Existen los eclipses íntimos; suceden cuando el pensamiento abandona lo cotidiano y se aventura por regiones que la conciencia vigila con recelo. Entramos como llevados de la mano de una sabiduría algo mística a esos territorios donde las preguntas prohibidas acechan y el hombre se vuelve un pensador errante tras verdades que solo se visualizan en ráfagas. Hace un tiempo me di cuenta de que caminar en soledad, en un sitio lleno de paz y de vida árida, me proporcionaba ideas, espejismos, nociones necesarias para alimentar mis apetencias intimas. Cuando lo hago, después describo lo que siento. No quiero olvidarlo, y para recordarlo, lo traslado a la ficción; pues la memoria de los hombres a veces es volátil, y necesitamos de las palabras para sujetarlas como alfileres al mapa de las imágenes.

Un día de esos, ahíto de normalidad, me detuve en una roca arcillosa al borde de un desierto, allá por el Estado de Nevada, en un pueblo de la periferia de la ciudad de Reno. Era un camino cercano a la casa. Me encantaba transitar por aquellas soledades geográficas donde a lo lejos un cinturón de montañas me encerraba en su naturaleza propia. La vegetación dominante eran los cactus y agaves. El camino, muy desértico, y el sol, indiferente a mis sudores, daban a la escena un colorido único. Era un día de vientos sin pájaros, pero lo intangible me obligaba a prestar atención. Primero fue una idea que llegaba, se marchaba y volvía con la tenacidad de quedarse, deteniéndose a flotar dentro de mí. El cerebro la tradujo en palabras: “»El universo en su orden caótico creó la vida”.

Era como si la intuición de un peregrino creyera que la materia que encendió estrellas y levantó galaxias se preguntara por su origen. Como si la evolución hubiera estado escribiendo durante eones una sola frase, y nosotros fuéramos los primeros capaces de leerla.

Me llegaban ideas gráficas, como si a través de un pliegue de la creación se nos contara que nosotros fuimos creados como ojos e historiadores del rompecabezas. A esa altura del camino, mientras el polvo se elevaba sobre sí mismo, mi sospecha se tornó inevitable:

El cosmos se contempla a sí mismo a través de nosotros.

El camino siguió reverberando calor, y pensé que él también era parte de las respuestas. Que la vida, con su arquitectura biológica, era un laberinto que no está todavía del todo explorado.

Al regreso bebí mucha agua, me senté en un sofá de la sala, los perros vinieron a saludarme y, mientras los acariciaba, ellos olfateaban el polvo en mis zapatos, como investigando la historia de un andarín.

Entonces, un murmullo parecido al tiempo me inundó los oídos. “Somos uno con el todo”.

Mi ego me recordó que era la hora del almuerzo. Y el cuerpo, a gritos, pedía un baño de agua tibia.

En la distancia, en otra casa, el sonido de una máquina podando el césped me devolvió de bruces a la cotidianidad aparente.

Pero por un instante de tiempo, seguí viendo el camino en el polvo de mis zapatos. Y mis dudas, como poseídas por las trampas del ego, siguen vírgenes, como cuando por sobre la mirada nos cae de bruces una tristeza equivalente a la ignorancia.

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