De chico miraba abajo de la cama antes de dormir.
Había zapatillas viejas, una pelota desinflada, polvo.
Y aun así estaba convencido de que algo podía estar esperándome ahí.
Con los años descubrí que los monstruos prefieren otros lugares.
Una ventanilla donde te dicen que falta un papel.
Un mensaje que llega a las dos de la mañana.
La pantalla encendida cuando todos ya se fueron a dormir.
La sonrisa de alguien que ya tomó una decisión y todavía no te la dijo.
Crecimos.
Eso fue todo.
Los miedos cambiaron de domicilio.
Lo raro es que seguimos contando historias.
Mi abuelo escuchaba relatos sentado en una silla de chapa, en el patio.
Nosotros los buscamos en una pantalla que llevamos en el bolsillo.
La distancia parece enorme.
No lo es tanto.
Al final del día seguimos necesitando que alguien nos diga cómo atravesó la noche.
Los antiguos inventaron dioses para explicar el trueno.
Nosotros tenemos satélites que muestran la tormenta antes de que llegue.
Y sin embargo, cuando se corta la luz, seguimos quedándonos quietos unos segundos.
Escuchando.
Como si todavía esperáramos una respuesta.
Hoy una máquina puede encontrar datos en segundos.
Puede recordar más nombres de los que caben en una ciudad.
Puede responder preguntas que yo ni siquiera sabría formular.
Pero no sabe qué hacer con una taza que quedó servida para alguien que no volvió.
No entiende el ruido que hace una llave cuando gira por última vez en una puerta.
No sabe cuánto pesa una camisa olvidada en el respaldo de una silla.
Para eso seguimos necesitando historias.
Porque hay cosas que no entran en ninguna estadística.
Y entonces los viejos mitos regresan.
No vienen montados en carros de fuego.
Llegan disfrazados.
A veces tienen foto de perfil.
A veces hablan con voz metálica.
A veces prometen respuestas inmediatas.
Y uno les cree.
Como se creyó siempre.
Quizás los dioses nunca se fueron.
Quizás solamente aprendieron a usar otras máscaras.
Las de ahora brillan detrás de un vidrio.
Caben en la palma de una mano.
Nos acompañan a todas partes.
Pero las preguntas siguen siendo las mismas.
Las que aparecen cuando la casa se queda en silencio.
Las que nadie busca en internet.
Las que esperan sentadas al borde de la cama.
Justo ahí.
Donde una vez creímos que vivían los monstruos.
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