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Tiempo de Bruma
En algún lugar al norte cercano a Nexus “Hogar de los Animales Celestiales”.
Después del anuncio de la visita, la puerta se cerró con un golpe seco.
El viento se coló por el balcón abierto, arrastrando el humo de la chimenea en una espiral lenta que se deshacía bajo la luz fría de la luna. Las sombras danzaban sobre las paredes de piedra, alargándose como si escucharan.
Maelis Thorn no se sentó, pues no había ninguna silla de bienvenida para hacerlo, como siempre.
Era una mujer joven, de no más de veintidós ciclos. Su piel clara contrastaba con el cabello oscuro que caía sobre sus hombros en suaves ondulaciones. Vestía una túnica larga de tonos negros y vino profundo, sencilla en apariencia, pero confeccionada con una precisión que revelaba una elegancia imposible de ignorar. No llevaba joyas llamativas ni símbolos de autoridad visibles; no los necesitaba.
Sus manos permanecían quietas, entrelazadas frente a ella con una calma casi antinatural.
Sus ojos, en cambio, jamás descansaban.
Recorrían la habitación lentamente. La chimenea. Las ventanas. El escritorio. Los pequeños detalles que la mayoría de las personas olvidaban mirar.
Y cuando finalmente observaban a alguien, daban la incómoda impresión de haber llegado ya a una conclusión.
Maelis se mantuvo de pie frente al anfitrión, con la mirada apenas inclinada, como si estuviera observando algo más allá de la persona frente a ella.
Esa persona permanecía sentada en la única silla de la habitación. Una túnica azul oscuro descansaba sobre sus hombros. Su mano izquierda reposaba sobre el escritorio mientras la derecha acariciaba lentamente su rostro.
Durante varios segundos ninguno habló.
Maelis nunca tenía prisa por llenar los silencios.
Sabía que las personas solían revelar más cuando se sentían obligadas a hacerlo.
Silencio.
Luego, apenas un susurro:
—Curioso…
Alzó la vista.
Y comenzó a hablar desde la memoria, no desde documentos.
—El Norte siempre ha sabido… parecer estable.
Dejó que la frase se asentara.
—Después del Pacto de Supervivencia —continuó, con voz suave—. Un acuerdo que, según los registros oficiales, puso fin a las guerras entre el Norte y el Sur.
—Según los registros.
Sus ojos se deslizaron apenas por la sala.
—Porque, si uno presta atención… —añadió— la guerra no desapareció. Solo aprendió a cambiar de forma.
El fuego crepitó.
—Piratas, bandidos, facciones que no responden a ningún estandarte. —Inclinó ligeramente la cabeza—. Todos ellos… síntomas de lo mismo.
No explicó qué.
No era necesario.
—Vacíos —dijo al fin—. Espacios donde el poder no alcanza… o decide no mirar.
Dio un paso lento, sin romper el ritmo.
—Y aun así… el Norte se sostiene.
Sus labios casi dibujaron una sonrisa.
—Bajo una familia que ha sabido… mantenerse.
Levantó apenas la mano, como ordenando piezas invisibles.
—El rey William Castter Níllean. Su esposa, Elizabeth Castter Larwis. —Pausa—. Y sus tres hijos.
Sus ojos brillaron apenas.
—Philip, el heredero. —Su tono se volvió más preciso—. Disciplina impecable. Ambición controlada. Se prepara no para gobernar… sino para no fallar cuando le toque hacerlo.
Un leve giro de su cabeza.
—Esffher.
Casi imperceptible, un matiz distinto en su voz.
—Observa más de lo que habla. Piensa más de lo que muestra. —Breve pausa—. Y encuentra cierto placer en debatir ideas… especialmente acompañado de vino Griñaberal del Sur.
Dejó que el detalle flotara. Luego…
—Y Jimdiliguisky, más conocido como Jim.
Esta vez, sí sonrió. Apenas.
—Jim no se prepara para el futuro. —Alzó la mirada, directa—. Prefiere disfrutar el presente.
