Las gemelas

Las gemelas

Nerea N

19/06/2026

Las gemelas

Capítulo 1

Bauta, La Habana.

1984

Bauta es un pueblo que, hasta hace algunos años, pertenecía a La Habana, una antigua provincia contigua a la capital de Cuba, que en aquel entonces se llamaba Ciudad de La Habana. Hoy día forma parte de Artemisa.

Me llamo Laura, y mi hermana Lisandra, pero casi nadie nos llama así. Para todos somos Laly y Lily.

Y éramos felices, hasta que alguien hizo algo terrible a una de nosotras.

Por la época que les voy a contar acabábamos de cumplir dieciséis años, y —para qué negarlo— éramos dos muchachas preciosas. Las dos teníamos el pelo largo, la piel morena, de esa que en Cuba llaman trigueña, y los ojos negros. Éramos de la misma estatura, y para colmo hablábamos igual. Más de una vez hasta la abuela Lourdes, que fue quien nos crio, nos confundía.

Nos habíamos criado en un lugar llamado La Cachimba, un pueblito perdido, a más de cuarenta kilómetros de Bauta, adonde nos habíamos mudado apenas unos días antes.

En La Cachimba vivían unas veinte familias, y todos se conocían. Las únicas jóvenes éramos nosotras. Íbamos a una escuelita donde no habría más de diez estudiantes en total. Éramos, como dicen en Cuba, guajiras.

Por eso la abuela estaba preocupada.

Bauta no tenía nada que ver con aquello. Era enorme para nosotras, casi una ciudad, con más de veinticinco mil habitantes y a solo diez kilómetros de la capital. Demasiada gente. Demasiado ruido. Demasiadas cosas nuevas.

Un tío nuestro, que se había ido para los Estados Unidos, logró dejarnos una casita en un reparto llamado La Cubalina. Nadie explicaba muy bien cómo lo había conseguido. En aquellos tiempos, cuando alguien se iba del país, lo normal era que el Estado se quedara con todo. Pero, de alguna manera, la casa terminó siendo nuestra.

La abuela decía que habíamos tenido suerte.

En aquellos años, bueno, en realidad en todos los que siguieron nunca hubo ni una pizca de libertad y la comida racionada siempre. A la abuela no le gustaba que habláramos nada contrario al gobierno. Ni se menor de edad era una garantía para no ir a la cárcel.

—Niñas, hay temas de los que es mejor no hablar —decía en voz baja, mirando de reojo hacia la puerta o la ventana.

Nosotras no preguntábamos. O al menos, no en voz alta.

Pero sigo, que me disperso.

La cuestión es que habíamos llegado a Bauta, y todo estaba a punto de cambiar.

Capítulo 2

Pocos años atrás

Lisandra y yo corríamos por toda la finca. Apenas llegábamos de la escuela, nos cambiábamos de ropa y nos íbamos a caminar y a jugar. Los fines de semana siempre estábamos correteando y mirando como trabajaban la tierra, nuestro tío, la abuela y otras personas que los ayudaban.

A Lisandra le encantaba subirse a las matas de mango y recoger las frutas maduras que después me lanzaba, para echarlas en un pequeño saco. Otras veces íbamos hasta la mata de mamey para recoger los que habían caído y llevárselos a la abuela para que nos hiciera un batido.

Aquel sábado por la mañana, mientras escogíamos los frijoles que la abuela haría para la comida, escuchamos el tío Justo hablar con Juan José, un vecino que trabajaba con él.

—Oye Juan, no te vayas lejos que el inseminador está al llegar.

—Y, ¿a qué vacas vas a inseminar hoy? —le preguntó el campesino.

—No, no son vacas. Ahora le toca a la yegüita Luna que ya cumplió tres años. Está en celo—dijo señalándola—, fíjate como levanta la cola y la vulva le hace así—señaló juntando los dedos de su mano derecha, mientras los abría y cerraba—. Ya está desesperadita por que la monten, pero tendrá que esperar. Eso es que le da el olor de Trueno, el caballo que compré hace poco y que tengo amarrado del otro lado del bohío.

Nosotras estábamos disimulando con los frijoles, pero no nos perdíamos ningún detalle de la conversación.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? —le preguntó Juan José al tío.

—Hoy le van a extraer el semen al caballo. Fíjate que lo he tenido amarrado, lejos, hace días, para que descanse. Cuando se lo saquen, el veterinario insemina la yegua y lo que quede me lo compra. Lo pagan muy bien.

—Oye, ¿no oyes como el sonido del motor de un carro? —dijo, señalando hacia el lugar de donde venía el ruido.

—¿No será Genaro? —dijo bajando la voz.

—No, ese sinvergüenza hace tiempo que no viene por aquí. Lo único que ha hecho en su vida son negocios sucios y trampas. Por suerte se mudó a la casa que tiene del otro lado del rio.

—Apúrate que ese es el veterinario. Vamos a abrirle la cerca de la finca y a ayudarlo a preparar las cosas.

Y se fueron caminando de prisa, porque desde la casa hasta la entrada de la granja había un buen trecho.

Entonces Lisandra me agarró de la mano y me llevó con ella al otro lado de la casa, donde estaba amarrado el caballo, debajo de una mata de aguacate.

—¿Sabes lo que vamos a hacer? —me preguntó.

—No tengo ni idea—le dije con el corazón en la boca, porque conocía bien a mi hermana.

—¿Has oído lo que le van a hacer a Trueno? —me soltó con aquella mirada sibilina.

—La verdad es que no entendí muy bien.

—A ver, hazte la idea que la yegua Luna es su novia. Ellos querrían estar juntos. Y hacer “eso”, ¿me entiendes?

—¿Hacer qué? —le solté ingenuamente.

—Coño Laura que ya tenemos catorce años y vamos a la escuela. Lo que quiere es montarla. ¿Te ha quedado claro o te lo explico mejor?

—Ay…pobrecita—balbucee—. A ella nunca la han montado. Es una yegüita virgen. Y Trueno tiene “eso” que parece una manguera. Le va a doler.

—Pero eso es lo que quiere Luna, y no que le metan una varilla fría por el toto para tener caballitos.

Lisandra se aseguró que no hubiera nadie cerca.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté, muerta de miedo.

El tío y Juan José ya venían llegando por el otro lado del camino, con el inseminador y sus artefactos.

Lisandra soltó la soga que ataba a Trueno y las dos corrimos detrás de él hacia el otro lado de la casa, donde estaba Luna con la cola levantada. Yo estaba colorada como un tomate y el corazón me latía a toda prisa, pero no podía dejar de mirar.

Enseguida Trueno se le acercó, la olió y al momento la montó. Fue solo unos segundos.

Justo cuando acababa, llegaba tío Justo con sus dos acompañantes, a tiempo para el final del espectáculo.

—Me cago en la madre de este cabrón caballo. Se las ha arreglado para soltarse y montar a la puñetera yegua.

—Pues yo ya me voy—dijo el doctor—. Págueme usted lo que me debe por el viaje, y ya me llamará otro día, que el semen que me iba a vender, ya ve donde ha ido a parar.

Tío Justo sacó la cartera refunfuñando, mientras que nosotras volvíamos a la cocina.

Yo aterrorizada, y Lisandra feliz, como la yegua.

Capítulo 3

La edad de la inocencia

La abuela Lourdes era una mujer chapada a la antigua, como casi todas las personas mayores de aquella época.

Aquella tarde, después de pasarnos el día limpiando y colocando cosas en la casa nueva, nos llamó y nos sentó frente a ella. Nos miró fijamente, una a una, como si quisiera asegurarse de que la estábamos escuchando de verdad.

—Ustedes saben que vivíamos en un pueblito de campo, rodeadas de gente buena —empezó—. Pero ahora estamos en Bauta… y esto es otra cosa.

Hizo una pequeña pausa.

—El lunes empiezan el onceno grado. Ya no van a estar en una escuelita con diez alumnos. Ahora van a tener cuarenta… o cincuenta muchachos en un aula. ¿Saben por dónde voy?

Lily y yo nos miramos un segundo.

—No… —dijimos las dos casi al mismo tiempo, negando con la cabeza.

La abuela hizo una mueca, como si ya esperara esa respuesta.

—Lo que quiero decirles es que ustedes son dos muchachas muy bonitas… y muy sanas. Pero también muy inocentes. Y en esa escuela va a haber muchachos que se van a fijar en ustedes.

—Pero eso no es malo… —dijo Lily, abriendo los ojos exageradamente.

La abuela negó despacio.

—No, no es malo. Es lo normal. Pero todo depende de cómo ustedes se comporten. Ustedes son muchachas decentes, ¿oyeron?

Nos quedamos calladas.

—No se olviden de lo que hablamos el día que dejaron de ser niñas… —continuó—. Cuando se convirtieron en señoritas.

Sentí que me ardían las mejillas.

—Sí, abuela… —murmuré.

—Tienen que cuidarse. Ese tesoro que una lleva… —dijo bajando un poco la voz— no se le entrega a nadie antes del matrimonio.

—Ay, abuela… —protestó Lily, poniendo los ojos en blanco—. Nosotras ni novio hemos tenido.

—Y por eso mismo —respondió ella rápidamente—. Porque esto no es La Cachimba. Aquí hay de todo. Habrá muchachos buenos, que querrán hacer las cosas bien… pero otros no. Otros lo único que van a querer es aprovecharse.

Se inclinó un poco hacia nosotras.

—Cuando yo era joven tenía una amiga… —empezó—. Se acostó con su novio, y después él la dejó. Más adelante conoció a otro muchacho y se casaron. Nunca le dijo nada. Pero la noche de bodas… —hizo una pausa— el marido se dio cuenta de que ella no era virgen… y la devolvió a casa de sus padres esa misma noche.

—¡Qué vergüenza…! —dije, sintiendo la cara arder.

Lily soltó una risita nerviosa, pero no dijo nada.

—Yo no quiero eso para ustedes —continuó la abuela—. Ni eso… ni algo peor.

Su expresión cambió de golpe.

—Porque también pueden salir embarazadas… o pegarles una enfermedad. ¿Ustedes saben lo que es eso? ¡Se les acaba la vida! —dijo llevándose una mano al pecho—. Creo que me daría un infarto.

—No te preocupes, abu —dijo Lily, acercándose a ella y acariciándole el brazo—. Eso no nos va a pasar.

Yo asentí.

—Claro que no.

La abuela nos miró unos segundos más, como si no estuviera del todo convencida, pero al final suspiró y se levantó.

—Bueno… vayan a bañarse. Y no quiero peleas por el baño, ¿eh?

—¡Yo voy primero! —dijo Lily levantándose de un salto.

—¡Mentira, voy yo! —le respondí, empujándola suavemente.

—No me empujes, coño—protestó Lily.

—¡Esa boca! Ya saben que no me gustan las malas palabras—, La abuela negó con la cabeza mientras se metía en la cocina. —Estas muchachas…

Yo le di un beso rápido en la mejilla al pasar.

La queríamos con locura. Para nosotras, había sido abuela… y también madre y padre al mismo tiempo.

Lo que ella no sabía era que nuestra inocencia estaba a punto de acabarse.

Y que todo iba a cambiar.

Capítulo 4

Años atrás

La noche del fantasma

Una noche, cerca de las 9:00 la abuela nos llamó con mucho misterio. Ya el tío se había acostado, y solo estábamos nosotras tres.

—Niñas, no quiero que se asusten, pero hoy es 30 de mayo. La noche del fantasma.

—Ay abu, que eso nos da mucho miedo—dije bajito.

—Pero tengo que advertirles, porque dos veces al año ese espectro terrible pasa por estos parajes.

—Y ¿qué es un espectro? —pregunté intrigada.

—Es una aparición, un fantasma. Un alma perdida que ronda por los caminos.

—Y ¿cómo es?­—preguntó Lily.

—Horrible. Dicen los que lo han visto que es como un gigante con una capa negra y una capucha que le cubre la cabeza. Y no tiene rostro. Otros dicen que es un babujal.

