
La soledad y el aislamiento suelen confundirse porque ambos se manifiestan con el mismo rostro: el de la ausencia. Sin embargo, pertenecen a órdenes distintos. El aislamiento es un hecho; la soledad, una interpretación. El primero puede contarse. La segunda, apenas narrarse.
Hay hombres que poseen una vasta geografía de afectos y, aun así, sienten que viven en una isla. Otros, en cambio, recorren los días con escasas compañías y encuentran en ese desierto una forma de libertad. Acaso el error consista en creer que la felicidad depende del número de puertas que pueden abrirse. La condición humana ha demostrado, una y otra vez, que las puertas más difíciles son las interiores.
Imagino que las bibliotecas lo saben. Un libro cerrado está aislado; un libro leído jamás está solo. También un hombre puede rodearse de multitudes y permanecer inédito para todos. Nadie conoce del todo a otro ser humano. Apenas desciframos algunas páginas antes de que el volumen vuelva a cerrarse para siempre.
La soledad, cuando no es impuesta, puede ser un privilegio. Es el ámbito donde el pensamiento deja de obedecer al ruido y comienza a dialogar con la memoria. El aislamiento, en cambio, es la interrupción de ese diálogo por falta de interlocutores o de confianza. Uno pertenece al espíritu; el otro, a las circunstancias.
Quizá por eso convenga no temer a la soledad, sino a la pérdida de aquello que la hace fecunda: la posibilidad de elegirla. Porque el hombre no se salva por la cantidad de voces que lo rodean, sino por la calidad de las pocas que, incluso en el silencio, continúan respondiéndole desde la memoria, desde un libro o desde la íntima conversación consigo mismo.
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