Intenta, decía mientras yo tenía en el tablero un peón y una torre . De su lado, dos torres, un caballo, un alfil y su rey. Es evidente quien iba perdiendo aquí y era evidente también que no todo está terminado, que había oportunidad para el creyente y que no había nada por hacer para el pesimista. Pero sinceramente, yo nunca he sido muy creyente, los hechos me aplastan y la realidad; iba a perder el juego y tendría que pagar lo apostado. Sin embargo, hay una fuerza extraña dentro de mi alma que me ha impulsado a seguir en contra de todo pronóstico y yo estoy fielmente convencida que esa parte es la fe, esa fe que no puedo explicar y creo que nunca lo haré. 

Perder, siempre he perdido, cosas, gente, sentimientos, situaciones, empleo, oportunidades. He perdido como el albatros que deja caer del pico el pez que con esfuerzo atrapó en el inmenso mar. Y ese «perder» nunca me ha derrotado tanto como para dejarme morir, aunque en ocasiones lo he creído y he sentido que el final más cerca no podía estar. Sin embargo, ahora, perder es solo un acto que será y esto también pasará. 

Él me miró de reojo; sonrió porque sabía que ganaría. Se mordió los labios y dijo:
—Y cómo quieres que sea. Aparte de perder, te doy la ventaja de escoger cómo quieres que sea, puesto que es importante para ti, ¿verdad? Si yo estuviera en tu posición lo creería importante, pero corrígeme si estoy equivocado.

No tenía palabras que pudieran explicar lo que pasaba por mi mente, así que lo dejé ganar. Me levanté de la silla, caminé hasta el balcón y mire la inmensidad de los edificios y el vértigo que me provocaba las profundidades desde el balcón; me sentí como polvo intentando existir en algún rincón del universo. Me quité el abrigo, me quité los zapatos, y empecé a quitar los broches de la blusa. Pensé en cuatro verdades que rondaban mi cabeza en ese momento: Si me lo pidiera lo haría . Dijo que nunca me lastimaría.  La herida que dejó no sanó. Si me lo pide, regresaría. Finalmente, sentí el frío recorriendo mi piel y un leve halito se escabullía de mi garganta, no tenía miedo, no sentía lo que tuviera que hacer. Entonces, me miró, sonrió, se acercó y me abrazó susurrando: puedes escoger dije, pero esta forma no te la permito, así no será, recuerda que el juego sigue siendo mío.

Es verdad, el juego sigue siendo suyo, ya que perdí. El juego, el resultado, yo, todo es suyo. 

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