Manual de instantes para la primera infancia

Manual de instantes para la primera infancia

Título: Manual de instantes para la primera infancia

Por: Mirtha García Pérez

Entro al aula cuando el sol de la mañana aún es un rumor amarillo detrás de las persianas. Ellos están allí, en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos muy abiertos, como si el mundo cupiera entero en el perímetro de sus brazos.

Marta, la de la trenza deshecha, construye una torre con bloques de madera. La base es inestable; lo sé, pero me muerdo la lengua. He aprendido, en estos años de oficio silencioso, que mi silencio es más pedagógico que mis consejos. La torre tiembla, cruje, y cae. Marta no llora. Pone un bloque sobre otro, despacio, como si estuviera cosiendo el aire. En ese gesto tan mínimo, tan frágil, está toda la pedagogía del mundo: la resiliencia no se enseña con discursos, se ensaya con caídas de madera.

Mirtha —la teórica que llevo tatuada en el cuaderno de apuntes— dice que la creatividad no es un adorno, es el cimiento de la personalidad. Y aquí, en este rincón de sol y polvo de tiza, lo compruebo. No se trata de que Marta dibuje un pájaro perfecto; se trata de que su pájaro tenga tres alas y viva en un mar de nubes naranjas. La infancia es ese lugar sagrado donde la lógica aún no ha podado las ramas del asombro.

Afuera, en el jardincito de la escuela, hemos sembrado frijoles en vasos de plástico. Ellos los riegan cada mañana con la devoción de quienes ofician un rito. No es una clase de Ciencias Naturales; es un diario de crecimiento. Les he pedido que dibujen lo que ven: primero la raíz, luego el tallo, luego la primera hoja. Pero Martín dibujó a su abuela regando la planta, y Susana dibujó el sol con una sonrisa de dientes rotos. ¿Qué importa la exactitud botánica? Aquí lo que germina es la paciencia, el asombro y esa certeza muda de que cuidar algo pequeño nos hace, de algún modo, más grandes.

A veces, las madres me preguntan, angustiadas, si sus hijos saben ya las vocales. Yo las miro y pienso en los textos de la profesora García Pérez, en esa formación estética que ella defiende como un bastión. Prefiero que mi niño sepa reconocer el tono azul del cielo antes del trueno, antes que repetir de memoria la A mayúscula. Prefiero que toque la tierra, que sienta el peso de una piedra lisa en la palma, que aprenda que el agua moja y la ternura también.

Porque la educación en esta edad no es un embudo; es un abanico. No metemos conocimientos, abrimos posibilidades. No corregimos trazos, celebramos intenciones. Somos, los educadores, esos jardineros de instantes que apenas duran lo que un parpadeo, pero que echan raíces en el fondo del alma.

Hoy, al terminar la jornada, mientras guardo los bloques y recojo los vasos de los frijoles, Marta se acerca y me regala un papel arrugado. Ha dibujado la torre caída, pero en el dibujo, los bloques rotos flotan en el aire como estrellas. Sonrío y pego el dibujo en el tablón, justo al lado de la cita que me acompaña todos los días: «El niño es el centro».

Y entonces lo entiendo todo. No estamos formando futuros adultos, estamos protegiendo el presente de quienes ya son, en esencia, personas completas. Solo necesitan que alguien, con la humildad de un jardinero y la pasión de un poeta, se siente a su lado a mirar cómo la torre se derrumba y, sobre todo, cómo la vuelven a construir.

Porque en esa reconstrucción, querido lector, late la única verdad que vale la pena publicar: el futuro no se escribe con tinta, se siembra con asombro.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS