Ratas de laboratorio

La compuerta emite un sonido mecánico y se abre en cuanto la mano de Astra toca el acceso biométrico. Percibo una ligera ventisca en el rostro. Apenas es perceptible, se parece al susurro de una advertencia silbante que se dispersa por el aire.

Astra y yo intercambiamos miradas de perplejidad, ninguno de los dos sabe con seguridad lo que está sucediendo; sin embargo, la curiosidad y el hambre ferviente por obtener respuestas a preguntas ramificadas es mayor que nuestro miedo.

Por la misma razón es que no dudo en arrastrar a uno de los hombres hacia el interior de la cámara y mi compañera toma la misma decisión. Sentirlo, mirarlo inconsciente entre mis brazos por obra mía me parece aún irreal. Aunque todo ensimismamiento temporal se escabulle por mis labios entreabiertos luego de que dirijo la atención a las cuatro paredes interminables que nos rodean.

Son extensas, de un blanco percudido. El interior está atiborrado de computadoras y escritorios desgastados debido al constante uso. También, encuentro estantes polvorientos que cobijan cientos de libros cuyos títulos se me dificulta leer, y lo que más sobresale con intensidad, son los papeles apilados en diversas columnas a lo largo de cada escritorio.

—Parece que abandonaron este lugar hace mucho tiempo —menciona Astra.

—O nosotros lo abandonamos —es mi respuesta.

Mis pies caminan por voluntad propia y mis ojos leen recelosos las palabras subrayadas con tinta roja en las hojas de papel. Al parecer, son copias de periódicos antiguos. No obstante, estos poseen el logo de una mariposa cuyas alas tienen la forma de cadenas de ADN en la parte superior izquierda. Me dispongo a leer los títulos de algunos de ellos:

Científicos han pronosticado la extinción del planeta Tierra. Es inminente la búsqueda de una solución para preservar la humanidad”.

La NASA descubre la existencia de un planeta a años luz de la Tierra. Los expertos aseguran que tiene la condiciones óptimas para la supervivencia humana”.

¿La reproducción idéntica de organismos será la salvación de nuestros problemas? El secreto de la inmortalidad, entérese de todo aquí”.

“Los investigadores Leclair y Zeit hallan la fórmula perfecta para la transferencia de memoria”.

Aquellos nombres resuenan como un eco prolongado en el interior de mi mente; pero antes de que pueda atrapar el recuerdo entre mis manos, la voz de un hombre me saca de mis elucubraciones. Giro hacia el centro de la sala, donde Astra permanece de pie frente a una pantalla encendida que proyecta un video en matices azulados. Me acerco con precaución y me detengo junto a ella.

La voz comienza a narrar la bitácora de un proyecto científico llamado Cryosalide (el mismo nombre que se encuentra en mi expediente) mientras múltiples imágenes aparecen en el video. Soy capaz de reconocer a los dos hombres que he dejado noqueados, así como las instalaciones de este lugar. Empero, me desconcierta de un modo repulsivo observar a las ratas blancas que utilizan como material biológico para la experimentación. Corren de un lado a otro dentro de sus compartimentos transparentes. Atrapadas. Sin derecho a elegir. Incapaces de negarse a ser usadas. Dependientes de seres que se creen superiores porque tienen el poder de decidir dónde viven, para qué sirven y cuándo dejan de existir.

Las bitácoras continúan avanzando hasta que la voz del narrador cambia por la de una mujer y aparece una grabación un poco distorsionada:

<<Los doctores han concluido la recolección de muestras biológicas de nuestros dos colegas, quienes se ofrecieron como donantes de sus rasgos físicos y cognitivos para la creación de las primeras biomasas. Si los resultados continúan siendo favorables, en las próximas semanas dará inicio la antepenúltima fase del proyecto: la transferencia de memorias a los nanocerebros implantados durante la etapa anterior.>>

La grabación continúa avanzando entre imágenes de laboratorios y salas de observación. Al principio, apenas presto atención a las personas que aparecen en pantalla. Estoy tan estupefacto al darme cuenta de que comprendo con gran familiaridad todo el vocabulario técnico que utilizan.

Astra cercena mi gran epifanía con un susurro tan sobrecogido como esperanzado, y por primera vez, pronuncia mi nombre: <<Theo>>.

El color desaparece de su rostro de forma alarmante. Sus ojos se humedecen mientras contempla algo en la proyección del video. Sigo la dirección de su mirada, y entonces, lo veo.

