
La abuela Fela miró a su alrededor y vio que Will la observaba serio, pensativo. Bebió un sorbo de agua fresca que le ofreció Doriana. No hubo comentarios. De los ojos de Will apartó los suyos que volvieron a posarse en la amarillenta página que estaba leyendo, y continuó:
«Will miró desde la altura donde se encontraban, los Fayers. Con gestos, le indicaban que bajara. Will aún tenía temor a las acrobacias que hacían los Fayers en La Casa, pero recordó que era como los demás, y decidió saltar desde donde estaba el grupo. Y así fue, tenía los mismos poderes que el resto de los enanos, calló sobre sus pies suavemente al llegar al suelo. Ruan le tendió su mano en forma de recibimiento, el resto del grupo, unos veinte hombrecillos, también hicieron un raro gesto con las manos que parecía era el saludo.
Una vez estando todos reunidos, Ruan habló de esta manera:
—La sabiduría de los gigantes está ya con nosotros. Es por ello que entraremos en las ciudades prohibidas que mencionan los escritos.
—Es una osadía que pagaremos caro. Las dunas advierten que habría que ser muy fuertes para intentarlo —dijo Okot, uno de los ancianos Fayers de más edad de la Comarca. Y continuó,—¿acaso tú la tienes?
Se hizo un silencio profundo. Ruan avanzó hacia el centro y dijo:
__Todos me conocen, ¡Soy Ruan, hijo de Gasmelia y Cashiduo! Mis padres murieron en la Última Guerra en su afán de que no se descubriera la Gran Colmena. Aunque era muy joven aún, ya me hablaban de la honestidad, de la valentía, el miedo y la perseverancia. El respeto a todos y en especial a nuestros mayores. —Y continuó:
—Si algún Fayers quiere ocupar mi lugar aquí estoy para entregarlo.
—¡Nadie puede contradecir las escrituras y aquí está escrito tu nombre, serás quien nos guíe en la lucha contra el mal! — La voz salió de una casa cercana de donde se reunía el grupo, era el Fayers de más edad, hablaba con El Libro Sagrado en las manos. Todos aceptaron que se cumpliera lo que estaba escrito.
—Pues bien, Ruan, dijo Okot, —serás tú y sólo tú el responsable de la ruina o el afortunado en la victoria.
—Así será, lo prometo.
Una vez llegada la concordia, Ruan dijo:
—Debemos encontrar las palabras que nos den la sabiduría. Solo así depertará Vals, la Reina de las Hadas. No podemos esperar más, “La llave del mundo de los sueños la portará el que irrumpa en el mundo de lo desconocido.”
—Hace mucho tiempo que esperamos que algo inusual suceda en el Reino de Hazlar. No debemos esperar más, —dijo el más anciano, la reina es posible que esté llegando a su fin, —afirmó Gania, la más joven del grupo.
Se produjo un profundo silencio, rápidamente formaron tres hileras y a una sola voz, untaron el polvillo dorado en sus cuerpecitos, perdiendo la visibilidad a los ojos de extraños y se introdujeron en el bosque que rodeaba La Casa.
A Will le comenzaron a llegar olores desconocidos, ruidos sutiles y colores que nunca había imaginado.
Estuvieron andando toda la mañana, el camino era difícil, la vegetación era tupida y mucho de los caminos se encontraban perdidos entre la maleza. Los animales sorprendidos huían a refugiarse y sacaban sus cabezas entre la vegetación con curiosidad.
Estuvieron caminando tres días con sus tres noches. Al fin se detuvieron frente a una enorme cascada. Según explicó Ruan, habría que atravesarla para ir a al país de la Gran Ondina. Se tendrían que sumergir detrás de aquella enorme cortina de agua y entrar en la ciudad. La entrada estaba custodiada por un enorme tritón. Ruan elevando el tono de su voz, enfatizó:

El Tritón Smirse custodia la entrada al país, desde tiempos inmemoriales. No se conoce aún historia alguna, que hable que alguien ha burlado la vigilancia de Smirse. Él nos hará tres preguntas, a la que debemos c
ontestar sin titubeos, si es equivocada la respuesta, posiblemente no haremos el camino de regreso. Volviendo el rostro hacia un lado preguntó:
—Sirón, ¿quién contestará las preguntas que nos hará el Tritón?
Sirón, un hombrecillo de cabellos canos, sacó una bolsa, dijo algo en su interior y de ésta salieron unas piedrecitas, se detuvieron en el aire revolviéndose y cayendo al suelo, desperdigados en un pequeño espacio. Sirón levantó la vista y la dirigió a Dunia, la más anciana de las fayers que acompañaban al grupo:
—Eres tú la elegida —dijo levantando su huesuda mano de enormes uñas encorvadas.
Dunia se quedó petrificada, no sabía qué decir, Will se acercó a ella y le dijo en voz muy baja: confía, estamos contigo y lo harás muy bien. Dunia lo miró agradecida y partió la primera al lago, caminando despacio pero firme.
