Título: La luz de la primera infancia
Autora: Mirtha García Pérez
I.
La primera infancia es un territorio de luz líquida. No la luz seca y vertical de las certezas, sino la que chorrea por los bordes de las cosas, la que se derrama sobre el suelo y se niega a ser encauzada. Esa claridad temblorosa no se aprende, se palpa. Llega a nosotros por el olor a tierra mojada después de la lluvia, por el peso de una cuchara de madera en la mano diminuta, por el reflejo que baila en el techo cuando alguien mueve un vaso de agua.
En este territorio, cada gesto es un experimento y cada error, una revelación.
II.
Hoy, en el aula, Lucía ha encontrado la jarra de plástico y un embudo. Se ha propuesto verter el agua en una botella de cuello estrecho. La operación es torpe, como debe ser. El agua se desborda, inunda la mesa, gotea con un ritmo pausado sobre el suelo de baldosas. Las otras niñas ríen con la risa limpia de quien asiste a un milagro fallido.
Lucía se queda quieta, la jarra aún suspendida en el aire, y observa el charco. No hay en sus ojos la sombra de la frustración, sino una fascinación absoluta. Veo cómo su dedo índice traza un camino en el agua derramada, descubriendo que la luz del atardecer se quiebra ahí, formando pequeñas islas de destello. Me muerdo la lengua. El impulso de corregir el ángulo del embudo se desvanece. Ella no necesita llenar esa botella ahora; necesita saber que el agua tiene memoria y que la luz juega a esconderse en sus ondas. Esa es la pedagogía del desorden: la certeza de que el error es solo un atajo hacia el asombro.
III.
En la pared del fondo, el sol de la tarde proyecta las sombras alargadas de las sillas. Los niños estiran sus brazos, intentando atrapar con los dedos la forma de un pájaro o de un perro que no existe. Les he pedido que dibujen en sus cuadernos su sombra favorita. Tomás dibuja un dragón con tres cabezas que escupe nubes. Ana dibuja a su madre abrazándola, aunque su madre no está allí; solo está la sombra de Ana estirándose hacia el vacío.
¿Qué importa la fidelidad de la línea? Lo que importa es que han descubierto algo esencial: la luz no solo ilumina, también dibuja. Y al dibujar, desdobla el mundo en realidades paralelas. Esa es la luz que se extiende sin pedir permiso.
IV.
Llega el momento de la recogida. Una madre, con el ceño fruncido, se acerca y me pregunta con urgencia si su hijo reconoce ya los colores primarios. Sonrío y miro hacia el charco que Lucía aún no ha querido secar. Pienso en la esencia de lo que hacemos aquí. Prefiero que mi alumno sepa que el azul del cielo al anochecer sabe a melancolía, antes de que pueda repetir «azul» sin titubear. Prefiero que confunda el verde con el amarillo si esa confusión le permite inventar un nombre nuevo para el pasto. La estética no es nomenclatura; es la valentía de dejarse atravesar por la belleza.
V.
Cuando el aula se vacía y guardo la jarra y el embudo, Lucía se acerca y me entrega su dibujo del día. No ha dibujado la botella, ni el embudo. Ha dibujado el agua en el suelo, pero dentro de cada pequeña gota ha pintado un sol diminuto y una luna menguante. En su mundo, el agua no moja: atrapa astros. Pego su obra en el tablón, justo al lado de la ventana por donde entra la última luz del día.
VI.
Y entonces lo entiendo, con esa claridad que solo dan los charcos y los dibujos imperfectos. No estamos aquí para construir futuros adultos a prueba de errores. Estamos aquí para custodiar el presente de quienes ya son, desde su primera respiración, personas completas. Criaturas que saben que la luz no se aprende, se derrama. Y que la verdadera educación es, quizás, esa pausa humilde donde nos sentamos en el suelo a observar cómo el agua, al fin liberada, nos devuelve el reflejo de un cielo que siempre estuvo ahí, esperando a ser dibujado con dedos mojados.
Esa es la luz primera. La que nunca se seca.
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