Un hombre se encuentra recostado sobre una cama metálica. Su pelo castaño y encrespado se apelmaza cuando le colocan una especie de casco conectado a un monitor. En un inicio no logro comprender las imágenes. Debe tratarse de una absurda coincidencia. Ese hombre desconocido guarda un parecido desafortunado conmigo.

Pero entonces, sonríe. Y esa sonrisa es mía.

Mientras la cama se ilumina en tonos dorados; una leyenda aparece en la parte inferior: Theodore Zeit. Neurotransferencista. Primer donador de material para la generación de biomasas.

Mierda. Mierda, esto no puede estar pasando. ¿Qué significa esto? ¿Por qué demonios estoy ahí? Corrección, esa persona no soy yo. Tiene mi nariz, el color de mis ojos, la forma de mi mandíbula; incluso nuestras voces suenan igual. Pero yo no poseo ningún recuerdo de ese día.

Regreso el rostro hacia Astra y descubro que está mirando con terror a la mujer que ahora se encuentra sobre otra cama. La leyenda dice: Astra Leclair. Ingeniera de continuidad mental. Primera donadora de material para la generación de biomasas.

Cuando la imagen vuelve a mostrarlos a ambos, siento que el estómago se me hunde. Los veo celebrar con albricias mientras cada uno se coloca junto al cuerpo adormilado de una persona idéntica a ellos. Theodore está tan emocionado que levanta los pulgares hacia arriba y muestra las sorprendentes similitudes entre él y el… experimento. La leyenda inferior cambia: Creación exitosa de las biomasas HR00 y MR00.

Mi estómago no aguanta más y caigo de rodillas para vomitar un líquido anaranjado que se estrella contra el suelo. Mi ritmo cardiaco aumenta raudamente al mismo tiempo que mis manos empiezan a temblar. Me falla la respiración y todo a mi alrededor da vueltas, como si estuviera atrapado en una pesadilla borrosa que se repite una y otra vez solo para atormentarme.

—Esto debe ser una jodida broma.

Con un entumecimiento mudo en mis músculos, niego con la cabeza ante la sentencia de Astra. De nuevo repaso en mi cabeza los títulos de los periódicos que leí anteriormente; y una conjetura monstruosa aparece con gran atrocidad para arrojarme de regreso hacia el video.

Rápidamente, toco el logotipo de la mariposa que se encuentra en la lateral de la pantalla. La acción hace desplegar un menú con varias opciones (¿cómo he sabido que pasaría eso?). Selecciono la palabra “Biomasas” y enseguida aparece una lista con números de identificaciones. No tardo en reconocer el que tengo anotado en mi traje: HR18. Así que paso el dedo por encima de la pantalla con un montón de inseguridades que se arremolinan en ese extremo de mi cuerpo. Una nueva imagen aparece frente a mis ojos.

Se trata de mí, o eso creo; es la misma foto del expediente, solo que más grande. También, encuentro más datos que comienzo a leer:

Proyecto Cryosalide: Un renacer que trasciende.

Finalidad del proyecto: Colonizar el planeta K-L8 para preservar la raza humana.

Donante de ADN: Theodore Zeit.

Tiempo transcurrido desde que la biomasa entró en funcionamiento: 2 horas, 55 minutos, 43 segundos…

ATENCIÓN: FALLA EN LA TRANSFERENCIA DE MEMORIA. URGENTE REINICIAR EL PROCESO.

Todas las piezas empiezan a caer en su lugar. La extinción de la humanidad, los experimentos mostrados en las bitácoras para crear seres genéticamente iguales, el trasplante de memorias, aquel hombre idéntico a mí que apareció en el video…

—Somos unos malditos clones… —es lo primero que digo. Mi voz fuerte y enardecida—. Somos unas ratas de laboratorio, basura experimental. Nos crearon idénticos a esas personas y nos implantaron sus recuerdos para hacernos creer que sus vidas son las nuestras. ¡Pero apenas llevamos unas horas viviendo! Todos nuestros recuerdos caben en una simple mañana —me acerco a Astra y la tomo de los hombros, mirándola fijamente— ¡Ni siquiera somos humanos…! Lo que creemos, lo que sabemos, no es nuestro. No nos pertenece. No somos reales. ¿Acaso alguna vez existí?

—Theo… —su voz es trémula. Me sostiene la mirada y ahí encuentro un refugio capaz de suturar mis heridas—. No sé qué somos. Pero sé que la mujer del video no sintió el mismo terror que sentí cuando desperté en la cápsula —guarda silencio apenas un breve instante—. Y eso significa que no somos la misma persona. 

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