Cuando desapareció debajo de la cortina de agua, los demás esperaron a una orden de Ruan para comenzar a entrar bajo el lago. Unos segundos después que entrara Dunia, dio la orden de entrar. Will se acercó a Ruan y le preguntó cómo iba a respirar debajo del agua, y este lo miró sonriente y le dijo:
—Cree que lo puedes hacer y es suficiente. Es lo que le haz dicho a Dunian ¿no?. —Y con la misma se dejó hundir. Will respiró profundamente y entró el último.
Fue tal el espectáculo que encontró que se olvidó de sus miedos. Delante, en una enorme concha, que brillaba con un nácar reluciente, se encontraba dormido un enorme tritón. Apenas se dibujaban sus ojos, era tan negro que cualquier detalle de su cuerpo se confundía en la oscuridad de su piel. Encima se podían ver en la superficie del lago, las burbujas infinitas que desprendía la cascada al caer.
Dunia se acercó decidida y lanzó una pequeña piedra que dio justo en el borde de la concha. Todos se quedaron atentos a lo que sucedería. El tritón abrió sus negros ojos, se parecía más a un dragón, pensó Dunia. Emitió un bostezo y dijo con voz ronca:
—¿Quién osa despertarme de mi sueño, qué alimaña se atreve a interrumpir mi siesta de tres siglos?
Dunia avanzó un paso y dijo con su pequeña voz:
—Yo, Dunia, de Haszar, hija de Nan y Tonalia.
Smirse se revolvió dentro de la gigantesca concha, levantando oleadas de arena que empujaron hacia atrás a la pequeña Dunia. Entonces se puso sobre el lodo oscuro, que rodeaba la concha para que no se le viera bien.
—¿Sabes qué te espera si no contestas mis acertijos?
—¡Los adivinaré, lanza tus palabras!
Los enormes ojos destellaron y lanzó a las aguas las siguientes palabras:
—Haber valiente Dunia, ¿por qué debes cuidar tus pensamientos?
Dunia se quedó pensativa, y mirando fijamente a Smirse dijo:
—¡Porque se volverán palabras!
—Y ¿por qué cuidarás tus palabras?
—¡Porque se volverán actos!
—A ver valiente Dunia, ¿Qué es lo que dura solo un momento y qué es lo que dura toda la vida?
Dunia, quedó callada, pensativa, sus ojos se llenaron de dudas, miró a los demás Fayers y dijo mirando al tritón
—La venganza dura un momento, la generosidad, toda la vida.
El Tritón saltó hasta la superficie, dio tres vueltas a la concha y se encerró dentro sin chistar.
Todos respiraron aliviados y fueron a abrazar a Dunia que a pesar, que el agua estaba turbia podían verse sus mejillas rojas como las fresas en primavera.
—No ha sido fácil hoy, cada ciudad prohibida querrá ponernos a prueba, nos preguntarán acertijos cada vez más difíciles de resolver. Dijo Ruan, y apto seguido, dio la orden para pasar a la Ciudad de Nácar.
Nácar tenía una entrada parecida a un arco blanquísimo que se torcía una y otra vez pareciendo más que entraban en un gran caracol que a un país. Una vez dadas todas las vueltas llegaron a una planicie enorme casi infinita. Desde lejos se apreciaban las perlas que adornaban los techos de las casas, reflejando en mil colores los rayos de los solecitos que llegaban desde la superficie. Infinidad de pececillos plateados los seguían a corta distancia. A lo lejos, se hallaba un hermoso palacio, Ruan lo señaló con un dedo y dijo. Allí vive la gran Ondina, lleva reinando desde hace 800 años. Ella es la que tiene una de las palabras sabias que necesitamos para nuestro cometido. A cambio pide sabiduría, o no dará la que ella posee.

Una enorme concha azulada matizada de rojos, violetas, perlas, plata y oro, bajó cuando llegaron a la entrada, de dentro se escuchó una voz que dijo:
—Adelante noble Ruan, hace muchos tiempo que espero por ti. Y bien —siguió diciendo, mientras aparecía una joven con una larga cabellera roja, que cambiaba de colores en cada momento. El cabello flotaba alrededor de su cara cual corona de algas. Dio varias vueltas sobre sí misma, giró su rostro hacia Ruan y continuó:
—Y ¿qué palabra quieres?
—Las que fueron pensamientos—dijo Ruan.
—¿Qué es lo que te hará mejor?…
—La compasión.
—Entonces, no temes a lo que te espera?
—El miedo te aparta de la victoria. Reina Ondina. — Dijo Ruan.
La concha subió mientras la gran Ondina dijo,
—Éso si es sabiduría. Ya has dicho la palabra. —Y la concha se cerró.
