PRIMERA PARTE
De la oscuridad a la luz o
Del océano material a la orilla sagrada
I. EL COMIENZO
I. Parte 1 – Huyendo de la ciudad de las tinieblas
Amaneció muy oscuro y frío el día en que partí de Lima sin saber a dónde…, externamente, porque internamente sí sabía a dónde yo quería dirigirme, al encuentro de mí misma y de la verdad absoluta…, aunque tampoco supiese cómo ni por dónde…
Llovía…
Pensaba en París…, Grecia, Egipto, India… y
también en aquella extraña ley de la correspondencia…
Como es adentro, es afuera…; como es arriba, es abajo…
Era el año 1983, tenía entonces veintiséis años…
Y las notas de Kashmir (de la banda inglesa Led Zeppelin) me estremecían…
Eran como las cinco de la mañana cuando me despertó la cálida voz de mi madre llamándome, insistiendo que subiera a tomar desayuno con mis herman@s, en la mesa solo faltaba yo que estaba tirada en la cama sin ganas de querer moverme hacia mi destino…, revolcándome en el nauseabundo temor a lo desconocido y el implacable dolor de la separación…, ahogándome en la frágil frontera del sueño y la realidad…, resistiéndome a subir o bajar por el valle de la muerte donde aparentemente reina la vida… y el amor… ¿El amor?… ¡Ooh, ya no quiero más amar, no quiero más sufrir!…, ¡así, ya no!… ¿Qué sentido tiene un corazón partido en infinitos yoes, o en ocho adorables hij@s como el de mi madre Elvira?… ¡Ayy, madre!… ¡Perdóname!… ¡Cómo vuela en pedazos tu alma y la mía, heridas, hacia la cueva de la gran montaña!… Y tu hermoso rostro fugaz como una estrella se fue hablando con el río del tiempo y del espacio…
Fluye, te decía el río, ¿di?…
¿No ves que la vida no es más que un dulce juego?
¡Un dulce juego!…
¿Qué juego?…
¿Quién juega?…
Me estrangulan mis palabras…
Y la noche anterior vino a mezclarse con las sombras de aquel día…
Llegaron las imágenes de Mara viajando hacia Trujillo para no presenciar mi muerte inevitable, mientras yo efectuaba en su pequeño cuarto el ritual de la partida a la luz de la luna creciente, y una vela blanca protegiéndome de las tinieblas, reduciendo con mucha dificultad mis pertenencias visibles e invisibles a un ligero equipaje, una simple mochila y una raída bolsa de dormir, el resto sería devorado por el fuego del sacrificio… No tenía otra alternativa, no; simplemente tenía que volver a abandonarlo todo para continuar con este misterioso viaje que ya había empezado hacia el encuentro de mí misma y de la verdad absoluta, aun sin saber cómo ni por dónde iría… Solo sabía que tenía que abandonar el hogar, el nido… que era mi madre; mis siete hermanos: América, Silvia, Edith, Víctor, Jorge, Rafael y Enrique (yo soy la tercera, después de Silvia); y la tierra que me vio crecer…; y encontrar ese famoso hilo dorado de Ariadna para salir de este enorme laberinto de la mente, de este angustioso túnel de la vida y de la muerte… y vivir mi propia transformación e inmortalidad… Esta es nuestra historia, mis querid@s amig@s, la historia de mi madre Elvira y la mía…, una historia que encarna el arquetipo del gran viaje del alma en busca de sí misma y de la verdad absoluta…
Mi suerte estaba echada, ya había puesto mi pie al otro lado del río y no había más vuelta que darle. Solo tenía que luchar contra aquellas portentosas fuerzas que intentaban seguir aferrándome a mis seres más queridos, a aquella cama tibia, a aquel espacio cómodo, al hogar…, dulce hogar…, mi hogar amado; y también contra esas otras devoradoras que se desencadenaron a un nuevo llamado de mi razón enloquecida… machacando mis sentidos… ¡Trabaja! ¡Trabaja! ¡Haz tu tesis!… ¡Ooh!… Todo, todo se volvió tan amenazador e insoportable que mis fuerzas se redujeron a un llanto incontenible… Yo no quería hacer la tesis, no; y menos trabajar, al menos no de esa forma que nos tenía diseñado este sistema que seguía siendo patriarcal…, por eso yo ya no quería vivir aquí, no podía…, sentía asfixiarme…, sentía que tenía que irme, tenía que partir…, tomar otros rumbos… aunque fuesen desconocidos… Partir…, partir sin importar a dónde…, yo solo quería partir… huir… huir de estas modernas ciudades profanas…
¡Madre! ¡Madre! ¡Perdóname!… Me atormentaba el hecho de haberla abandonado en aras del destino… Me atormentaba el hecho que ella no pudiese comprender ni aceptar esta mi descabellada aventura… (en realidad, nadie podía entenderla…, ni siquiera yo, que era la protagonista principal de mi propia historia…). Pero lo que más me atormentaba era que ella estaba sufriendo mucho más que yo por nuestra separación, porque ella no podía soltarme de su regazo y yo no podía complacerla; al fin y al cabo, yo ya era feliz en mi nueva vida que había elegido, a pesar de sufrir con sus recuerdos; en cambio ella… ¡Oh, madre! ¡Madre!… Te habías quedado prácticamente sola en casa, en Arequipa, luchando sola por el pan de cada día… con mis dos últimos hermanos, Rafael de dieciocho años y Enrique de quince.

Éramos ocho herman@s, ella era una santa, eran ocho besos de cada mañana… ¡Ay, mi madre! ¡Mi madre Elvira!… Ella estaría destinada a ser el comienzo de un nuevo clan…, el clan de los Abarca Pereda…, pues, a pesar del sistema patriarcal imperante en nuestra sociedad, mi madre había terminado –ante el abandono de mi padre– haciendo el molde de sus hij@s; y mi madre era más Pereda que Marcelo, que era el apellido de su madre: mi abuela Zaroma Catalina Marcelo Padilla…, por eso tenemos más registro de la parte Pereda de mi madre que de los Marcelo; e incluso, tenemos más registro de mi madre que de mi padre.
