Hay un momento del día, ella lo sabe, lo ha cronometrado sin querer, en que la luz de la cocina cambia de color sin que nadie la toque. Es a las seis y cuarenta y cinco de la tarde, casi siempre, salvo en invierno, cuando todo se adelanta como si el sol también tuviera prisa por terminar la jornada. A esa hora, Alejandra deja de escribir.
No porque haya terminado. Nunca termina. Deja de escribir porque la luz se vuelve del color exacto que tenía la mañana en que nació, según le contó alguna vez su madre, un amarillo bajo, casi anaranjado, de los que no se fotografían bien, y algo en su cuerpo reconoce esa hora como si fuera una cita.
Hoy, antes de que la luz cambiara, había escrito catorce líneas sobre Sócrates. No las publicó. Las borró, las volvió a escribir, las dejó a medio camino entre la cita y la paráfrasis, y finalmente las archivó en una carpeta que ya tiene cuarenta y tres documentos con el mismo destino: casi.
Mamá, ¿comemos algo? La voz de su hijo menor llega desde el living, sin urgencia real, más bien como un trámite que ya sabe cómo va a terminar.
Ya voy.
No va. Se queda mirando el cursor parpadear sobre una palabra que también borra, porque le suena a examen, a algo que tiene que demostrar en vez de simplemente decir.
Hace dos semanas le escribió a un cliente, no, a un ex cliente, ya no hay forma de llamarlo distinto, pidiéndole que le pagara lo que le debía. No respondió. Hace dos semanas también empezó a vender textos por encargo a precios que la avergüenzan un poco, porque sabe que valen más, pero el hambre no entiende de tarifas justas. Hace dos semanas, además, un hombre que la visita cada tanto se fue de su casa sin decir lo que ella esperaba escuchar, y en cambio dijo algo sobre las ventanas, sobre el aire, sobre la necesidad de espacio que ella no había mencionado de esa forma.
Alejandra piensa, mientras la luz termina de cambiar y empieza a apagarse del todo, que su vida entera se parece a esas catorce líneas sobre Sócrates, algo que casi dice lo que quiere decir, que se acerca mucho, que tiene la estructura correcta y la intención correcta, pero que en el último instante se frena antes del punto final.
No sabe si eso es prudencia o cobardía. A veces sospecha que ni siquiera hay diferencia entre las dos cosas, que es la misma fuerza vista desde ángulos distintos, la prudencia de quien no quiere fracasar en público, la cobardía de quien prefiere el fracaso privado y silencioso al rechazo visible.
Mamá.
Ya voy, en serio.
Se levanta esta vez. Antes de salir de la habitación, vuelve a abrir el documento. Lee las catorce líneas una última vez. Hay una frase, la séptima, que le gusta de verdad, preguntar bien es ya casi responder. La copia, la pega en un archivo nuevo, le pone de título siete y cierra todo lo demás.
No sabe si va a volver a esa frase. No sabe si alguien más la va a leer alguna vez, o si se va a quedar ahí, en un archivo llamado siete, entre los cuarenta y tres casi que ya tiene guardados.
En la cocina, sirve la cena. Sus hijos hablan de algo de la escuela que ella escucha a medias, mientras por la ventana, esa misma ventana de la que hablaba el hombre que se fue, entra el último resto de luz amarilla, la del momento exacto en que nació, treinta y ocho años atrás, en un febrero que terminaba justo cuando ella estaba empezando.
Afuera, alguien enciende la luz de la calle. Adentro, nadie sabe todavía si esta va a ser la noche en que Alejandra por fin termine algo, o una más entre las muchas en que decide, sin decirlo, que todavía no es el momento.
La cena se enfría un poco mientras todos siguen hablando.
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