¿Por qué Alain Delon, siendo tan buen mozo, es considerado por algunos un mal actor?

La pregunta encierra una sospecha antigua: desconfiamos de la belleza cuando aparece en exceso. Parece que el talento y la hermosura debieran repartirse con cierta justicia, como si la naturaleza administrara sus dones con prudencia. Cuando un hombre posee un rostro casi perfecto, muchos le niegan de antemano otras virtudes. La belleza se convierte entonces en una condena.

Tal vez Alain Delon no actuaba como esperamos que actúen los actores. No era un intérprete de grandes gestos ni de emociones desbordadas. Su arte residía en la economía, en el silencio, en esa misteriosa capacidad de sugerir más de lo que mostraba. En sus mejores películas, parecía no hacer nada; precisamente allí estaba su habilidad. Como ciertos felinos, dominaba el arte de la inmovilidad.

Quizá el problema no era Delon sino nuestra mirada. Estamos acostumbrados a confundir actuación con exageración, intensidad con talento y ruido con profundidad. Delon, en cambio, apostaba por una presencia casi inquietante. Su rostro no expresaba demasiado; obligaba al espectador a completar el resto.

La historia suele ser cruel con los bellos. A menudo se los admira, se los envidia o se los desea, pero rara vez se los comprende. Tal vez Alain Delon no fue un gran actor a pesar de su belleza, sino precisamente porque supo convertir esa belleza en un personaje, en una máscara y, a veces, en una tragedia.

Podría responder, acaso: «Nadie le perdonó a Delon haber nacido con un rostro que parecía una obra terminada.»

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