Había dado con ese trabajo de casualidad. Había cumplido recién los 16 y en su casa era necesaria la ayuda. Caminaba por la parte baja de la ciudad, por la costa del río, donde los turistas paseaban como hormigas y no dejaban espacio para caminar en las veredas. Esa parte de la ciudad, la que bordeaba el río y desde donde se podían ver los cuatro puentes, era hermosa y reconocida. Los restaurantes eran vidriados y altos y estaban cálidamente iluminados. Por todos lados se podían ver letreros de luces coloridas que vendían cosas. Pero ese lugar también era otra cosa. Todavía habitaban, ya más desplazadas, pero aún ahí, las viejas familias de la ciudad. Causaba impresión caminar dos calles y, de repente, aparecer en una aldea medieval desde donde, a lo lejos, se conseguían ver los edificios altos y modernos del centro. Las calles se volvían angostas y de piedra y comenzaban a crecer largos pasillos de casitas apiladas y ropa tendida en los balcones donde apenas entraban los rayos de sol por la mañana.
Era una taberna pequeña y olvidada, y alguien había escrito a mano en un papel y lo había pegado en la ventana: se necesita ayudante.
Ella conocía bien la ciudad, porque ahí había crecido y, sin embargo, no se podía acordar de haber visto la taberna antes. Entró y saludó, pero nadie le dio una respuesta, ni siquiera le dirigieron una mirada. Dos señoras lavaban platos al final de la barra.
—¿Ves? Se hace el pobrecito y eso a mí no me gusta. La gente lo mira a él y después a mí, y piensan: pobrecito.
Entendió de lo que hablaban cuando vio al viejo salir de la parte trasera: estaba encorvado y los dientes le sobresalían de la boca. Caminaba despacio, como tanteando.
—Andá a darle de comer a las ponedoras.
El señor la miró con desconcierto, perdido.
—¿Ves? Nunca entendés nada. Estoy harta. ¡Hay que darle de comer a las ponedoras!
El viejo asintió, vencido, y volvió a meterse por la puerta.
—Yo no pensé que iba a ser así cuando me casé. Está sordo. No puedo hacer nada, no tengo libertad.
—Y bueno, así son las cosas —le respondió la otra.
—Sí, pero me gustaría que fuese diferente. Me gustaría poder conversar con mi marido y que me bese de vez en cuando.
—Te gustaría que tu vida fuese diferente. Pero así son las cosas.
Entonces la esposa levantó la vista y la vio.
Se acercó caminando ágilmente.
—¿Viniste por el trabajo?
Ella asintió. La señora, rechoncha y bastante más baja que ella, le tomó las manos y se las acercó a la cara.
—Humm… Sí, tenés las manos suaves y delicadas. Podés servir. —La miró a los ojos como si buscara algo dentro de ella—. ¿Te podés quedar ahora? Te pago 100 € a la semana. Y cuidate las manos, es importante que se mantengan así.
Le mostró entonces la cocina y el salón del restaurante, que albergaba solo quince lugares.
—Es pequeño, pero atendemos a muchos hombres importantes. Necesitás un vestido mejor y trenzarte el cabello.
Le explicó cómo montar las mesas y cómo servir cervezas. Inés era el nombre de la señora y le dijo que ella misma era quien preparaba las comidas. El nombre de la otra mujer no se lo dijo, pero se ocupaba de la limpieza del lugar. El esposo hacía los mandados y antes atendía las mesas, pero ya no lo podía hacer más. Se ocupaba de atender a las ponedoras y cuidar la huerta, de donde salían todos los ingredientes del local. ¿Qué hombres vendrían a comer? Un lugar tan desapercibido y escondido.
El especial de la casa eran unos huevos que ellos mismos producían. La cocinera los colocaba en una cazuela de barro con pimientos, tomates y especias y los metía en el horno por ocho minutos y se servian asi: humeantes y cremosos con media baguette.
Sus primeras tareas fueron fáciles: limpiar las mesas y colocarles cubiertos, platos y copas. Preparar café y dejarlo reposando. Inés se metió a la cocina y enseguida comenzó a salir un olor suave y delicioso a pimientos asados y tarta de manzana.
A las doce llegaron, todos juntos, ocho hombres vestidos de traje.
