Una construcción con la base en Dios permanecerá en la tormenta; ni la inundación la podrá derribar. Fuerte es el Señor para sostener.
Ahondaré aún más en ti, Señor; en tu tierra fértil plantaré mi corazón. Suple con tu amor la necesidad de vivir en ti.
Átame a tu corazón; quiero encontrar esa vida. Vivir para ti es el deseo fiel de todo mi ser. Yo me alegro en ti; lo que haces por mí no podré pagarlo. Tú eres bueno y fiel; yo tu oveja soy.
Temo hacer tantas cosas mal, y por eso voy a ti, quien me sostiene en mi debilidad. Soy tu siervo aquí; tómame así. Al vivir para ti seré tan feliz. Más allá del sol, en tus moradas, Dios, algún día estaré; contigo estaré.
Si no estás aquí, aquí junto a mí, infeliz seré, aun teniendo todo lo que siempre soñé, pero sin tener a quien me amó primero y a quien me amó mejor que cualquier otro.
Me pongo a pensar lo que sin ti podría ser: un famoso, alguien reconocido, alguien de renombre; pero nada sin ti.
Me importa tu opinión más que la exaltación de lo que soy o de lo que pueda llegar a ser en esta vida.
Todo se resume en la cruz; se resume en que me amaste tanto que te hiciste carne como yo, humano como yo, sujeto al dolor como yo; mas nunca cediste a tu humanidad ni la manifestaste en maldad o en rebelión contra Dios.
Por Lázaro lloraste, y en el templo ese celo por tu casa se enardeció. Pero ante la gran provocación, ante la tentación, de tu boca salió vida, salió verdad, mostrando quién eras. Hablabas lo que habías oído del Padre y hacías su voluntad, dejando en evidencia que, aunque caminabas entre los hombres, no eras de aquí.
A los tuyos viniste, y los tuyos no te recibieron. Quizás yo también grité: «¡Barrabás!», entre aquella multitud. Mas escrito estaba ya: venías a morir, venías a salvar, venías a cumplir todo lo que miles de años antes se había dicho de ti.
Viniste, Jesús, como en el rollo del libro estaba escrito, a hacer la voluntad de Dios.
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