No sé cómo saqué fuerzas de este averno para desenredarme de las sábanas y fortalecerme con el baño frío al son del Putkamayu. Solo tenía media mañana para terminar con el ritual de mi partida, porque luego, yo tenía que tener resuelto a dónde iría a parar antes de llegar la noche… Estaba claro que ni la lluvia ni el frío serían pretexto para quedarme ni un día más en la casa de mi abuelo materno Santiago Marcial Pereda Hidalgo, que estaba ubicada en la calle Tahuantinsuyo 344, urbanización Zárate, distrito de San Juan de Lurigancho; por el contrario, también los invocaría junto a las cuatro direcciones como suelen hacer los grandes guerreros y viajeros de mi tierra, para que me protejan y ayuden a transitar por el camino insondable. Me vestí mirando hacia la cordillera, con pantalón, chalina y chaqueta de lana; solo llevaba cuatro mudas, una para cada estación, un buzo para dormir, un par de ojotas y mis sandalias de cuero arequipeño, modelo de monj@s; además, mis útiles de aseo (un cepillo de dientes, pasta dental, un frasquito de champú, un jaboncillo y jabón) y una toalla pequeña. Con dirección a la luna mastiqué lento una hoja de coca para no sentir frío, cansancio, hambre ni sed. Luego, cuando giré en dirección al río para cargar mi equipaje a cuestas…, me di de narices con otros grilletes inmensos…, poderosos…, inconmensurables… que surgían prodigiosamente de aquellas cuatro paredes al solo contemplarlas. Eran miles y miles de tentáculos dorados que nacían y se reproducían de todos los libros, escuadras, afiches, adornos, plantas…, de todos esos objetos habidos y por haber… Todos, todos intentando encadenarme por doquier… Todo el encanto, delicadeza, dulzura… ¡Todo el amor venía a aprisionarme de nuevo sin piedad ni compasión!… ¡Aaah! ¡Qué difícil era sacrificar ese pequeño mundo donde todo y nada tenía! ¡Qué difícil es partir cuando el amor se resiste a la separación y se ahoga en el ser o no ser!… Mi mente estalló en pedazos, mi corazón rodó hecho añicos por el suelo y yo… Yo quedé petrificada…, sin aliento, ahogándome de asombro… ¡El amor, la separación, el dolor, el temor, me estaban destruyendo! ¡Calcinando!… Me estaba muriendo… de nuevo…, estaba rompiendo mi cascarón…
–¡Vete! ¡Vete ya! –me exigió Mara en uno de sus ruegos…
–¿Y tú? –le pregunté marchitándome, sentada en el suelo abrazando mis rodillas– Tú también llorarás mi ausencia y yo no podré soportarlo…
–Si te quedas sufriré más –dijo ella sentada al borde de su cama–, viéndote morir con el recuerdo de tu sueño muerto…, abortado…
–¡Abortado! –la sola palabra me sacudió de espanto–… ¡No! ¡No! ¡Yo no quiero eso! ¡No! ¡Lo único que quiero es que nadie sufra más por mi absurdo empeño!
–Es inútil desear eso –dijo Mara–, en la vida siempre alguien saldrá lastimado –mi rostro se hundió entre mis rodillas sin concesiones, me dolía sentir que Mara ya se hubiera separado de mí, pero al mismo tiempo me hacía feliz que ella hubiera empezado a romper mis cadenas…
Mara… Mara era mi mejor amiga…, la única amiga que yo tuve hasta ese momento, era menor que yo en siete años; sin embargo, parecíamos gemelas…, éramos muy parecidas en todo… Mara junto con Elo, su hermana menor, eran mis tías, medias hermanas de mi madre, las dos hijas únicas del último compromiso de mi abuelo Santiago. Yo llegué a querer mucho a Mara y sentía que ella también llegó a quererme mucho…
La noche anterior habíamos ido, Mara y yo, al cine del Museo de Arte de Lima. De toda la cartelera, lo único que teníamos para ver era Zorba, el griego (1964) del director Michael Cacoyannis con Anthony Quinn; ya habíamos visto Ana Karenina (1935) del director Clarence Brown, con la divina Greta Garbo; Cumbres borrascosas (1939) de William Wyler, con Laurence Olivier; Madame Bovary (1949) de Vincente Minnelli, con Jennifer Jones; El extranjero (1967) de Luchino Visconti, con Marcello Mastroianni; La Naranja mecánica (1971) de Stanley Kubrick, con Malcolm McDowell; La decisión de Sophie (1982) de Alan J. Pakula, con Meryl Streep; y, Carmen (1983) de Carlos Saura, con Laura del Sol y Antonio Gades; del ciclo de películas basadas en novelas clásicas que exploran, iluminando, cómo se manifiesta el alma en su compleja condición humana, ayudándonos a comprendernos a nosotros mismos. Era el tiempo de mi despedida…, en que por arte de magia yo tropezaba –sin proponérmelo– con aquellos lugares tan lejanos que mi alma ansiaba conocer…, ya sea en un anuncio, en un libro o en una película como la que acabábamos de ver… Sí, es verdad, me dijo Mara cuando salíamos por un costado de la cafetería, la película es un canto a la vida…; pero, ¿cómo estar un poco loco para cortar la cuerda y ser libre?…, esa, es la cuestión…, ¿cómo?… Yo le contesté casi sin pensarlo…: Jugando… o viajando… o danzando… Danzando, volví a decirle, levantando mis hombros desiguales y mis grandes cejas oscuras…; quise decirle que también, efectuando el opus alquímico, pero escuché que ella me dijo en su pensamiento: Tú y tus cursilerías…
A la salida del Museo de Arte, mientras subíamos por la cuadra 16 de la avenida Wilson –hoy avenida Inca Garcilazo de la Vega–, hacia el paradero del bus que nos regresaría a casa, nos atrajo un olor muy agradable de incienso, el cual seguimos casi como autómatas hasta ingresar a un pequeño restaurante vegetariano de comida india, nuevo para mí… Todo era nuevo para mí…, sobre todo, la música…, música de India…; sencillamente, no lo podía creer… Se trataba de un famoso Govinda
