Me
pareció oír pescador, pero no, era un paleta. Un paleta que no
sabía nadar y acabó muerto en medio de la bahía.
Pedro
era un inmigrante o migrante, como dicen ahora, más políticamente
correcto. Ahora no importa si inmi- o emi- solo que migras. Bueno,
pues ok. Pedro era una persona que se había criado en una Andalucía
cerrada, en un barrio cerrado, muy machirulo. Sus referentes
familiares (padre, abuelo…) eran machitos alfa con salero. Todo muy
andaluz. No era su culpa, era la época. En fin.
Pedro
vino muy joven con su familia de Andalucía. El padre poco pudo
trabajar en la obra antes de cobrar una ayuda de larga enfermedad y
su madre hacía casas, remiendos de ropa hasta que su salud se lo
permitió antes de fallecer. Pedro era un habitante sin estudios y
con ganas de sobrevivir en nuestra localidad. Durante años se formó
en la obra como aprendiz, luego como paleta y luego como peón de
primera; incluso enseño a chavales que preferían montar casas a
lo lego que los estudios.
Pedro
era una paradoja: un triunfo a nivel de inserción pero a la vez un
demérito de ciudadano: no votaba, rajaba de sus empleadores, de sus
compañeros, de sus aprendices e incluso de su comunidad de acogida.
Era un renegado que con el tiempo se amargó más que un limón. Nada
le contentaba, nada le bastaba, todo era criticable y todo
censurable. No tenía filtro. Se convirtió en el típico paleta de
obra que “piropea” a las mujeres. A todas y cada una, le daba
igual: niñas, adolescentes, casaderas, casadas, viudas o monjas.
Siempre tenía una bomba que soltar a todas y cada una de ellas, un
“piropo” que les entraba por las entrañas y les reventaba desde
dentro como un misil. Era horrible,
Todas
lo sabían, lo habían vivido o habían escuchado historias terribles
de testimonios femeninos de su entorno: madres, tías, abuelas,
amigas, primas… era un infierno. Pedro, el cerdo era su Belcebú.
No
sabían qué hacer: denunciar al consistorio, a la policía, a la
prensa… daba igual Pedro, el cerdo les poseía de obra, pecado u
omisión. Todas lo tenían en la mente 24 hrs. al día mientras
cocinaban, paseaban, leían, estudiaban, compraban, hacían la
colada… Pedro, el cerdo las observaba, las lamía, las agredía,
las piropeaba, las escupía, las vejaba, las nombraba. Las tenía
controladas en su mente calenturienta y pervertida. Eso es muy de
marinero, por eso al principio creía que Pedro era hijo de marinos,
pero no, era linaje de obreros y de gente que hacía cosas con las
manos, poco limpios.
Paradójicamente,
Pedro, tenía fama de obrero que trabajaba fino, que hay pocos y muy
apreciados aquí. Pero su mente y su boca se encendían cual hoguera
de San Juan al ver una fémina, de edad y condición random.
Era una acción-reacción. No podía controlarse. Su yo (y su mini
yo) crecía como un gigante verde repulsivo que se acariciaba y
mostraba sobre sus pobres féminas víctimas. Un asco. Lamentable y
repulsivo. Inevitable. La naturaleza humana es inescrutable como los
caminos de Dios. Pobre Pedro cuando llegaba el calor y las féminas
aligeraban su vestuario… Su condición deleznable aumentaba un
1000%. No podía evitarlo. El calor y las sin ropa era un caldo de
cultivo muy peligroso. Una bomba de relojería que estallaría con
múltiples ataques verbales, físicos, intentos de violación y auto
castración con una paleta, dice Mario Vizzo, el cronista del
periódico local. Un desastre visceral veraniego.
Una
noche de luna llena, las féminas engañaron al salido Pedro para
asistir a una “orgía múltiple” que no era otra que un aquelarre
donde lo rodearon, vejaron, golpearon, insultaron, mutilaron y
ahogaron entre todas en el mar. Se vengaron hasta la muerte. O eso es
lo que piensan sus compañeros de obra. Pero no las féminas de la
localidad que atestiguaron que un Pedro muy borracho, aquella noche
de luna llena, se metió en el mar después de insultar al cielo, a
todas las féminas del pueblo, persiguiendo mar adentro una tal
“Sirena” o “Serena” (alias tía buena) no queda muy claro, la
cual nunca fue encontrada por lo que se deduce que nunca existió y
que era fruto de su cogorza sanjuanera. Pedro apareció ahogado sin
ojos y sin lengua, seguramente atacado por peces o criaturas marinas.
Qué mal, o no. El karma existe, dicen.
@Carme
Folch, 2026
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