Una de las cosas por las que más lo ame-odié, fue por su arribismo. Siempre admiré su capacidad para sobreponer títulos y adornitos profesionales a la profundidad de la vida. Para él era más importante acumular méritos. Lo hacía para despojarse de su condición de indio-andino. Venía de una familia migrante al interior del país y no se perdonaba esos rasgos y facciones achinadas. De hecho, era lo que más le molestaba, aunque lo disimulara. Pero no era el único. Allí todos querían ocupar los puestos más altos, los mayores estándares de éxito y diferenciarse de los demás. Al ser una nación muy atrasada en comparación con el resto del continente, los pobres con determinado capital cultural aspiraban a ser la élite: política, económica, daba igual. Lo importante era ser parte de la Élite.

Me eclipsó demostrándome que se podía venir de abajo y llegar a ser exquisito, exclusivo, único. Lo peor de todo es que era prudente y callado. Hacía todo en silencio. Dejaba que sus victorias hicieran todo el ruido, como compartió una vez en Facebook. Él era así y yo lo ame-odiaba. Con el tiempo ha cambiado de estrategia. Ahora ocupa un puesto en la universidad donde yo trabajaba. Se metió allí después que lo echaran del instituto donde laboró por cinco años. El mismo tiempo que vivimos juntos. La vida lo llevó a abandonar el pueblo y mudarse a la nueva morada. Fue toda una tragedia para mí. 

Un día lo llamé borracha a las dos de la mañana. Le dediqué una canción de LCDM porque siempre he sido adicta a los hombres y al amor romántico. Me respondió con sorpresa y cierta distancia. No me importó. Le reclamé el haberme perdido. Soberana estupidez. Yo lo perdí a él, llegué a pensar por muchos años. 

Con el tiempo y una mudanza hacia otro continente (Europa para ser más precisa), una se da cuenta que los amores mueren definitivamente cuando cierras todas las puertas y todas las ventanas. Sin dejar ninguna alternativa. Desde entonces no nos hemos vuelto a hablar ni a ver. La última vez fue en el año 2024. En la fiesta de cumpleaños del rector de la universidad donde, repito, yo trabajaba primero que él. 

De repente se apareció delante de mí y me dijo: M, andábamos sin buscarnos sabiendo que íbamos a encontrarnos. (Risas). Siempre ha sido bueno para reciclar a Cortázar, Borges, Benedetti. Ese día, yo dejé que me embaucara. Me monté en su motocicleta. Sin cascos de protección ni seguro anti-choques. Mucho alcohol en la sangre. Lo abracé como si no hubiera un mañana. Notó que yo desbordaba pasión y por un momento intentó recapacitar. Me dijo que me dejaba en casa. Me negué. Si nos íbamos a ir a la mierda, pues debíamos hacerlo por todo lo alto. Así fue.

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