A sus cincuenta años, y con la sabiduría acumulada del tiempo, Manuel había llegado a una conclusión irrefutable: en el caso varonil, el orgasmo y la eyección no siempre van de la mano..
Si antes pudo albergar alguna duda, ahora aceptó que no son correlativos, simultáneos ni, muchas veces, previsibles. Más de una vez se había quedado, tras la polución, con más sensación de insustancialidad tras el desahogo lúdico que la que podía obtener de oír un partido de fútbol narrado por José Ángel de la Casa. ¿Y ya está? ¿Dónde están los orgasmos épicos prometidos por la rumorología popular? ¿Dónde están los éxtasis imaginados desde que uno dejó de ser púber e inocente?
Es curioso… si ahora hacía memoria, al cabo de los años, de tantos encuentros amorosos con distintas partenaires, se le habían quedado enquistadas en su baúl de los recuerdos dignos de tales solo tres ocasiones que pudiera él catalogar como “hechos memorables”. Y las tres, por curiosidad, fueron provocadas más por factores externos que por el hecho en sí de la práctica ejercitada. Paso a relatarlas según creo recordar como él me las contó.
La primera fue en unas vacaciones de verano, estando Manuel de “novio agregado” en la casa familiar de vacaciones de la que fue su primera novia. Al estar rodeados siempre de gente, y encima en casa ajena, las oportunidades para el desahogo eran, si no nulas, más bien escasillas. Hasta que, pasada casi una semana, las aguas empezaban a desbordar el vaso hormonal de aquellos dos veinteañeros. Liándose la manta a la cabeza, aprovechó una sobremesa en la que el calor estival mantenía a la mayoría de los moradores medio somnolientos y se metieron los dos en uno de los cuartos vacíos.
Ella se sentó con la espalda contra la puerta, a modo inocente de evitar, en el peor de los casos, una interrupción súbita por parte de algún inoportuno. Como el tiempo y la ventana de oportunidad eran más bien exiguos, ella decidió que lo más conveniente sería una mamadilla rápida. Manuel nunca supo exactamente el arrechucho que le sobrevino. Sería la adrenalina de la posibilidad de que una madre alucinada les pillara en semejante guisa: una hija supuestamente ejemplar degustando un salami, o la posibilidad de que ese yerno tan modosito en apariencia resultara un sátiro de pinga fácil.
Por una o por otra, aquello duró menos que un helado en asfalto veraniego. Al cuarto lametón se desbordó la ansiedad de tantos días aguantando. Fue tal la inundación oral que ella no sabía ni dónde meterlo. Ya lo habían hecho antes muchas veces, pero esa vez las piernas decidieron dejar de soportar al bueno de Manuel. Casi cayó al suelo: ojos en semi blanco, flanes por extremidades y aún la hombría intacta dentro de la boca de la afectada.
Y para rematar, se oyeron pasos acercándose. Corredera. Subidera de pantalón con brazos trémulos y piernas endebles. Huida disimulada de nuestra protagonista al baño a deshacerse de la evidencia. Y una sensación de nirvana que le hubo de durar a Manuel, mínimamente, un par de meses.
La segunda tuvo que ver más con el poder de las palabras que de los hechos. Habían pasado ya varios años y Manuel ya se encontraba con la que iba a convertirse luego en su primera esposa. Aprovechando que se habían quedado solos, procedieron, como solían hacer casi siempre en esa tesitura, a darse un baño juntos; excusa demasiado obvia para el refocile carnal. Casi siempre el proceso había sido igual: un restriégame tú a mí por todos lados (principalmente el sin hueso), que yo te restriego la espalda (o sea, nalgas y cueva de las maravillas).
Hasta ahí, todo normal. Pero lo que le sacó del paso a nuestro Tenorio fue que ella, más bien mecánica en sus hábitos erótico-festivos, de súbito y sin venir al caso le suelta un: “¡Métemela por el culo!”. Así, sin anestesia, sin aviso ni pista policial. De golpe y al grano.
Manuel quedó traspuesto, pero como de los cobardes nunca se ha escrito, aprovechó la coyuntura y se lio la manta a la cabeza. La convenció de que usara un aceitico por allí oportunamente situado y ella se puso entonces de espaldas a él, dispuesta y expectante. ¡Con la de veces que él había soñado tener esas nalgas sumisas esperando un ajuste! Y por allí entró, directo y constante, dispuesto a dar lo que le estaban pidiendo así, de sorpresa.
