A Mayo le faltaban dos dientes. Su madre, Edda, la llevó una tarde a hacerse la placa de arriba. Cuando regresaron, los incisivos centrales sobresalían de una manera escandalosa. Era como un conejo asustado a punto de caza. Yo no sabía si reír o llorar al verla. Intentaba disimular mis carcajadas tapándome la boca con el reverso de la mano.
Su hermana Tirri, bastante más corpulenta y rechoncha, resaltaba por sus ojos achinados, fijos siempre en el error ajeno. José, en cambio, era flaco y narigudo. Un hombre altísimo de casi un metro noventa que caminaba encorvado, tal que parecía una sardina en lata. El padre era un hombre bajo y de bigote espeso que manejaba un Cadillac de los años 80. El carro tenía los asientos delanteros rasgados por el paso del tiempo. Las peluzas de gomaespuma gris se escapaban por los entrecijos de las puertas y las ventanas. Todas las noches lo metía con infinito cuidado en un garaje descubierto de zinc. Y a veces, cuando nadie me veía, yo lanzaba piedras como quien quiere quebrar un vidrio que ya no existe. Me placía el estruendo metálico en mitad de la sombra.
La casa producía sensaciones raras. A mí se me tenía prohibido pisarla, pero yo me escapaba todas las tardes a jugar barajas con la familia González. Daba gusto ver la velocidad con la que escondían un as entre los pliegues de la camisa o se hacían señas imprudentes para repartirse el botín.
Perder el dinero se convirtió prácticamente de la noche a la mañana en una necesidad. Valía la pena acumular regaños por la fascinación de quedarme durante varias horas. Salvo aquella vez en que el viejo González me guiñó un ojo devolviéndome la cadena de oro de mi abuela con la que mi madre había pagado la última partida.
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