de los “hare hare”, donde nos servimos una samosa (empanada) de queso y un vaso de lassi (bebida de yogurt) de mango…, observándolo todo… en medio de esa maravillosa música… En el intermedio me acerqué al joven que estaba atendiendo detrás del mostrador, y le pregunté sin ambages de quién era esa música tan bella que estábamos escuchando…, y él me contestó: es el Maha Mrityunjaya Mantra…, el mantra más poderoso del señor Shiva, uno de los tres semidioses principales que regentan este universo material. Los otros dos son Brahma y Vishnu, los tres, con sus respectivas consortes. Por supuesto, que de inmediato compré una copia de ese casete… aunque no comprendiese en nada su significado (y lo escuché durante mucho, mucho tiempo)… Luego, continuamos nuestro trayecto comentando de este lugar que Mara ya conocía y me había hablado de él y de otros Govinda, que eran auténticos pedacitos de India, donde también había un templo y un ashram o monasterio, y cuyo estilo de vida es “simple con pensamiento elevado para alcanzar la autorrealización”. Allí también se distribuían libros y se daban conferencias sobre una de las sabidurías más antiguas del mundo: Los Vedas, resumidos en su Bhagavad-gita, su corazón y esencia que abarca la sabiduría del yoga, de la meditación, el karma, la reencarnación, los cuatro principios regulativos básicos –ser vegetariano, evitar la promiscuidad, la intoxicación y los juegos de azar– y otros temas… esotéricos…
Por fin yo acababa de conocer un famoso Govinda de los “hare hare” en Lima; porque dos meses antes, en Arequipa, Mara y yo, ya habíamos encontrado uno inesperadamente, en la calle Jerusalén 402, e ingresamos a él llenas de curiosidad. Esa fue mi primera vez en un Govinda de los “hare hare”, donde también, por primera vez, escuché cantar en vivo y en directo, el famoso maha mantra hare krishna hare krishna, krishna krishna hare hare, hare rama hare rama, rama rama hare hare…; y de sus mágicos efectos y poderes…, algunos dicen, secretamente, que el canto de ese mantra concede todos los deseos de quien lo canta, pero el motivo primordial del canto es despertar amor divino por nuestra Divinidad Suprema personal, esa es la meta suprema de la vida, el summum bonum…, nuestra autorrealización. Yo había quedado encantada con este oasis espiritual y místico, pero al mismo tiempo no pude evitar llenarme de desconfianza y dudas, porque mucho se especulaba sobre el yoga, la meditación, el karma, sus gurus y demás temas que eran relativamente nuevos para nuestra sociedad occidental, moderna y profana; así que, con respecto a esos temas, me quedé más segura con los textos de Mircea Eliade (filósofo, historiador de las religiones y novelista rumano, 1907-1986), Carl Gustav Jung (médico psiquiatra suizo, 1875-1961) y otros pensadores occidentales. Por eso yo también quería ir a India, para conocer en vivo y en directo esa cultura que tanto me atraía, quería verla con mis propios ojos. También quería ir a Grecia para conocer lo que había quedado de aquella civilización –cuna de nuestra cultura occidental–, principalmente el Partenón –templo a la diosa Atenea, diosa de la sabiduría– y el palacio de Cnosos con su célebre mito del Minotauro… A París, porque allí había estado la torre de Nesle con sus enigmáticos secretos –a orillas del río Sena– y porque en su catedral de Chartres también estaba el laberinto… Y también quería ir a Egipto, porque allí estaba la pirámide de Keops o gran pirámide y su misteriosa esfinge… Todos…, portales a otros mundos… Aunque en el camino conociese muchas otras cosas más…
Cuando llegamos a casa de Mara o de mi abuelo Santiago, entramos por el pasaje de servicio, directo a la sala donde nos reuníamos cada vez que yo llegaba de visita, para escuchar nuestra música escogida…: lo mejor de Richard Villalón, Violeta Parra, Parenthesis, Los Uros, Gina María Hidalgo, Savia Andina…; al tiempo que conversábamos de lo más esencial que nos despertaba, nos cobijaba y nos unía…: la reivindicación de lo místico y lo sagrado…, de lo femenino…, de los obreros, los campesinos, los indígenas… Soñábamos con el fin del patriarcado, soñábamos con una sociedad justa, igualitaria dentro de sus diversidades, queríamos ser ciudadan@s libres pero con obligaciones y derechos, queríamos recuperar y proteger nuestro hábitat… Era un lenguaje nuevo, distinto, sobrenatural…, yo lo sentía así y sentía que ella también lo sentía así…; sobre todo cuando juntas leíamos un libro y nos identificábamos con sus héroes y heroínas…, o cuando juntas escuchábamos una cantata o una ópera de principio a fin, sin el menor asomo de cansancio ni aburrimiento… Estábamos enamoradas de Mozart, nos gustaba Bizet, Verdi, Puccini, Bellini, Offenbach… Sin embargo, a veces también vivíamos esos raros momentos en que nos separábamos como si un abismo colosal nos uniera…, como el de esa noche en que ella no quiso danzar conmigo cuando puse en el tocadiscos: Zorba, el griego del Gipsy de Werner Müller…; ella no quiso… no quiso…, me dijo que era demasiado… too shy… Entonces, comencé a danzar sola, con Zorba, mientras ella nos lanzaba desde el sofá, su mordaz picardía