El fuego iluminó sus ojos.
—Combate bien… pero no por deber. Seduce… pero no por necesidad. —Pausa—. Y nunca está solo.
Caminó un poco más cerca de la mesa.
—Apolinar Salpasterr Gregorial. —Dijo el nombre con precisión—. Constante, leal y peligrosamente cercano.
Silencio.
—Algunos lo llamarían amistad.
No aclaró más.
El viento volvió a entrar.
Maelis giró ligeramente hacia el balcón, como si el Norte estuviera ahí afuera.
—Bajo ellos… tres reinos sostienen el equilibrio.
Sus dedos se tensaron apenas.
—Balqueester.
La palabra cayó con peso.
—La capital.
Miró hacia la figura sentada.
—Costa sur, una formación de rocas gigantes recorre más de diez mil kilómetros, creando una barrera natural tan imponente como inexpugnable. Cinco Círculos. Poder concentrado. Ejército… disciplinado y poderoso.
Sus ojos se afilaron.
—No solo por su fuerza. —Pausa—. También por su dominio de la magia.
La chimenea crepitó más fuerte.
—El castillo se alza sobre una montaña, visible desde lejos de manera intencionalmente.
Una pausa más larga.
—Pero no es lo único que se eleva.
Su voz bajó.
—Hay una torre, tan alta… que desaparece entre las nubes.
Sus ojos no parpadearon.
—Dicen que, en otros tiempos, desde allí se enviaban señales capaces de alcanzar todo el Norte.
Inclinó la cabeza.
—Mensajes de celebración… —Pausa—. O señales de guerra.
El aire se volvió más frío.
—Regnoria.
El cambio fue sutil, pero claro.
—Cuatro dominios y mentes… brillantes.
Caminó despacio, como trazando un mapa invisible.
—Diseñan leyes, las protegen y las reinterpretan cuando conviene.
Un leve destello en su mirada.
—Sus fuentes… son admiradas.
Un paso, se estanca con la mirada quieta en un punto, recordando en detalle la información.
—El agua cae con tal precisión… que puede alterar emociones.
Se acercó apenas más a las llamas de la chimenea.
—Calma e inquietud. —Bajó la voz—. Dependiendo de cuánto tiempo se escuche.
Una pausa.
—Pero no es eso lo que define a Regnoria.
Negó suavemente.
—Es la Muralla de Liríon.
El fuego pareció apagarse un poco.
—Impenetrable.
Una sola palabra.
—Escarcha negra. —Susurró—. Fuego y hielo… coexistiendo en una forma que no debería existir.
Dejó que el concepto incomodara.
—Nadie entra por fuerza, solo se logra, mediante el Eco del Guardián.
Giró completamente hacia la figura.
—Un recuerdo, una emoción. —Inclinó levemente la cabeza—. Un fragmento del alma.
El silencio se alargó.
—El muro absorbe ese eco y genera una versión ilusoria del viajero… y devuelve una guía, que lo encamina de manera segura a través de la barrera.
Sus labios se tensaron apenas.
—Pero si alguien intenta engañar al muro…
No terminó la frase de inmediato.
—Queda atrapado.
El viento sopló más fuerte.
—Dentro de sí mismo.
El aire la empujaba a continuar.
—Y quienes regresan…
Una pausa más larga.
—No lo hacen completos.
La chimenea volvió a crepitar.
—Monchesquiue.
El tono cambió otra vez, más… suave.
—El más reciente.
Caminó lentamente.
—Cálido y creativo. —Casi una contradicción en su voz—. Celebra su historia como si fuera un espectáculo.
Una leve inclinación.
—Recrean victorias contra el Sur, pero no todas las historias se cuentan.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—Algunas… siguen siendo incómodas.
Se detuvo.
—Conflictos internos.
No elaboró.
—Monchesquiue fue invitado a formar parte del sistema del Norte. —Miró al frente—. Protección… a cambio de integración, y entonces, el reino decidió mandar recursos, en sus planes hasta ahora son.
