Cuentan los historiadores que los antiguos dioses levantaron poco a poco sus cabezas dormidas por los siglos; y escuchar a los historiadores es una aventura muy instructiva. Sin ellos nuestros recuerdos de los acontecimientos del planeta quedarían al arbitrio de las especulaciones. Pero el bostezo de estas deidades no se escuchó claro. Los humanos, en sus asuntos cotidianos, prestan poca atención a las murmuraciones del mundo, o quizás sea que fabrican sus propios ruidos. Las ciudades mantuvieron su ritmo de siempre.

Pero Crono trató de forzar las eras. Los dioses caídos despertaron.

Fue un “susto mundial”, y los cronistas culparon al eco de los templos en ruinas. Allí empezó todo: el viejo politeísmo helénico reclamó su trono. Pero eran patrones condenados. El olvido los había deformado; algunos lograban volar con las fuerzas de la soberbia y otros apenas recordaban la forma de lo divino. Eran sombras hambrientas de poder.

Entonces trazaron un plan: destruir los sentidos. Borrar la capacidad humana de reconocer lo sagrado en lo cotidiano y lanzar rayos a las certezas. Pretendían que la humanidad despertara sin recordar por qué amaba, condenada a repetir rutinas. Cada duda humana sería un ladrillo en su nuevo reino.

Pero los dioses tienen fecha de caducidad y la historia no camina hacia atrás. Al descender a las ciudades, las caducas deidades se estrellaron contra un muro invisible: la absoluta indiferencia de los hombres. Su magia ancestral no pudo competir con la modernidad; interpolar siglos caducos es como arar en el mar. La capacidad de imaginar había cambiado. Comprendieron que, mientras la imaginación existiera, los humanos siempre inventarían nuevas fuerzas que los reemplazarían.

Derrotados por el desdén, se regresaron a habitar los libros. La humanidad siguió su curso y las escuelas continuaron enseñando mitología. Mientras tanto, los dioses modernos, ocultos en los circuitos y en los libros sagrados, se estremecieron.

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