¿Cómo me deshago de ti, si estabas aquí para cuidar de mí?
¿Cómo me deshago de ti, si llevas tanto tiempo a mi lado que incluso cuando no estabas, seguías viviendo en los recuerdos de mi mente?
¿Cómo me deshago de ti, si contigo llevé mi vida a un lugar que me obligó a aterrizar, a detenerme y mirar?
¿Cómo dejo de sentir este apego? ¿Cómo me vuelvo lo suficientemente frío para dejarte ir?
¿Cómo me deshago de ti, si sé que de alguna forma seguirás existiendo? Pero no es eso lo que me aterra.
Lo que me aterra es cargar con la responsabilidad de soltarte.
Y mi grito se eleva al cielo:
¿Cómo no ve que esto pesa más que el mundo entero?
Sinceramente, sé que es lo mejor.
Pero, desgraciadamente, soy yo quien debe tomar la decisión.
Soy yo quien debe abrir la mano.
Soy yo quien debe decir adiós.
El verdugo involuntario de tu último respiro en esta habitación.
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