Desde el centro, entre los cuatro pilares, una sección del suelo —perfectamente delineada en forma cuadrada— comenzó a descender lentamente, revelando un oscuro vacío bajo la estructura.
El soldado dudó solo un instante antes de alertar a los oficiales cercanos. Se aproximaron con cautela, rodeando la abertura.
Entonces ocurrió.
Desde la oscuridad… surgieron figuras. Hombres armados,asaltantes. Salieron uno tras otro con rapidez y coordinación, cargando sacos y cofres.
—¡Alto! —gritó uno de los guardias.
Pero ya era tarde.
Los intrusos rompieron la formación y corrieron hacia el puerto del sur. Allí, los soldados —recién llegados, entrenados en combate físico pero aún sin respaldo mágico— hacían lo posible para contenerlos.
El primer choque golpeó como un mazazo contra la realidad.
Acero contra acero.
Escudos levantados.
Órdenes gritadas que se perdían entre el caos.
Un soldado derribó a un asaltante… y otro respondió alzando la mano.
Un símbolo ardió en el aire.
Un pulso de energía lo lanzó varios metros atrás.
—¡Magia! —gritó alguien.
Los soldados dudaron. No esperaban que alguien tuviera el atrevimiento de atacar a un reino principal, sin importar que fuera incluido recientemente. La fuerza mágica aún no había llegado y los asaltantes se estaban aprovechando de ello.
—Es solo uno de ellos que usa magia de fuego.—dijo uno de los soldados que estaba observando la forma de pelea de los asaltantes.
—¿Y si lo llevamos a dar una vuelta en el lago?—un compañero intentando bromear para evitar huir de la batalla.
En medio del caos, una esfera blanca ascendió en el aire… y al abrirse, liberó un grito agudo, una sirena de alarma que rasgó el cielo.
El reino entero la escuchó.
Y no solo ellos.
En el horizonte, las sombras de algunos barcos invasores comenzaron a definirse entre la oscuridad creciente.
Mientras los gritos y el estruendo de la batalla se mezclaban con el crujir de los pilares destruidos, un niño habitante del bazar, Talan, corrió por las estrechas calles de Monchesquiue. Sus pasos lo llevaron hacia la esquina donde la panadería de Adyros Staker, se unía con la pared trasera de su hogar. Allí, detrás de una estantería que siempre parecía demasiado polvorienta para alguien que la revisará con cuidado, se encontraba la entrada a un pequeño túnel oculto bajo el suelo.
Talan se metió dentro, torpemente, golpeándose la cabeza contra la madera.
—¡Ay, ay! —murmuró—. ¿Por qué estos túneles siempre parecen diseñados para duendes y no para gente normal?
El túnel conducía a una habitación subterránea diminuta, apenas cabía una persona de pie. Talan se pegó contra la pared, tratando de respirar sin hacer ruido, mientras escuchaba los sonidos de la batalla arriba. Entre crujidos, explosiones y gritos, podía distinguir los murmullos de los habitantes escondidos en el refugio de la panadería:
—Acabaron de llegar para protegernos… ¡y ya nos están alzantando!… Otra vez.
—¿Uno de ellos usa magia? Nunca habían utilizado magia antes…
—Será por la reciente proclamación de Monchesquiue, tal vez eso no les gustó a los asaltantes…
—Piensa un poco más anciana, los soldados que llegaron hoy son fuerza humana, la fuerza mágica está planeada para llegar en unos meses… De alguna forma ellos lo sabían.
—Tienes razón, con las fuerzas mágicas aquí sería otra historia.
—¿Cómo consiguieron tanta información? —susurró alguien más— Eso es… demasiada información para un enemigo, ¿cómo lo obtuvieron?
—Fue una coincidencia solamente, no hay nadie en Monchesquiue que sea bocon con forasteros—susurró alguien más—
Miradas inseguras, incertidumbre y conjeturas entre los habitantes, consuelan su estancia en las habitaciones ocultas.
Talan, rodó los ojos y murmuró:
—¡Uy! Qué dramático todo… y yo que me la estaba pensando en unirme al ejército del reino, pero que miedo me dio…
Talan recuerda, ver la mirada de un hombre con una cicatriz en su hombro derecho. El fuego del suelo parecía hacer unión con el de sus brazos y una mirada dilatada. Esa misma mirada sigue, fuerte, confiada, sin impacto o temor alguno por ver cómo el ejército de Monchesquiue se cerró sobre sí mismo.
Pero no lo suficiente.
El fuego comenzó a extenderse. Las calles se llenaron de gritos, acero y destellos de energía que los soldados apenas podían comprender, mucho menos contrarrestar.
Sir Get avanzó entre el humo, liderando a sus hombres.
—¡Mantengan la línea! —ordenó.
Sabía que estaban en desventaja, que resistir no sería suficiente, pero retroceder… significaba perderlo todo.
Luchó hasta el final.
Espada en mano.
Rodeado de llamas, de enemigos, de un poder que no podía igualar.
Sir Get cayó esa noche defendiendo la reserva. Murió como había vivido en Monchesquiue: protegiendo a su gente y los invasores se llevaron los recursos.
El reino quedó herido.
Los pilares del bazar fueron destruidos, esto le daría el nombre de “La Batalla de los Pilares” a este momento en Monchesquiue. Hogares ardieron. Las calles, que horas antes celebraban un nuevo comienzo, quedaron marcadas por la sangre de soldados jóvenes que apenas habían llegado… y que jamás llegaron a llamar hogar al reino.
Y en algún lugar entre el humo y la destrucción…
Quedó claro algo que Balqueester no podía ignorar: habían llegado demasiado pronto… y sin el poder necesario para sostener lo que prometieron proteger.
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