—¿Un qué?

—Un babujal, un fantasma que se convierte en lagarto cuando sale a media noche.

Y se lleva al que logra verlo.

—¿Tú lo has visto? —volvió a preguntar mi hermana.

—Bueno, yo no, pero dice Genaro, el vecino regordete que vive del otro lado, que una noche lo vio mientras cruzaba el rio a caballo, pero él animal corrió tanto que logró escapar.

—Yo no me fiaría de lo que dice ese—volvió a intervenir Lisandra—, es un pesado.

—Es verdad—dijo la abuela—, es un sinvergüenza.

Bueno, les sigo contando. Cada vez que el fantasma entra a una finca, se come al cochino más gordo que encuentra. Y a veces a los pollos y las gallinas también.

—Entonces, ¿se comerá a Chonchi? —preguntó otra vez la curiosa, mientras yo me arrebujaba junto a la abuela. Chonchi era un cerdo muy gordito al que Lily le tenía un cariño especial.

—Puede ser, hija, puede ser—sentenció abu—. Si mañana cuando nos levantemos

no está en su corral, es que el espectro se lo llevó. Y podemos considerarnos dichosas de que no nos lleve a nosotras.

—¿Por qué el tío no sale a protegernos?

— Bah, ese no cree ni en que los muertos salen—refunfuño la abuela—, está muerto de cansado de trabajar todo el día en el surco de yucas que está sembrando. Ya está dormido como un tronco.

—Y, ¿qué tenemos que hacer? —pregunté temblando.

—Ahora entren a su cuarto y duérmanse hasta mañana. Si oyen cualquier ruido, no vayan a salir. Si oyen aullar al perro es que lo está viendo pasar, pero se quedan quietecitas, hasta que vuelva el silencio.

Y la abuela se fue a su habitación, dejándonos acostadas.

Aquella noche no nos podíamos dormir. Cerca de las 11:00 oímos un ruido.

—Laly, vamos a salir.

—¿Estás loca? Ese fantasma podría llevarnos en un saco.

—No puedo permitir que ese fantasma le haga algo malo a Chonchi.

—Pero, Lily…

—Ni peros ni peras, como dice abu, si no me quieres acompañar, salgo sola, pero no voy a permitir que el fantasma se coma a mi cerdito.

Entonces salí a regañadientes, muerta de miedo. No podía permitir que el babujal se llevara a mi hermana.

Nos escondimos detrás de un valentierra, donde el tío guardaba toda la malanga y el ñame que cosechaba.

Todo estaba muy oscuro. Entonces, a lo lejos vimos una pequeña luz, como de una linterna.

—Ay Lily, por ahí viene el espectro.

—Shhhhh…cállate—le dije al oído, tapándole la boca.

Nerón, un bulldog grandísimo no paraba de ladrar. Siempre lo dejábamos amarrado junto al sendero que llevaba a la entrada principal de la casa.

—Mira, el fantasma va para donde está Chonchi. Está entrando al chiquero.

Lily se detuvo un momento. Estaba decidiendo qué hacer.

—Vamos hasta donde está Nerón con mucho cuidado. Él nos conoce y no nos va a morder.

Corrimos hasta la entrada del trillo, y nos acercamos despacio. En cuanto nos vio, dejó de ladrar. Entonces Lily lo soltó.

Nerón salió disparado, hecho una fiera hacia el corral de Chonchi. Se oyó un ruido, como alguien gritando y la luz se fue alejando rápida como una flecha delante del perro hasta que desapareció. Al poco rato regresó. Volvimos a amarrarlo y se quedó tranquilo.

Regresamos a la casa, nos limpiamos bien los zapatos y nos metimos en la cama

Con mucho trabajo logramos dormirnos.

Al llegar la mañana, con el cantío del gallo la abuela nos despertó para desayunar e irnos a la escuela.

Mientras comíamos un pan con mantequilla y un vaso de café con leche, le pregunté a la abu si había pasado el fantasma.

—Yo creo que por aquí no pasó, porque no se llevó nada. Eso fue lo que me dijo tu tío que lleva sembrando en el surco desde que amaneció, pero estuvo conversando con Venancio, el vecino que le presta la cosechadora y dice que a Genaro lo tuvieron que llevar al hospital.

—¿Qué le pasó? —pregunté curiosa.

— Ay hijas, no quería decirles nada, pero estoy en un temblor—dijo abu haciendo la señal de la cruz—, parece que el babujal se le volvió a aparecer y lo atacó. Tenía las piernas llenas de mordidas que parecían mordidas de perro, pero seguro que eran del lagarto fantasmal.

Laly y yo nos miramos, sonreímos y comprendimos todo.

La abuela fue a hacerse un poco de tilo y nosotras cogimos nuestras mochilas y salimos rumbo a la escuela.

Estábamos felices de haber salvado a Chonchi.

Capítulo 5

Novio a la vista

Los rayos del sol iluminaron las calles de Bauta, irradiando calidez a cada rincón. Eran las 8:00 de la mañana y los estudiantes entraban a sus aulas, después del diario acto político llamado “matutino”, que tenía lugar cada mañana. Allí nos recordaban las “bondades” de la revolución y la suerte que habíamos tenido de nacer en Cuba y no en los Estados Unidos.

Las dos estrenábamos uniforme azul. El pelo recogido en una coleta, la piel blanca, los labios rojos y aquellos grandes ojos de mirada inocente y sincera. Apenas habíamos llegado y las miradas de toda la escuela estaban sobre nosotras. Éramos idénticas.

Durante el recreo varios estudiantes se nos acercaron para presentarse y conversar.

Y así pasaron las primeras semanas.

Entonces Lily conoció a Pablo. Aunque debo decir que yo lo conocí primero.

Era muy temprano y todavía no había tocado el timbre. Yo estaba sola en el aula, organizando libros y libretas, porque mi mochila estaba echa un desastre. Entonces entró él. Me miró y me dijo que tenía unos ojos muy bonitos. Cuando escuché su voz varonil y cálida algo se estremeció en mi interior. A veces creo que él se acercó a Lisandra creyendo que era yo. Pero eso no importa. Fue solo una ilusión. Algo que, por una cosa u otra, jamás llegó a cuajar.

Desde el momento en que Lily conoció a Pablo, algo cambió en ella. Y yo debo decir que aunque me atraía, había algo oscuro que no lograba descifrar.

Yo no sabría explicarlo bien, pero ya no era la misma. Se arreglaba más, sonreía sola… y hablaba de él como si lo conociera de toda la vida.

Aquella tarde estaban juntos. El parque estaba tranquilo, apenas unos pájaros y el murmullo de los vecinos. Lily y Pablo se sentaron en un banco, cerca de los árboles que empezaban a dar sombra.

Ella sintió un nudo en el estómago, como si sus pies no tocaran del todo el suelo. Él la miraba, y en esa mirada había algo que la hizo sentirse deseada y querida a la vez.

—¿Quieres ser mi novia? —preguntó él con voz suave.

Lily bajó la mirada, un calor intenso subía por sus mejillas. Apenas susurró: —Sí…

Él sonrió y, despacio, levantó su mentón con cuidado, acercando su rostro al suyo. El corazón de Lily latía tan rápido que temía que él lo escuchara. Y entonces, apenas un instante, sus labios se tocaron.

No fue nada violento ni exagerado. Solo un roce, un pequeño estremecimiento que recorrió su cuerpo y la hizo cerrar los ojos. Sentía una mezcla de curiosidad y emoción que nunca había experimentado antes.

Se separaron un poco, respirando, sonriendo tímidamente. Pablo la tomó de la mano y la apretó suavemente. Lily supo, sin palabras, que aquello no era solo un beso: era el comienzo de algo que cambiaría su mundo.

Mientras caminaba hacia la casa, con las manos todavía calientes por el contacto, no podía dejar de pensar en él. Algo había despertado dentro de ella… algo dulce, nuevo y emocionante.

Lisandra tenía novio. Y yo sería la primera en saberlo.

Habían pasado varias semanas de clase y ningún chico se había interesado en mí. Pablo era muy atractivo, pero había algo en él que no me convencía. Algo que hacía que lo rechazara y que me atrajera a la vez. Aunque lo segundo nadie podría saberlo.

Capítulo 6

El primer beso

Aquella noche yo estaba seria y callada. Entonces me lo soltó, pero yo ya lo sabía.

—Mi hermana, Pablo y yo nos hicimos novios—dijo bajito, porque no quería que la abuela la oyera.

—Me lo imaginé, cuando los vi salir juntos otra vez.

—Y, ¿qué te parece?

—Yo creo que no es buena idea ahora.

—¿Por qué me dices eso? —me preguntó desesperada.

—Coño Lily, acabamos de llegar a este pueblo. Tú sabes todo lo que nos ha dicho abuela sobre cuidarnos hasta que nos casemos.

—Claro, a mí no se me ha olvidado. Nosotros solo vamos a ser novios. No vamos a hacer nada. Si todo sale bien, un día nos casaremos como Dios manda. ¿Cuál es el problema? —me dijo un poquito alterada—. Y procura no decirle nada a la abuela.

—Y, ¿cómo supiste que te gustaba Pablo?

—No sé, es serio, tiene carácter, es fuerte. Tiene la voz bonita y la cara también.

—¿Qué te dijo exactamente?

—Me preguntó si quería ser su novia. Y me besó.

—¿Qué sentiste cuando te besó? —pregunté curiosa.

—Te lo voy a decir porque contigo nunca he tenido secretos. En aquel momento sentí que él y yo éramos las únicas dos personas sobre la tierra. Sentí ganas de acariciarlo y de que él me acariciara también a mí.

—Y, ¿qué más? —insistió Lily.

—No sé. No sé explicarlo. Debe ser porque fue mi primer beso. Después él siguió para su casa y yo vine para acá.

—Pues muchas felicidades. Me voy a dormir ya, que tengo mucho sueño.

Y me dormí muerta de rabia.

¿Por qué si éramos idénticas ningún varón me había dicho nada?

Capítulo 7

¿Estás borracha?

Pasaron 3 semanas. La abuela no sabía que Lily tenía novio. También es cierto que aquel noviazgo se limitaba a las paredes de la escuela y al paseo diario de regreso a la casa.

Yo siempre había sido la protectora, la más conservadora de las dos, pero también la más miedosa. Lily era más valiente, más arrestada. Yo siempre temía a las consecuencias.

La abuela siempre decía que yo podría sobrevivir a grandes catástrofes. Según ella Lily no. Yo no estaba segura de aquello, pero a pesar de tener la misma edad, yo me consideraba su guardaespaldas.

—Laly—me dijo con mucho misterio aquella tarde—, esta noche voy a salir con Pablo.

—¿A salir? —le dije subiendo la voz, aprovechando que la abuela había ido a buscar el pan.

—Sí, pero es solo a dar una vueltecita por el pueblo. Le voy a decir a abu que tengo que ir a estudiar a casa de Sandra, tu amiga.

—No me gusta nada la idea—vacilé, mientras daba vueltas por la sala—. Bueno, está bien, pero ten cuidado—le advertí, pensando en que hoy por ti y mañana por mí, aunque de momento yo no tenía a nadie.

Lisandra me dio un sonoro beso en la mejilla. Quizás yo no tenía autoridad para dejarla salir o no, pero ella necesitaba de mí para que la abuela no se enterara.

—Me voy a duchar y después me hace falta que me prestes la falda de mezclilla.

—Está bien, cógela—le dije—, pero no te vayas a demorar demasiado.

Aquella tarde Lisandra se vistió y se maquilló. Lucía preciosa. Lo hizo escondida en nuestro cuarto, porque si la abuela la veía salir así, sospecharía.

Sin embargo, las cosas se iban a complicar, al menos un poco.

—¿Por qué tu hermana no ha regresado si ya son más de las 10:00 de la noche? —me dijo la abuela a punto de estallar.

