Solamente a un arquitecto pelotudo o a un pintor imbécil se le ocurriría arrancar los clavos de una pared donde alguna vez colgaron cuadros sin preguntarle antes al dueño si piensa volver a ponerlos.

Hay una soberbia peculiar en quienes creen que una pared vacía es más importante que la memoria que sostiene.

Los agujeros no son simples marcas en el revoque: son las cicatrices de una elección, el lugar preciso donde alguien decidió que una imagen, un recuerdo o una emoción merecían permanecer. Borrarlos sin consultar es una forma menor, pero no menos irritante, de vandalismo.

Ignorar que esos modestos hierros señalaban antiguas presencias, que cada cuadro ocupaba un lugar preciso en el orden secreto de una vida. El vacío que dejan no es una mejora: es una forma de olvido.

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