con dardos que me hacían reír…, Tú y tus cursilerías, me decía, y yo seguía danzando… sola…, solo sintiendo la música…; cómo cuando bailaba con mis pequeños sobrinos: Vane, Kissy y Junior, y también con mi hermano Enrique… Así yo quería danzar o bailar con Mara, pero no podía conseguirlo…, no podía… Hasta que retumbaron hirientes aquellos pérfidos rugidos del segundo piso…: ¡Maraaa! ¡Teléfonooo!... Y ella se fue como jugando porque ya nos habíamos despedido…, y varias veces…, en la mente y en el corazón…; incluso nos habíamos abrazado como si nunca lo hubiéramos hecho…, era como una agonía, al menos, así yo lo sentía en mí y sentía que ella también lo sentía así… Era el fin de nuestros juegos, de nuestras risas entre paseos, helados, cineclubs, galerías de arte/artesanía, y búsquedas en los libros, poemas y canciones… Llevábamos días despidiéndonos para ir acostumbrándonos a vivir solas de nuevo, la una sin la otra… Y antes de la medianoche, Mara se embarcó en silencio (con Elo y sus padres) hacia la ciudad de Trujillo…, para no presenciar mi muerte inevitable, mi partida…; mientras yo me quedaba sola, soñando con ella, que éramos niñas…, dos niñas felices que jugaban y danzaban con la arena y el mar…
No había nada más que hacer… Ya había llorado, gritado y pataleado hasta desfallecer. Solo quedaba apurar el trago más amargo… Me incorporé con la ayuda de mi propio infierno, me levanté como si recién aprendiera a caminar, a duras penas logré abrir la pequeña puerta y por fin… miré el infinito cielo abierto… Desde la azotea, donde se encontraba el cuarto de Mara, también se divisaba el gran centro de Lima; su gente; sus árboles; sus edificios; sus parques; sus avenidas; sus calles; sus puentes; su río turbio, desolado, pobre, atormentado por las estrepitosas bocinas del día a día…, el río Rímac, el río hablador…, quien no hace mucho le había dicho a mi madre…: Fluye…, y yo le dije adiós… Adiós a todo ese panorama gris que tan inesperadamente me había albergado poco más de un año… Adiós…, hasta que bajé con mi equipaje a cuestas a ver que me deparaba el destino.
Filonila se había desgañitado llamándome, insistiendo que bajara a tomar desayuno; a ella le encantaba darnos de comer a mis tías, Mara y Elo, y a mí, todo el día si fuera posible, con tal de mantenernos a su lado, en su cocina, participando de nuestras risas y conversaciones. Yo no tenía hambre, no tomé nada, no quise hablar nada. Más bien, vi de repente a… ¡Aleph!… Allí estaba ese pequeño bicho, sentadito, quieto en una silla, mirándome curioso, gordo y bien peinadito… ¡Oh, diosas y dioses! Me había olvidado por completo que tenía que llevarlo conmigo, que había agregado un bebé a mi pesada carga. Había sido una locura aceptar esta descabellada idea de Mara, ¿cómo iba a cuidarme y protegerme un perro bebé de dos meses? Por más que creciese y madurase pronto, ¿cómo iba yo a cuidarlo y protegerlo a él?… ¡Aah Mara, Mara!… Pero ya estaba hecho, y a lo hecho, pecho… Aleph movía su cola, ahora me acariciaba los pies con sus patitas de algodón beige pidiéndome que lo cargue… Lo levanté como a una cosa y lo metí en una de las bolsas de mi alforja, mi alforja que era como una chalina larga, larga…; y en la otra bolsa guardé los panes, la fruta, una botella de agua y un vaso tapers con una cuchara. Abracé a Filo y…, no, no tenía ningún encargo que dejarle para Mara ni para Elo – “ya todo estaba dicho” –… Ahora yo estaba lista para cerrar el círculo… En el umbral que separa el calor del frío, giré en dirección al sol, y con los ojos cerrados me lancé a la gran intemperie del mundo…
I. Parte 2 – El axis mundi de mi partida
Con la mente en blanco apreté el paso para llegar lo más pronto posible al paradero, quería huir, desaparecer como por encanto de aquel patético drama que había hecho. Solo tenía un sol en el bolsillo. Subí al primer bus que se detuvo y abandoné el barrio con su parque solitario por la lluvia, iba en dirección al centro de Lima. Cruzando el río Rímac, desde el puente Ricardo Palma también se puede divisar el pequeño cuarto de Mara, allá arriba, en la azotea de la casa de mi abuelo. En mi fuerte conmoción había dejado la puerta abierta…, para fortuna mía…, podía escuchar nítidamente las notas del Putkamayu entrelazándose con la lluvia… Allá me vi de pie diciéndole adiós a todo este panorama gris donde ahora me internaba, y desde el bus también le dije adiós, adiós a todo ese inesperado refugio que me había cobijado y preparado para dar este salto mortal.
Con el pie al otro lado del puente ingresamos a la Avenida Abancay. Ninguno de los presentes tenía la más mínima idea de los terribles acontecimientos por los que yo estaba atravesando; bueno, yo tampoco tenía la más mínima idea de lo que había detrás de aquellos rostros gentiles…, serenos…, cansados…, felices…, idos…, febriles…, sombríos…, tensos…, débiles… En el espejo del bus mi rostro mestizo no decía mucho, solo había unos grandes y negros ojos tristes, empequeñecidos y enrojecidos por el llanto, desmejorados por una absurda cicatriz en plena raíz de mi nariz; pero, ¿qué más podía leerse en mi rostro? ¿Acaso alguien podía notar cómo me estaba muriendo por dentro para poder volver a vivir? No, nadie. Nadie podía saberlo ni adivinarlo, ni menos imaginarlo o soñarlo…, sencillamente imposible.
