Scarlett no recordaba haber sido una sola persona. Desde que tenía memoria, sus noches no le pertenecían. Cada vez que cerraba los ojos, despertaba en otra vida. Otros nombres. Otros cuerpos. Otras historias que se sentían tan reales como respirar.

Había amado. Había luchado. Había muerto… más veces de las que podía contar. Y cada mañana, volvía a ser ella. O al menos… eso creía.

Pero con el tiempo, algo comenzó a romperse. Las vidas dejaron de sentirse como sueños. Los recuerdos no desaparecían al despertar. Las emociones… se quedaban. Y Scarlett empezó a preguntarse algo que nadie a su alrededor podía responder.

¿Quién soy… cuando dejo de soñar?

Sus padres nunca la trataron como a alguien extraño. Nunca la obligaron a encajar. En su hogar, el silencio no era incómodo, y el bosque era tan suyo como de cualquier criatura que lo habitara. Ellos eran su único punto fijo. Su única verdad. Porque fuera de ese pequeño mundo… Scarlett no pertenecía a nada.

No a los niños del pueblo, que hablaban sin pensar.

No a las normas que todos parecían entender sin cuestionar.

No a las emociones simples que otros sentían con tanta facilidad.

Ella pensaba demasiado. Sentía demasiado. Recordaba… demasiado.

Y aun así, no lograba entenderse.

A veces, al quedarse completamente en silencio, podía sentirlo.

Un vacío.

No era tristeza. No tenía miedo. Era algo más profundo.

Como si dentro de ella hubiera espacio para muchas vidas… pero ninguna fuera realmente suya.

Y aun así, Scarlett no quería perderlo.

Porque en ese caos, en esa confusión, en esas vidas que no le pertenecían del todo… también encontraba algo más.

Consuelo.

Pero los sueños no duran para siempre. Y cuando el silencio finalmente llegó… no trajo paz. Trajo preguntas. Preguntas sin respuesta que la empujarían más allá de todo lo que conocía.

Más allá de sus padres, del pueblo, más allá de sí misma. Porque hay algo más peligroso que no saber quién eres.

Es descubrirlo… cuando ya es demasiado tarde.

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