Hemos decidido entrar a una cafetería al lado de la iglesia y estamos sentados en dos mesas: en una están mis padres y mis tíos y en otra mis hermanas, mis hijas, mis primos y yo. Los hijos de mi prima Sandra y el pequeño de Patricia revolotean alrededor de la nuestra. De vez en cuando Patricia lanza miradas recriminatorias al suyo y Neus, la mujer de Sandra, acompaña a los más pequeños en sus correrías para intentar que no armen demasiado escándalo sin conseguirlo. No es momento de jaleo. O no debería serlo. O quizá sí, ¿por qué no?
Mi marido y mi cuñado han decidido irse. Santi, a casa de sus padres y Vicente a la de mi hermana Olga. No se sentían cómodos, o puede que hayan pensado que nosotros estaríamos más cómodos sin ellos, sin nadie ajeno a la familia. Bueno, en cualquier caso no es una situación fácil para nadie. A Santi ya le cuesta socializar con nosotros cuando estamos de buen rollo, con que en una circunstancia como la de hoy…
Al ver a todos mis primos juntos por primera vez en no sé cuántos años, me apena que sea por este motivo. Pero ya se sabe: al final la familia solo se junta en bodas y entierros, y en la mía no creo que se case ya nadie, ni siquiera para ver a mi hermana Azucena o a mi primo David vestidos de verde fosforescente.
Mi prima Marisa y mi primo Mariano se han sentado junto a su padre en la mesa de los tíos. No puedo evitar pensar que falta uno. Bueno, no: dos. Faltan dos. Inocente tampoco está. Él fue el primero en faltar a la mesa; el primero que la abandonó de la mano de un cáncer de pulmón. Y lo hizo en plena pandemia, cuando no pudimos ni tan siquiera tomarnos el último café con él. Sin embargo, ahora está aquí su mujer, su viuda, mi tía Leo. Con su pelo rapado y su cara de siempre. Para ella no pasan los años. Y sin embargo ha sido abuela muchas más veces que nadie. Me gusta que esté hoy aquí y que haya venido con toda su prole.
Mi tío Joaquín está sentado a su lado, sin hablar. Dirige su mirada perdida hacia nosotros sin vernos. Tal vez eche de menos a su hijo el pequeño, J.J, el único que no está aquí. ¡Qué pena vivir tan lejos!
Mi madre y mi tía Mercedes se han sentado juntas. Las dos hermanicas, como decía mi yaya Herminia. Hablan bajito sin perder de vista a su hermano Mariano, que no ha dejado de llorar en toda la ceremonia y que ni incluso ahora, sentado a la mesa de la cafetería, lo consigue. Su hija Marisa está a su lado, pendiente de él en todo momento. Y también de su hermano. Parece mentira que la enferma sea ella. No sé de dónde saca las fuerzas, la verdad. La veo tan delgada que el nudo de mi garganta se agranda y despierta el hormigueo que mi nariz lleva evitando toda la mañana.
Mis primos Marisa y Mariano se levantan de su mesa y se dirigen despacio a la nuestra. Patricia cede su asiento a Marisa y va en ayuda de Neus con los pequeños. Sergio acerca una silla vacía para que Mariano se siente. Guayarmina, sentada al lado, acaricia con suavidad su brazo. Todos permanecemos callados. Ninguno quiere ser el primero en hablar, no vaya a ser que un comentario inoportuno tense todavía más el ambiente.
—Muchas gracias a todos por venir. Hacía tanto tiempo… ¿Qué tal por las Canarias, David? ¿Cómo va todo?
Es increíble que mi prima Marisa encuentre la voz y se mantenga serena y fuerte. Supongo que lo hará por su padre. Espero que todo esto no afecte demasiado a su delicada salud; entre la quimioterapia y los disgustos… ¿Quién hubiera dicho hace un año, cuando le diagnosticaron a ella el cáncer de páncreas, que su madre se iría antes que ella y de una forma tan fulminante?