Estábamos muy cerca del Jirón Junín cuando de pronto mi mente voló repentinamente a la plaza central de Lima…, al mismo centro del centro de Lima, de todo el Perú, de todo un mundo… La Plaza Mayor…, ¿cómo se me había pasado?… La Plaza Mayor es un axis mundi, un centro que ordena y organiza todas las direcciones… ¡Es el punto central fijo del cual parten todas las direcciones! ¡Oh, diosas y dioses! ¿Cómo es que no había reparado que ese era mi punto de partida?… Fue como si un rayo fulminante atravesara mi corazón y abriera mis ojos de par en par… ¡Fue un despertar!… Por supuesto que alcancé a bajarme en el Jirón Huallaga y me encaminé de prisa hacia la Plaza Mayor… ¡Qué alivio!… Había recibido otra portentosa señal del universo… No solo había invocado a las cuatro direcciones de mi propio mundo, sino al axis mundi de toda la creación… ¡Qué increíble! ¡Qué increíble!… Volvía a operar la increíble magia del destino… No, no era descabellado querer ir a París, Grecia, Egipto, India, aun cuando estuviesen al otro lado del mar y yo solo tuviese cincuenta centavos en el bolsillo… En realidad, no me preocupaba el cómo ni cuándo llegaría por aquellos parajes tan lejanos, lo único que me importaba era cumplir con mi profundo deseo de cruzar otras fronteras, recorrer otros mundos…, encontrar el sentido de mi propia existencia…
La lluvia seguía acompañándome… sin tregua ni truenos… Fina, amable, tolerante, contemplando a la gente moverse pensativa por el gran damero cual piezas de ajedrez. Las casonas nos miraban de soslayo a través de sus puertas y balcones entreabiertos, para exhalarnos sus memorias enmohecidas por el viento. La gente al pasar también nos decía que detrás de sus rostros había un drama infinito…, de infinita variedad e intensidad, de la cual estos, sus rostros, apenas reflejaban una minúscula parte… Es verdad…, la vida es un drama… Un drama donde todos, todos sin excepción…, incluidas casas, calles, ríos, plantas, animales… damos vida al Gran Drama del Mundo… Lo admirable es el extremo realismo con que nos vemos impelidos a representar nuestro papel de nacer, vivir y morir así… sin más ni más… ¡y sin chistar!… ¡Qué tal resignación de tan excepcional elenco! ¡Qué tal autor de tan excéntrica obra!… Pero, ¿cuál es el fin de este melodrama? ¿Por qué no podemos sortear la fatalidad de la muerte si somos cocreadores, además de ser actores y espectadores?… ¿Existirá una partitura original? ¿Cómo conocerla y conocer al dueño de tan majestuoso ingenio?… ¿O será que la vida es realmente un juego y la muerte parte de ese juego?… De ser así, ¡qué juego para más macabro sería la vida! ¡Y cuánto más aquel que jugara tan malévolamente con nosotros! Porque nosotros, jugadores, ignoramos las reglas que todo juego tiene… ¿No será más bien que todos estamos locos tomando lo amargo por dulce?… O será que la vida es solo un sueño, una sombra, una ilusión, una quimera…, y yo… devanándome los sesos… mientras ingresaba al corazón de Lima…
La lluvia se fue… sin pena ni gloria…, dejando la plaza tan radiante como un espejo de plata recién pulido, donde muy bien podía el cielo gris abierto, verse su propio rostro límpido de aromas, sabores, colores y demás sonidos típicos del mundo capitalino. Mas, en cuestión de segundos el centro volvió a vestirse de sus consabidos ambulantes, transeúntes, policías, estudiantes, ejecutivos, desempleados, turistas, enamorados…, todos engranados… Aleph apenas se había hecho notar, durante el trayecto se había mantenido quieto, mudo, oculto dentro de la bolsa de mi alforja, pero con un ojo fuera, filmándolo todo… concentrado… A ratos lo sentía echarse y estirarse dentro de la bolsa… ¿Qué sentiría el desventurado perro? ¿Extrañaría jugar con el travieso de su hermano Frank y el fiel Terror, que eran los perros de Mara, y la súper delicada Charlot, que era de Elo?… Era la primera vez en su vida que había salido fuera del barrio… Lo sentía nervioso, temeroso…; sin duda yo le estaba proyectando mi temor de no saber a dónde ir ni cómo… Lo saqué de su agujero para que se despabilara, meara no sé dónde y caminara un rato, de paso jugara con las palomas que caían repentinamente del cielo…; en tanto yo… Yo ingresaba reverente a mi gran espacio universal atraída por su mística fuente de donde todo nace y todo vuelve… ¡El punto central fijo desde el cual yo emprendería mi camino!

Con el corazón más tranquilo me situé mirando al norte e invoqué la protección de la tierra, del mar, la luna, el viento, el sol, el cielo…; para que me ayuden a cumplir los tres deseos más caros de mi vida: salir de este espantoso laberinto, encontrarme a mí misma y la verdad absoluta, y llegar al país o al hogar donde no existe la muerte… Luego, pronuncié estas palabras mágicas que me salieron de lo más hondo del corazón: Desde el centro de esta gran ciudad, me dirijo al centro de este despiadado laberinto de la mente…; y apenas hube pronunciado la palabra “despiadado”, vislumbré repentinamente, una deslumbrante luz en el centro de ese laberinto, como si fuera el final de un gran túnel oscuro, pero al mismo tiempo vi una sombra maléfica que se movía acechante y grotescamente…; era nada más ni nada menos que el famoso Minotauro que estaba esperándome hambriento…, y yo tendría que matarlo para poder cruzar ese portal que lleva a otros mundos… más sublimes…
Por eso me identificaba con el escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986); porque laberintos, bibliotecas, infinitos, tiempo…, eran temas recurrentes en él y…, en mí. Borges me ayudaba a encontrar muchas respuestas valiosas…; pero las que yo encontraba, gracias a él…, ¿cómo iba a compartirlas con él?… Por ejemplo, yo quería decirle lo que estaba significando para mí el Asterión, así también se llama al Minotauro, según la biblioteca mitológica del historiador Apolodoro de Atenas (180 a.C.-120 a.C.).
Fue en la Biblioteca Ateneo de la ciudad de Arequipa, calle Álvarez Thomas 312, que lo descubrí…, fue una tarde cuando me internaba en su bosque profundo de frondosos árboles; ausentándome del mundo por largas y largas horas…, intentado encontrar ese misterioso método para transmutar las energías humanas en divinas…; mientras transitaba por su temeroso laberinto de infinitas páginas de saberes ancestrales. Digo “temeroso” por su infinitud… y porque en todo laberinto existe un minotauro, ese misterioso guardián mitad toro y mitad hombre, que impide a los profanos llegar al primer templo sagrado de la Divinidad Suprema, el de Atenea, diosa griega de la sabiduría, adorada por los romanos como Minerva.