—Abu, no te preocupes que en casa de Sandra hay teléfono y ahora voy a la esquina y desde allí llamo. Pero estoy segura que tenían muchas tareas de la escuela. Por suerte en mi aula no pusieron tantas.

—Yo estoy muerta de sueño. A esta hora ya siempre estoy dormida. Me voy a recostar, pero en cuanto llegue Lily me despiertas.

Yo hice como que salía a llamar, y me demoré un rato. Al regresar la abuela estaba rendida.

Eran casi las 11:00 de la noche cuando Lily llegó.

—¿Sabes la hora qué es? —le susurré, para no hacer ruido.

—Es que estoy bastante mareada—me dijo con la lengua un poquito enredada. Me acerqué despacio para olerle el aliento. Y entonces lo noté.

—Hueles a alcohol. ¿Estás borracha?

Enseguida se puso la mano en la boca y corrió hacia el baño a vomitar. La seguí, y la ayudé. Después se lavó la cara y sin quitarse el maquillaje ni nada se metió en la cama. Con cuidado le quité los zapatos y la tapé. Al instante estaba rendida.

En ese momento la abuela entró.

—Te dije que me despertaras cuando Lily llegara.

—Ay abu, perdona. Se me olvidó.

—¿A qué hora llegó?

—Enseguida que te acostaste—dije, intentando que la voz no me temblara—. Fíjate que no tuve ni que llamar a Sandra, porque me encontré a Lily al salir. Hicieron un montón de deberes y estaba agotada. Cayó rendida en la cama. Pobrecita.

—Bueno, me voy a dormir. Y mañana que no se les haga tarde para el colegio.

Capítulo 8

Una manchita de sangre

Aquel día Lisandra y yo no hablamos ni una palabra en la escuela. Ella se levantó más temprano que yo y se fue. Sabía la que le esperaba conmigo cuando nos quedáramos solas. Y para colmo de males, yo había encontrado una cosa en el baño que disparó todas mis alarmas.

Tenía muchas cosas que decirle y sabía que ella no quería oírme. Por suerte, cuando llegamos a la casa la abuela había salido.

La agarré por el brazo e hice que se sentara.

—¿Eres consciente de lo que hiciste anoche? —le increpé.

—No hice nada—me dijo sin levantar la mirada.

—¿Nada? —le grité, porque cuando me enfado grito y no puedo evitarlo—. Llegaste tarde y borracha.

—No estaba borracha, estaba mareada.

—¿Mareada? Y llegaste con la lengua enredada y vomitando.

—Es que fui a casa de Pablo y nos tomamos unos traguitos de menta.

—¿Qué fuiste a casa de Pablo? ¿Sola con él? Y se pusieron a tomar bebida—grité, mientras cerraba la ventana, para que los vecinos no me oyeran.

—No pasó nada—dijo casi llorando—, te lo juro.

—Ay mi madre—, dije llevándome las manos a la cabeza, mientras entraba al baño—. Lisandra García, sabes que no acostumbro a decir malas palabras, pero ¿qué coño hacía este blúmer tuyo en el cesto de la ropa sucia con una manchita de sangre?

Las venas del cuello se me marcaban como si fueran a reventarse.

—Nada—, dijo ella muy tranquilamente, mientras yo estaba a punto de sufrir un infarto. —Anoche el cesto estaba vacío, por tanto, lo echaste ahí hoy por la mañana. Dime que no te acostaste con Pablo anoche.

—No, no hicimos nada. Es verdad que fui a su casa, pero había varios amigos con sus novias y pusieron música y bailamos. Y se nos fue el tiempo.

—¿Y la sangre en el blúmer?

—Es que caí con la regla hoy por la mañana y no me dio tiempo de lavarlo.

—¿De verdad? —le pregunté, mientras me volvía el alma al cuerpo.

—De verdad, y no tienes que dar estos espectáculos. No eres mi madre, ni siquiera mi hermana mayor. Tenemos la misma edad. Y no me meto en lo que tú haces. Déjame vivir, coño. Déjame equivocarme. No tengo la culpa de no ser tan perfecta como tú.

—Lo hago porque me preocupo por ti, porque no piensas en el día de mañana. Te guías por tus emociones. Y haces sufrir a los que te rodean—y ya ahí empecé a llorar.

Entonces sentí que la abuela entraba. Escondí el blúmer lo mejor que pude y disimulé.

—Y esa ventana cerrada a esta hora—preguntó.

—Nada abu—le dije sin mirarle a la cara—. Creo que se cerró con el aire.

Le di la espalda, entré al baño y me metí en la ducha.

Necesitaba llorar.

Capítulo 9

Pablo me ha besado

Aquel día, como de costumbre, me levanté temprano para ir al colegio. Lily no se sentía bien. Había pasado la noche con mucho dolor de garganta y tenía un poquito de fiebre.

—Oye Laly—me dijo la abuela, hablando bajito para no despertarla—, dile a la directora de mi parte que tu hermana no podrá ir hoy porque está enferma. Si no se mejora, por la tarde la llevaré al médico.

—No te preocupes abu, que yo se lo digo—, y dándole un beso me despedí.

Cuando llegué, lo primero que hice fue ir a la dirección. Encontré a la secretaria mecanografiando en su escritorio, y le dije que Lisandra estaba enferma. La directora no estaba, pero ella me dijo que se lo diría en cuanto llegara.

La gran mayoría de los alumnos aún no había llegado. Me fui a mi aula para terminar unos deberes que no me había dado tiempo a hacer la noche anterior.

Entonces llegó Pablo con un compañero de clase.

—Hola, buenos días—y me dio un beso en la cara—, ahora vengo para acá—me dijo mientras sacaba un montón de libros que estaban sobre la mesa del profesor y los llevaba a otro sitio con el chico.

Me resultó extraño, porque él normalmente me saludaba con un hola, de una manera bastante fría, y después siempre seguía su camino, pero parece que quería hablar algo conmigo. Y yo me preguntaba qué podría ser.

Debo decir que, a esa hora, muchos estudiantes aprovechaban las aulas vacías para besarse y toquetearse. Pero yo tenía que terminar mi tarea, y me alegré que no hubiera nadie dentro.

A los pocos minutos Pablo regresó, entonces ocurrió lo inesperado.

Se sentó a mi lado. Se notaba que se había afeitado en la mañana. Podía sentir aquel olor varonil del after shave en su cara. Yo aparté las libretas, para poner a atención a lo que tenía que decirme, pero no dijo nada.

Se inclinó hacia mí sin decir palabra y antes de que pudiera reaccionar, me besó. Fueron solo unos segundos. A mí no me había besado un chico jamás. Recuerdo que al sentir el contacto de sus labios con los míos fue como si un rayo hubiera caído en mi interior. Fue algo que me paralizó por un momento. Entonces reaccioné y lo aparté bruscamente.

—¿Qué haces? —le dije levantándome de la silla—¿te has vuelto loco?

—Lo siento Lily, sé que ayer te fuiste enfadada conmigo. No debí dejarte ir así. Lo siento. Necesitaba besarte. Otras veces lo hemos resuelto con un beso.

—Es que yo no soy Lily—le grité.

—¿Qué? —exclamó perplejo.

—Mi hermana está enferma y no ha podido venir hoy a clases.

Los colores de la cara le bajaban y le subían rítmicamente. Se puso de pie y se llevó las manos a la cabeza.

—Me he confundido. Perdóname, por favor.

—Está bien, lo entiendo. Acepto tus disculpas—le dije, ya más serena.

—No sé cómo he podido confundirme—, me repetía. Y en la expresión de su rostro se veía que estaba realmente avergonzado.

—Tranquilo. Hasta nuestra abuela nos ha confundido alguna vez.

—Laura, necesito un favor—me dijo casi suplicando—tu hermana no debe enterarse de esta confusión, quiero decir, lo del beso.

Dudé por un momento. ¿Debería hacerle el cuento completo a Lily o no?

Entonces sonó el timbre.

—No te preocupes, que no le diré nada.

Y cogiendo mi mochila, salí del aula. Todavía sentía su sabor en mi boca.

Capítulo 10

Me siento culpable

Aquella tarde estaba muerta de vergüenza y de miedo. Intentaba consolarme pensando que no era mi culpa. Había sido solamente una confusión. Lisandra y yo somos idénticas. Era normal que Pablo se confundiera.

Ahora, en relación a mí, ¿debí apartar mi boca antes? ¿Por qué me excité cuando sus labios tocaron los míos? Debería haberme dado asco, pero no, al contrario, me había provocado un fuerte deseo en mi interior. Me había gustado.

Al llegar a la casa supe que la abuela había ido al policlínico con Lily. Tiré la mochila en el sofá y me metí en el baño. Necesitaba ducharme. Tal vez aquellos chorros de agua cayendo sobre mí, me limpiarían aquellos deseos.

Me quité la ropa y entré a la bañera. No podía dejar de pensar en aquel olor a colonia y aquellos labios rozando los míos.

Les juro que nunca había experimentado algo así. Traté de parar. Aquello no era correcto. Era el novio de mi hermana. Pero no pude.

Cuando terminé de secarme abrí la puerta para salir. Y allí estaba Lisandra.

—¿No estabas en el médico? —balbuceé.

Su cara de risa lo decía todo. Enseguida empecé a vestirme. Tenía que salir de allí.

—¿Por qué te da vergüenza? —me dijo.

—¿Vergüenza? —traté de disimular —, no sé de qué hablas.

—Sí lo sabes. Te oí.

—¿Qué dices? —, ¿sabes dónde está mi bata de casa azul? — traté de cambiar la conversación.

—Yo también lo hago. Y es normal. Cuando tengo muchos deseos, y también a veces cuando estoy muy tensa.

—Lo que oíste fue que me corté afeitándome las piernas—mentí.

Me miró a las pantorrillas y echó una risita.

—Pues vuélvetelas a afeitar, porque las tienes llenas de pelos—. Y se fue a la sala riéndose.

Terminé de vestirme.

—¿Y tú no estabas enferma? —le pregunté, tratando de que se olvidara de lo que oyó

—Ya estoy mejor. La abu fue a la farmacia a buscar un jarabe que me mandó el médico. Oye, ¿viste a Pablo?

—¿A Pablo? —me temblaba el cuerpo por dentro—. Sí, lo vi por la mañana.

—¿Y? —se quedó mirándome fijamente.

Yo quería desaparecer. ¿Por qué me ha dicho Y? ¿Será que sospecha algo? O peor ¿Se habrá encontrado con Pablo y le habrá dicho que me besó? ¡Ay Dios!

—¿Qué quieres decir con Y?

—Que si le dijiste que estaba enferma.

—Ahh…claro, se lo dije.

—Qué bien. Ya mañana podré ir. Oye, voy a la bodega que vino el azúcar y abu me pidió que la trajera—me dijo mientras salía.

Y yo me quedé sentada en el salón, viendo dibujos de Bugs Bunny y pensando en cómo me sacaba de la cabeza a Pablo y a aquel beso tonto que me amenazaba con poner mi vida patas arriba.

Capítulo 11

Las ilusiones perdidas

Habían pasado dos meses. El noviazgo de Lisandra y Pablo seguía adelante. Pero había un gran problema: ningún chico me decía nada y ya yo estaba cansada de aquello. ¿Por qué ninguno se acercaba a mí?

Era bonita, me cuidaba. Era inteligente. Y nada.

Entonces decidí tomar la iniciativa.

Debo confesar que yo seguía sintiéndome atraída por Pablo, pero tenía que quitarme aquello de la cabeza a toda costa. Además, había algo en él que no acababa de convencerme.

Por aquellos días había llegado nuevo al colegio un muchacho alto y bonito de nombre Frank. Desde que lo vi me dije que iba a ser para mí. Con tan buena suerte que lo pusieron en mi aula.

Enseguida me senté al lado de él y empecé a sacarle fiesta, a buscar conversación con él, y francamente le di a entender que me gustaba. Les juro que yo no tenía experiencia ninguna, pero hice todo lo que estuvo a mi alcance para que se fijara en mí.