Sus dedos se movieron apenas, como si dibujara una lista en el aire.
—Armas, soldados…
Y luego:
—El proyecto de contención por su reciente alianza, Gollum’s.
Lo dijo con calma.
—Criaturas de roca, antiguas e inocentes… en apariencia.
Una pausa breve.
—Cuatro o cinco… ubicados de forma estratégica.
Entrecerró ligeramente los ojos, como si los imaginara en posición.
—Adoptan una postura, entonan un canto.
El viento pareció responder.
—Y el reino queda cubierto.
Abrió los ojos.
—Protegido.
Silencio.
—O encerrado.
No aclaró cuál.
Se enderezó.
—Monchesquiue también tiene… otros métodos.
Una leve inclinación hacia adelante.
—Rutas ocultas, habitaciones que no aparecen en planos y espacios que… esperan.
Su voz bajó casi a un susurro:
—Porque, en el fondo…
El fuego iluminó su rostro.
—Monchesquiue no fue construido para mostrarse.
Sus ojos se clavaron en la figura frente a ella.
—Algunos secretos… —añadió, apenas— no permanecen ocultos por accidente.
El viento irrumpió en la sala, mientras Maelis permanencia inmovil a la espera de algo, no porque le resultara incomodo el silencio, más bien parecía medido. Pasados unos segundos, la figura al otro lado de la sala comenzó a indagar.
—Hablas como si el equilibrio ya se hubiera roto.
La voz era baja, no necesitaba imponerse. Maelis inclinó apenas la cabeza.
—No diría que se ha roto… todavía.
Un pequeño espacio entre palabras.
—Pero hay grietas.
El fuego de la chimenea crepitó.
La figura no respondió de inmediato.
Apoyó el codo en el reposabrazos, sosteniendo la sien con dos dedos, como si aquello no fuera nuevo.
—Grietas hay siempre —dijo al fin—. Lo interesante es quién decide mirarlas.
Maelis no sonrió, pero sus gestos cambiaron apenas.
—Me llama más la atención quién decide ignorarlas.
El viento sopló con más fuerza, colándose por el balcón, las llamas de la chimenea vacilaron y entonces… se detuvieron.
No se apagaron.
No se debilitaron.
Simplemente… dejaron de moverse, como si el tiempo hubiera tropezado en ese punto exacto. Maelis no reaccionó, pero tampoco apartó la mirada.
La figura se incorporó lentamente en el sillón.
—Monchesquiue… —repitió, casi para sí—. Un reino construido para guardar secretos.
El viento rozó las cortinas del balcón.
—Y aun así… mis oídos allí dentro hablan de una tierra demasiado acostumbrada a ser observada. Piratas. Bandidos. Mercaderes desesperados. —Una pausa leve—. Después de tantos ciclos… perder cosas deja de dolerles.
Sus dedos rozaron apenas el borde del reposabrazos.
—O tal vez… nunca han perdido las importantes.
Maelis respondió sin vacilar.
—Sobre eso… tus oídos empiezan a respirar demasiado cerca de la muerte.
El fuego inmóvil iluminó apenas su rostro.
—Cuando estuve allí hace algunos meses, entendí algo. —Entrecerró ligeramente los ojos—. Piratas, rufianes… y nosotros ya no somos los únicos mirando hacia Monchesquiue.
Una pausa.
—El reino empieza a moverse.
Silencio.
La figura no reaccionó de inmediato.
Solo inclinó apenas la cabeza, pensativo.
—Entonces el murmullo era cierto…
Sus dedos dejaron de moverse.
—El Norte finalmente empezó a sentirlo.
El aire pareció enfriarse un poco más.
Maelis guardó silencio.
La figura continuó:
—Ve a Vey-Lun.
—Convoca a quienes aún recuerdan el juramento.
Las llamas seguían inmóviles.
—Y esta vez… —su voz bajó apenas— no permitas que lleguen primero.
Una pausa. La figura no se giró.
—Ya lo sé.
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