Ruan quedó un momento pensativo y dijo: ya tenemos la primera de las palabras sabias. Abrió un pequeño saco, le habló con voz baja dentro del mismo y cerró las palabras para que no escaparan. Nuevamente salieron a la superficie del lago.
—Descansaremos en esta orilla esta noche, Smirse no nos molestará. Mañana saldremos hacia la ciudad prohibida, la Ciudad de los Hombres Alados.
Y así fue, agrupados muy cerca unos de otros, reunieron un grupo de troncos secos, hicieron fuego y rociaron el polvo amarillo sobre las llamas.
—Con esto no se verá la luz que nos delataría —, dijo Ruan. Y diciéndole esas palabras a Will se envolvió en su capa y se quedó dormido. Will hizo lo mismo pero más cerca del fuego, estaba aún mojado y tenía un poco de frío.
El día amaneció gris, las nubes pasaban sobre sus cabezas lentamente. Los fayers se levantaron a una voz y dejaron como lo encontraron, sin dejar muestra de su acampada. Fue cuando Ruan abrió su bolsa, extrajo una pluma blanca la lanzó al aire, dio varias vueltas a su alrededor posándose detrás de él.
—Señala a Ica, —dijo Ruan— El País de los Hombres Alados, queda en la dirección donde se pone el sol azul. Por tanto tenemos que andar por aquel sendero.
Todos miraron en la dirección señalada, recogieron sus bolsas y emprendieron el viaje con pasos firmes.
El camino era pedregoso y había frío.
—Cuando salgan los tres solecitos te sentirás más animado. —le dijo a Will.
Dicho y ocurrió, fueron elevándose en el cielo los solecitos, parecía un arcoíris con sus diversos colores y el grupo se animó hablando de cosas triviales.

—De repente apareció una anciana con la nariz más larga y arrugada que Will había visto en su vida
No los puedo ver pero sí oler,— dijo Bridda y soltó una enorme carcajada.
Todos quedaron paralizados, pero Ruan que era muy sereno dijo:
—Buscamos zetas para el invierno, —dijo mostrándose ante Bridda.
—No sueles llegar hasta estos parages noble Ruan, es difícil engañar a la vieja Bridda, —y agregó, —no sé cuántos sois pero he escuchado muchas pisadas.
—Hay muchas bocas que alimentar gran Bridda, el invierno será muy crudo. —dijo Ruan mirando al cielo.
—Ya veo que no quieres contarme tus secretos, el invierno siempre es crudo y nunca te aventuras por estas zonas. Lo feo no da confianza, ¿verdad Ruan?, pero dejo que sigas tu camino. Hacia ese sitio sólo se llega al País de los Hombres Alados por el Gran Camino, pero no creo que seas tan ignorante para exponerte a tantos peligros, pocos han regresado del camino de los sueños. Que yo recuerde, ninguno. —Dijo con rotundidad.
—No le temo al Gran Camino, —dijo Ruan.
—No hablo del Gran Camino, hablo de la neblina negra y los Hombres Murciélagos.
—¿Los Hombres Murciélagos? —preguntó Ruan.
—Sí, pocos han pasado por sus bosques y grutas perdidas en las montañas sin mostrar arrepentimiento. No recuerdo a nadie desde los tiempos de mis abuelas y de eso hace mucho tiempo, haya escapado de ellos para contarlo. Y como sabes, la Neblina Negra se interpone en el camino a Ícara.
—Descuida Bridda, no pienso llegar tan lejos, —comentó Ruan disimulando su preocupación.
—Buenos días tengas Ruan, aquí tienes esta piedrecita azul, si me necesitas, sólo tienes que lanzarla y llamarme tres veces, y allí estaré.
—Buenos días Bridda y gracias por tu aviso.
Volvió Ruan a huntarse el polvo dorado mientras Bridda husmeaba el aire insistentemente con su larga y encorvada nariz intentando verlos.
El sendero mostró su cara más preocupante, un desierto. Desde lejos se podía ver lo que parecía un oasis por sus verdes datileras que rodeaban un pequeño valle hundido entre dos enormes dunas, y hacia allí se dirigieron.
Cuando llegaron al oasis fue fácil encontrar el manantial que corría por la arboleda, el sonido que se escuchaba, orientaban los sentidos.
Todos a la vez sacaron las nueces, tenían un agujero en el centro. Acercaron las nueces al manantial. El sonido inundó todo el espacio, el agua se detuvo, se estremeció y en segundos, a cada nuez le llegó un chorro de agua fresca que llegaba del manantial y entraba directamente por las aberturas de las nueces. Will estaba asombrado, no daba crédito. Una vez pasado un tiempo, las nueces cerraron sus agujeros y fueron guardadas en el interior de cada saco, los chorros continuaron unos segundos más, refrescando el aire y a todos los que estaban allí. Ruan se acercó entonces al manantial y derramó unas palabras amables de agradecimiento que hacía que el agua brillara, saltara y formara pequeños remolinos.