Un día le pedí que me acompañara hasta mi casa y cuando pasamos por el parque donde Lisandra y Pablo se hicieron novios, nos sentamos debajo de unas matas de framboyán que además de sombra ofrecían un ambiente muy romántico.

A pesar del poco tiempo que había pasado desde que nos conocimos, sentía que había una conexión especial entre los dos.

Aquella tarde, en aquel rincón, con el suelo lleno de flores que caían de los árboles y aquella brisa que hacía que uno no quisiera marcharse, Frank se acercó a mí y me dijo:

—Laura, lo he pensado bien y creo que tú eres la persona ideal. Tengo que confesarte algo que ya no puedo ocultar más—y su voz llegaba a mis oídos como una música del cielo. ¡Al fin voy a tener novio! Me quedé quietecita, mirando hacia abajo, esperando su declaración de amor.

—Lo que te voy a confesar debe quedar entre tú y yo. Tal vez no es lo que te imaginas, pero debo ser totalmente sincero. Necesito que me lo prometas—me dijo, levantando suavemente mi cara hasta quedar frente a frente con la de él.

Y yo me preguntaba por qué tendríamos que andar en secreto, pero por otra parte estaba muy emocionada porque después de la confesión, vendría el beso.

—Soy homosexual Laurita. Y como te decía, eres la persona ideal para escuchar esto y para ser mi amiga. Creo que eres la única con quien quiero compartir mis sentimientos y a la que quiero contarle mis cosas. Siento que puedes ser como una hermana para mí.

—Estoy segura que si me hubieran lanzado un cubo de agua con hielo, no me hubieran enfriado tanto como con aquella declaración.

—Entonces… ¿eres …. gay? —le dije exhalando un suspiro de hartazgo.

—Sí, y perdona si te esperabas otra cosa—me soltó—. Sé que no lo parezco.

—No, no esperaba nada—mentí.

—Tú sabes lo que me estoy jugando al decirte esto. Si en la escuela se enteran, me expulsan enseguida. Esta sociedad me negaría todo, solo por no ser como la mayoría. Tú sabes que los comunistas odian a los gays.

—No te preocupes Frank—le dije, poniéndome de pie—. Conmigo tu secreto estará a salvo. Y puedes estar seguro de que cuando quieras conversar, aquí tienes una amiga.

Le di un besito en la cara y seguí mi camino hasta mi casa. Sola, como siempre.

Capítulo 12

No soy una mirona

Estaba que trinaba. La verdad es que a mí el que me gustaba era Pablo. Y me empezó a gustar de verdad después de aquel beso accidental que les conté. Sin embargo, mi hermana estaba por el medio y ella y mi abuela eran lo más importante para mí.

Había tratado de quitármelo de la cabeza, pero les juro que no lo logré. Y eso que había algo en él que me daba miedo. Nunca he logrado comprender del todo por qué a las chicas nos atraen los malotes, pero sobre todo a los 16 es así.

Sucedió que un día la abuela vio a Lisandra y a Pablo de manos, caminando por el parque. Cuando habló con Lily, ella le dijo la verdad. Se sintió un poco herida, pero comprendió que era normal que una chica de nuestra edad tuviera novio. Y solo puso una condición: qué Pablo viniera hablar con ella y la visitara formalmente en la casa.

Así las cosas, comenzaron sus visitas tres veces a la semana de 8.00 a 10:00 de la noche. La abuela andaba fregando y recogiendo en la cocina, y a cada rato pasaba por la sala disimuladamente, fingiendo que iba a buscar algo al comedor, que estaba del otro lado, y así les echaba un vistazo. Pero sobre las 9:00 el cansancio la rendía, se tiraba en la cama y se quedaba dormida, esperando que fueran las diez y Pablo se fuera.

Yo me dedicaba a hacer los deberes de la escuela y cuando terminaba oía un programa de radio llamado Nocturno, donde ponían muy buena música, sobre todo música romántica y también poemas. Ya en esa época ya ponían cantantes que en otro tiempo la Revolución había prohibido, como Camilo Sesto, Roberto Carlos y muchos otros .

Escuchaba al locutor recitando a Neruda “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…” mientras Julio Iglesias empezaba a cantar “Hey”.

Y yo seguía sin novio.

La parte de la sala donde estaba el sofá, tenía detrás una pared de cartón madera que daba a un pequeñísimo cuartico de desahogo donde guardábamos algunas cajas con cosas que no teníamos donde poner, porque no había mucho espacio. Lisandra y yo también teníamos allí algunos libros y cuadernos de otros cursos que casi nunca necesitábamos.

La verdad es que ni desde el cuarto de la abuela ni del nuestro se oía nada de lo que se hablara en la sala, pero desde el cuartico sí. Me di cuenta de ello por casualidad, una noche que fui a buscar un libro de Matemáticas. Y seguramente Lisandra no se había dado cuenta.

Y descubrí algo más. Justo donde una de las planchas de cartón de la pared se unía con otra, había una pequeñísima rendija, desde la cual se veía todo el sofá. Allí estaba Pablo con el brazo por encima de Lisandra, diciéndole algo al oído.

Y besándola.

Por un momento la idea me turbó. ¿Cómo sería posible que yo me pusiera a espiar a mi hermana? Sería algo horrible que yo jamás haría.

Aparté la vista y seguí buscando mi libro.

Pero no podía salir de aquel lugar. Medité serenamente y comprendí que si lo hacía podría estar al tanto de cómo iba su noviazgo, saber si aquel chico le proponía algo indecente. Por otra parte, pensaba que vería al hombre que me gustaba hablándole al oído y quién sabe qué más. ¿Sería capaz de resistir aquello sin echarme a llorar? ¿Podría someterme cada noche de visita a semejante tortura? O ¿tal vez no era una tortura, porque podría hacerme la idea de que era a mí a quien le hablaba, a quién besaba, a quien acariciaba? ¿Sentiría lo mismo que ella si me concentraba?

Claro, sería como si yo estuviera dentro del cuerpo de mi hermana. Y ella no supiera nada. Y de esa forma, él también sería mío, pero sin quitárselo a ella.

No sé…no sé. Dudaba, me culpaba, pero dentro había una emoción, una secreta excitación que me impulsaba a quedarme detrás de ellos, invisible, incorpórea, imperceptible.

Justo en medio de aquellas reflexiones sentí que la abuela se había despertado y salía de su cuarto. Disimulé, cogí el libro y regresé a mis ejercicios de cálculo diferencial y derivadas.

Capítulo 13

Tengo que dejarlo

Por aquellos días ya habíamos cumplido 17 años. Vivíamos con lo elemental, como la mayoría de los cubanos de aquella época, y la abuela no tenía dinero para hacernos un regalo a cada una y mucho menos para celebrarnos una fiesta.

Pablo cumplía 18 en mayo, justo un mes después. En el cumpleaños de Lily le regaló un perfume que a las dos nos encantaba: Moscú rojo.

Sin embargo, ahora era su turno y Lisandra no tenía nada que regalarle a Pablo. Estaba muerta de vergüenza y no solo ella, nosotras también, pero la verdad es que no teníamos dinero para hacerle un regalo.

Entonces a la abuela se le ocurrió una idea. Pasar un día en el campo, ir a visitar al tío Justo que se había quedado viviendo en la casa donde habíamos nacido, y hacer una comida en la finca. Ese sería el regalo de cumpleaños de Pablo.

Y a todos nos encantó la idea.

En relación al cuartico, debo confesar que no había podido resistir la tentación. El sábado por la noche era la próxima visita de Pablo.

Como siempre, llegó a tiempo, recién afeitado y perfumado. Con su sonrisa de siempre. Era para comérselo.

Normalmente durante la primera hora se dedicaban a ver la televisión. Después, cuando a la abuela le entraba el sueño y se tiraba en la cama, ellos se acercaban y hablaban bajito.

Entonces entré al cuartico, y sin hacer el menor ruido, me acerqué a la rendija. Lily había apagado el televisor, pero no volvió a encender la luz de la sala. La abuela siempre decía que había que ahorrar. Sin embargo, entraba luz de la bombilla del comedor, dejando un ambiente muy agradable y tenue. Y allí estaban los tortolitos. Pablo le echó el pelo hacia un lado y empezó a besarle el cuello. Segundos después ella buscó su boca y empezaron a devorarse a besos.

—Soy yo —me repetía a mí misma—. Es a mí a quien está besando.

Confieso que llegué a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo. Su olor me envolvía.

Entonces sentí como si una fuerza invisible me controlara.

—No, Laura… ¡Qué horror! —me dije, sacando bruscamente la mano, como si me hubiera quemado—. Eso no. Hasta ahí no puedes llegar.

Y salí del cuartico casi corriendo.

Capítulo 14

Otro beso equivocado

El domingo me fui a casa de Sandra. Allí estuvimos viendo películas en la televisión toda la tarde. Estaba evitando a Lily. Me sentía culpable por lo de la noche del sábado.

Lo que más me fastidiaba de todo era no poder contárselo a nadie.

Tal vez lo único que me motivaba un poquito era que el sábado iríamos a la finca. Estaba loca por ir, aunque fuera de visita. Desde que nos mudamos no habíamos vuelto.

El jueves por la noche Pablo volvió. Yo siempre me proponía no volver al cuartico, pero al final acababa allí dentro, con la oreja pegada a la pared de cartón y la vista puesta en el sofá.

No podía evitar la tentación de asomarme a la rendija. Aunque no soy la hermana mayor, me considero la más juiciosa. La estoy protegiendo. Si noto cualquier cosa extraña puedo salir. Es una garantía para ella que yo esté aquí.

Lo que no sabía él era que yo conocía a la perfección los gestos, las frases y las caras que ponía mi hermana en cada circunstancia de la vida. Pero líbreme Dios de intentar nada con él siendo su novio. Ni hacerme pasar por ella.

Recuerdo que una tarde estuve a punto, pero no caí en la tentación.

Mi hermana y la abuela habían tenido que acompañar a una vecina que había sufrido un accidente doméstico al policlínico. Estaba sola en casa. Entonces llegó él. Justo antes de que pudiera hablar, me sujetó por la cintura y me dio un beso en la boca, mientras me tocaba el culo con la otra mano.

Les juro que no siempre se nos presentan tentaciones tan grandes. Y les juro también que, si yo hubiera querido, él no habría notado la diferencia, pero antes de dejarme llevar por mis hormonas, que estaban disparadas en aquellos días, lo aparté bruscamente.

—¡Para coño, que soy Laura! —le grité, empujándolo—. Lily salió con la abuela.

Pero ya me había metido la lengua hasta la campanilla, mientras me apretaba las nalgas.

—Perdona—me dijo—. Y enseguida se fue.

Y aquella tarde me dio la impresión de que Pablo sabía que era yo. No puedo asegurarlo, pero de cualquier manera aquello hizo que aquel lado malvado que yo intuía en él, se reforzara.

Después, lo que escuché detrás de la pared volvió a encender todas mis alarmas.

Lisandra había pasado el día demasiado callada, por lo que pensé que algo le pasaba, pero no quiso decirme nada. Ya eran casi las 9:30 cuando apagó el televisor. Llegué a pensar que estaban disgustados. Pronto comprobé que no era así.

Pablo intentó hablar muy bajito, pero desde mi escondite yo podía oír hasta los susurros.

—Entonces el sábado en la finca. No te has arrepentido, ¿verdad? —le dijo

—No, pero recuerda mi condición: Lo hacemos una vez y después nada más hasta que nos casemos. Ni me vuelves a hablar de eso nunca más mientras seamos novios. Como si no hubiera pasado. ¿Estamos?

—Sí, estamos de acuerdo.

Me quedé helada.

Ella asintió y enseguida comenzaron los besos y los abrazos. No había apenas luz en la sala, pero desde mi rincón podía ver bastante bien. Lisandra llevaba puesta una falda. No habían pasado ni dos minutos y vi como Pablo le metía la mano por debajo de la falda. ¡Madre mía! ¡Estos lo van a hacer el sábado! Tengo que evitarlo como sea.