Ella los acompañó hasta la mesa que ya había preparado y les tomó la orden: ocho cervezas, cuatro canastas de pan y ocho huevos de la casa.
A los hombres enseguida les llamó la atención aquella jovencita que les servía mirando el suelo y con voz baja. Algunos le miraban las manos, sin disimulo. El senador era el único que le hablaba, clavándole una mirada risueña.
—Lo que hacés es muy importante, ¿sabés? Puede parecer una tarea fácil, pero para hombres como nosotros es primordial.
Su aspecto era extrañamente perfecto: la piel limpia y clara, perfectos cabellos frondosos y peinados, dientes blancos y brillantes y la ropa impecable. Todos iguales.
Los días pasaban rápido, sirviendo a los señores importantes, que casi siempre eran los mismos.
Un lunes lluvioso, Inés golpeó la puerta de su casa. Intentaba cubrirse de la lluvia con un paraguas viejo que apenas le cubría la cabeza y estaba empapada.
—Te necesito ahora, mi marido está enfermo y necesito que alguien haga sus tareas.
Eran las siete y media de la mañana y ellas caminaron juntas hasta el restaurante, nuestra protagonista casi sin poder seguirle el paso a su patrona.
—Apurate, tenemos que estar listas para cuando las ponedoras comiencen a dar.
Ella había cuidado huertas y gallinas antes y no entendía la urgencia.
Por primera vez traspasó la puerta azul del fondo, que daba a un pasillo húmedo y frío.
—Lavate las manos.
Ella se lavó con el agua fría de un balde que esperaba fuera de otra puerta pequeña, un cuarto del tamaño de una puerta normal. La puerta estaba en el predio de una pared gigante y mientras mas se acercaban la puerta parecia mas pequeña. En la pared donde estaba el balde también había carteles. Enumeraban las ventajas de consumir los huevos allí producidos:
Contienen proteínas y colágeno.
Estimulan las células cerebrales.
Retrasan el envejecimiento y estimulan el vigor.
Aumentan la capacidad intelectual.
Y otros donde se enumeraban los cuidados necesarios.
Inés le dijo que iba a tener que entrar sola, pues ella no pasaba por la pequeña puerta. Le explicó que tenía que sacar los huevos enseguida porque las ponedoras se podían mover y romperlos. Le entregó una canasta con un fondo de algodón y satén.
Ella entró con dificultad a la habitación oscura. Sobre el piso no había nada, ni paja ni excrementos, solo algunas gotas de agua y suciedad. No había ninguna luz para encender; debía esperar a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad.
No escuchó cacareos, ni revoloteo de plumas como esperaba. Los sonidos eran más parecidos a gemidos contenidos. Las criaturas respiraban ruidosamente. Las jaulas colgaban del techo a un metro del suelo, en largas filas; debían de ser unas treinta. Los gemidos se acabaron cuando por fin notaron su presencia y quedó el aire espeso. Solo entonces, después de cerrar la puerta detrás de sí, se dio cuenta. No eran los animales que ella esperaba. No había plumas ni patas con uñas puntiagudas. Las mujeres, de entre veinte y treinta años, desnudas y cada una en una jaula, la miraban con terror. Sus ojos eran vidriosos y sosos, sin señal alguna de inteligencia, como los de las vacas. Estaban de cuclillas, sudadas y adoloridas. Las blancas pieles, pegadas a los huesos, brillaban con la tenue luz que entraba por un respiradero en el techo. Algunas intentaban contenerse, pero otras ya habían comenzado a pujar. Vio los vientres abultados y duros, donde las venas violetas se marcaban contra la piel como ramificaciones de un río. En la segunda jaula a su derecha, un huevo salió de una mujer. Era grande y pesado, pero no se parecía en nada a los que ella conocía. Era un óvalo grande y cubierto de sangre y fluidos. Estaba paralizada.
Al otro lado de la puerta, Inés le recordó que debía tomar los huevos enseguida y colocarlos en la canasta con cuidado.