Yo quería llegar al centro de ese famoso laberinto, tesoro de toda sabiduría, pues no había otro camino para mí…, la periferia no…; yo caminaría hacia el centro de ese enorme laberinto, aunque me produjese terror… y solo hubiese una opción: matar a ese gigantesco minotauro o ser muerta por él… Y desde entonces vengo librando esa lucha feroz… En una de ellas (porque venimos librando varias batallas), le descubrí el rostro con un fuerte golpe de suerte que lo hizo tambalear, sin imaginar jamás lo que yo vería en su rostro… ¡Su rostro! ¡Ese rostro! ¡Ese rostro era el mío propio! ¡Era mi propio rostro! ¡Ambos estábamos mirándonos como en un espejo!… Este impacto fue tan fuera de toda lógica que hizo que yo rodara por el suelo… esquivando, a la velocidad de un rayo, su rudo golpe mortal… Aún me siento aturdida de sentir que ese minotauro es parte de mí, que ese minotauro soy yo, que él es mi otro yo…, justamente es el que no es…, es ese “ego falso” que me impide llegar al que verdaderamente es mi auténtico yo: el alma… o atma… o atman.
¡Oh, diosas y dioses!
Se me había revelado por un instante el ansiado encuentro con la luz después de tanta oscuridad… Porque, ¿no era acaso esa luz, ese centro, la salida de este espantoso laberinto de tinieblas, lo que yo estaba buscando?, ¿el hogar donde no existe la muerte? ¿El encuentro conmigo misma?, ¿con mi otro yo, mi alma?… Mi auténtico yo…, aquel interno y más real que este otro yo/ego que se pierde en la laxitud y distracciones del mundo aparente…; porque, ¿qué es sino el mundo de afuera? ¿No es acaso el mundo de las apariencias porque todo cambia, se transforma y nada permanece?… Y no solo se trataba de mi encuentro con mi otro yo, mi yo original, ¡mi alma!; sino también, mi encuentro con la última realidad: la verdad absoluta…, el todo…, la fuente de todo…, donde todo nace y todo vuelve… Este era mi encuentro con la luz, con el centro, la unidad, lo absoluto…, el hogar…, el último hogar, el hogar de todos los hogares, la comarca familiar…, el dulce hogar eterno y amado: el amor… ¡El amor!… ¡Oh, diosas y dioses!, ¡era el verdadero amor!, ¡el Amor Divino!, ¡el Éxtasis Supremo! ¡Era la Divinidad Suprema del corazón la que resumía todo lo que mi alma ansiaba encontrar!… Esta era la iluminación final, la liberación final, la transformación final…, la autorrealización… Y se me había mostrado que, para llegar a ella y su reino, tendría que vencer todos los peligros, todos los obstáculos, las tentaciones y pasar todas las pruebas, hasta acabar con el más temible de todos: el minotauro de la doble moral que es el mismo ego usurpador… del alma…, y asqueroso devorador de las ofrendas ajenas…
Y…, continué con mi ritual…
Con mi mano derecha tomé un poco de agua de la mística fuente y la esparcí por los cuatro vientos pidiendo protección… Hacia el norte, por donde fluye el Rímac y se encuentra el palacio de gobierno; hacia la cordillera, por donde nace el sol y está la catedral; hacia el mar, por donde duerme la luna y está el municipio; y hacia el sur, donde vivía mi madre querida y estaban los portales del comercio… También invoqué a aquella misteriosa Diosa de la fuente (o Ángel de la Fama o de la Anunciación), la de los miles de ojos, oídos y lenguas, quien con su trompeta en alto está siempre anunciando la victoria o la derrota, concediendo la inmortalidad o la muerte… Tomando un poco más de su divino néctar, lo rocié una vez sobre mis pies para caminar con paso firme y no extraviarme, otra sobre mi cabeza para mantenerme siempre alerta y no bajar la guardia, y otra sobre mi cuerpo para protegerme de cualquier adversidad. Fue un momento magistral, único, sagrado… porque había invocado lo sagrado…, la victoria y la inmortalidad… Y apareció por el norte, en medio de un gran destello dorado, un esplendoroso puente de colores inauditos… cruzando el universo… ¡Oh maravilla de maravillas! ¡Qué visión tan irreal! Era el mágico arcoíris que unía la tierra y el cielo escalando el firmamento desde lo más recóndito del mar… Mi ser se estremeció tan solo de pensar que me encontraba ante el umbral de esos otros mundos tan añorados por nosotros…, los solos; y, sin embargo, tan oculto, y que podíamos cruzarlo en cualquier momento; y sin embargo… ¡Ooh, si mi madre pudiese ver esta maravilla!