Por el bien de ella, de la abuela y de todos en esta casa.

Salí del cuartico, me tiré en la cama y me puse a pensar. Mi idea inicial era llamar a Lisandra con cualquier pretexto, y así interrumpirles el calentón, pero decidí no hacerlo. Total, allí no iba a pasar nada más y Pablo tendría que irse enseguida porque ya eran cerca de las diez.

Reflexioné sobre el asunto. Ya la relación de ellos había llegado al punto en que ella permitiera que le tocara por debajo de la ropa. ¡Qué horror! ¿Qué sentiría cuando la yema de los dedos de Pablo le tocaba ahí?

Y como si fuera poco habían quedado para verse a solas el día de la excursión.

Iban a hacerlo. Estaba segura.

¡Qué caos madre mía! Cuando Pablo consiguiera lo que quería, seguramente que la dejaba cualquier día. Después ningún hombre iba a cargar con ella. Se iba a morir soltera o lo que era peor, iba a andar de hombre en hombre toda la vida. Y la abuela se iba a enterar y cuando esto pasara se iba a morir del disgusto. Eso si no le hacía una barriga y lo de estudiar se iría a la mierda. Hasta podría salir embarazada de gemelos ¡Ay Dios, de esta sí que no salimos!

No valdrá de nada que intente convencerla. Lo hará si está decidida a hacerlo. Decírselo a la abuela no resolverá nada. Al contrario, solo le subirá la presión y hasta pudiera pasarle algo peor.

Ay Dios mío, la abuela. Si ella llegara a saber que Pablo “desfloró” a Lily se muere de un infarto. Y ya le dio uno hace cuatro años, y el médico le dijo que evitara disgustos porque podría repetirse. Su sueño es dejarnos a las dos bien casadas, con un hombre bueno, antes de morir.

Solo hay una solución. Tengo que impedirlo a toda costa. El problema es que no sé cómo hacerlo.

Capítulo 15

La excursión a la finca

El viernes por la tarde, apenas llegamos de la escuela nos pusimos a preparar las cosas que llevaríamos a la finca.

Nunca sabré si Lily supo lo que pasó con Pablo y conmigo con aquel beso en el aula. Ni la segunda vez que me besó y me toqueteó, pensando que era ella.

Lo cierto es que jamás me contaba nada de él, ni de sus planes, ni de lo que hablaban, ni lo que hacían. Nada.

Al día siguiente nos íbamos todos a la finca. Estábamos muy emocionadas, y seguramente ella más que yo. Y él, ya pueden imaginarse.

Y seguía sin plan para evitar la hecatombe.

—Pásame ese pantalón—le dije a Lisandra, señalando al otro lado de la cama.

—¿Qué te parece si vamos vestidas iguales?

—No sé Lily—respondí con la mente llena de recuerdos—. Siempre nos vestían así de pequeñas.

—Anda chica, compláceme.

—Bueno, está bien. Nos vestiremos iguales.

—No te olvides de llevar ropa interior, por si nos bañamos allá. Ojalá que la abuela quiera que nos quedemos a dormir.

Al fin llegó el sábado y la abu, Pablo, Lily y yo salimos para nuestro pueblo natal.

Era el regalo de cumpleaños que le hacíamos a él. Y yo tendría que luchar porque aquel viaje fuera el único regalo que recibiera aquel fin de semana.

Teníamos que coger tres guaguas. Primero ir de Bauta a San Antonio, después otra hasta Güira de Melena y una vez allí otra rumbo al Junco y quedarnos en La Cachimba. Eran casi dos horas de viaje. A veces más.

Aun cuando habíamos salido bien temprano, llegamos a la finca sobre las 10:00 de la mañana.

Por el camino saludamos a Higinio que nos pasó por el lado con su tractor y desde lejos divisamos al tío Justo esperándonos en la talanquera.

El olor a hierba fresca, las vacas mugiendo y el sol que se colaba por la arboleda de aguacates que bordeaba el camino que conducía a la casa, me hacían creer que nunca me había ido de aquel sitio.

—Estas muchachas cada vez se parecen más—dijo el tío mientras nos abrazaba—. Te juro que no sabría distinguirlas ahora mismo.

—Hoy les dio por vestirse iguales—le respondió la abuela.

Después de los saludos, nos sentamos en la sala de la casa a tomar una tacita de café criollo.

Enseguida desempacamos algunas cosas, mientras la abu y el tío se ponían de acuerdo acerca de la comida especial que tendríamos con motivo del cumpleaños de Pablo.

Yo estaba alerta. No le quitaba ojo a Lisandra. Fui con ellos cuando ella le enseño los alrededores de la casa, el bohío de guano y el valentierra. Ni muerta hubiera permitido que se metieran allí solos.

La mañana pasó de prisa. Había venido la vecina Hortensia a ayudar a la abuela y al tío a preparar aquel pequeño banquete. Era una cocinera increíble.

La comida estuvo deliciosa. Arroz congrí, fricasé de pollo, plátanos maduros fritos, ensalada de lechuga y tomates y para acompañar refresco de tamarindo. Todo un banquete. El tío Justo había sacado una botella de vino dulce que no había tenido muy buena acogida, porque solo Pablo, él y yo tomamos. A mí me encantaba y era algo que nunca teníamos. Yo aprovechaba cuando no estaban mirando y me daba un traguito.

Por la tarde fuimos a dar un paseo, caminando por las arboledas de mamey, mango y guanábana que estaban a menos de un kilómetro de la casa. Después pasamos por los sembrados de papas y de piñas, un poco más lejos.

No me despegaba de ellos.

Entonces algo inesperado sucedió, cuando regresábamos a la casa.

Vimos a un hombre que venía corriendo. A medida que se acercaba nos dimos cuenta que era el marido de Ana María.

—Justo, por Dios, ayúdame con el carro, que Ana María tiene un dolor muy fuerte. La muchacha estaba embarazada y tenía una barrigona impresionante.

Cuando llegamos, ella estaba de pie y había un charco inmenso que parecía agua, debajo de sus piernas.

—Ha roto la fuente y está de parto—dijo la abuela con la autoridad de un doctor.

—Es que tiene placenta previa y dijo el médico que lleva cesárea. Ella tenía turno dentro de tres días para ingresar—confesó el marido desesperado—. Si nace aquí, pudiera terminar todo muy mal. La muchacha gritaba del dolor.

En eso apareció tío Justo en el carro. Era un Studebaker más bien pequeño. Enseguida acomodaron a la embarazada, el marido delante. La abuela montó con ella detrás.

—Qué vengan las niñas conmigo, por si se presenta algo por el camino. Ya no tengo fuerzas para hacerme cargo de una cosa así—dijo la abuela. Tratamos de entrar, pero enseguida oímos al tío Justo.

—Solo puede subir una de las dos, porque no caben. Apúrense—dijo mientras cerraba la puerta y se disponía a meter el pie en el acelerador.

Nos miramos.

Todo ocurrió en un segundo.

Lisandra dio un paso hacia atrás. Yo no sé si fue por miedo, por duda… o porque esperaba que yo dijera algo.

La mujer volvió a gritar desde dentro del carro.

—Arranca, Justo, ¡arranca! —gritó el marido, fuera de sí.

La abuela se asomó por la ventanilla.

—¡Una de las dos, rápido!

Sentí que el tiempo se detenía.

Miré a mi hermana. Ella me miró a mí.

Y en aquella mirada hubo algo más que prisa. Hubo confianza. O tal vez temor.

No lo sé. Lo único cierto es que, en un abrir y cerrar de ojos, la puerta ya estaba cerrada.

El carro arrancó levantando polvo en el camino.

A mi lado, alguien dijo algo, pero no lo escuché.

Tenía el corazón desbocado. Y una sensación extraña que no supe nombrar en ese momento.

Como si las dos acabáramos de cruzar una línea invisible.

Capítulo 16

No paro de vomitar

Al final Justo se las arregló con aquel cacharro viejo y logró llegar a tiempo al hospital.

Enseguida le hicieron la cesárea y Ana María tuvo un bebé precioso. Los dos salieron bien.

Regresamos a casa por la noche. Ya era tardísimo. Pasé la madrugada llorando.

Me estaba muriendo de ansiedad y de tristeza. La abuela no paraba de preguntarme qué me pasaba y yo le respondía con evasivas. Sentía que Lisandra estaba más lejos de mí que de costumbre. Quizás se había disgustado porque no les perdí ni pies ni pisada en la finca, hasta el momento en que todo se nos salió de las manos. Pero yo tenía que protegerla.

Lo único bueno hasta aquel momento era que Pablo no había vuelto por la casa. Si es que eso era bueno.

Lily y yo jamás andábamos juntas en la escuela. Cada una tenía su grupo de amigos. A veces yo salía a pasear, o quedábamos con chicos y chicas de mi grupo y ella jamás me preguntaba nada. Ella tenía su mundo, dentro del cual estaba Pablo y yo tenía el mío.

Con la diferencia de que en mí nadie se había fijado. Y seguía sola todavía.

Habían pasado dos días de la excursión y él no había vuelto. Aquella tarde la abuela había comprado pasteles de guayaba. Era lo que más me gustaba en el mundo.

Un minuto antes de empezar a comerlos tuve que levantarme corriendo al baño a vomitar. Y durante los siguientes 3 días estuve igual. Vomitaba y en cuanto terminaba me entraba un hambre tan grande que tenía que comer.

Aquel día por la mañana, me acerqué a Lily y le pregunté por Pablo. Estábamos en la semana de receso escolar, y esa noche le tocaba venir a visitarla.

—Pablo está muy extraño. No sé qué le pasa. Me mandó a decir que no puede venir esta noche tampoco. Primera vez en todos estos meses que deja de visitarme y hoy será la segunda. Tal vez lo que quiere es romper conmigo.

—¿Han tenido algún problema? —quise saber.

—No, pero desde que regresamos de la excursión está rarísimo. Oye, y ¿a ti qué te pasa? Tú no has estado con ningún chico, ¿verdad? Si fuera eso, sabes que puedes confiar mí.

Aquella pregunta me sacudió por completo. Tuve que contenerme para no empezar a llorar otra vez.

— Ni loca. Yo jamás haría eso sin casarme—le dije tajante, tratando de contener una arcada que me estaba viniendo.

—Entonces vamos al médico. La abuela te lo está diciendo desde la primera vez que vomitaste.

—No, no es nada. Seguro que algo me cayó mal. Ya verás que se me pasa.

Aquella noche Pablo no vino. Al día siguiente yo seguía igual y la abuela me llamó a solas.

—He tratado de llevarte al médico y no has querido. Estás vomitando y enseguida te pones a comer—hizo una pausa mirándome a los ojos—¿Te ha venido la regla?

—Todavía no me toca.

—¿Dime Laura, has estado con un hombre?

—No abu, te lo juro—le contesté ya ahogada en llanto.

—Si no vas al médico, quiero que me dejes revisarte.

—¿Qué? —no podía dar crédito a aquello.

—Sí, lo que has oído. Si no has hecho nada, no tendrás inconveniente en que yo te mire. Solo necesito saber si sigues siendo virgen.

—Pero abu—supliqué—ya tengo 17 años. Ya no soy aquella niña a la que tú bañabas.

—Solo volveré a confiar en ti si vamos al médico o si me dejas mirarte ahí—sentenció, bastante agitada—. Cuando una mujer vomita y al instante tiene hambre es que está preñada.

No podía causarle un disgusto de ese calibre.

—Prepara lo que sea, que nos vamos al médico—le dije.

Aquello tenía que acabarse.

Capítulo 17

Nos vamos al médico

Al llegar al policlínico, la abuela subió a la planta alta a preguntar si la especialista en ginecología todavía estaba consultando. Lily y yo nos quedamos abajo. Poco rato después me indicó que subiera. Lisandra y yo quedamos esperando afuera y la abuela entró a hablar con la ginecóloga.