—No hay tiempo que perder, —dijo Ruan,— retomemos el camino que nos señalaron, antes que llegue la noche.
Formaron una larga fila, donde Ruan era el primero, sólo dejaba a veces el lugar a Sirón.
La arena cubría sus pequeñas botas a cada paso y el calor era sofocante.
El más viejo habló y dijo:
—Cuidado con apartarse del sendero que marcamos Ruan y yo, los nidos de escorpiones asechan detrás de cada inofensiva duna, nadie escaparía si pone un pie en sus guaridas, están muy bien disimuladas.
Will tuvo deseos de estar más cerca del principio de la fila y casi sale de la hilera y adelanta a los demás. Dunia que estaba cerca le tocó el hombro y le dijo con voz suave:
—Cuidaremos de ti, y tú de nosotros, no tengas temor.
Will se avergonzó de lo que había pensado hacer y su cara se tornó roja, y el resto del grupo rió y aplaudió.
El sendero fue perdiendo los pocos árboles que lo habitaban, la arena se hizo pedregosa y costaba desplazarse por el camino. Los solecitos castigaban con sus rayos de colores y Ruan tuvo que dedicarles una ofrenda que fue escuchada por todos, suavizándose el calor.
—A cada paso que hagamos irán desapareciendo los soles y la noche será muy dura. —Dijo Ruan.
—¿Nunca os habéis aventurado por estas tierras? —Preguntó Will.
—No Will, sólo podríamos hacerlo si un gigante nos acompañara.
De pronto comenzó a elevarse un gran viento, Ruan dio tres golpes en el suelo con su larga vara, el viento se arremolinó alrededor del grupo sin tocarlo.
—Tenemos muy poco tiempo, llega la neblina negra, solo tenemos tiempo para atarnos entre nosotros y protegernos detrás de aquella roca.
Una enorme piedra soportaba el embate del viento y la arena. Hacia allí se dirigieron. Había en su base, una cueva que descubrieron al llegar. El viento se acercaba cada vez más al grupo, a lo lejos, montones de arbustos secos se arrastraban, desprendiendo sus negras raíces del suelo y enterrándolas en otro sitio. Avanzaban penosamente en dirección a los Fayers.
El hechizo que había lanzado Ruan, se debilitaba y ya cuando las arenas comenzaron a tocar sus ropas, Ruan ordenó que saltaran dentro de la gruta. Él fue el último en penetrar. Una vez dentro, todo estaba oscuro.
Ruan llamó a Alfie y éste, un enano regordete de ojos saltones, sin mediar palabras, sacó dos cristales, los frotó y se hizo una brillante luz que inundó cada rincón. La piedra, era en realidad la entrada a una enorme cueva en la que se podía ver un sendero que penetraba y se perdía en la negrura. Alfie se puso de primero, la claridad inundó cada rincón, comenzaron los Fayers a soltar las cuerdas con las que se habían atado. Ruan se dirigió al centro del grupo y dijo:
—Descansaremos esta noche aquí, mañana tomaremos la decisión que convenga, pero para ello las mentes deben de estar tranquilas y reposadas. Son tierras peligrosas, tenemos que estar atentos, serenos, las decisiones han de tomarse con la cabeza en paz.
Dio dos palmadas y cada uno del grupo se acomodó, sacó de su bolso lo que parecía una bolsita de hojas. Ruan miró a Will y le dijo.
—Haz lo mismo, busca en tu bolsa tu ración.
—Pero es que olvidé que tendría que tener mi ración guardada, no sabía…
—No lo recordarás tú, pero Mesa sí lo sabía, seguro que ahí está lo que necesitas ahora.
Will buscó y encontró su pequeña bolsa, guardaba deliciosos manjares, y frutas de sabores dulces y suaves. De las nueces salían pequeños chorros de agua. Fuera, las ráfagas castigaban la roca.
Una vez colmada el hambre y la sed, todos se acomodaron para pasar la noche. Alfie dio dos golpes entre las dos piedras y la luz se hizo suave, tenue, y así se durmieron.

Avanzada la noche, Will se despertó y sintió una extraña sensación. Era como si algo o alguien lo estuviera observando. No quiso despertar a Ruan que dormía cerca de él, por temor a estar equivocado, cuando de repente rodó una pequeña piedra cerca de donde él estaba. Entonces se levantó de un salto y pudo ver unos enormes murciélagos que, sorprendidos, comenzaron a huir adentrándose en la oscuridad. Todos los Fayers se despertaron y en un instante cerraron un círculo dejando a Will en medio de ellos. Ruan dio vueltas a la vara y Alfie levantó las piedrecillas a la altura de su cabeza diciendo:
—¡“Atrás seres de la oscuridad”! Un paso más y seréis cocinados por la luz de estos cristales.