Ella le hizo caso, no quería perder el trabajo. Pensó entonces en su madre y en sus hermanas, que ya eran madres. ¿Ellas podrían estar ahí? Se acercó y levantó las manos hacia la jaula; cuando lo tuvo entre sus manos, se dio cuenta de que aquello estaba vivo. A diferencia de los huevos que ella conocía, este era pegajoso y la cáscara no era tan dura, y un latido persistente chocaba con las palmas de sus manos. Por un segundo, un grito de auxilio quiso salir de su garganta. La mujer se desplomó en el lugar donde antes había estado el huevo, y entonces entendió por qué debía tomarlos rápidamente. Las demás pujaban, gemían y transpiraban. Coloradas por el esfuerzo, algunas perdían sangre. Uno por uno los tomó todos y los acomodó en la canasta. Una mujer la tomó del cuello del vestido y la miró con ojos suplicantes. Abrió la boca para decirle algo, pero no tenía dientes ni lengua; solo un sonido gutural surgió de su garganta. Ella corrió hasta la puerta y dio dos golpes desesperados. Inés abrió y tomó la canasta mientras ella salía con dificultad. Buscó en la mirada de su empleadora una explicación, entendimiento, pero solo encontró a una mujer vieja y cansada haciendo lo necesario para sostener su vida.
No le preguntó nada, porque así le habían enseñado en casa. Simplemente tenía que hacer lo que le decían.
Llevaron la canasta a la cocina, donde Inés abrió uno por uno los huevos y dejó salir de su interior un líquido espeso y pegajoso, con algunos coágulos de sangre y restos de cartílagos.
—Ahora te podés lavar y comenzar a montar el salón, los clientes llegan en cualquier momento.
Más tarde tuvo que llevarle el almuerzo a la habitación del esposo. La mazmorra era oscura y húmeda y el viejo apenas se distinguía sobre la cama. Era pura piel y huesos. Los ojos se hundían en el cráneo y la delgadez parecía resaltar los dientes que sobresalían de la boca. Apenas respiraba. La mazmorra estaba vacía; solo la pequeña cama ocupaba un lugar. Apenas abrió los ojos para mirarla y sonreírle. No parecía triste. Pudo ver lástima en sus ojos cuando levantó la mano para rozarle la mejilla. Ella le ofreció la comida. Él suspiró y simplemente se dio vuelta, dándole la espalda. Ella comprendió que no podía hacer nada: él ya había decidido.
Ese día, uno de los comensales pidió hablar con Inés. Había encontrado un pequeño hueso en su plato, del tamaño de una arveja.
—Me parece totalmente desagradable. No somos animales, no somos bestias. Quiero un plato nuevo.
Inés pidió disculpas y se metió de nuevo en la cocina.
—Maldito desagradecido. —La miró de reojo—. Hace un año era carnicero. No sabía leer. Cuando vino las primeras veces no sabía ni cómo sostener los cubiertos, la bestia. Ahora tiene un puesto en el senado. Él mismo me ayudó a comprar las primeras ponedoras. Ahora resulta que quiere ser civilizado.
Le contó de esa vieja costumbre que había pasado de generación en generación desde la época de los lusos. Los aldeanos comunes no podían llegar a los lugares de poder. Por eso habían comenzado por comerse los fetos de las vacas, creyendo que la misma fuerza vital que hacía que aquellos seres sin forma se convirtieran en vigorosos animales se traspasaría a ellos. Había funcionado. Lo siguiente fueron los fetos humanos.
El primer bocado le supo amargo y gelatinoso. Resbaló por su lengua y luego por su garganta hasta caer en el estómago. Entendió por qué le ponían tantas especias. Sabía horrible. Aun así, se obligó a terminar el plato que tenía enfrente. Cuando soltó por fin los cubiertos, delicadamente sobre el plato, y con cuidado se limpió la comisura de los labios con la servilleta, comprendió. Los hombres a su alrededor estaban expectantes. Ella pensó en el viejo moribundo. Y entonces también se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Fue entonces cuando las ideas comenzaron a ordenarse en su cabeza con una claridad extraordinaria. Ya no necesitaba preguntar nada; la certeza le brillaba en los ojos. El senador le tomó la mano sobre la mesa y ella volvió a la realidad.
—Bienvenida, querida.
Un horrible mechón de pelo le salía del oído y goteaba una sustancia viscosa sobre el hombro de su perfecto traje azul. Él no parecía darse cuenta. Uno de sus ojos se había desviado grotescamente hacia la izquierda.