—Doctora, ante todo muchas gracias por atenderme sin turno. Necesito que me mire a la niña. Lleva tres días vomitando y después se pone a comer con tremenda hambre. Eso a mí me pasaba solamente cuando estaba embarazada. Además, quiero que le mire sus partes, saber si sigue siendo señorita todavía. Yo siempre he confiado en ella, pero la juventud hace muchas locuras, y quiero salir de dudas. Ya después usted me llama a mí sola y me lo dice.

Entonces entré. La doctora me examinó el abdomen. Me hizo varias preguntas. La enfermera me sacó sangre y tuve que orinar en un frasquito. Me pidió que saliera unos minutos mientras estaba el resultado.

Me volvieron a llamar. Me dijo que me desnudara de la cintura para abajo y que me acostara en una camilla con las piernas abiertas. Me daba mucha vergüenza aquello. La abuela esperaba afuera.

La doctora encendió una lámpara de pie con una bombilla muy potente. Se puso los guantes y examinó mis partes cuidadosamente.

—¿Te has caído recientemente montando bicicleta?

—No.

—¿Te has introducido algún objeto en la vagina, que te haya pinchado o cortado?

—No, para nada.

—¿Has tenido relaciones sexuales por primera vez hace pocos días? —me dijo, clavando sus ojos en los míos

Entonces empecé a llorar. La doctora se inclinó y me abrazó, fue muy cariñosa conmigo.

Después me pidió que me vistiera.

—Teniendo en cuenta que eres menor de edad—me dijo con tono grave—tengo que hablar con tu abuela. Ahora puedes salir.

Lisandra seguía afuera.

Mi corazón latía como un caballo desbocado. Me sentía sucia y culpable por todo aquello. Me senté junto a Lisandra y recosté mi cabeza junto a sus hombros, mientras me limpiaba las lágrimas. Ella quiso saber, pero le dije que en aquel momento no podía hablar.

Su mirada inocente me partía el alma. ¿Cómo podía haber estado tan engañada durante tanto tiempo?

La abuela ya había entrado.

Lo primero y lo más importante, su nieta no está embarazada—dijo la doctora—. Los vómitos son producto de una ingesta que se prolongó porque no le dio reposo al estómago y volvía a comer enseguida después de vomitar. En ese sentido no hay de qué preocuparse. Le he recetado unas medicinas y enseguida se pondrá bien.

—Muchas gracias doctora. No sabe el alivio que siento. ¿Le pudo mirar lo que le pedí?

—Sí. Al principio ella me dijo que no había tenido nunca relaciones sexuales. Tampoco ha sufrido caídas ni traumatismos. Sin embargo, al examinarla pude ver que tiene roto el himen.

—¿Qué? ¿Qué ya no es virgen, me está diciendo? —exclamó la abuela, llevándose las manos a la cabeza.

—Exactamente. Su himen está roto. En eso no hay ninguna duda.

—Hay Dios—dijo casi llorando—. Yo no me merezco esto.

—A ver, los tiempos ahora son diferentes. Hace unos años atrás eso hubiera sido una desgracia, pero ya la sociedad está tomando un nuevo camino en ese sentido, un camino más civilizado.

—Y ahora, ¿qué va a ser de la muchacha? Ningún hombre en su sano juicio se casará con ella deshonrada para siempre. Pobrecilla.

—Claro que sí se podrá casar y será muy feliz. Usted no se preocupe. Mire, le confieso un secreto, mi madre es como de su edad, más o menos. A mí me pasó lo mismo cuando era una jovencita. Cuando ella se enteró, por poco se vuelve loca. Y míreme aquí, felizmente casada y con dos niños.

—¿Usted cree doctora? —exclamó con una chispa de esperanza.

—No solo lo creo, estoy segura—le dijo, dándole una palmadita en el brazo.

La abuela salió de la consulta y fuimos tras ella, pero aquello no había hecho más que empezar.

Capítulo 18

El disgusto de la abuela

Abu no habló palabra durante el camino a casa. Al llegar nos pidió que entráramos las dos al cuarto con ella y cerró la puerta.

—No sé ni por dónde empezar… pero aquí nunca hemos tenido secretos. Así que voy al grano. Laura no está embarazada, pero debes saber que tu hermana ya no es señorita —, hizo una pausa y se le humedecieron los ojos.

Lisandra no sabía que decir.

—Ahora dos cosas. Lisandra, la primera es para ti.

Si ya te hicieron lo mismo también, quiero que me lo digas. Y si no me lo juras ahora mismo, entenderé que es un sí.

Lisandra me miró y titubeó un momento. Bajó la cabeza. No dijo nada.

—El que calla otorga, dice el refrán—dijo la abu suspirando.

En otra época les hubiera dado un par de chancletazos y las hubiera puesto de penitencia hasta que se acabará el curso, pero ya tengo muchos años y no quiero que me dé otro infarto. Lo único que quiero es que traten de no salir en estado solteras, que eso hace la vida muy difícil. Y no se hable más de eso en esta casa. Creo que en la farmacia venden unas gomitas para eso. Y créanme que jamás pensé decirles esto.

Ahora me voy a la bodega a buscar el pan, que mira la hora que es y no lo he traído. —dijo, levantándose y saliendo del cuarto.

Lisandra y yo no nos movimos. Seguíamos con la mirada en el suelo hasta que sentimos que se cerró la puerta. No podíamos hablar nada delante de la abuela. Ya era demasiado mayor para tantos disgustos.

Entonces ella empezó.

—Muchas gracias por confiar en mí ¿eh? —soltó irónicamente—. Te pregunté si lo habías hecho, y me dijiste que no.

—Es que tú no sabes nada. Y aunque no tienes ni idea, te voy a contar lo que pasó, pero tienes que prometerme que nada ni nadie en el mundo va a dañar nuestra relación de hermanas.

—Me estás asustando Laura. Ahora quiero saber quién fue—añadió preocupada, levantándose y poniéndose delante de mí —Fue hace pocos días, ¿verdad?

—Sí —asentí.

—Ay Dios mío —exclamó nerviosa—. Yo no he hecho nada, pero me callé delante de la abu, por solidaridad contigo.

—¡Qué alivio! —dije, poniéndome la mano en el pecho—. Siéntate, y prométeme que me vas a escuchar con tranquilidad.

Lisandra se sentó. Su cara reflejaba una mezcla de desconfianza y preocupación.

No sabía si estaba a punto de perder a mi hermana.

Y yo me preguntaba qué iba a pasar cuando supiera toda la verdad.

Capítulo 19

Lo que realmente sucedió

Lisandra no dejaba de mirarme a los ojos, mientras se aferraba a su osito de peluche.

Entonces empecé.

—Debes saber Lisandra que te voy a ser sincera, porque sabes que te quiero con toda mi alma y tú y la abuela son lo único importante para mí en esta vida. Tal vez mi error fue no decirte esto antes, pero yo estuve enamorada de Pablo.

—¿Qué? —exclamó apretando al peluche. La tensión iba haciendo presa de ella poco a poco.

—Sí, y créeme que lo siento. No fue culpa mía. Te juro que traté de evitarlo buscando un grupo diferente de amigos, no saliendo nunca con ustedes, no hablándole apenas. Pero todo fue en vano. Todo empezó un día que me confundió contigo en el aula y me dio un beso en la boca. Por supuesto que lo separé al momento y le aclaré que no eras tú, pero desde aquel día ya no pude sacármelo de la cabeza.

—Él nunca me dijo nada de eso, ni tú tampoco—dijo sin mirarme.

—Creímos que era mejor olvidar aquello. Había sido un accidente—le aclaré, tratando de mostrarme serena—. Te juro que yo lo evitaba. Hace poco vino buscándote. Tú habías salido y antes de que yo abriera la boca para hablar, me abrazó y me dio otro beso. Enseguida lo rechacé y le aclaré que no eras tú. Entonces se volvió a disculpar.

—¿Pasó algo más? —preguntó tratando de controlarse.

—Déjame seguir— le rogué—. Por encima de todo yo trataba de protegerte. De que él no se aprovechara de ti, que no se acostara contigo y después si te he visto no me acuerdo. Tú siempre soñaste con casarte vestida de blanco, yo no tanto. Por eso quería cuidarte para que no solo te casaras, sino que llegaras con la frente muy alta al altar y a la noche de bodas. Tú me entiendes.

—Y ¿cómo me protegías?

—Estando al tanto de lo que hablaban. A veces yo los escuchaba detrás de la pared del sofá.

—No puedo creer que nos espiaras—me dijo sin mirarme, mientras se frotaba una mano contra la otra.

—Fue de esa manera que supe que ustedes iban a hacerlo el sábado en la finca. Y traté de evitarlo a toda costa.

—Laura, quiero pensar que lo que me vas a decir es que estuviste con Frank, ese chico con el que tanto conversas, y que Pablo no tiene nada que ver en esto. Puedo entender que te enamoraras de él, con trabajo, pero puedo entenderlo, pero créeme que lo que nunca entendería es —vaciló un momento—, es eso que me da hasta miedo decir porque no respondo.

—No, no es como tú te imaginas. Y en relación a Frank, entre él yo no hay nada. A él le gustan los hombres.

No pudo evitar la sorpresa en su cara, porque nadie sabía eso en la escuela.

—Entonces acaba de soltar qué coño fue lo que pasó, porque estoy a punto de perder la paciencia.

—Sí, sí, te voy a contar todo—le dije temblando por dentro—. Te voy a contar lo que pasó y te juro por mi vida que no te voy a ocultar nada.

Cuando Ana María se puso de parto, tú te fuiste con la abuela y con ellos para el hospital.

Miré a lo lejos como se alejaba el carro. Y después regresé, rogando para que ni ella ni el niño tuvieran ningún problema.

Caminé despacio hasta los alrededores de la casa. Entonces vi a Pablo recostado, a la entrada del bohío.

—¿Todos se han ido? —me preguntó.

—Sí, todos —respondí mirando hacia el cielo. No quería mirarle a los ojos.

—Entonces somos los únicos en muchos kilómetros a la redonda —recalcó.

—Sí, sobre todo si tenemos en cuenta que en casa de Ana María no hay nadie tampoco.

—¿Qué vas a hacer ahora? —me preguntó con una sonrisa.

—Nada, voy a estar en la casa, hasta que regresen del hospital —y empecé a avanzar con cierta prisa.

—Te acompaño —insistió.

Cuando entramos a la casa, él se sentó en la sala, y yo seguí para el adentro.

Puso el televisor.

—Voy a estar en el cuarto hasta que viren —le dije despidiéndome.

Hasta aquel momento yo tenía claro que él sabía que eras tú la que se había ido con la abuela al hospital, aunque estábamos vestidas igual.

Entré y me puse a recoger las mochilas, de modo que cuando regresaran, pudiéramos irnos enseguida. Estaba doblando ropa cuando me sentí sudada. Cogí una toalla y me metí en la ducha. Al poco rato salí. Me puse una bata de casa, para estar cómoda hasta que nos fuéramos. Y seguí recogiendo.

Entonces lo vi en la puerta.

—¿No se te ha olvidado en lo que quedamos? —y volvió a sonreír.

Claro que como te dije, yo sabía en lo que ustedes habían quedado.

—¿De qué estás hablando? —le pregunté dejando la mochila ya con casi todo adentro, al lado de la cama.

Entonces vino hacia a mí, me agarró por la cintura y me besó en la boca.

—Vamos mi amor —me lo prometiste y mejor ocasión que esta no vamos a tener en la vida.

Él te había dicho que lo harían una vez y ya no te lo volvería a pedir hasta que se casaran. Dijo que lo olvidaría y no sacaría más ese tema. Yo quería que tú te casaras virgen, con un hombre bueno, y siempre pensé que él jamás se casaría contigo, porque no lo considero una buena persona.

—Acaba de soltarlo todo coño—, dijo mi hermana.