Y otra vez, como en aquella primera vez de oralidad veraniega, pudieron más en Manuel los gritos y gemidos de su amante —los cuales desconocía hasta ese preciso momento— que el hecho en sí de sentirse ceñido en hueco tan delicioso. Y como la otra vez, tras pocos minutos de embiste, vino una derrama de nervios que él no creía posible: piernas blandas, estabilidad comprometida y un acumulado arrebatado de espasmos expelentes, buscando sacar de sí hasta lo que no había. Ay, ay, aún recuerdo ese día… me contó Manuel con una mirada tan nostálgica como aún escéptica.
La tercera ocasión fue algo distinta. En esta ocasión lo desató la lluvia (y no de estrellas). Fue la aceptación de un plan estrambótico que, en su febrilidad pajeril, Manuel lanzó a ver si colaba… y coló.
Fue con su tercera novia, una negrita panameña. Ya habían pasado los momentos de euforia de los primeros encuentros. Más aún considerando que su primera vez aconteció una tarde de manera inesperada, al quedarse solos en su casa tras una reunión de amigos; tuvieron que improvisar y ser originales en las prácticas amatorias, sin ingreso directo al área de penalti al no tener medios protectores. Allí Manuel se dio cuenta de que, en cuestiones concupiscentes, ella era bastante abierta. Consumía cine de adultos en ocasiones, así que un día, con la excusa de compartir, decidieron ver una película juntos. Se la pasaron comentando escenas y así, sibilinamente, nuestro Rocco Siffredi particular fue averiguando los noes y los síes de sus gustos.
Armado con esa información, y rumiando como estaba con una idea peregrina sacada precisamente de esas mismas películas, decidió soltar la liebre aprovechando unas manchitas que ella tenía en la cara. Sí, su fantasía de aquel entonces era el maquillaje facial usando materiales naturales y orgánicos. Se imaginaba en sus noches polutivas el contraste morboso de la piel oscura con las cremas blancas y su aplicación voluntaria y traviesa. Asumía que aquello quedaría siempre en los lindes del mundo fantástico, pero, no obstante, decidió probar. Como decía su padre: el «no» ya lo llevas por respuesta y no tienes nada que perder.
Así que se lo propuso, con la excusa barata y manida de las propiedades beneficiosas para la piel y las “manchitas” de la crema milagrosa. Y ella entró al trapo. Decidieron usar eufemismos por aquello de hacerlo más interesante; acordaron llamar a la crema el “tratamiento” y al frasco de crema la “jeringuilla”. Ya solo quedaba por dilucidar la manera de acceder al susodicho tratamiento. Hago un inciso: aun acercándose el hecho, Manuel todavía no se lo creía. La de veces que lo había sugerido antes con otras parejas y la de veces que había sido ignorado, y alguna vez hasta vilipendiado.
Sin decidir aún el modus operandi, fijaron un día para ponerse manos a la obra. Aún sin saber cómo ella iba a proceder con su “jeringuilla”, Manuel lo tuvo claro: sí o sí, para empezar hay que mostrar el producto. Se despojó de todo trapo encubridor y le presentó en primer plano su artilugio. Ella lo miró, lo remiró, dudando si amasar o chupetear, y al final se decidió por un ejercicio práctico combinado.
Yo no sé qué le provocó más tensión: si el hecho de verla en sus labores o el saber que, una vez llegado el momento, le dejaría cumplir su extravagancia de actor quiero y no puedo. Al poco sucedió, mucho antes de lo que él esperaba. Sucedió en intensidad y en cantidad.
Vino la misma tembladera de piernas y tuvo que sentarse para no caer al suelo mientras seguía repartiendo crema de manera espasmódica. Aquel Popocatépetl febril cubrió la cara de la sorprendida víctima casi en su totalidad, dejándola con una expresión mixta de miedo y regusto que aún recordaría Manuel morbosamente hasta el día del juicio.
Aquella fue la historia que pude sonsacarle una tarde al amparo de un par de tragos. Al acabar, Manuel guardó silencio, apuró el último trago de su copa y me sonrió con una mezcla de melancolía y picaresca, sabiendo que aquellos tres fogonazos de auténtica gloria justificaban, de sobra, toda una vida de desahogos cotidianos. Al fin y al cabo, la épica no se mide en cantidad, sino en la maravillosa imperfección del recuerdo.
OPINIONES Y COMENTARIOS