Mi padre era un hombre bueno.

De esos que no necesitan hablar demasiado
para hacerse entender.

Caminaba despacio,
miraba largo,
y dejaba en el aire palabras sencillas
que recién muchos años después
terminaban revelando su verdadero sentido.

Le gustaban las cosas simples:
el mate compartido,
la mesa humilde,
un poco de sol sobre la tarde.

Nunca buscó destacar.
Nunca necesitó imponer su razón.

Enseñaba de otra manera.

Con el ejemplo.

Con la honestidad de quien cumple su palabra,
con el trabajo silencioso de cada día,
con esos gestos pequeños
que parecen insignificantes
hasta que un día descubrís
que te acompañaron toda la vida.

Era dibujante.

Sus manos trazaban líneas precisas,
como si supieran encontrar el camino
entre el papel y la realidad.

Y aun en los días difíciles
guardaba una sonrisa,
una broma sencilla,
una forma de alivianar el peso de las horas.

Cuando yo era chico,
me hablaba despacio.

No daba órdenes.

Aconsejaba.

Nunca levantó la voz para hacerse escuchar,
porque tenía algo más fuerte que los gritos:

la autoridad serena de quien vive
de acuerdo con lo que cree.

Después llegaron los años.

Y los años,
que a veces construyen
y otras veces arrasan,
fueron llevándose cosas.

Primero la vista.

Después la voz.

Después algunos recuerdos.

Pero nunca pudieron llevarse
la bondad.

Ni la dignidad.

Ni la huella que dejó en quienes lo amamos.

El día que se fue
descansó en mis brazos.

Sin ruido.

Sin exigir nada.

Como había vivido.

Y comprendí que algunas personas
no desaparecen cuando mueren.

Permanecen.

En una manera de mirar el mundo.

En una palabra.

En una costumbre.

En un gesto que un día descubrimos nuestro
y que, sin saberlo,
aprendimos de ellas.

Mi padre se fue.

Pero sigue habitando los rincones invisibles
de mi vida.

Porque todavía encuentro algo suyo
en cada acto de paciencia,
en cada decisión honesta,
en cada intento de ser mejor.

Y entonces vuelvo a pensarlo.

El viejo era así.

Bueno.

Justo.

Sereno.

Y mientras yo conserve su recuerdo,
seguirá caminando conmigo.

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