—Lily, yo estaba dispuesta a entregarme, para que no te lo pidiera más, pero me arrepentí en el último momento. .

—Laura, ¿tú crees que soy comemierda? —y tenía un brillo extraño en sus ojos—. ¿Estás tratando de convencerme de que para ti fue un sacrificio abrirle las patas a mi novio que además te gustaba? —y eso último me lo dijo gritándome.

—No fue así exactamente. Es verdad que me pasó por la cabeza la idea de entregarme a él para que te dejara tranquila y pudieras seguir tu vida como una chica decente y señorita. Si no se hubiera presentado el parto de la vecina, ustedes se habrían acostado esa tarde. Y solo tienes 17 años.

—Y tú también tienes 17 coño, que ni eres mayor que yo, ni eres mi madre—tenía la cara roja como el fuego—. Sí, es verdad que lo íbamos a hacer, pero es mi novio—las venas del cuello parecía que se le iban a salir—. Ya tengo 17 años Laura, no soy una niñita pequeña. Hace tiempo que soy una mujer, tengo un buen par de tetas y el bollo lleno de pelos hace mucho tiempo. Y yo también tengo ganas de templar. Sí quería dárselo ese era mi problema. No tenías que meterte.

—Cálmate y déjame terminar—le dije, poniéndole las manos en los hombros.

—¡No me toques, cojones! —gritó—, y me empujó. Caí de espaldas en la cama.

Lisandra respiró profundo y se volvió a sentar, mientras yo me incorporaba.

Como te decía, se acercó a mí, al lado de la cama. En aquel momento yo me arrepentí de lo que iba a hacer. Eres mi hermana y aquello estaba mal. No hubiera estado tranquila jamás si lo hubiera hecho.

Me agarró los dos brazos y con la otra mano me sujetó la cara.

—Que no soy Lily —le grité tratando de soltarme—. Soy Laura.

—Vamos, no me vengas ahora con eso —no me digas que tienes miedo.

—Soy Laura, te lo juro —le grité—. Lily se fue con la abuela.

— Sí y yo soy Robinson Crusoe, no me jodas—murmuró.

Logré soltarme, pero él se adelantó y cerró la puerta del cuarto.

—Por Dios Pablo, no me hagas daño. Yo soy Laura, te lo juro.

De ahí en adelante apenas volvió a hablar.

—Yo soy un hombre y si me calentaste toda la semana prometiéndome que hoy me lo darías, ahora me lo tienes que dar.

—Déjame y vete, por favor—chillé lo más alto que puede—. Soy Lauraaaaaaaaaa…

Me empujó a la cama. Luché porque aquello no pasara. Mira—le dije a Lisandra desabrochándome la blusa—todos estos moretones son golpes que me dio cuando me negué a estar con él.

Al verlos, Lisandra se detuvo en seco.

—¿Eso te lo hizo él? —preguntó, ya con otro tono.

—Sí. Entonces me subió la bata y me bajó el blúmer. Yo seguía luchando por zafarme, pero él está fuerte. Me dio dos bofetadas con toda su fuerza. Yo le arañé todo el pecho y la barriga. Puedes comprobarlo. Entonces me apretó el cuello. Cuando sentí que no podía respirar, me quedé tranquila, porque me iba a matar.

—Ahora te quedas quietecita y me abres bien las patas ¿Entendido? —me dijo, echándome los muslos con fuerza hacia los lados.

—Traté de resistirme otra vez, pero él volvió a apretarme el cuello y sentí que me ahogaba. Entonces me rendí. Él se bajó el pantalón y se colocó entre mis piernas. Enseguida sentí un dolor terrible. Grité muchísimo, no solo en aquel momento, grité todo el tiempo desde que él empezó a agredirme, pero no había nadie en los alrededores.

Poco después se quitó de encima, se subió el pantalón y se volvió a la sala.

Me limpié con un pañuelo y me fui al baño temblando. Me duché otra vez. Me ardía muchísimo. No sé cuánto tiempo estuve debajo de la ducha.

Regresé a la cama. Había manchas de sangre. Quité la sábana y la metí en el cesto de la ropa sucia. Tendí la cama y me acosté a llorar. Él no volvió por el cuarto.

Después regresaron ustedes. Les mentí diciendo que lloraba del dolor de ovarios tan grande que tenía. Entonces nos fuimos.

Y por eso no he parado de vomitar en toda la semana.

Lily me escuchaba con atención.

Entonces llegó la abuela, y las dos teníamos claro que no podíamos darle ni un disgusto más.

Capítulo 20

En busca de la verdad

Tan pronto como terminamos de hablar Lisandra fue a ver a Pablo. Y yo no tenía ni idea de lo que iba a hacer cuando se encontrara con él.

La verdad es que, aunque le dije toda la verdad, yo podría haber estado mintiéndole. Ella tenía que tener muy claro todo, porque de ello podría depender nuestra relación como hermanas. Y lo mejor que se le ocurrió fue hacerse pasar por mí.

—Buenos días. ¿Qué es de tu vida? —le dijo mirándole a los ojos.

—Hola Lily—y se inclinó para darle un beso, pero lo esquivó—. Hace días que no he podido ir a visitarte. ¿Qué haces aquí?

—Necesito hablar contigo. Y soy Laura—mintió—. No me sigas confundiendo.

—¿Laura? —, vaciló un instante—. ¿Qué quieres? —me dijo mientras acomodaba unas bolsas que llevaba en la mano.

—¿Por qué me violaste en la finca? —le solté de pronto.

—¿Qué dices? —reaccionó al instante—. Esa es una palabra muy fuerte.

Se quedó pensativo. Él no podía mirarle a los ojos.

—Respóndeme lo que te estoy preguntando.

—Tu hermana me había prometido estar conmigo. Cuando nos quedamos solos, pensé que eras ella. Creo que te lo dije.

—Pero yo te dije que era Laura. Y te lo dije varias veces. Y te dije que no quería. ¿Es que no entiendes el español? —quise aclarar.

—Ya, pero pensé que era Lisandra, y que había cogido miedo. Yo tenía muchas ganas y no estaba dispuesto a perder aquella oportunidad.

—Me hiciste daño. Te pedí que pararas y no te importó.

—Si te hubieras portado bien no te hubiera dolido, pero querías irte y te pusiste majadera. Solo te controlé para que no te fueras.

—Y me cogiste por el cuello. Sentí que me ahogabas.

—Lo único que quería era que te calmaras. Tú estabas hecha una fiera. Mira cómo me pusiste a arañazos—y se abrió la camisa.

—Nunca pensé que fueras capaz de hacer algo así.

—Te digo lo mismo, pensé que eras Lily.

—Lo cual quiere decir que a ella la hubieras forzado también.

—Ella quería. Ya la tenía convencida. Ya no podía decirme que no. Con un hombre no se juega.

—Dime qué hago yo ahora. No solo me desvirgaste, también me echaste “eso” adentro.

—Nada. Muchas chicas lo hacen y el mundo no se acaba por eso. Y si por casualidad te quedaste preñada, ya sabes que eso en Cuba tiene fácil solución.

—Pero yo no quería hacerlo. Tú me violaste—le dije alzando la voz.

—Sí, ¿y qué? ¿qué coño vas a hacer? Nadie te va a creer que tuve que cogértelo a la fuerza. Ay…la niña se queda sola con su novio en un cuarto y ahora se queja porque se la metió. Nadie Laura, nadie en el mundo te va creer que tuve que meterte una cañona para que abrieras las piernas, porque te acobardaste. Y me da igual si dices que no eras Lily. Con un hombre no se juega, coño.

—Esto no se va a quedar así.

—No pude aguantarme. Lo siento—, me dijo en tono de burla—. Oye, por cierto, mira a ver lo que tú le dices a Lily. Si le cuentas algo, le voy a decir que tú te me insinuaste.

—¿Que qué le digo a Lily? No hace falta que le diga nada, porque yo soy Lily, imbécil—le dije dándole una bofetada y escupiéndole la cara—, y te vamos a denunciar hoy mismo.

Me levantó la mano, pero no se atrevió a bajarla. Estábamos en el medio de la calle. Se limpió la cara, dijo una mala palabra y se fue.

Entonces regresé y abracé a mi hermana. Lloramos durante largo rato.

Capítulo 21

El juicio

Nuestra mayor preocupación era la abuela. Solo teníamos 17 años y en la policía no admitían denuncias de menores sin un familiar que lo acompañara. Si no le decíamos nada y ella un día se enteraba, no nos lo iba a perdonar nunca. Finalmente decidimos decírselo de la manera más tranquila posible. Gracias a Dios no le pasó nada.

Llegamos a la estación y nos recibió un policía con cara de pocos amigos y con un uniforme azul desgastado y sucio. Cuando le dijimos a lo que íbamos, nos hizo pasar a un cuartico, con otro guardia que al parecer era su jefe y tenía peor aspecto aún.

La denuncia fue recogida. Anotaron mi caso y al día siguiente nos avisaron de que se haría un juicio popular, que tendría lugar una semana después. Algo muy de moda en aquellos años. Solo había tiempo para que cada parte nombrara un abogado. No teníamos dinero para el nuestro y el estado nos nombró una representante de oficio.

Aun así, no sería fácil convencer al jurado, compuesto en su totalidad por hombres, todos militares.

Fue entonces que supimos que el padre de Pablo era un teniente coronel de la Seguridad del Estado. Su sola presencia amedrentó a todos cuando se presentó en el juicio, bajándose de un jeep militar con escolta. El abogado de su hijo era un miembro de la élite del gobierno.

Sería muy difícil ganar aquel juicio. Imposible tal vez.

La sala del tribunal estaba envuelta en una solemnidad que imponía silencio incluso antes de que alguien hablara. Los bancos de madera, alineados con rigidez, crujían suavemente bajo el peso de los asistentes, mientras un murmullo contenido recorría el aire, como si nadie se atreviera a alzar la voz del todo. Al fondo, ligeramente elevada, se encontraba la mesa del juez, sobria y dominante, con el escudo y la bandera cubana presidiendo la pared detrás de ella. A un lado, los abogados organizaban papeles con gestos medidos, y al otro, el asiento del acusado, donde estaba sentado Pablo, sin mirarnos.

Las posibilidades de ganar eran prácticamente nulas.

Después de las respectivas comprobaciones, nos devolvieron los carnés de identidad a todos y el juicio dio comienzo.

La secretaria de la sala leyó el acta de la acusación:

Se acusa al ciudadano Pablo Díaz M. de violar a la ciudadana Laura G. A, menor de 18 años. Los hechos ocurrieron el día 3 del presente mes, en la finca ­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­———————-, en la barriada llamada La Cachimba, perteneciente al municipio de Güira de Melena…

—¿Se reafirman en su declaración? —preguntó, mirándonos a las tres.

—Sí—respondimos al unísono.

La secretaria se sentó y el juez tomó la palabra, pidiendo al fiscal que comenzara su alegato seguido por su turno de preguntas. Llamaron a Pablo, el cual se sentó en el banquillo, listo para responder.

—¿Cómo se declara usted respecto a la acusación antes mencionada?

—Inocente.

—¿Es cierto que usted acompañó a la familia G. a una excursión a la finca antes mencionada, en la fecha mencionada?

—Sí.

—Puede decirnos el nombre de la joven que era su novia en el momento de los hechos.

—Se llama Lisandra—dijo señalando a nuestro banco.

—¿Es cierto que al quedarse solos en la finca usted agredió sexualmente a su hermana, llegando incluso a la penetración?

—No. No es cierto. No fue una agresión. Fue de mutuo acuerdo.

—¿Entonces, puede explicarnos los hechos? —le preguntó el letrado.

—Yo había quedado con Lisandra, que era mi novia. Ella me había prometido tener relaciones aquel día. Todos tuvieron que irse por una urgencia que se presentó con una vecina que se puso de parto. Yo creía que Lisandra era la que se había quedado, y nos fuimos a la cama. Nunca sospeché lo contrario porque ella nunca me dijo que no era Lisandra, sino su hermana.

