Por Oscar Campana
1.VII.2002

Desde el miércoles 26 de junio de 2002, la Estación Avellaneda se llama “Estación Maximiliano Kosteki”. Desde ese mismo día, el Puente Pueyrredón fue rebautizado “Puente Darío Santillán”.

Si algo siempre se permitieron los ganadores fue ponerle nombre a las cosas. Así, uno encuentra a lo largo y a lo ancho del país que ciudades y pueblos, calles y plazas, lagos y ríos, llevan el nombre de quienes sometieron, en nombre de la patria, a sus propios hermanos. Allí está la Patagonia llena de “Rocas” que por todas partes insultan a la cara el despojo y el latrocinio de los fundadores de la Argentina moderna. Allí están todos los grados de la escala militar, acechando en cada cartel, recordándonos que este país se hizo a los tiros, casi siempre dirigidos al “enemigo interno”: a los Santillán y a los Kosteki.

Mientras escuchamos a líderes sociales y políticos pronosticar un nuevo “Cabildo abierto”, un nuevo “25 de mayo”, una nueva “Declaración de la Independencia” o un nuevo “17 de octubre”, adelantémonos a los hechos y empecemos a renombrar la Patria. Pero esta vez hagámoslo con el nombre de los perdedores, con el nombre de quienes habían perdido antes de comenzar a jugar, quizás con la esperanza de que algunos ganen.

Entre los mitos fundacionales de la nación vemos al sargento Cabral, ofrendando su vida por el general San Martín. El Libertador sobrevivió, gracias a la hazaña y al heroísmo de ese desconocido que ofrendó su vida, y liberó media América. Entre los mitos fundacionales de la Argentina que estamos pariendo, vemos a un moribundo auxiliado por quien pronto estará ocupando su lugar. No hay frases célebres. Tan sólo el gesto de la cercanía, la compasión y el aliento. Ninguno sabe quién es el otro. Pero Darío sabe que su vida no tiene sentido si no intenta reanimar a Maximiliano, sin importar los costos, porque sabe que la vida de ese hombre que yace en su sangre son todas las vidas que agonizan lenta o velozmente en la Argentina de hoy. Por eso, aunque huye, no tiene apuro.

Mientras refundamos la Patria, renombrémosla. Yo ya le puse nombre a un puente y a una estación. Los dos llevan a alguna parte. Y el destino final depende de nosotros.

Darío y Maximiliano: ¡Qué tarde los conocí! ¡Qué tarde los amé! Pero pienso que no es tarde si aún queremos y sabemos renombrar cada rincón de nuestra vida con un nombre nuevo y verdadero. Con un nombre que valga la pena. Con un nombre como el de ustedes.

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