Era increíble cómo aquel hombrecito podía emitir una voz tan potente. La luz era intensa, casi los cegaba y los murciélagos chocaron contra las paredes de la cueva y cayeron estrepitosamente al suelo. Eran la tribu de los Hombres Murciélagos, Ruan había oído hablar de ellos a Bridda, y recordó con pavor que alimentaban a sus crías con sangre de cualquier ser vivo que la tuviera. Pero tenían una debilidad, la luz los paralizaba su debilitándos poco a poco. Alfie lo sabía y por ello lanzaba los tremendos rayos a los ojos de aquellas criaturas para alejarlos y ganar tiempo.
—¿Qué quieren de nosotros? —dijo Ruan. —Sólo buscamos la salida, si nos la muestran bajaremos la intensidad de la luz.
Un enorme murciélago, sin mediar palabras comenzó a moverse y a hacer señales a los Fayers para que los siguieran, al mismo tiempo que chilló, pidiendo que atenuaran la luz, a lo que Ruan contestó,
—Hasta que no nos muestres la salida mantendremos el día dentro de la noche.
—No crees en nosotros, decimos la verdad, les mostraremos la salida,— dijo el murciélago, desplegando sus grandes alas.
—Tu verdad no la conozco, la verdad se puede crear.—Gritó Ruan.
—Mi verdad es que no existe ninguna verdad.
—¡El valor es la fuerza que hará que nuestra verdad se manifieste!— gritó Ruan.
No hubo más palabras y así caminaron largas horas. De repente Dunia tocó a Ruan por el brazo señalando una pequeña abertura que permitía entrar la luz del exterior. Las extrañas criaturas se apartaron dejando pasar la comitiva de Fayers.
—Ahí está la salida, puedes bajar la luz y hacer que se haga de noche en mi país.
—El día estará con nosotros hasta que las luces de fuera y de dentro se fundan en una.
Dicho esto, en el momento menos oportuno, la luz de los Fayers se fue debilitando.
Las extrañas criaturas rasgaban la tierra con sus enormes pesuñas, descargando su rabia.
Al ver que la luz se iba debilitando, comenzaron a acercarse, emitiendo terroríficos alaridos.
Pero de manera inexplicable, detrás de los Fayers, comenzó a brotar una intensa luz, mucho más brillante que la que había utilizado Alfie.
Fue una sorpresa para los Fayers y para los murciélagos. La luz inundó toda la negrura.
Ruan sin perder más tiempo, orientó al grupo hacia la salida. Todos abandonaron la cueva. El último Ruan.
Una vez fuera se abrazaron profundamente hasta recuperar la confianza y la calma.
—No entiendo quién ha podido salvarnos con esa potente luz, y en el momento más oportuno —comentó Will a Ruan.
—Yo no tengo la más remota idea,—dijo Ruan, y continuó,— no todo se puede saber en esta vida, amigo Will —y continuó.—Hay cosas que no queda más remedio que permitir no conocerlas. Ahí está la magia seguramente, sin darle una explicación que satisfaga nuestra curiosidad. Confiemos en que, tanto las buenas acciones como las que no lo son, tendrán su momento para ser desveladas.
Terminó la conversación y se dirigió a los Fayers:
—No conocemos este lugar y ya los soles se pondrán en poco tiempo, —advirtió Ruan.
—Ruan mira a tu derecha, detrás de ese árbol seco, —le interrumpió Dunia.
Todos miraron hacia el sitio que señalaba la vieja Dunia. A lo lejos se alzaba una enorme ciudad de una blancura perfecta. Hacia allí dirigieron sus pasos por lo que parecía un camino hacia la ciudad que buscaban. En la medida que avanzaban, el sendero se suavizaba y se volvía mullido y fresco. A los Fayes les parecía que caminaban sobre algodones, la temperatura era tan agradable que invitaba a sentarse un rato y descansar. Una suave música de arpa llegaba a sus oídos sin saber de dónde procedía. Todos se sentaron en el camino. El suelo se convirtió en un blanquísimo colchón de plumas, que invitaba a dormir y a descansar. Y así lo hicieron. Estaban tan agotados. Will continuó caminando, separándose del grupo que lo miraba con indiferencia. Se fue alejando y cuando más se acercaba a la ciudad, más grata era la música, el viento suave extremaba su dulzura y el sueño invadía a Will, hasta que de repente vio un grupo de personas que dormitaban. Todos eran de edad avanzada y parecían estar durmiendo hacía siglos. Will se dio cuenta que aquello era un hechizo que protegía a la ciudad de la Reina del Viento. Con gran esfuerzo volvió sobre sus pasos y llegó hasta sus amigos, encontrándolos a todos profundamente dormidos. Los movía, gritaba desesperado y no respondían a sus llamadas. Un pensamiento lo inundaba invitándole a descansar y a posponer de momento sus planes de despertar al grupo, pero sabía que era una trampa. Con pasos lentos se acercó a Ruan y comenzó a zarandearlo, lo único que consiguió fue que dijera algunas palabras que no entendió y continuara plácidamente durmiendo. Entonces Wiil se acordó de la piedra azul que le había dado la bruja Bridda a Ruan y que se ofrecía a ayudarles cuando estuvieran en peligro. Buscó en los bolcillos de Ruan. Al intentar meter la mano, el bolcillo se cerró y dijo, sólo entrará el amigo.