Mucho tiempo estuve de pie sumida en este espectacular evento, tratando de encontrar aquellos peldaños que me sacarían de este mundo mortal; al mismo tiempo que mi mente se desbordaba en un mar de pensamientos, vagando de un lugar a otro sin ningún control…, igual que el viento… Tan pronto como recordaba mis últimos viajes por las solitarias tierras de mi infancia, ya estaba recordando a mi querida madre, a Mara, a mis herman@s y sobrin@s, en especial a mi hermano Enrique y a mis sobrinos: Vane, Kissy y Junior… Pero siempre sin dejar de mirar el arcoíris y el norte en busca de respuesta…, de orientación… ¿Será que de nuevo tengo que ir por Santiago de Chuco, Huamachuco, Cajamarca o más al norte?… Mis viajes por aquellos rincones de la sierra habían sido tan sorprendentemente mágicos…, que mi corazón aún quería guardarlos intactos sin volver a ellos por el momento… Hasta Arequipa volvía a cruzarse por mi mente…, incluso mis amigos más superficiales y efímeros amantes…, pero no me detenía en ninguno ni en ningún lugar… Tampoco quería detenerme en el drama de la separación y de lo desconocido…, pero sí en el cielo abierto, en el sol oculto por las nubes, en la lluvia que había danzado con el río turbio al son del Putkamayu… De pronto, me enderecé impulsada por la inesperada reacción de mi mente inquieta que se trasladó bruscamente al arcoíris…, al norte…, donde habita el río que habla…, el Rímac… Sí, ¡claro!… ¡El río!… El río era la respuesta… Tenía que ir a ver al río Rímac de cerca, tenía que escucharlo, abrazarlo…, despedirme de él… De inmediato guardé a Aleph en su bolsa y me dirigí con paso firme y seguro al río Rímac…

Desde niña, el río y el mar se habían hecho parte de mi vida, nos habíamos hermanado; si no soñaba con ellos, los encontraba en los libros, poemas, canciones, o en los malecones de la gran ciudad como parte troncal de nuestro hábitat, ya que la mayoría de nuestros pueblos y ciudades han sido erigidos a orillas de un río o a orillas del mar. En pocos minutos llegué a lo que es ahora la popular Alameda Chabuca Granda, desde donde puede contemplarse tranquilamente el río que habla… ¡Aaah, el río!…, el río hablador… Allí estaba mi río… mi putkamayu, mi río turbio…, y allí…, nuestra baranda tan sola y nostálgica…, donde compartíamos con Mara la más dulce chicha morada y el más tradicional de los buñuelos plenos de sabor a barro y leña… ¡Ooh, mi río turbio!… Aquí estás… ¡Ooh, Mara, Mara!… Cómo nos perdíamos con Javier Heraud (poeta y escritor peruano, 1942-1963) escuchándonos en la internidad… Yo soy un río…
(1) “Yo soy un río, voy bajando por las piedras anchas, voy bajando por las rocas duras, por el sendero dibujado por el viento. Hay árboles a mi alrededor sombreados por la lluvia. Yo soy un río, bajo cada vez más furiosamente, más violentamente bajo cada vez que un puente me refleja en sus arcos. (…)”.
–Haces bien en irte de aquí –me dijiste aquella vez lanzando mi piedrecilla tan lejos que cayó en el río, y nos quedamos quietas mirando esos círculos concéntricos que se formaron en el agua–… Lo único que lamento es que vayas por donde vayas, igual llegarás, tarde o temprano, al mismo lugar al cual todos llegamos…
–Nosotras no, Mara. Nosotras tenemos que salir de este mundo de dolor y muerte –me aventuré a decirte tratando de animarte–. Y hay una sola manera de hacerlo…
–¿Cuál? ¿Cómo? ¿No ves que todos los caminos conducen a la muerte? ¿No ves que este es el planeta de la muerte donde todos estamos condenados a morir?
–¡Oh, Mara, Mara! Si tan solo comprendieras que solo la magia puede obrar el más increíble de todos los milagros…, solo con la magia podremos cruzar los miles de portales…
–¡La magia! ¡La magia!… Tú y tus cursilerías… –sonreíste meneando la cabeza.
–¡En serio! Solo a través de la magia de tus poemas y mis dibujos –te aclaré, y te echaste a reír con una carcajada tan sonora y limpia, que ambas terminamos riendo y llorando por… nuestra despedida…
–Ya solo tu loco entusiasmo te salva –me dijiste secándonos los ojos con tus manos claras–… Basta de llorar, basta… Suficiente con nuestros suspiros… limeños…
Si Mara, basta de llorar… ¡Ooh! Ya vinieron de nuevo esos pájaros salvajes a robarte de mis recuerdos y a dejarme sola con el río…, mi río… Aquí está mi gran río hablador bajando descabellado desde Putka, la gran montaña reina de las cordilleras, para precipitarse majestuoso en las profundidades del mar…
Y allí…
Allí recién fui consciente de que…, la mayoría de ríos nacen en las grandes montañas y fluyen hacia el mar…
Sorprendida…,
vi que el río Rímac venía de esa gran montaña del este, jugando con su hermana gemela, la carretera central que viene desde La Oroya a Lima… Yo también había estado por el centro del Perú, por el departamento de Junín, en La Oroya, Jauja, Huancayo… Y mis pensamientos giraron hacia esa zona minera por donde yo había estado no hace mucho vendiendo libros (y toda la Editorial Planeta se me vino encima, incluso mi paso por Barranco como por arte de magia…), pero por ahora tampoco quería detenerme en ese tiempo ni volver por Huancayo… Podría ser Cerro de Pasco, nunca había ido por allí…, o tal vez Huánuco, tampoco había estado allí…, o tal vez la selva, pues nunca había estado en la selva…
La selva…
Y la selva quedó reverberando en mis oídos cual oriunda sinfonía del ser divino…, venida de lo más recóndito del bosque de árboles encantados, desconocidos, intrépidos, copiosos…, de animales salvajes, brillantes, fantásticos…, todos enmarañados… ¡La selva!… ¡Ooh, la selva!… Era como si la selva estuviese llamándome… ¡Como si nuestra madre naturaleza me estuviera llamando! ¡Sí!, ¡recorrería la selva!… ¡La selva es mi camino!…, ¡y viajaría con el río!… ¡Oh, diosas y dioses! ¡Viajaría con el Rímac! ¡Viajaríamos juntos hacia las más altas montañas de su glorioso nacimiento! ¡Allí, allí, donde nacen los grandes ríos que van a dar a la mar!… Yo iría de subida y él de bajada… Yo subiendo la gran montaña y él bajando a la inmensidad del mar…, pero siempre juntos… Era una sorpresa totalmente inesperada, un bálsamo para mi corazón herido, y, sin embargo, tan lleno de esperanzas por vivir un mundo nuevo… Otra vez el universo descorría su velo mágico para mostrarme el río como el mejor de los caminos…, ya desde la noche anterior cuando había soñado con el río y había despertado con el río diciéndole a mi madre…: Fluye… ¡Fluye!, nos estaba diciendo a las dos nítidamente…
¡Claro! ¡Claro que fluiría con el río para encontrarme con la selva y mi destino! ¡Él me acompañaría! ¡Él me protegería!… Y me encaminé muy oronda hacia el Parque Universitario para tomar un bus que me llevara a la carretera central.
