Lo conocí cuando tenía cinco años y hoy tengo veintiuno. Durante gran parte de mi vida estuvo presente de una u otra forma, y durante tres años y siete meses compartimos una relación que me dejó recuerdos que siempre llevaré conmigo. Fue una persona que me apoyó, me cuidó y me hizo sentir amada a través de sus palabras, pero sobre todo a través de sus acciones.
Con el tiempo he comprendido que muchas de las cosas que hacía por mí eran una forma de demostrarme amor. Siempre estuvo dispuesto a ayudarme, a escucharme y a acompañarme. Y aunque hubo momentos en los que sentí que algunas necesidades no estaban siendo satisfechas, hoy sé que eso nunca significó que él no me amara. Al contrario, puedo reconocer que gran parte de su amor estaba presente en los pequeños detalles, en su preocupación por mí y en todo aquello que hacía para verme bien.
Terminé contigo no porque no te amara, ni porque no me sintiera amada. Te amé profundamente y sé que tú también me amaste. Lo hice porque sentía que nos estábamos perdiendo a nosotros mismos. Habíamos entrado en una dinámica donde los mismos problemas se repetían una y otra vez, generando desgaste y dolor para ambos.
Hay algo que todavía me duele, y es pensar que quizás nunca te hice saber lo suficiente cuánto apreciaba tu amor. No quisiera que cargaras con la idea de que no fuiste suficiente para mí, porque nunca fue así. Fuiste una persona valiosa, importante y profundamente amada.
Hoy no me duele haber amado; me duele no haber sabido demostrar con la misma claridad cuánto valoraba el amor que recibía. Me duele pensar que quizá no te dije suficientes veces lo feliz que me hacías, lo agradecida que estaba por tenerte en mi vida y lo mucho que significaban para mí todas aquellas cosas que hacías por amor.
Ha pasado un mes y diez días desde que nos despedimos, y no ha sido fácil. He llorado, te he extrañado y muchas veces me he preguntado si las cosas pudieron ser diferentes. Hay días en los que recuerdo nuestros momentos juntos y me duele pensar que ya no compartimos esas conversaciones, esas risas y esa complicidad que tanto disfrutábamos.
Aun así, también he comprendido que amar a alguien no siempre es suficiente para sostener una relación. También se necesitan herramientas, comprensión, comunicación y la capacidad de resolver aquello que nos lastima. Nosotros lo intentamos, pero llegamos a un punto donde continuar nos estaba haciendo daño.
No vivimos esperando volver. Dejamos que sea la vida y Dios quienes nos pongan donde debemos estar. Si algún día nuestros caminos vuelven a encontrarse, este tiempo habrá servido para enseñarnos y ayudarnos a crecer. Y si no sucede, siempre agradeceré lo que vivimos, porque nuestro amor fue real, fue sincero y dejó una huella que siempre llevará un lugar importante en mi corazón.
Por eso, a quienes están pasando por una ruptura, quiero decirles que sí se puede seguir adelante. Duele, y duele mucho, pero se puede. Permítanse sentir cada emoción, pero no se queden atrapados en ella. Salgan, compartan con quienes los quieren, descubran nuevas experiencias y sigan construyendo su vida.
Porque aunque algunas historias no duren para siempre, eso no significa que no hayan valido la pena. Hay amores que, incluso cuando terminan, siguen enseñándonos, transformándonos y acompañándonos de alguna manera para el resto de nuestras vidas.
P’A
OPINIONES Y COMENTARIOS