—Por favor es importante que encuentre la piedra azul.
—Dijo Will suplicando.
—¿Quién la entregó? —Preguntó el bolsillo sin soltarlo.
—La entregó la bruja Bridda hace unos días a Ruan, por si la necesitara.
—¿Y estás seguro que esta es la solución Willowwind?
—No hay otra salida, todos duermen, no encuentro otra solución.
Entonces el bolsillo se abrió, Will entró su mano que quedó unos instantes atrapada, y dijo la voz.
—Esta mano es de un amigo.
Entonces aflojó la presión, Will encontró la piedra y después de dar las gracias, la lanzó al aire y gritó: ¡Bridda, Bridda, Bridda! ….
No oyó respuesta alguna. De pronto como salida de la nada apareció Bridda envuelta en un viejo vestido lleno de girones grises.
—¡ Anda!, Jajajaj, qué tenemos por aquí. ¡Ah! que grata sorpresa, no me llama Ruan, me llama Will, el chico de la profecía, ¿qué se te ofrece pequeño?
—Para mí nada, sólo quiero que mis amigos despierten de este sueño en el que están atrapados.
—Esto va a ser muy fácil y sencillo para Bridda. La noble causa de la amistad no tiene precio, jajaja, así que sólo te voy a pedir una cosa muy sencilla, a cambio; teniendo en cuenta que se trata de la vida de cada uno de tus amigos, Jajaja. Recuerda que de tu respuesta depende que tus amigos despierten. Responde a esta pregunta— dijo Bridda. Sus ojillos deslumbraban como luciérnagas de noche—¿Para qué quieren los Fayes ir a la ciudad de los hombres alados?
Will quedó un momento pensativo.
—No lo puedo decir, dijo finalmente, lo he prometido a los Fayers. Llevan mucho siglos custodiando ese secreto, no es justo que un amigo los traicione.
—Pero de lo que se trata es de que tus amigos duerman durante siglos o despierten ahora mismo.
—No me pidas eso Bridda porque primero moriré antes de traicionarlos.
—“Moriré”, jajajaja, pues ellos seguirán dormidos con todos los que yacen en el sendero y tú morirás de soledad e impotencia. Pero hay otra cosa que puedes hacer por mí, (Bridda se quedó pensativa, sus ojos brillaban como luciérnagas en la noche).
—Si me entregas todos tus años de vida y te conviertes en un anciano que sólo le quede despedirse de este mundo, despertaré a los Fayers. ¿Qué me dices?
Sin vacilaciones Will contestó:
—Trato hecho, aquí está mi niñez, mi juventud y mi vejez, tómala y devuelve a mis amigos a la realidad.
—¡Sea! —dijo Bridda y dio una palmada.
Entonces empezaron a despertarse los Fayers, no comprendían lo que había pasado. Will los miró con tristeza y se dirigió a Bridda para que tomara lo que había prometido. Bridda lo miró atentamente y dijo:
—¡Estoy ante un amigo leal»! ¡MALDICIÓN! ¡Contra eso no existen conjuros ni sortilegios!—Y dando tres vueltas sobre sí misma desapareció.
Will buscó a Ruan, estaba estirando su pequeño cuerpo con expresión sorprendida.
—Nos durmieron a todos, ¿verdad?—dijo mirando a Will.
—Sí, traté de que no ocurriera, pero me fue imposible. Todos estaban paralizados, con sólo la idea de descansar. Debe de ser una manera en que los hombres alados protegen sus dominios.
No quiso contarle a Ruan su aventura con Bridda, en otro momento se lo contaría.
—En verdad que pocos han llegado a su país, consta solamente en leyendas, —afirmó Ruan.
Los Fayers se fueron desperezándose, cada uno contaba a su manera cómo había caído en la magia de los Hombres Alados.
Una vez despiertos todos, hicieron una larga fila y emprendieron viaje en la dirección acordada. El terreno había mantenido su blancura, pero ya no era blando, ni tampoco se oía música suave que invitara al descanso. Poco a poco el camino se hizo más empinado y los más débiles tenían que ser ayudados por los más fuertes.
Ruan dijo:
—Iremos a la velocidad del más lento, nadie puede quedar atrás.
Y cuando ya comenzaba a caer la noche, se oyó la voz potente de Naomo, un Fayers reconocido por su destreza en cuidar al grupo:
—¡Aquí se termina el caminooooo! — Advirtió.
Ruan y Will fueron hasta allí donde estaba Naomo.