Ella no tuvo más
Había dado con ese trabajo de casualidad. Había cumplido recién los 16 y en su casa era necesaria la ayuda. Caminaba por la parte baja de la ciudad, por la costa del río, donde los turistas paseaban como hormigas y no dejaban espacio para caminar en las veredas. Esa parte de la ciudad, la que bordeaba el río y desde donde se podían ver los cuatro puentes, era hermosa y reconocida. Los restaurantes eran vidriados y altos y estaban cálidamente iluminados. Por todos lados se podían ver letreros de luces coloridas que vendían cosas. Pero ese lugar también era otra cosa. Todavía habitaban, ya más desplazadas, pero aún ahí, las viejas familias de la ciudad. Causaba impresión caminar dos calles y, de repente, aparecer en una aldea medieval desde donde, a lo lejos, se conseguían ver los edificios altos y modernos del centro. Las calles se volvían angostas y de piedra y comenzaban a crecer largos pasillos de casitas apiladas y ropa tendida en los balcones donde apenas entraban los rayos de sol por la mañana.
Era una taberna pequeña y olvidada, y alguien había escrito a mano en un papel y lo había pegado en la ventana: se necesita ayudante.
Ella conocía bien la ciudad, porque ahí había crecido y, sin embargo, no se podía acordar de haber visto la taberna antes. Entró y saludó, pero nadie le dio una respuesta, ni siquiera le dirigieron una mirada. Dos señoras lavaban platos al final de la barra.
—¿Ves? Se hace el pobrecito y eso a mí no me gusta. La gente lo mira a él y después a mí, y piensan: pobrecito.
Entendió de lo que hablaban cuando vio al viejo salir de la parte trasera: estaba encorvado y los dientes le sobresalían de la boca. Caminaba despacio, como tanteando.
—Andá a darle de comer a las ponedoras.
El señor la miró con desconcierto, perdido.
—¿Ves? Nunca entendés nada. Estoy harta. ¡Hay que darle de comer a las ponedoras!
El viejo asintió, vencido, y volvió a meterse por la puerta.
—Yo no pensé que iba a ser así cuando me casé. Está sordo. No puedo hacer nada, no tengo libertad.
—Y bueno, así son las cosas —le respondió la otra.
—Sí, pero me gustaría que fuese diferente. Me gustaría poder conversar con mi marido y que me bese de vez en cuando.
—Te gustaría que tu vida fuese diferente. Pero así son las cosas.
Entonces la esposa levantó la vista y la vio.
Se acercó caminando ágilmente.
—¿Viniste por el trabajo?
Ella asintió. La señora, rechoncha y bastante más baja que ella, le tomó las manos y se las acercó a la cara.
—Humm… Sí, tenés las manos suaves y delicadas. Podés servir. —La miró a los ojos como si buscara algo dentro de ella—. ¿Te podés quedar ahora? Te pago 100 € a la semana. Y cuidate las manos, es importante que se mantengan así.
Le mostró entonces la cocina y el salón del restaurante, que albergaba solo quince lugares.
—Es pequeño, pero atendemos a muchos hombres importantes. Necesitás un vestido mejor y trenzarte el cabello.
Le explicó cómo montar las mesas y cómo servir cervezas. Inés era el nombre de la señora y le dijo que ella misma era quien preparaba las comidas. El nombre de la otra mujer no se lo dijo, pero se ocupaba de la limpieza del lugar. El esposo hacía los mandados y antes atendía las mesas, pero ya no lo podía hacer más. Se ocupaba de atender a las ponedoras y cuidar la huerta, de donde salían todos los ingredientes del local. ¿Qué hombres vendrían a comer? Un lugar tan desapercibido y escondido.
El especial de la casa eran unos huevos que ellos mismos producían. La cocinera los colocaba en una cazuela de barro con pimientos, tomates y especias y los metía en el horno por ocho minutos y se servian asi: humeantes y cremosos con media baguette.
Sus primeras tareas fueron fáciles: limpiar las mesas y colocarles cubiertos, platos y copas. Preparar café y dejarlo reposando. Inés se metió a la cocina y enseguida comenzó a salir un olor suave y delicioso a pimientos asados y tarta de manzana.
A las doce llegaron, todos juntos, ocho hombres vestidos de traje.
Ella los acompañó hasta la mesa que ya había preparado y les tomó la orden: ocho cervezas, cuatro canastas de pan y ocho huevos de la casa.
