Había aprendido a odiar a los polacos. Le resultaban más desagradables que el hijo pequeño de los Hoffmann. El niño, entre otras cosas, se dedicaba a robarle manzanas a la frutera del barrio.
Sin embargo, cada vez que oía a los Novak hablar en su idioma, se despertaba en él una extraña sensación de estar en casa. Y el aroma del pan que horneaban… profundo y ligeramente ácido, era mucho más que la mezcla del centeno, trigo y masa madre.
Había encontrado unos documentos viejos. Todo estaba en blanco salvo el lugar de nacimiento. Parecía que alguien hubiese borrado todo lo anterior a aquel orfanato en lo que hoy es Polonia.
Una tarde de otoño se encontró con la frutera llorando. Otra vez le habían robado manzanas.
A él lo habían robado mucho antes.
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