En efecto, un inmenso precipicio con una caída vertical, que se perdía en la profundidades, marcaba el inicio del País de los Hombres Alados, el Reino de los Vientos. Era un espacio infinito, donde las nubes sustentaban enormes palacios que flotaban ingrávidos sobre el abismo. Los había en lugares más altos, otros debajo, todos con separaciones considerables. Por un momento el desánimo invadió al grupo.
—Hemos acabado aquí, las Hadas quedarán a merced de Sombrío, alguien dijo.
—Miren al fondo, en la nube azul,—avisó Will—se acercan muchos hombres volando ¡Es increíble!
Y así era, un grupo enorme, cientos de hombres con enormes alas, que parecían acariciar el aire, sin apenas esfuerzo, se acercaban. Vestían túnicas blanquísimas, eran altos y de extremidades alargadas.
Poco a poco fueron deteniéndose justo en el borde del precipicio. Una mujer que parecía quien mandaba aquella comitiva, se posó finalmente en tierra.
—¿Quién es el que representa al grupo?, —mirando a Ruan.
—Yo Señora, venimos en son de paz.
—Sólo se permitirá a dos Fayers entrar en nuestro Reino, el resto debe de quedar esperando.
—¿Por que´? —Preguntó Ruan.
—Así está escrito en el Libro Sagrado, y jamás lo contradecimos. Siempre hay un por qué en su sabiduría que no está al alcance de todos. —Dijo agitando sus alas.
—Entonces, ¿saben cuál es la razón que nos ha hecho llegar hasta esto confines?
—No lo sabemos, —dijo la mujer alada,— pero confiamos en el Libro Sagrado que nos afirman que vienen en son de paz.—Quiénes entren en el Reino de los Vientos deben ser de diferentes comarcas, es así y así será. —y volvió a agitar las alas-. —Si nos mienten caerán al abismo, morirán antes de tocar fondo.
Todos se miraron, sin compender a quiénes se referían. Ruan señaló a Will.
—A Will será a quien se refieren, somos los demás de la misma comarca, así que Will, adelante, seremos los dos los que traeremos la respuesta esperada.
—Cuidado Ruan con tu elección, si no estás seguro y fallas en la designación, el elegido caerá al el abismo.
Al principio Ruan se detuvo y dudó, luego se volteó hacia Will y le dijo:
—¿Temes? ¿Te atreves a morir por esta causa?
—Temo, pero estoy con vosotros, aceptaré lo que sea, por cumplir mi parte en esta historia,—dijo Will con los ojos llenos de emoción.
Entonces se tomaron de las manos y se acercaron al borde del abismo, era verdaderamente colosal, infinito, se perdía más allá de lo que podía llegar con la mirada. El azul del cielo y el azul de la profundidad se unían en un solo elemento.
—No perdamos tiempo. —dijo la mujer alada, se hace tarde para nosotros. —Y diciendo esto, se lanzó en rápido vuelo acompañada de su séquito alado.
Ruan y Will no sabían qué hacer, hasta que Will se acercó al borde y en el borde comenzó a formarse un sendero estrecho de nubes. Sin pensarlo más, se lanzaron a la aventura. El camino era sólido y seguro a pesar de la apariencia que daba de blandura. Mientras se iban adentrando y separándose del borde, se iba desvaneciendo detrás, aquella nube, impidiendo regresar en el caso que lo hubiesen decidido. Los Fayers, se agrupaban y gritaban frases de apoyo, de amor, de confianza, y desde lejos podían ver la emoción .
En una ocasión a Will le vino un pensamiento de tristeza, de inseguridad, y el abismo se abrió bajo sus pies, caía sin más, el suelo se desvaneció y fue Ruan quien le dio una mano transmitiéndole una fortaleza que hizo que Will volviera a retomar la ilusión con que había emprendido esta aventura.
Los hombres alados esperaban a los caminantes. A lo lejos se veía la montaña que habían dejado atrás.
—¿Qué será de ellos? —dijo Will. Ya no veían a ningún Fayers.
—Ellos estarán bien Will, no te preocupes, ahora nos toca a nosotros no defraudarlos. — Habló Ruan, evocando una sonrisa.
Frente, cada vez con mayor claridad se acercaban a una enorme nube de color azulado con enormes palacios de techos plateados, que despedían tanta luz que Will y Ruan tuvieron que bajar la vista. No muy lejos otros palacios de techos brillantes flotaban serenos y seguros. Los hombres surcaban los cielos de aquel país en todas las direcciones, vistiendo siempre de blanco inmaculado. El camino seguía formándose a sus pies y desapareciendo al dejarlos detrás. Al fin llegaron a aquella planicie que parecía endeble, y sin embargo, como pudieron comprobar cuando la pisaron, era tan sólida como la tierra firme que habían dejado atrás. Delante y en perfecta formación estaban los Hombres Alados que los habían acompañado y frente a ellos, la misma mujer que les había hablado hacía un rato cuando emprendieron dicha aventura.