I. Parte 3 – Desolación
Mas, el camino no fue fácil, de repente me sobrevino un estado de ánimo patético, desolador, destructivo…, el mismo que me agobiaba cuando caminaba sola por las calles de la gran ciudad… No, no podía deshacerme de esa insoportable sensación de vacío, de la vida carente de sentido, de lo efímero, relativo, de la muerte inevitable, del temor a lo desconocido, del dolor de la separación… Todo era tan absurdo y cruel…, y, sin embargo, parecía que solo yo sufría estos desvaríos pues a todos los veía tan tranquilos, tan seguros de sí mismos caminando hacia algún lugar, ¡su lugar!…; las tiendas, su trabajo, el estudio, el recreo, su hogar…; todos sabían a dónde iban…, todos tenían un lugar fijo a donde ir, menos yo… Yo no tenía a donde ir, no podía identificarme con ningún lugar, no pertenecía a ningún lugar… Hace mucho que no me sentía parte de nada ni de nadie, ya ni siquiera de la casa de mi madre y mucho menos de la universidad y mis amigos… Solo me sentía un miembro más…, extraño, transitorio, sin lugar y solo… Abismalmente sola y entregada por completo a esta infinita búsqueda de mí misma…
Pensé que al dejar la casa materna encontraría el paraíso o todo se volvería un paraíso, pero no fue así. El cielo seguía estando oscuro, vacío, oculto; el aire rancio, húmedo, insoportable; los árboles resecos, contaminados, moribundos; los edificios descuidados, enrejados, extraños; las calles sucias, congestionadas, malolientes; los autos violentos, ensordecedores, nefastos; y los ojos…, ¡ooh!…, esos ojos desolados, frívolos e insaciables de un placer que nunca se concreta… ¡Aah, la gran ciudad!… La gran ciudad sigue siendo un enorme laberinto…, un espantoso y estruendoso laberinto en expansión… Laberinto afuera, laberinto adentro… Mi mente vaga confusa entre este patético escenario enfermo de carteles viles, y el llanto de mi madre ausente, abandonada entre mis sueños y recuerdos… ¿Cómo es posible que yo no haya muerto en esta fría selva gris que aniquila los sentidos, endurece el corazón y nubla el pensamiento? ¡Solo la luna, el mar, el sol, el viento y las montañas son dignos de mi adoración!
Me he convertido en un ser de la calle cualquiera, sin oficio ni beneficio, un don nadie que prefiere dormir en los parques, en el pasto o en una banca que amanecer en una cama tibia o en un espacio cómodo sábelo diosas y dioses con quién… Prefiero ver las estrellas límpidas y rociadas de ensueños que rostros apáticos, impúdicos y descoloridos… Prefiero caminar sin rumbo escuchando el rugido del viento o el murmullo de las estaciones, que encorvarme detrás de un mostrador o en esa desvencijada oficina… ¡Qué me importa el hambre y el seguro social! ¡Qué me importan los años de servicio y la jubilación! ¿Cómo podrían importarme en este mundo transitorio donde todo acaba y termina con la muerte sin piedad?… ¡Yo quiero enderezarme a la luz del sol!… ¡Quiero ser libre como el mar! ¡Volar con el viento!… Sin mutilarme al son de unas manecillas que nos levantan para ir al baño, para comer, para ir a trabajar, para fornicar, para dormir… Mi madre teme por mí, ¿será que me estoy volviendo loca sin razón?… ¡Oh, madre!… ¡Madre!… Si todo en este mundo está sujeto a cambio y muerte, ¿cómo podríamos crear un hogar aquí o aferrarnos a alguien o a algo que aparece y desaparece en un dos por tres? ¿Acaso es posible vivir y amar así?… ¡No! ¡No es posible amar ni vivir así!… Y la vida es tan corta… tan corto el tiempo que aquí estamos como si fuera tan solo un breve fin de semana… Entonces, ¿qué es lo que quiero?… Yo solo quiero ir por el mundo y colmarme de magia divina en este breve fin de semana… Quiero hacer cosas únicas, heroicas, descabelladas, sobrenaturales… ¡Quiero pintar todos mis deseos y hacerlos realidad!… ¡Quiero saludar al sol y a la luna que nacen en el mar! ¡Quiero conocer y amar otros puertos, otros barcos, otra gente, otros hombres y mujeres, otros árboles, otros ríos y montañas! ¡Quiero cruzar este espantoso laberinto de muerte por doquier! ¡Sortear todos los peligros! ¡Conocer la verdad sobre la vida y la muerte!… ¡Encontrarme a mí misma!… Saber quién soy, de dónde vengo, a dónde voy… ¡Quiero llegar a mi destino único, loco y sin fin! ¡Llegar al centro! ¡A la luz! ¡Al hogar! ¡Al último hogar! ¡Al hogar de todos los hogares! ¡El hogar donde no existe la muerte!… ¡Yo quiero lo absoluto, divino e inmortal!… ¡El amor!… ¡El Amor Divino!… ¡El Éxtasis Supremo!… ¡La Divinidad Suprema del corazón!… ¡Oh, madre! ¡Madre! ¡Déjame partir!… ¡Por favor, ayúdame! ¡Ayúdame a salir de este tétrico laberinto que nos tiene a todos atrapados!
Casi sin darme cuenta había subido desesperadamente a un micro, que poco a poco me fue alejando de la gran ciudad atestada de seres y cosas que yo no podía comprender…; rumbo a la carretera central. Poco a poco se fueron alejando aquellos sentimientos dolorosos que querían detenerme, apresarme y acabar conmigo. Poco a poco volví a sentirme encaminada, con el espíritu abierto a cualquier acontecimiento maravilloso que me reservara el destino, porque sentía que verdaderamente el universo me protegía.
I. Parte 4 – Rumbo a la selva
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