Somos nuestro silencio y nuestro tiempo.

Hay robos que no dejan puertas forzadas ni cajas vacías. Son más discretos y, precisamente por eso, más devastadores. Me refiero al robo del silencio y del tiempo.

El silencio no es ausencia de palabras; es el lugar donde una persona piensa, recuerda, crea y reconstruye aquello que la vida ha quebrado. El tiempo, en cambio, es la única riqueza que no admite devolución. Todo lo perdido puede recuperarse, excepto un instante vivido para satisfacer las exigencias ajenas.

Hay quienes creen que tienen derecho a ocupar la vida de los demás. Exigen respuestas, alimentan conflictos, prolongan discusiones inútiles y convierten la tranquilidad ajena en el escenario de sus propias carencias. No buscan comprender; buscan invadir.

He aprendido que defender el silencio no es aislarse del mundo, sino preservar el único espacio donde uno sigue siendo verdaderamente libre. Defender el tiempo tampoco es egoísmo; es respeto por la propia existencia.

Porque, al fin y al cabo, somos aquello que callamos para pensar y el tiempo que elegimos para vivir. Quien pretende robarme mi silencio y mi tiempo no intenta ocupar unas horas de mi vida: intenta quedarse con una parte de mí.

Y esa es una propiedad que no pienso entregar.

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