La cordura del olvido

La cordura del olvido

Elena S. Nogué

03/07/2026

La NASA encuentra un mundo a una distancia de cien años luz, completamente sumergido en agua. Está claro que alguien podría estar viéndonos desde lejos, muchísimo tiempo después de habernos autodestruido.

¿Pero y si te miro a ti? Te estoy viendo como eras hace unos 3,3 nanosegundos. De hecho, la mente procesará la imagen como en un cuarto de segundo, así que: nunca te voy a ver en tu estricto presente. Y esa era la sensación que tenía contigo, como si todo lo que dijeras e hicieses estuviese ya sellado en algún lugar; como si nada de lo que yo pudiera hacer fuese a cambiar algo.

Pienso en las distancias desde que nací, más allá de lo corpóreo. No iba a ser menos en mi viaje de regreso París-Barcelona. Sobre las siete de la tarde el tren anunciaba mi llegada. Me esperabas en l’estació de Sants y nos fuimos a comer algo a un pequeño bistró de los alrededores, la Mesa errante. Nos sentamos junto a la ventana y tú pediste unos huevos rotos y unas croquetas de jamón ibérico. Me miraste y le dijiste al camarero:

—Ella no tiene hambre, tomará un helado de caramelo salado y un café solo.

—Sabes que prefiero pedir yo misma —respondí.

—¿Tenías hambre acaso? —me preguntaste.

Me mirabas como si ya no fuera capaz de sorprenderte, pero no por la complicidad de nuestra vida en común, sino con algún tipo de resignación que entonces no comprendí.

—Tengo que contarte algo —me dijiste, mientras le dabas vueltas al pimentero buscando la ilusión de tenerlo como aliado.

—Ya estás tardando —contesté yo.

Me contaste que habías vivido esa tarde una y mil veces. Que sabías que la noche acabaría conmigo levantándome de la mesa y marchándome enfadada. Y que tú te quedarías allí sentado, acabándote las croquetas. Que primero, iría al baño tratando de calmar la situación. Y que, por el camino, a la chica del jersey verde se le cruzaría una mosca que la asustaría y haría caer su café; manchándome al pasar el tejano gris claro que tanto te gustaba.

Me confesaste que al principio había sido incluso distraído: si tratábamos de pedir algo distinto, resulta que no quedaba, o el camarero se confundía y nos hacíamos con un cheque regalo para la próxima cena, por las molestias. Así que, cualquier intento de cambio sustancial era en vano, y todo aquello tiraba de ti hacia una fosa profunda de la cual no pensabas salir con vida.

A continuación te dije: “de acuerdo, ahora nos vamos a levantar y vamos a salir por esa puerta: juntos”. Tus ojos sin parpadear y tu cara de alabastro me decían que no podíamos hacerlo.

Pagamos y salimos. Te cogí de la mano y avancé decidida hacia el coche. Mirabas a tu alrededor temiendo ver desaparecer algún árbol, edificio o persona. “No ha pasado nada, ¿lo ves?”.

Entonces, vinieron unos días en los que te conocí de nuevo por primera vez. De hecho, le siguieron otros llenos de primeras veces.

Como cuando tratando de llegar a tiempo a aquel festival nos equivocamos de salida y, de pronto, paraste el coche y te comenzaste a reír a carcajadas. Yo echándote la bronca y tú, desternillándote.

—¿Qué te pasa?

—Que no sé dónde estamos, ¿no es maravilloso? —dijiste.

—Maravilloso va a ser estar atrás de todo en un concierto para el que hemos pagado un pastizal.

O como cuando nos apuntamos a un curso de submarinismo y un enorme banco de sardinas plateadas hiperveloces te rodeó; saliste diciendo que nunca más. O como cuando te dejaste enseñar a jugar al ajedrez, pero se te llevaban los demonios cada vez que perdías una pieza. Al menos, habías salido de tu letargo.

—¡Es asombroso para mí no saber lo que va a pasar! —exclamaste.

Desde que te encontré, cual ser sobrenatural que hubiera vivido trescientos años, sabías que aquella gripe no te iba a matar, que aquel niño no iba a ser atropellado. Me mandabas tirar el melocotón antes de que pudiera abrirlo y descubrir un gusano en su interior. Me invitabas a esperar cinco minutos antes de salir, para no coincidir con el vecino del sexto que me incomodaba en el ascensor.

Me quedé en silencio, observándote, rememorando aquel día en el bar; cuando fijabas la mirada en las copas boca abajo junto al JB de la estantería, en lugar de hacerlo en mí. A decir verdad, incluso creyendo que era la culpable de tu apatía, estuve a punto de dejarte. Sin embargo, quizás solo nos faltaba sincronizar nuestra velocidad, entender que una estrella la vemos al lado de otra, aunque no lo está.

Curioso que siempre fuera yo la que quisiese predecir un futuro planeado, en el que cualquier desencadenante fuese mi responsabilidad. Pero como decía Nick Cave “todos estamos ahí para sostener el cielo”, a lo que debo añadir que hay días en los que muchos bajaron los brazos.

Un par de meses después pasé por delante del bistró. Me sentí tentada a entrar, no lo hice. En lugar de eso, me fui a casa, cambié mi ropa de calle por el pantalón ligero de mi pijama a rayas y una camiseta. Me eché en el sofá abrazada al cojín de terciopelo azul y mi perra, Duna, me acompañó. Le dije “no ladres”, acto seguido soltó un par de ladridos, seguro que escuchó maullar al gato del quinto, pensé; luego el sueño me venció.

Al despertar, miré desubicada a mi alrededor, me encontraba en el tren de regreso París-Barcelona. El traqueteo sobre las vías me resultaba familiar, ese olor metálico. No recordaba haberme puesto la blusa blanca ni el tejano gris. El revisor unos metros atrás tardaba en llegar a mi asiento, hablaba con un par de chicas, una de ellas no encontraba su billete. No sé cómo, pero sabía que se le había caído en el baño. Y dos asientos más adelante, aquel hombre, dormido con un libro sobre el pecho, “La invención de Morel”. No alcanzaba a leer cuál era, pero cuando minutos más tarde se me acercó dirigiéndose al vagón restaurante, lo verifiqué; se me erizó la piel.

Bajé del tren, algo temblorosa. Me esperabas para comer algo en el lugar de siempre, aguantando aquella pared, no fuera a ser que se derrumbara. Una mosca se cruzó conmigo al entrar. Pedí helado de caramelo salado y un café solo. Y para ti, huevos rotos y unas croquetas de jamón…

—¿Estás bien? —me preguntaste.

Tan solo te sostuve la mirada, y no insististe. Tras la cena, salimos al tiempo que una especie de rayo cincelaba la oscuridad por encima de nuestras cabezas. Está claro que alguien podría estar viéndonos desde lejos, muchísimo tiempo después de habernos autodestruido.

—¿Confías en mí? Esta vez no vamos a darle tiempo al sensor de que los haces de luz converjan. Saldremos de su enfoque.

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