—Objeción, señoría—dijo nuestra abogada—. El acusado está distorsionando los hechos.

—Denegada. Espere a que termine el interrogatorio de la fiscalía. El fiscal debe proseguir.

—¿En algún momento la señorita Laura, que usted creyó que era Lisandra opuso resistencia?

—No. En ningún momento.

—¿Le golpeó o maltrató usted antes, durante o después de la relación sexual? —preguntó de nuevo el representante de la fiscalía.

—No. De ninguna manera.

—No hay más preguntas señoría—dijo el fiscal, mientras se retiraba a su asiento.

Aquello iba mal. Cada respuesta de Pablo parecía encajar con lo que el tribunal quería oír. Sentí que el suelo se me abría bajo los pies. Si el fiscal que es quien representa la acusación del estado, continuaba con aquel interrogatorio tan superficial, no habría dudas de que Pablo saldría absuelto.

Nuestra única esperanza era la abogada que nos habían asignado, pero no descartamos la posibilidad de que también tuviera que plegarse, pese a la simpatía inicial que nos había demostrado.

Qué pase la abogada representante de la ciudadana Laura G., para interrogarla—, anunció la secretaria.

La joven se acercó con paso firme al estrado. El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a explotar.

Una vez allí, se dirigió a mí.

—¿Le dijo usted en algún momento al acusado que era Laura y no su hermana?

—Sí, se lo dije. Varias veces.

—¿Dónde se encontraba usted en el momento en que fue agredida?

—Estaba en el cuarto, junto a la cama, ordenando mi ropa, porque había acabado de ducharme y quería tener todo listo para irnos en cuanto regresaran.

—¿Estaba usted vestida?

—Sí, por supuesto.

—¿Qué hizo Pablo exactamente?

—Ignoró lo que le dije y se abalanzó sobre mí. Me golpeó, me apretó el cuello hasta dejarme sin aire, me sacó la ropa interior y me violó.

—¿Trató usted de defenderse? —preguntó.

—Sí, lo arañé y le dejé varias marcas en la barriga.

La abogada se dirigió a Pablo.

—¿Puede usted mostrar su abdomen a la sala?

—Objeción señoría—. No es el turno del interrogatorio de mi defendido.

—Aceptada. Se hará cuando llegue su turno—dijo el juez enérgicamente—. Continúe.

—Después de ser agredida, ¿qué hizo usted?

Todo mi cuerpo temblaba recordando aquel momento.

—Me duché, durante mucho tiempo. Después regresé al cuarto y cambié la sábana, porque tenía una mancha de sangre. Entonces me quedé llorando hasta que regresó mi familia. Les dije que no me encontraba bien, que tenía un fuerte dolor de ovarios y nos fuimos enseguida.

—¿Por qué no les contó la verdad?

—Por temor a la delicada salud de la abuela, y por no involucrar a mi tío. Se habría formado un escándalo terrible.

—¿Cuál fue la reacción de Pablo cuando decidieron irse?

—Se comportó como si no hubiera pasado nada. Estuvo todo el tiempo con Lisandra, que lógicamente no sabía nada de lo ocurrido, hasta que llegamos a Bauta. Entonces siguió para su casa. Después no volvió en toda la semana.

No hay más preguntas señoría— dijo, retirándose a su asiento.

La defensa del ciudadano Pablo D interrogará a la ciudadana Laura G.

Era un momento muy tenso y yo estaba muy nerviosa. Aquello podía ser el fin.

Se acercó con una carpeta en su mano.

—¿Es cierto que hace pocos meses, se dejó usted besar por mi defendido, en un aula de la escuela, cuando él la confundió con su hermana?

—Sí, pero lo rechacé enseguida y le aclaré que no era yo.

—Limítese a responder sí o no—enfatizó.

—¿Es cierto que hace muy poco, se volvió a dejar besar por él en su propia casa?

—Sí, pero fue otra confusión. Y lo volví a rechazar.

—Cuando estaban solos en la finca, ¿por qué se duchó usted y después se metió en el cuarto, junto a la cama? ¿No le parece esto una clara provocación al novio de su hermana?

—Objeción señoría—dijo mi abogada—. Se está manipulando la situación a favor del acusado.

—Denegada—. Prosiga usted.

—Cuando terminó la supuesta agresión, usted no salió corriendo a pedir auxilio. Lo que hizo fue ducharse y cambiar las sábanas. ¿No puede interpretarse eso como que quería borrar toda huella de su relación con Pablo, y sobre todo que su hermana no se enterara de lo que allí había pasado?

Empecé a llorar.

—Protesto—exclamó la letrada de mi defensa. Está intimidando a mi cliente.

—Denegada—dijo el juez—. El abogado está haciendo su trabajo y no puede dejarse guiar por los vaivenes emocionales de la interrogada.

—No hay más preguntas. Y se volvió a su sitio.

Yo estaba tratando de controlarme. Aquello no pintaba bien. En la primera fila del público estaba sentado el padre del hombre que me había violado. Su uniforme militar y sus grados no solo intimidaban al jurado, sino a toda la sala.

La letrada interrogará al acusado. La cara de Pablo reflejaba optimismo. El juicio iba bien para él.

—Cuando se acercó a mi defendida, que recogía su ropa junto a la cama, ¿qué hizo usted exactamente?

—La abracé pensando que era mi novia.

—¿Ella lo rechazó?

—No, seguimos besándonos, caímos en la cama y lo hicimos.

—De modo que mi defendida estuvo de acuerdo. Entonces explíqueme por qué le arañó, tratando de defenderse. Por favor, súbase su camiseta.

Pablo vaciló un momento. Al final lo hizo.

—Tiene usted el abdomen y el pecho lleno de arañazos—recalcó ante lo que todos veíamos.

—Protesto—gritó su abogado—. Hay mujeres que les gusta arañar durante el acto sexual. Eso no prueba nada.

Mi abogada se acercó a mí, me indicó que me levantara y me pidió que enseñara el abdomen.

—¿Y qué puede decirme de estos moretones y arañazos que tiene mi defendida? —preguntó.

—Ya le he dicho que hay mujeres muy apasionadas y salvajes, a las cuales les gusta que le hagan cosas así.

—Señoría, la sangre encontrada en la sábana pertenece a mi clienta, la cual era virgen el día que fue agredida. Y también había restos de semen. ¿Le parece que una chica que va a su primera vez, no sabiendo exactamente lo que va a pasar, se comporte con este nivel de salvajismo? Donde usted ve a una ninfómana desatada, yo veo a una joven inocente tratando de defenderse, mientras está siendo agredida salvajemente.

—¿Puedo hacer una pregunta a mi defendido? —preguntó la defensa del acusado al juez.

—Proceda—dijo el magistrado—, pero sea breve, porque la abogada está en su turno de preguntas.

—¿Puede usted asegurar que la hermana de su novia, que usted siempre creyó que era su novia, no había estado con alguien más antes de usted?

—No puedo asegurarlo. Yo me había cortado con un cuchillo, pelando unos mangos y me lastimé y por eso la sábana quedó manchada.

—Con la venia señoría. Yo sí puedo asegurarlo—dijo la abogada. Pedimos un informe a la doctora que la examinó y la ruptura del himen coincide con el día de la relación. También la sangre con la de ella. Y se encontró semen del acusado sobre la sábana.

—Aun así, eso no prueba que la relación fuera forzada—aclaró el abogado de la defensa.

Yo le hacía señas a mi abogada, pera que viniera a donde yo estaba. Al final ella entendió que yo quería decir algo.

—Solicito un receso de cinco minutos antes de llamar a la hermana de mi defendida al estrado, en calidad de testigo —dijo dirigiéndose al juez.

—Se le concede—respondió con cara de pocos amigos.

La jurista se acercó a Lisandra y le dijo algo al oído, mientras ella le entregaba una pequeña caja. La sala hacía silencio.

El juicio se reanudó.

—Deseo presentar una prueba, que en mi opinión es fundamental y concluyente—insistió nuestra representante legal.

—Adelante.

Lisandra pasó al estrado.

—¿Habló usted con su novio, cuando se enteró de que había agredido a su hermana?

—Sí.

—¿Puede usted decirnos lo que conversaron? —le instó.

—Sí, pero quiero decir que grabé toda la conversación y la tengo en este casete.

—¿Nos permite escucharla ahora, su señoría?

—Protesto—chilló el abogado—. No teníamos constancia de esa prueba.

—Denegada la protesta—respondió el juez contrariado por la sorpresa—. Proceda con la grabación.

La abogada tomó de manos de Lisandra el casete y lo introdujo en la pequeñísima grabadora de bolsillo que ella también había traído consigo. Entonces apretó la tecla de aquel pequeño dispositivo que mi tío nos había dejado cuando se fue para los Estados Unidos.

El silencio era absoluto.

Toda la sala escuchó las palabras de Lisandra y Pablo.

“—Pero yo no quería hacerlo. Tú me violaste.

—Sí, ¿y qué? ¿qué coño vas a hacer? Nadie te va a creer que tuve que cogértelo a la fuerza. Ay…la niña se queda sola con su novio en un cuarto y ahora se queja porque se la metió. Nadie Laura, nadie en el mundo te va creer que tuve que meterte una cañona para que abrieras las piernas, porque te acobardaste. Y me da igual si dices que no eras Lily. Con un hombre no se juega, coño.

—No hay más preguntas señoría—y la chica volvió a su sitio, arreglándose la toga.

Los asistentes se miraban unos a otros y hacían comentarios. El murmullo se estaba convirtiendo en algarabía.

—¡Silencio o mando a desalojar la sala! —dijo el máximo representante de la ley en aquel recinto.

El jurado deliberará y dictaremos la sentencia, la cual se hará firme y sin derecho a apelación, cuando se haya leído en su totalidad.

Media hora después se escuchó:

Este tribunal ha determinado que el ciudadano Pablo D ____, mayor de edad, ha sido encontrado culpable. Teniendo en cuenta una serie de atenuantes, los cuales se han aplicado a este caso, se condena al acusado a cinco años de privación de libertad.

Se levanta la sesión.

No supe si alegrarme o llorar. Solo sentí que, por primera vez en días, podía respirar. Poco a poco todos abandonamos la sala, mientras dos guardias se llevaban esposado a Pablo.

Al fin respiramos tranquilas.

Capítulo 22

El final

Y aquí termina esta historia.

Han pasado muchos años desde todo aquello, aunque hay cosas que el tiempo no borra del todo.

Un año después del juicio terminamos el bachillerato. Las dos pedimos la carrera de Medicina. Era nuestro sueño desde niñas. Nunca nos la otorgaron. Dijeron que no teníamos suficiente nivel de compromiso con la Revolución, y que además manteníamos correspondencia con un familiar en los Estados Unidos.

Aquello nos dolió, pero no nos sorprendió.

La abuela murió poco después de cumplir los 80 años. Fue uno de los golpes más duros de nuestras vidas. Con ella se fue una parte de todo lo que éramos.

Poco tiempo después murió el tío Justo.

Una noche, sin mirar atrás, nos subimos a una lancha con unos amigos. El mar estaba oscuro y parecía infinito. Recuerdo que en medio de aquella travesía pensé que, si sobrevivíamos, nada en la vida volvería a asustarme.

Llegamos a los cayos de la Florida. Después, a Miami.

Nuestro tío nos abrió las puertas de su casa y, poco a poco, fuimos reconstruyendo nuestras vidas.

Hoy, Lisandra y yo seguimos juntas. Cada una con su familia, con hijos y hasta nietos. A veces, cuando nos miramos, no hace falta decir nada. Sabemos todo lo que hemos pasado. Al final, lo único que de verdad sobrevivió a todo, fuimos nosotras.

Jamás volvimos a Cuba.

Y aunque la vida nos llevó lejos, hay algo que nunca hemos dejado atrás, nuestro mayor deseo, como el de tantos otros cubanos, que llegue ese día en que nuestra querida tierra sea libre.

Fin

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