A los hombres enseguida les llamó la atención aquella jovencita que les servía mirando el suelo y con voz baja. Algunos le miraban las manos, sin disimulo. El senador era el único que le hablaba, clavándole una mirada risueña.
—Lo que hacés es muy importante, ¿sabés? Puede parecer una tarea fácil, pero para hombres como nosotros es primordial.
Su aspecto era extrañamente perfecto: la piel limpia y clara, perfectos cabellos frondosos y peinados, dientes blancos y brillantes y la ropa impecable. Todos iguales.
Los días pasaban rápido, sirviendo a los señores importantes, que casi siempre eran los mismos.
Un lunes lluvioso, Inés golpeó la puerta de su casa. Intentaba cubrirse de la lluvia con un paraguas viejo que apenas le cubría la cabeza y estaba empapada.
—Te necesito ahora, mi marido está enfermo y necesito que alguien haga sus tareas.
Eran las siete y media de la mañana y ellas caminaron juntas hasta el restaurante, nuestra protagonista casi sin poder seguirle el paso a su patrona.
—Apurate, tenemos que estar listas para cuando las ponedoras comiencen a dar.
Ella había cuidado huertas y gallinas antes y no entendía la urgencia.
Por primera vez traspasó la puerta azul del fondo, que daba a un pasillo húmedo y frío.
—Lavate las manos.
Ella se lavó con el agua fría de un balde que esperaba fuera de otra puerta pequeña, un cuarto del tamaño de una puerta normal. La puerta estaba en el predio de una pared gigante y mientras mas se acercaban la puerta parecia mas pequeña. En la pared donde estaba el balde también había carteles. Enumeraban las ventajas de consumir los huevos allí producidos:
Contienen proteínas y colágeno.
Estimulan las células cerebrales.
Retrasan el envejecimiento y estimulan el vigor.
Aumentan la capacidad intelectual.
Y otros donde se enumeraban los cuidados necesarios.
Inés le dijo que iba a tener que entrar sola, pues ella no pasaba por la pequeña puerta. Le explicó que tenía que sacar los huevos enseguida porque las ponedoras se podían mover y romperlos. Le entregó una canasta con un fondo de algodón y satén.
Ella entró con dificultad a la habitación oscura. Sobre el piso no había nada, ni paja ni excrementos, solo algunas gotas de agua y suciedad. No había ninguna luz para encender; debía esperar a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad.
No escuchó cacareos, ni revoloteo de plumas como esperaba. Los sonidos eran más parecidos a gemidos contenidos. Las criaturas respiraban ruidosamente. Las jaulas colgaban del techo a un metro del suelo, en largas filas; debían de ser unas treinta. Los gemidos se acabaron cuando por fin notaron su presencia y quedó el aire espeso. Solo entonces, después de cerrar la puerta detrás de sí, se dio cuenta. No eran los animales que ella esperaba. No había plumas ni patas con uñas puntiagudas. Las mujeres, de entre veinte y treinta años, desnudas y cada una en una jaula, la miraban con terror. Sus ojos eran vidriosos y sosos, sin señal alguna de inteligencia, como los de las vacas. Estaban de cuclillas, sudadas y adoloridas. Las blancas pieles, pegadas a los huesos, brillaban con la tenue luz que entraba por un respiradero en el techo. Algunas intentaban contenerse, pero otras ya habían comenzado a pujar. Vio los vientres abultados y duros, donde las venas violetas se marcaban contra la piel como ramificaciones de un río. En la segunda jaula a su derecha, un huevo salió de una mujer. Era grande y pesado, pero no se parecía en nada a los que ella conocía. Era un óvalo grande y cubierto de sangre y fluidos. Estaba paralizada.
Al otro lado de la puerta, Inés le recordó que debía tomar los huevos enseguida y colocarlos en la canasta con cuidado.