—¿A quién desean ver?
—Queremos ver a vuestra reina, la más serena, la de mayor sabiduría, como cuentan Las Escrituras —dijo Ruan.
—Entonces seguirnos, ella los espera.
Caminaron siguiendo a aquellos hombres que habían guardado sus poderosas alas de una manera extraña, donde más parecía una capa de plumas que colgaban sobre sus hombros, que unas alas recogidas al estilo de las grandes aves. Se detuvieron en un espléndido jardín.
Detrás se veía el techo del palacio. Era de un blanco purísimo, enormes piedras incrustadas de colores diversos lanzaban destellos de varios tonos.
Ensimismados ante tanta belleza y fascinación, Will y Ruan fueron sorprendidos por la Reina. Alta y esbelta de una belleza sin par, miró largamente a los invitados examinándolos concienzudamente. Ruan fue a hablar y un gesto del que parecía el soldado de más rango le hizo una seña para que no lo hiciera aún.
La Reina absorta, caminó sin apartar los ojos de Will y Ruan. Y al fin se detuvo a corta distancia y habló:
—Importante debe de ser lo que te ha traído hasta aquí, noble Ruan. Tantos peligros has tenido que vencer para llevar a tu pueblo hasta tan lejos. ¿Qué desea el noble Ruan?
Entonces Ruan miró al soldado, y éste le hizo una señal para que hablara.
—Que la prosperidad y la paz estén en ti y en tu pueblo, Reina del Viento. —Dijo y realizó una profunda reverencia, que Will imitó.
—Vengo a pedirle ayuda Reina del Viento— prosiguió Ruan.
—El ejército de todo lo que vuela no está dispuesto a cualquier causa. No queda en la memoria del más anciano la imagen de una batalla y a la vez sabemos que nunca se perdió una contienda. Somos la paz en si misma. —Dijo la Reina mirando con desconfianza a Will.
—Sólo venimos a salvar la Magia, está en peligro mi Señora.
—¿Y por qué aseguras semejante presagio?, esas palabras nos ponen en pie de guerra, somos también Magia. Gritó desplegando sus enormes alas que cubrieron y colmaron de luces el firmamento.

—Sombrío no permite nacer al Hada Dorada. La llevamos oculta mucho tiempo, con toda clase de precauciones y sortilegios. Pero Sombrío tiene mucho poder y puede que en algún momento descubra lo que tanto desea saber.
— Puedes contar con nuestra ayuda tú y tu pueblo, dijo la Reina— el Ejército Blanco podrá acompañarte desde ahora mismo.
—Creo que no será necesario Reina del Viento —dijo Ruan, —sólo destruirá a Sombrío, la Sabiduría.
—¿Esa será tu mejor arma? —dijo con su voz perfumada y tranquila.
—Mi mejores armas son mi pueblo, la esperanza, la constancia y la certidumbre de ganar.
—Entonces abre la saca y guarda las palabras sabias. Que queden fuera las que confunden, las necias, las que impidan alcanzar tu meta.
La saca mágica se abrió y guardó con su boca de sapo las palabras que escogió.
Entonces la Reina del Viento y su séquito se despidieron de Ruan y Will, ella entregó una rosa blanquísima, diciendo:
—Valiente Ruan, si un día necesitas mi ayuda deja que flote esta rosa en un lago tranquilo, y allí estaré para socorrerte.
—Ruan agradeció el regalo, lo guardó y se inclinaron ambos con gran emoción. La Reina del Viento y todos los que la acompañaron desplegaron sus enormes alas y se elevaron muy alto en el cielo. El palacio que momentos antes exhibía su opulencia, con sus enormes torres que apuntaban sus agujas hacia el infinito, desapareció.
Will quedó sorprendido y Ruan le dijo:
— La Reina del Viento jamás debe ser encontrada. Se irá a otro sitio y su palacio que dará a buen recaudo. Es un secreto muy bien guardado.
—¿Y nosotros que haremos ahora?—, preguntó Will.
—Iremos al encuentro de los Fayers, la confianza en nosotros volverá a abrir el sendero—apuntó Ruan. Y tomando a Will de una mano dio el primer paso hacia el vacío, con su rostro sereno y el corazón lleno de esperanza.
Tal como llegaron, así sucedió, el camino se fue formando bajo sus pies y desapareciendo detrás de ellos.
Ya entrada la noche, cuando todos los animales dormían y algunos despertaban acechando entre la maleza, llegaron Will y Ruan, cansados, pero sonrientes. Todos los Fayers se reunieron rodeándoles y abrazándoles. Ruan recordó que debían seguir en silencio para no despertar los oídos acechantes que de seguro estarían sedientos de información. Comieron y se tumbaron en círculos manteniendo la guardia. Will se ofreció, pero los Fayers viendo sus ojos cansados, lo arroparon y quedó profundamente dormido.
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