Un camarero deposita una bandeja grande de lionesas de nata sobre nuestra mesa y se aleja tarareando. Todos nos miramos desconcertados. Nadie ha pedido nada. ¿O sí? ¿Habrá sido alguno de los tíos? Miro hacia ellos. Sobre su mesa no hay pasteles por lo que interpreto entonces que no los han pedido para nosotros. Mi hermana Azucena se levanta, supongo que con la intención de ir a preguntar al camarero, pero no le da tiempo. Samuel, el hijo pequeño de mi prima Patricia, surge de la nada y, como un torbellino, se escabulle entre las sillas hasta la bandeja. Su madre, adivinando sus intenciones y a sabiendas de que debe tratarse de un error, corre tras su hijo y le alcanza justo cuando este ya tiene una de las lionesas en la mano. Patricia palmea en su brazo para la suelte sobre la bandeja pero la lionesa aterriza en los pantalones de mi primo Sergio, donde ahora una enorme mancha blanca con pegotes de nata parece gritar sobre el negro de la tela. Patricia se lleva las manos a la boca abierta y todos nos miramos como estatuas durante unos segundos.
Nadie dice nada. Nadie se mueve.
Excepto Samuel, que aprovecha el desconcierto general para arramblar con otro pastel de la bandeja y salir corriendo.
—¡¡¡No, Samuel!!! —grita su madre.
El amago de perseguirle queda en un intento, pues una lionesa es estampada en su cara.
Patricia, entre sorprendida e indignada, enseguida cambia su mueca de enfado por una sonrisa mientras se quita el dulce blanco adherido a la cara.
—¡¡Serás ca…brito!! —le dice a mi primo Sergio.
De repente, sin saber cómo, pasteles de nata y risas empiezan a volar entre nosotros como si fuéramos adolescentes en la batalla campal del comedor de un colegio en lugar de cuarentones que peinan canas recién salidos de la misa del funeral de mi tía Fortu.
—¡¡Ya está bien!!
Mi tía Mercedes se ha acercado a nuestra mesa y permanece al lado de un estupefacto primo Mariano que, sorprendentemente, se ha mantenido libre de nata y conserva ahora sus ojos secos.
—¿No os da vergüenza? ¿Quién ha pedido los pasteles? —pregunta cogiendo el resto de una lionesa esturreada encima de la mesa— ¿Quién ha empezado todo este desastre sin avisarnos? —dice estampando lo que quedaba de la lionesa en la cara de mi primo Mariano.
¿Será verdad que acaba de llenar de nata la cara del hijo de la fallecida? Sin embargo, un sonriente primo Mariano se quita la nata de la cara y embadurna con ella el pelo de mi tía que intenta evitarlo sin conseguirlo. Los demás prosiguen entonces la juerga mientras los camareros aparcan sus quehaceres para mirar divertidos la escena.
Restos de lionesas que vuelan de aquí para allá como misiles aéreos esquivan a Marisa, menos mal. Mi tío Mariano se acerca a ella y, a su espalda, pone las manos sobre sus hombros. Ambos sonríen. “Tu familia es la leche” suelta Irene, sentada a mi lado mientras Aitana, que ya es más alta que yo pese a tener solo trece años, se une al jolgorio que se ha montado. Mi hermana Beatriz me dedica una sonrisa cómplice.
Me viene entonces a la mente los domingos de niña en casa de mi yaya, cuando después de la paella y el café venían los pasteles y la vez que mi tía Fortu comenzó una batalla campal como la de ahora, o cuando inició una guerra por meter un hielo bajo la camisa de mi tío, o cuando tiró un pozal de agua a mi tía desde la terraza, o cuando nos perseguía a los sobrinos con su típica risilla floja para repartirnos pezcozones y todos salíamos huyendo de ella entre divertidos y asustados.
Mis recuerdos se interrumpen al ver la pequeña nube de tristeza que flota en los ojos de mi prima Marisa. Una nube que, afortunadamente, es desplazada pronto por un viento suave. Marisa sonríe mirando a Laia, la pareja de mi primo Ibrahim, que a su vez observa la escena también un poco desde las trincheras mientras acaricia con suavidad y ternura su abultado vientre.
Un misil de nata aterriza en mi pelo y decido unirme a la fiesta. Desde luego mi tía debe de estar partiéndose de la risa desde allá arriba.
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