Ella le hizo caso, no quería perder el trabajo. Pensó entonces en su madre y en sus hermanas, que ya eran madres. ¿Ellas podrían estar ahí? Se acercó y levantó las manos hacia la jaula; cuando lo tuvo entre sus manos, se dio cuenta de que aquello estaba vivo. A diferencia de los huevos que ella conocía, este era pegajoso y la cáscara no era tan dura, y un latido persistente chocaba con las palmas de sus manos. Por un segundo, un grito de auxilio quiso salir de su garganta. La mujer se desplomó en el lugar donde antes había estado el huevo, y entonces entendió por qué debía tomarlos rápidamente. Las demás pujaban, gemían y transpiraban. Coloradas por el esfuerzo, algunas perdían sangre. Uno por uno los tomó todos y los acomodó en la canasta. Una mujer la tomó del cuello del vestido y la miró con ojos suplicantes. Abrió la boca para decirle algo, pero no tenía dientes ni lengua; solo un sonido gutural surgió de su garganta. Ella corrió hasta la puerta y dio dos golpes desesperados. Inés abrió y tomó la canasta mientras ella salía con dificultad. Buscó en la mirada de su empleadora una explicación, entendimiento, pero solo encontró a una mujer vieja y cansada haciendo lo necesario para sostener su vida.
No le preguntó nada, porque así le habían enseñado en casa. Simplemente tenía que hacer lo que le decían.
Llevaron la canasta a la cocina, donde Inés abrió uno por uno los huevos y dejó salir de su interior un líquido espeso y pegajoso, con algunos coágulos de sangre y restos de cartílagos.
—Ahora te podés lavar y comenzar a montar el salón, los clientes llegan en cualquier momento.
Más tarde tuvo que llevarle el almuerzo a la habitación del esposo. La mazmorra era oscura y húmeda y el viejo apenas se distinguía sobre la cama. Era pura piel y huesos. Los ojos se hundían en el cráneo y la delgadez parecía resaltar los dientes que sobresalían de la boca. Apenas respiraba. La mazmorra estaba vacía; solo la pequeña cama ocupaba un lugar. Apenas abrió los ojos para mirarla y sonreírle. No parecía triste. Pudo ver lástima en sus ojos cuando levantó la mano para rozarle la mejilla. Ella le ofreció la comida. Él suspiró y simplemente se dio vuelta, dándole la espalda. Ella comprendió que no podía hacer nada: él ya había decidido.
Ese día, uno de los comensales pidió hablar con Inés. Había encontrado un pequeño hueso en su plato, del tamaño de una arveja.
—Me parece totalmente desagradable. No somos animales, no somos bestias. Quiero un plato nuevo.
Inés pidió disculpas y se metió de nuevo en la cocina.
—Maldito desagradecido. —La miró de reojo—. Hace un año era carnicero. No sabía leer. Cuando vino las primeras veces no sabía ni cómo sostener los cubiertos, la bestia. Ahora tiene un puesto en el senado. Él mismo me ayudó a comprar las primeras ponedoras. Ahora resulta que quiere ser civilizado.
Le contó de esa vieja costumbre que había pasado de generación en generación desde la época de los lusos. Los aldeanos comunes no podían llegar a los lugares de poder. Por eso habían comenzado por comerse los fetos de las vacas, creyendo que la misma fuerza vital que hacía que aquellos seres sin forma se convirtieran en vigorosos animales se traspasaría a ellos. Había funcionado. Lo siguiente fueron los fetos humanos.
El primer bocado le supo amargo y gelatinoso. Resbaló por su lengua y luego por su garganta hasta caer en el estómago. Entendió por qué le ponían tantas especias. Sabía horrible. Aun así, se obligó a terminar el plato que tenía enfrente. Cuando soltó por fin los cubiertos, delicadamente sobre el plato, y con cuidado se limpió la comisura de los labios con la servilleta, comprendió. Los hombres a su alrededor estaban expectantes. Ella pensó en el viejo moribundo. Y entonces también se preguntó si estaba haciendo lo correcto. Fue entonces cuando las ideas comenzaron a ordenarse en su cabeza con una claridad extraordinaria. Ya no necesitaba preguntar nada; la certeza le brillaba en los ojos. El senador le tomó la mano sobre la mesa y ella volvió a la realidad.
—Bienvenida, querida.
Un horrible mechón de pelo le salía del oído y goteaba una sustancia viscosa sobre el hombro de su perfecto traje azul. Él no parecía darse cuenta. Uno de sus ojos se había desviado grotescamente hacia la izquierda.
Ella no tuvo más opción que devolverle la sonrisa, pues ahora ya era tarde.opción que devolverle la sonrisa, pues ahora ya era tarde.
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